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22 de agosto |
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María, Reina del Universo |
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Catequesis de S.S. Juan Pablo II |
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1.
La devoción popular invoca a María como Reina. El Concilio, después
de recordar la asunción de la Virgen «en cuerpo y alma a la gloria del
cielo», explica que fue «elevada (...) por el Señor como Reina del
universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los
señores (cf. Ap 19, 16) y vencedor del pecado y de la muerte» (Lumen
gentium, 59). Pero ya en un fragmento de una homilía, atribuido a Orígenes, aparece este comentario a las palabras pronunciadas por Isabel en la Visitación: «Soy yo quien debería haber ido a ti, puesto que eres bendita por encima de todas las mujeres tú, la madre de mi Señor, tú mi Señora» (Fragmenta: PG 13, 1.902 D). En este texto se pasa espontáneamente de la expresión «la madre de mi Señor» al apelativo «mi Señora», anticipando lo que declarará más tarde san Juan Damasceno, que atribuye a María el título de «Soberana»: «Cuando se convirtió en madre del Creador, llegó a ser verdaderamente la soberana de todas las criaturas» (De fide orthodoxa, 4, 14: PG 94 1.157). 2. Mi venerado
predecesor Pío XII en la encíclica Ad coeli Reginam, a la que
se refiere el texto de la constitución Lumen gentium, indica
como fundamento de la realeza de María, además de su maternidad, su
cooperación en la obra de la redención. La encíclica recuerda el
texto litúrgico: «Santa María, Reina del cielo y Soberana del mundo,
sufría junto a la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (MS 46
[1954] 634). Establece, además, una analogía entre María y Cristo,
que nos ayuda a comprender el significado de la realeza de la Virgen.
Cristo es rey no sólo porque es Hijo de Dios, sino también porque es
Redentor. María es reina no sólo porque es Madre de Dios, sino
también porque, asociada como nueva Eva al nuevo Adán, cooperó en la
obra de la redención del género humano (MS 46 [1954] 635). Observando la analogía entre la Ascensión de Cristo
y la Asunción de María, podemos concluir que, subordinada a Cristo,
María es la reina que posee y ejerce sobre el universo una soberanía
que le fue otorgada por su Hijo mismo. Citando la bula Ineffabilis Deus, de Pío IX,
el Sumo Pontífice Pío XII pone de relieve esta dimensión materna de
la realeza de la Virgen: «Teniendo hacia nosotros un afecto materno e
interesándose por nuestra salvación ella extiende a todo el género
humano su solicitud. Establecida por el Señor como Reina del cielo y de
la tierra, elevada por encima de todos los coros de los ángeles y de
toda la jerarquía celestial de los santos, sentada a la diestra de su
Hijo único, nuestro Señor Jesucristo, obtiene con gran certeza lo que
pide con sus súplicas maternal; lo que busca, lo encuentra, y no le
puede faltar» (MS 46 [1954] 636-637). Más aún, la solicitud de María Reina por los hombres puede ser plenamente eficaz precisamente en virtud del estado glorioso posterior a la Asunción. Esto lo destaca muy bien san Germán de Constantinopla, que piensa que ese estado asegura la íntima relación de María con su Hijo, y hace posible su intercesión en nuestro favor. Dirigiéndose a María, añade: Cristo quiso «tener, por decirlo así, la cercanía de tus labios y de tu corazón; de este modo, cumple todos los deseos que le expresas, cuando sufres por tus hijos, y él hace, con su poder divino, todo lo que le pides» (Hom 1: PG 98, 348). 5. Se puede
concluir que la Asunción no sólo favorece la plena comunión de María
con Cristo, sino también con cada uno de nosotros: está junto a
nosotros, porque su estado glorioso le permite seguirnos en nuestro
itinerario terreno diario. También leemos en san Germán: «Tú moras
espiritualmente con nosotros, y la grandeza de tu desvelo por nosotros
manifiesta tu comunión de vida con nosotros» (Hom 1: PG 98,
344). |
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