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21-Febrero-2000 -- ZENIT Servicios de Noticias
JUAN PABLO II CLAUSRUA EL JUBILEO DE LOS DIACONOS PERMANENTESEl cardenal Castrillón Hoyos ordena a 18 en la Basílica vaticana CIUDAD DEL VATICANO, 20 feb (ZENIT).- Juan Pablo II se despidió esta mañana de los más dos mil diáconos permanentes que han venido a Roma este fin de semana para participar en su Jubileo por categoría recordándoles las palabras que escucharon el día de su ordenación: «Cree lo que lees, enseña lo que crees, vive lo que enseñes». Dirigiéndose, además, a los 25 mil diáconos permanentes que existen en el mundo (casados o célibes), el pontífice acuñó en una fórmula su misión: «abrazar el Evangelio, profundizar con la fe en su mensaje, amarlo y testimoniarlo con las palabras y las obras». De este modo, estos hombres, que constituyen una de las grandes novedades de la renovación traída por el Concilio Vaticano II --el diaconado permanente fue restablecido por este acontecimiento ecuménico-- se convierten en protagonistas decisivos, según el Papa, de la «nueva evangelización», gracias a su entrega «hecha coherencia y dedicación, valentía y generosidad, en el servicio cotidiano de la liturgia, de la palabra y de la caridad». Antes de este último encuentro del Jubileo de los diáconos con el Papa, había tenido lugar la Eucaristía, presidida por el cardenal Darío Castrillón Hoyos, prefecto de la Congregación vaticana para el Clero, en la que ordenó en la Basílica de San Pedro a dieciocho nuevos diáconos. Servidores de la Palabra, la Eucaristía y los hermanos Hombres maduros, llamados al servicio de la Palabra, de la Eucaristía y de la caridad, fueron las palabras con que las que el cardenal Castrillón trazó el perfil que caracteriza al diácono. Ante todo, el diácono es servidor de la Palabra para explicar el sentido de la vida de los individuos y de la sociedad, pues «las culturas dominantes no pueden erigirse en criterio de lectura y de comprensión», es algo que le corresponde al mensaje de Dios. «Es la verdad la que juzga los acontecimientos, y no viceversa, como trágicamente sucede con frecuencia», dijo el purpurado durante la homilía. El diácono es, en segundo lugar, servidor de la Eucaristía, con la que entra en una dimensión nueva, diferente al resto de las «demás formas de convivencia y de amistades humanas». Y, por último, el diácono es servidor de los necesitados, convirtiéndose en «expresión viva y operante de la caridad de la Iglesia que es al mismo tiempo pan para el hambriento, luz y cooperación para el desarrollo y el progreso social, palabra y acción de justicia», «vehículo privilegiado de la doctrina social de la Iglesia». Pero, como explicó el prefecto de la Congregación para el Clero, el diácono no podrá vivir ninguna de estas tres dimensiones sin la oración, gracias a la cual puede «ver el mundo con los ojos de Dios» y «amar a los hermanos con el corazón de Dios». «Martirio de la incomprensión» El momento culminante de este Jubileo por categoría había tenido lugar 24 horas antes cuando Juan Pablo II recibió a los diáconos permanentes junto a sus familias. Un encuentro cariñoso en el que el pontífice habló sin pelos en la lengua: «En nuestros tiempos no faltan personas a las que Dios llama al martirio cruento; pero son mucho más numerosos los creyentes sometidos al "martirio" de la incomprensión. Que vuestro corazón no se turbe ante las dificultades y los contrastes, sino que, por el contrario, crezca en la confianza en Jesús que ha redimido a los hombres mediante el martirio de la Cruz». Apóstoles de la cultura de la vida Tras la audiencia con el Papa, los diáconos continuaron reflexionado sobre su propio papel y misión gracias a las propuestas que les hizo el arzobispo de San Juan de Puerto Rico, monseñor Roberto Octavio González Nieves. El prelado subrayó que, en tiempos como los nuestros, en los que reina una cultura de la muerte, los diáconos pueden dar una ayuda única al obispo. En concreto, alentó a los que están casados (el 84% de los diáconos permanentes) a hacer de su familia una «iglesia doméstica». En ese mismo momento, los familiares de los diáconos casados se reunían con el cardenal James Francis Stafford, presidente del Consejo Pontificio para los Laicos, quien se detuvo a analizar los desafíos de una familia en la que el padre es, además, servidor de la Iglesia por el sacramento del servicio. A continuación, todos, los diáconos y sus familiares, se reunieron en la plaza de San Pedro para atravesar la Puerta Santa de la Basílica vaticana, un intenso momento penitencial que culminó con la renovación de los compromisos asumidos con la ordenación diaconal. Compromisos que resumió este domingo Juan Pablo II al dirigirles sus últimas palabras: «Diáconos que estáis llamados por el celibato a una existencia totalmente dedicada a Dios y a su Reino, vivid vuestra misión con alegría y fidelidad. Vividla también vosotros, diáconos casados, a quien Cristo os pide ser modelos de verdadero amor en la vida familiar. A los unos y a los otros el Señor los ha elegido como a sus colaboradores en la obra de la salvación».
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