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San
Luis fue un hombre excepcional dotado por Dios de una gran
sabiduría para gobernar, una enorme bondad que le atraía las
simpatías de la gente, y una generosidad inmensa para ayudar a los
necesitados, unido todo esto a una profundísima piedad que lo
llevó a ser un verdadero santo.
Una
madre ejemplar. Tuvo la dicha San Luis de tener por madre a una
mujer admirable, Blanca de Castilla, que se preocupó por hacer de
él un cristiano fervoroso y un gobernante intachable. Esta mujer
formidable le repetía a su hijo: "Te
amo muchísimo, pero preferiría mil veces verte muerto antes que
saber que has cometido un pecado mortal".
Era
un hijo del rey Luis VIII de Francia, y nació en 1214. Toda su vida
sintió una gran veneración por la Iglesita donde fue bautizado y
allá iba cada año a darle gracias a Dios por haberle permitido ser
cristiano.
Una
vez preguntó a un empleado qué preferiría, si cometer un pecado
mortal o volverse leproso. El otro le respondió que preferiría el
pecado. San Luis lo corrigió diciéndole: "No,
no hay desgracia ni enfermedad mayor ni más horrorosa que cometer
un pecado grave".
A
los 12 años quedó huérfano de padre, y su madre Blanca asumió el
mando del país mientras el hijo llegaba a mayoría de edad. Al
cumplir sus 21 años fue coronado como rey, con el nombre de Luis
IX.
Buen
guerrero pero generoso. San Luis fue siempre un guerrero hábil,
inteligente y valeroso, pero supremamente generoso con los vencidos.
Cuando él subió al trono muchos condes y marqueses, imaginándose
que sería un joven débil y sin ánimos para hacerse respetar, se
declararon en rebelión contra él. Luis organizó muy bien su
ejército y los fue derrotando uno por uno. El rey de Inglaterra
invadió a Francia, y Luis con su ejército lo derrotó y los
expulsó del país. Pero estaba siempre dispuesto a pactar la paz
con sus enemigos tan pronto como ellos lo deseaban. Decía que sólo
hacía la guerra por defender la patria, pero nunca por atacar a los
demás.
Amigo
de la religión. Pocos gobernantes en la historia han sido tan
amigos de la religión católica como el rey San Luis. Le agradaba
mucho ir a los conventos a rezar con los religiosos y asistir con
ellos a las ceremonias religiosas. Alguien le dijo que había gente
que le criticaba por ser tan piadoso y asistir a tantas reuniones
donde se rezaba, y él le respondió: "De
eso no me avergüenzo ni me avergonzaré jamás. Y esté seguro de
que si en vez de ir a esas reuniones a orar, me fuera a otras
reuniones a beber, bailar y parrandear, entonces sí que esas gentes
no dirían nada. Prefiero que me alabe mi Dios aunque la gente me
critique, porque por El vivo y para El trabajo, y de El lo espero
todo".
Padre
y esposo. A los 19 años contrajo matrimonio con Margarita, una
mujer virtuosa que fue durante toda su vida su más fiel compañera
y colaboradora. Su matrimonio fue verdaderamente feliz. Tuvo cinco
hijos y seis hijas. Sus descendientes fueron reyes de Francia
mientras ese país tuvo monarquía, o sea hasta el año 1793 (por
siete siglos) hasta que fue muerto el rey Luis XVI, al cual el
sacerdote que lo acompañaba le dijo antes de morir: "Hijo
de San Luis, ya puedes partir para la eternidad". A sus
hijos los educó con los más esmerados cuidados, tratando de que lo
que más les preocupara siempre, fuera el tratar de no ofender a
Dios.
Sus
leyes especiales. San Luis se propuso disminuir en su país la
nefasta costumbre de maldecir, y mandaba dar muy fuertes castigos a
quienes sorprendían maldiciendo delante de los demás. En esto era
sumamente severo y fue logrando que las gentes no escandalizaran con
sus palabras maldicientes.
Otra
ley que dio fue la prohibición de cobrar intereses demasiado altos
por el dinero que se prestaba. En ese tiempo existían muchos
usureros (especialmente judíos) que prestaban dinero al cinco o
seis por ciento mensual y arruinaban a miles de personas. San Luis
prohibió la usura (que consiste en cobrar intereses exagerados) y a
quienes sorprendían aprovechándose de los pobres en esto, les
hacía devolver todo lo que les habían quitado. Un rico millonario
mandó matar a tres niños porque entraban a sus fincas a cazar
conejos. El rey San Luis hizo que el rico le quitaran sus haciendas
y las repartieran entre la gente pobre.
La
gran cruzada. Sabiendo que era un hombre extraordinariamente
piadoso, le hicieron llegar desde Constantinopla la Corona de
Espinas de Jesús, y él entusiasmado le mandó construir una lujosa
capilla para venerarla. Y al saber que la Tierra Santa donde nació
y murió Jesucristo, era muy atacada por los mahometanos, dispuso
organizar un ejército de creyentes para ir a defender el País de
Jesús. Esto lo hacía como acción de gracias por haberlo librado
Dios de una gran enfermedad.
Organizó
una buena armada y en 1247 partió para Egipto, donde estaba el
fuerte de los mahometanos. Allí combatió heroicamente contra los
enemigos de nuestra religión y los derrotó y se apoderó de la
ciudad de Damieta. Entró a la ciudad, no con el orgullo de un
triunfador, sino a pie y humildemente. Y prohibió a sus soldados
que robaran o que mataran a la gente pacífica.
La
hora del dolor y de la derrota. Pero sucedió que el ejército del
rey San Luis fue atacado por la terrible epidemia de tifo negro y de
disentería y que murieron muchísimos. Y el mismo rey cayó
gravemente enfermo con altísima fiebre. Entonces los enemigos
aprovecharon la ocasión y atacaron y lograron tomar prisionero al
santo monarca. En la prisión tuvo que sufrir muchas humillaciones e
incomodidades, pero cada día rezaba los salmos que rezan los
sacerdotes diariamente.
Rescate
costoso. Los mahometanos le exigieron como rescate un millón de
monedas de oro y entregar la ciudad de Damieta para liberarlo a él
y dejar libre a sus soldados. La reina logró conseguir el millón
de monedas de oro, y les fue devuelta la ciudad de Damieta. Pero los
enemigos solamente dejaron libres al rey y a algunos de sus
soldados. A los enfermos y a los heridos los mataron, porque la
venganza de los musulmanes ha sido siempre tremenda y sanguinaria.
El
rey aprovechó para irse a Tierra Santa y tratar de ayudar a aquel
país de las mejores maneras que le fue posible. El ha sido uno de
los mejores benefactores que ha tenido el país de Jesús. A los 4
años, al saber la muerte de su madre, volvió a Francia.
Obras
de caridad admirables. En su tiempo fue fundada en París la
famosísima Universidad de La Sorbona, y el santo rey la apoyó lo
más que pudo. El mismo hizo construir un hospital para ciegos, que
llegó a albergar 300 enfermos. Cada día invitaba a almorzar a su
mesa a 12 mendigos o gente muy pobre. Cada día mandaba repartir en
las puestas de su palacio, mercados y ropas a centenares de pobres
que llegaban a suplicar ayuda. Tenía una lista de gentes muy pobres
pero que les daba vergüenza pedir (pobres vergonzantes) y les
mandaba ayudas secretamente, sin que los demás se dieran cuenta.
Buscaba por todos los medios que se evitaran las peleas y las luchas
entre cristianos. Siempre estaba dispuesto a hacer de mediador entre
los contendientes para arreglar todo a las buenas.
Agonía
en plena guerra. Sentía un enorme deseo de lograr que los países
árabes se volvieran católicos. Por eso fue con su ejército a la
nación de Túnez a tratar de lograr que esas gentes se convirtieran
a nuestra santa religión. Pero allá lo sorprendió su última
enfermedad, un tifo negro, que en ese tiempo era mortal
Su
testamento. Dictó entonces su testamento que dice: "Es
necesario evitar siempre todo pecado grave, y estar dispuesto a
sufrir cualquier otro mal, antes que cometer un pecado mortal. Lo
más importante de la vida es amar a Dios con todo el corazón.
Cuando llegan las penas y los sufrimientos hay que ofrecer todo por
amor a Dios y en pago de nuestros pecados. Y en las horas de éxitos
y de prosperidad dar gracias al Señor y no dedicarse a la
vanagloria del desperdicio. En el templo hay que comportarse con
supremo respeto. Con los pobres y afligidos hay que ser en extremo
generosos. Debemos dar gracias a Dios por sus beneficios, y así nos
concederá muchos favores más. Con la Santa Iglesia Católica
seamos siempre hijos fieles y respetuosos". Estos consejos
dichos por todo un rey, son dignos de admiración.
Santa
muerte. El 24 de agosto del año 1270 sintió que se iba a morir y
pidió los santos sacramentos. De vez en cuando repetía: "Señor,
estoy contento, porque iré a tu casa del cielo a adorarte y amarte
para siempre". El 25 de agosto a las tres de la tarde,
exclamó: "Padre, en tus manos encomiendo mi
espíritu", y murió santamente.
El
Sumo Pontífice lo declaró santo en el año 1297. |