El Padre y el Hijo revelados
por el Espíritu
243
Antes de su Pascua, Jesús anuncia el envío de "otro
Paráclito" (Defensor), el Espíritu Santo. Este, que actuó ya en la Creación
(cf. Gn 1,2) y "por los profetas" (Credo de Nicea-Constantinopla), estará
ahora junto a los discípulos y en ellos (cf. Jn 14,17), para enseñarles (cf.
Jn 14, 16) y conducirlos "hasta la verdad completa" (Jn 16, 13). El Espíritu
Santo es revelado así como otra persona divina con relación a Jesús y al
Padre.
244
El origen eterno del Espíritu se revela en su
misión temporal. El Espíritu Santo es enviado a los Apóstoles y a la Iglesia
tanto por el Padre en nombre del Hijo, como por el Hijo en persona, una vez
que vuelve junto al Padre (cf. Jn 14,26; 15,26; 16,14). El envío de la
persona del Espíritu tras la glorificación de Jesús (cf. Jn 7,39), revela en
plenitud el misterio de la Santa Trinidad.
245
La fe apostólica relativa al Espíritu fue confesada por el segundo Concilio
ecuménico en el año 381 en Constantinopla: "Creemos en el Espíritu Santo,
Señor y dador de vida, que procede del Padre" (DS 150). La Iglesia reconoce
así al Padre como "la fuente y el origen de toda la divinidad" (Cc. de
Toledo VI, año 638: DS 490). Sin embargo, el origen eterno del Espíritu
Santo está en conexión con el del Hijo: "El Espíritu Santo, que es la
tercera persona de la Trinidad, es Dios, uno e igual al Padre y al Hijo, de
la misma sustancia y también de la misma naturaleza: Por eso, no se dice que
es sólo el Espíritu del Padre, sino a la vez el espíritu del Padre y del
Hijo" (Cc. de Toledo XI, año 675: DS 527). El Credo del Concilio de
Constantinopla (año 381) confiesa: "Con el Padre y el Hijo recibe una misma
adoración y gloria" (DS 150).
246
La tradición latina del Credo confiesa que el Espíritu "procede del Padre y
del Hijo (filioque)". El Concilio de Florencia, en el año 1438,
explicita: "El Espíritu Santo tiene su esencia y su ser a la vez del Padre y
del Hijo y procede eternamente tanto del Uno como del Otro como de un solo
Principio y por una sola espiración...Y porque todo lo que pertenece al
Padre, el Padre lo dio a su Hijo único, al engendrarlo, a excepción de su
ser de Padre, esta procesión misma del Espíritu Santo a partir del Hijo,
éste la tiene eternamente de su Padre que lo engendró eternamente" (DS
1300-1301).
247
La
afirmación del filioque no figuraba en el símbolo confesado el año
381 en Constantinopla. Pero sobre la base de una antigua tradición latina y
alejandrina, el Papa S. León la había ya confesado dogmáticamente el año 447
(cf. DS 284) antes incluso que Roma conociese y recibiese el año 451, en el
concilio de Calcedonia, el símbolo del 381. El uso de esta fórmula en el
Credo fue poco a poco admitido en la liturgia latina (entre los siglos VIII
y XI). La introducción del Filioque en el Símbolo de Nicea-Constantinopla
por la liturgia latina constituye, todavía hoy, un motivo de no convergencia
con las Iglesias ortodoxas.
248
La
tradición oriental expresa en primer lugar el carácter de origen primero del
Padre por relación al Espíritu Santo. Al confesar al Espíritu como "salido
del Padre" (Jn 15,26), esa tradición afirma que este procede del
Padre por el Hijo (cf. AG 2). La tradición occidental expresa en primer
lugar la comunión consubstancial entre el Padre y el Hijo diciendo que el
Espíritu procede del Padre y del Hijo (Filioque). Lo dice "de manera
legítima y razonable" (Cc. de Florencia, 1439: DS 1302), porque el orden
eterno de las personas divinas en su comunión consubstancial implica que el
Padre sea el origen primero del Espíritu en tanto que "principio sin
principio" (DS 1331), pero también que, en cuanto Padre del Hijo Unico, sea
con él "el único principio de que procede el Espíritu Santo" (Cc. de Lyon
II, 1274: DS 850). Esta legítima complementariedad, si no se desorbita, no
afecta a la identidad de la fe en la realidad del mismo misterio confesado.
III. La Santísima Trinidad en la doctrina
de la fe
La formación del dogma
trinitario
249
La verdad revelada de la Santa Trinidad ha estado desde los orígenes en la
raíz de la fe viva de la Iglesia, principalmente en el acto del bautismo.
Encuentra su expresión en la regla de la fe bautismal, formulada en la
predicación, la catequesis y la oración de la Iglesia. Estas formulaciones
se encuentran ya en los escritos apostólicos, como este saludo recogido en
la liturgia eucarística: "La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios
Padre y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros" (2 Co 13,13;
cf. 1 Cor 12,4-6; Ef 4,4-6).
250
Durante los primeros siglos, la Iglesia formula más explícitamente su fe
trinitaria tanto para profundizar su propia inteligencia de la fe como para
defenderla contra los errores que la deformaban. Esta fue la obra de los
Concilios antiguos, ayudados por el trabajo teológico de los Padres de la
Iglesia y sostenidos por el sentido de la fe del pueblo cristiano.
251
Para la
formulación del dogma de la Trinidad, la Iglesia debió crear una
terminología propia con ayuda de nociones de origen filosófico: "substancia",
"persona" o "hipóstasis", "relación", etc. Al hacer esto, no sometía la fe a
una sabiduría humana, sino que daba un sentido nuevo, sorprendente, a estos
términos destinados también a significar en adelante un Misterio inefable, "infinitamente
más allá de todo lo que podemos concebir según la medida humana" (Pablo VI,
SPF 2).
252
La Iglesia utiliza el término "substancia" (traducido a veces también por "esencia"
o por "naturaleza") para designar el ser divino en su unidad; el término
"persona" o "hipóstasis" para designar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo
en su distinción real entre sí; el término "relación" para designar el hecho
de que su distinción reside en la referencia de cada uno a los otros.
El dogma de la Santísima Trinidad
253
La
Trinidad es una.
No confesamos tres dioses sino un solo Dios en tres personas: "la Trinidad
consubstancial" (Cc. Constantinopla II, año 553: DS 421). Las personas
divinas no se reparten la única divinidad, sino que cada una de ellas es
enteramente Dios: "El Padre es lo mismo que es el Hijo, el Hijo lo mismo que
es el Padre, el Padre y el Hijo lo mismo que el Espíritu Santo, es decir, un
solo Dios por naturaleza" (Cc. de Toledo XI, año 675: DS 530). "Cada una de
las tres personas es esta realidad, es decir, la substancia, la esencia o la
naturaleza divina" (Cc. de Letrán IV, año 1215: DS 804).
254
Las
personas divinas son realmente distintas entre sí.
"Dios es único pero no solitario" (Fides Damasi: DS 71). "Padre", "Hijo",
Espíritu Santo" no son simplemente nombres que designan modalidades del ser
divino, pues son realmente distintos entre sí: "El que es el Hijo no es el
Padre, y el que es el Padre no es el Hijo, ni el Espíritu Santo el que es el
Padre o el Hijo" (Cc. de Toledo XI, año 675: DS 530). Son distintos entre sí
por sus relaciones de origen: "El Padre es quien engendra, el Hijo quien es
engendrado, y el Espíritu Santo es quien procede" (Cc. Letrán IV, año 1215:
DS 804). La Unidad divina es Trina.
255
Las personas divinas son relativas unas a otras. La distinción real
de las personas entre sí, porque no divide la unidad divina, reside
únicamente en las relaciones que las refieren unas a otras: "En los nombres
relativos de las personas, el Padre es referido al Hijo, el Hijo lo es al
Padre, el Espíritu Santo lo es a los dos; sin embargo, cuando se habla de
estas tres personas considerando las relaciones se cree en una sola
naturaleza o substancia" (Cc. de Toledo XI, año 675: DS 528). En efecto, "todo
es uno (en ellos) donde no existe oposición de relación" (Cc. de Florencia,
año 1442: DS 1330). "A causa de esta unidad, el Padre está todo en el Hijo,
todo en el Espíritu Santo; el Hijo está todo en el Padre, todo en el
Espíritu Santo; el Espíritu Santo está todo en el Padre, todo en el Hijo"
(Cc. de Florencia 1442: DS 1331).
256
A los
catecúmenos de Constantinopla, S. Gregorio Nacianceno, llamado también "el
Teólogo", confía este resumen de la fe trinitaria: Ante todo, guardadme
este buen depósito, por el cual vivo y combato, con el cual quiero morir,
que me hace soportar todos los males y despreciar todos los placeres: quiero
decir la profesión de fe en el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. Os la
confío hoy. Por ella os introduciré dentro de poco en el agua y os sacaré de
ella. Os la doy como compañera y patrona de toda vuestra vida. Os doy una
sola Divinidad y Poder, que existe Una en los Tres, y contiene los Tres de
una manera distinta. Divinidad sin distinción de substancia o de naturaleza,
sin grado superior que eleve o grado inferior que abaje...Es la infinita
connaturalidad de tres infinitos. Cada uno, considerado en sí mismo, es Dios
todo entero...Dios los Tres considerados en conjunto...No he comenzado a
pensar en la Unidad cuando ya la Trinidad me baña con su esplendor. No he
comenzado a pensar en la Trinidad cuando ya la unidad me posee de nuevo...(0r.
40,41: PG 36,417).
IV. Las obras divinas y las misiones
trinitarias
257
"O lux beata Trinitas et principalis Unitas!" ("¡Oh Trinidad, luz
bienaventurada y unidad esencial!") (LH, himno de vísperas) Dios es eterna
beatitud, vida inmortal, luz sin ocaso. Dios es amor: Padre, Hijo y Espíritu
Santo. Dios quiere comunicar libremente la gloria de su vida bienaventurada.
Tal es el "designio benevolente" (Ef 1,9) que concibió antes de la creación
del mundo en su Hijo amado, "predestinándonos a la adopción filial en él" (Ef
1,4-5), es decir, "a reproducir la imagen de su Hijo" (Rom 8,29) gracias al
"Espíritu de adopción filial" (Rom 8,15). Este designio es una "gracia dada
antes de todos los siglos" (2 Tm 1,9-10), nacido inmediatamente del amor
trinitario. Se despliega en la obra de la creación, en toda la historia de
la salvación después de la caída, en las misiones del Hijo y del Espíritu,
cuya prolongación es la misión de la Iglesia (cf. AG 2-9).
258
Toda la economía divina es la obra común de las tres personas divinas.
Porque la Trinidad, del mismo modo que tiene una sola y misma naturaleza,
así también tiene una sola y misma operación (cf. Cc. de Constantinopla, año
553: DS 421). "El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no son tres principios
de las criaturas, sino un solo principio" (Cc. de Florencia, año 1442: DS
1331). Sin embargo, cada persona divina realiza la obra común según su
propiedad personal. Así la Iglesia confiesa, siguiendo al Nuevo Testamento
(cf. 1 Co 8,6): "uno es Dios y Padre de quien proceden todas las cosas, un
solo el Señor Jesucristo por el cual son todas las cosas, y uno el Espíritu
Santo en quien son todas las cosas (Cc. de Constantinopla II: DS 421). Son,
sobre todo, las misiones divinas de la Encarnación del Hijo y del don del
Espíritu Santo las que manifiestan las propiedades de las personas divinas.
259
Toda la
economía divina, obra a la vez común y personal, da a conocer la propiedad
de las personas divinas y su naturaleza única. Así, toda la vida cristiana
es comunión con cada una de las personas divinas, sin separarlas de ningún
modo. El que da gloria al Padre lo hace por el Hijo en el Espíritu Santo; el
que sigue a Cristo, lo hace porque el Padre lo atrae (cf. Jn 6,44) y el
Espíritu lo mueve (cf. Rom 8,14).
260
El fin último de toda la economía divina es la entrada de las criaturas en
la unidad perfecta de la Bienaventurada Trinidad (cf. Jn 17,21-23). Pero
desde ahora somos llamados a ser habitados por la Santísima Trinidad: "Si
alguno me ama -dice el Señor- guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y
vendremos a él, y haremos morada en él" (Jn 14,23).
Dios
mío, Trinidad que adoro, ayúdame a olvidarme enteramente de mí mismo para
establecerme en ti, inmóvil y apacible como si mi alma estuviera ya en la
eternidad; que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de ti, mi
inmutable, sino que cada minuto me lleve más lejos en la profundidad de tu
Misterio. Pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, tu morada amada y el
lugar de tu reposo. Que yo no te deje jamás solo en ella, sino que yo esté
allí enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada
sin reservas a tu acción creadora (Oración de la Beata Isabel de la
Trinidad)
Resumen
261 El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de
la vida cristiana. Sólo Dios puede dárnoslo a conocer revelándose como
Padre, Hijo y Espíritu Santo.
262 La Encarnación del Hijo de Dios revela que Dios es el Padre eterno, y que
el Hijo es consubstancial al Padre, es decir, que es en él y con él el mismo
y único Dios.
263
La
misión del Espíritu Santo, enviado por el Padre en nombre del Hijo (cf. Jn
14,26) y por el Hijo "de junto al Padre" (Jn 15,26), revela que él es con
ellos el mismo Dios único. "Con el Padre y el Hijo recibe una misma
adoración y gloria".
264
"El
Espíritu Santo procede del Padre en cuanto fuente primera y, por el don
eterno de este al Hijo, del Padre y del Hijo en comunión" (S. Agustín, Trin.
15,26,47).
265 Por la gracia del bautismo "en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo" somos llamados a participar en la vida de la Bienaventurada
Trinidad, aquí abajo en la oscuridad de la fe y, después de la muerte, en la
luz eterna (cf. Pablo VI, SPF 9).
266 "La fe católica es esta: que veneremos un Dios en la Trinidad y la
Trinidad en la unidad, no confundiendo las personas, ni separando las
substancias; una es la persona del Padre, otra la del Hijo, otra la del
Espíritu Santo; pero del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo una es la
divinidad, igual la gloria, coeterna la majestad" (Symbolum "Quicumque").
267 Las personas divinas, inseparables en lo su ser, son también inseparables
en su obrar. Pero en la única operación divina cada una manifiesta lo que le
es propio en la Trinidad, sobre todo en las misiones divinas de la
Encarnación del Hijo y del don del Espíritu Santo. |