San Josafat de Lituania
Mártir
Año 1623
La sangre de los mártires es
semilla
de nuevos cristianos (Tertuliano).
Josafat
es una palabra hebrea que significa "Dios es mi
juez".
La
nación de Lituania es ahora de gran mayoría católica. Pero
en un tiempo en ese país la religión era dirigida por los
cismáticos ortodoxos que no obedecen al Sumo Pontífice. Y la
conversión de Lituania al catolicismo se debe en buena parte
a San Josafat. Pero tuvo que derramar su sangre, para
conseguir que sus paisanos aceptaran el catolicismo.
Nació
en 1580, de padres católicos fervorosos. Su madre le enseñó
a mirar de vez en cuando el crucifijo y pensar en lo que
Jesucristo sufrió por nosotros, y esto le emocionaba mucho y
le invitaba a dedicar su vida por hacer amar más a Nuestro
Salvador.
De
joven entró de ayudante de un vendedor de telas, y en los
ratos libres se dedicaba a leer libros religiosos. Esto le
disgustaba mucho al principio al dueño del almacén, pero
después, viendo que el joven se dedicaba con tanto esmero a
los oficios que tenía que hacer, se dio cuenta de que las
lecturas piadosas lo llevaban a ser más bueno y mejor
cumplidor de su deber. Y tanto se encariñó aquel negociante
con Josafat, que le hizo dos ofertas: permitirle casarse con
su hija y dejarlo como heredero de todos sus bienes. El joven
le agradeció sus ofrecimientos, pero le dijo que había
determinado conseguir más bien otra herencia: el cielo
eterno. Y que para ello se iba a dedicar a la vida religiosa.
Para
su fortuna se encontró con dos santos sacerdotes jesuitas que
lo fueron guiando en sus estudios, y lo encaminaron hacia el
monasterio de la Sma. Trinidad en Vilma, capital de Lituania,
y se hizo religioso, dirigido por los monjes basilianos en
1604. Al monasterio lo siguió un gran amigo suyo y personaje
muy sabio, Benjamín Rutsky, que será en adelante su eficaz
colaborador en todo.
En
1595 los principales jefes religiosos ortodoxos de Lituania
habían propuesto unirse a la Iglesia Católica de Roma, pero
los más fanáticos ortodoxos se habían opuesto violentamente
y se habían producido muchos desórdenes callejeros. Ahora
llegaba al convento el que más iba a trabajar y a
sacrificarse por obtener que su nación se pasara a la Iglesia
Católica. Pero le iba a costar hasta su propia sangre.
Josafat
fue ordenado de sacerdote, pero su vida siguió siendo como la
del monje más mortificado. Muchas horas cada día y cada
noche dedicadas a la oración. Lectura y meditación en las
Sagradas Escrituras y en los libros escritos por los santos.
Como penitencias aguantaba los terribles fríos del invierno y
los calores bochornosos del verano sin quejarse ni buscar
refrescantes. Cuando lo sorprendía una espantosa tormenta de
lluvias, truenos y rayos en pleno viaje, lo ofrecía todo por
sus pecados. Cuando los pobres estaban en grave necesidad se
iba de casa en casa pidiendo limosnas para ellos, y la
humillación de estar pidiendo la ofrecía por sus pecados y
por los de los demás pecadores. Pero su especial
mortificación era soportar las gentes ásperas e
incomprensivas, sin demostrar jamás disgusto ni
resentimiento.
Fue
nombrado superior del monasterio, en Vilma, pero varios de los
monjes que allí vivían eran ortodoxos y antirromanos. Con
gran paciencia, mucha prudencia y caridad llena de finura y de
santa diplomacia, se los fue ganando a todos. Ellos se dieron
cuenta de que Josafat tenía el don de consejo, y le iban a
consultar sus problemas e inquietudes y sus respuestas los
dejaban muy consolados y llenos de paz.
Con
sus sabias conferencias los fue convenciendo poco a poco de
que la verdadera Iglesia es la católica y que el sucesor de
San Pedro es el Sumo Pontífice y que a él hay que obedecer.
Con
razón los enemigos de la religión lo llamaban "ladrón
de almas".
Como
jefe de los monasterios tenía el deber de visitar las casas
que pertenecían a la religión. Una vez fue a visitar
oficialmente una casa donde vivían unos 200 hombres que
decían que se dedicaban a la religión, pero que en verdad no
llevaban una vida demasiado santa. El jefe de esa casa salió
furioso a recibirlo con unos perros bravísimos, anunciándole
que si se atrevía a entrar allí sería destrozado por esas
fieras. Pero el santo no se acobardó. Les habló de buenas
maneras y los logró apaciguar. Ellos habían determinado
echarlo al río, pero después de escucharlo y al darse cuenta
de que era un hombre de Dios, santo y amable, aceptaron su
visita, se hicieron sus amigos y aceptaron sus
recomendaciones. Las gentes decían: "Ahora sí que se
repitió el milagro antiguo: Daniel fue al foso de los leones
y estos no le hicieron nada".
En
1617, fue nombrado arzobispo de Polotsk, y se encontró con
que su arzobispado estaba en el más completo abandono. Se
dedicó a reconstruir templos y a obtener que los sacerdotes
se comportaran de la mejor manera posible. Visitó una por una
todas las parroquias. Redactó un catecismo y lo hizo circular
y aprender por todas partes. Dedicaba sus tiempos libres a
atender a los pobres e instruir a los ignorantes. Las gentes
lo consideraban un gran santo. Algunos decían que mientras
celebraba misa se veían resplandores a su alrededor. En 1620
ya su arzobispado era otra cosa totalmente diferente.
Pero
sucedió que un tal Melecio se hizo proclamar de arzobispo en
vez de Josafat (mientras este visitaba Polonia) y algunos
revoltosos empezaron a recorrer los pueblos atizando una
revuelta contra el santo, diciendo que no querían obedecer al
Papa de Roma. Muchos relajados se sentían molestos porque san
Josafat atacaba a los vicios y a las malas costumbres.
En
1623, sabiendo que la ciudad de Vitebsk era la más rebelde y
contraria a él, dispuso ir a visitarla para tratar de hacer
las paces con ellos. Sus amigos le rogaban que no fuera, y
varios le propusieron que llevara una escolta militar. Él no
admitió esto y exclamó: "Si Dios me juzga digno de
morir mártir, no temo morir". El recibimiento fue feroz.
Insultos, pedradas, amenazas. Cuando una chusma agresiva lo
rodeó insultándolo, él les dijo: "Sé que ustedes
quieren matarme y que me atacan por todas partes. En las
calles, en los puentes, en los caminos, en la Plaza Central,
en todas partes me han insultado. Yo no he venido en son de
guerra sino como pastor de las ovejas, buscando el bien de las
almas. Pero me considero verdaderamente feliz de poder dar la
vida por el bien de todos ustedes. Sé que estoy a punto de
morir, y ofrezco mi sacrificio por la unión de todas las
iglesias bajo la dirección del Sumo Pontífice".
Los
enemigos se propusieron poner una trampa al santo para poderlo
matar. Le enviaron un individuo que todos los días llegaba a
su casa, mañana y tarde a insultarlo. Al fin uno de los
secretarios del arzobispo detuvo al insultante para que no
faltara más al respeto al prelado, y esta era la señal que
los asesinos buscaban. Inmediatamente dieron voz de alarma en
toda la ciudad, reunieron la chusma y se lanzaron a despedazar
a todos los ayudantes de San Josafat.
Cuando
él vio que iban a linchar a sus colaboradores, salió al
patio y gritó a los atacantes: "Por favor, hijos míos,
no golpeen a mis ayudantes, que ellos no tienen la culpa de
nada. Aquí estoy yo para sufrir en vez de ellos".
Al
oír esto los jefes de la sedición gritaron: "¡Que
muera el amigo del Papa!" y se lanzaron contra él. Le
atravesaron de un lanzazo, le pegaron un balazo, y arrastraron
su cuerpo por las calles de la ciudad y lo echaron al río
Divna. Era el 12 de noviembre de 1623. Meses después los
verdugos se convirtieron a la fe católica y pidieron perdón
de su terrible crimen.
El
Papa ha declarado a San Josafat, Patrono de los que trabajan
por la unión de los cristianos.