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8-Febrero-2000 -- ZENIT Servicios de Noticias
JUBILEO: CUANDO LA FE SE HACE CAMINO AL ENCUENTRO DEL INVISIBLEJ. Ries: los hombres siempre han peregrinado tras las huellas de lo sacro ROMA, 7 feb (ZENIT).- La peregrinación ahonda sus raíces en la propia historia de la humanidad. Siempre hubo en el ser humano una moción espiritual de búsqueda de los sagrado. Es algo que subraya el conocido especialista en historia de las religiones Julien Ries en un artículo publicado en la revista de cultura y ciencias humanas «Kos», cuyo último número está dedicado a Jerusalén. El viaje ha sido a lo largo de los siglos para las religiones primitivas y para las históricas una importante práctica. Era un desplazamiento relacionado con los mitos, los símbolos, pero con el deseo de orar en los lugares donde se produjeron los principales acontecimientos de la propia fe. Es este el sentido profundo de la dinamización de energías dormidas que ha supuesto la convocatoria del año jubilar. Reencontrarse con las fuentes de nuestra fe. Julien Ries afirma en su artículo que las primeras trazas de peregrinaciones realizadas por el ser humano se remontan a hace veinte mil años. Son huellas que se afirman en las culturas neolíticas. Al alba de la historia, algunos relatos de la antigua Mesopotamia hablan de procesiones y peregrinaciones de cuyo ritual permanecen algunos fragmentos. Bajo el Antiguo Imperio del Egipto faraónico, los peregrinos se dirigían a las ciudades santas de Heliopolis, Menfis o Tebas. En el Medio Oriente, en el Imperio hitita, cada año, la pareja real realizaba un periplo religioso por los grandes santuarios en las montañas. En la antigua Grecia, las columnas de peregrinos se dirigían a los templos de Delfos, Eleusis o Epidauro. En India, la geografía sagrada pasa por Benarés, Puri o Mathura y los lugares budistas, o la ciudad santa de los Sij. Lo mismo sucede en otros países asiáticos. También en las civilizaciones de América Central había lugares sagrados, objeto de peregrinación. Los hijos de Abraham ocupan un lugar destacado en la historia de las peregrinaciones, sobre todo con las tumbas de los patriarcas, la más ilustre de las cuales es la gruta de Makpela en Hebrón. La peregrinación a Jerusalén será el centro de la vida del pueblo de Israel. En el Islam, la peregrinación a La Meca es el quinto pilar de la religión instituida por Mahoma. Cita también el experto de la historia de las religiones los miles de peregrinos de diversas religiones esparcidas por Africa, Oceanía, América Latina y Siberia. «Tal universalidad --afirma Julien Ries-- es signo de la importancia de las peregrinaciones en las religiones y en las culturas de los pueblos». «El peregrino --añade-- es un viajante que ha dejado su casa para ir en busca del misterio, es decir el "más allá", capaz de cambiar algo "en esta vida". La motivación del peregrino no son los negocios, ni la familia, ni la curiosidad artística o intelectual». El auténtico peregrino según Ries es «un hombre religioso» que «cree en la existencia de una Realidad última y trascendente a la que da nombre diverso en las diversas culturas: "dyu", raíz indo-europea que significa "Ser de luz"; Dios, "Deus". Para hablar de su relación con este absoluto, el hombre indo-europeo ha inventado el término "sakros", es decir sagrado. Cada peregrinación se coloca en el contexto de una experiencia de lo sagrado que se hace a través de los símbolos, de los ritos y de los mitos. De aquí la relación entre el aspecto cultural y el religioso. En la experiencia de lo sagrado, el símbolo tiene una función esencial porque es un signo que consiente el paso de lo visible a lo invisible y se hace así manifestación del misterio». En el camino del peregrino, el símbolo está siempre presente. La elección del lugar de peregrinación no es nunca arbitraria. En las religiones históricas, se hace en relación a los acontecimientos fundamentales y, en las religiones arcaicas, está en cambio determinado por los mitos. Los Evangelios demuestran que las comunidades de Palestina conservan la memoria de los numerosos lugares de la vida y muerte de Jesús. Pero, poco antes de la primera revuelta contra Roma (66-70 D.C.) los cristianos dejan Jerusalén, antes de la destrucción de la ciudad y del Templo. Tras la segunda revuelta (132-135 D.C.), el emperador Adriano decide acabar con la ciudad, que había sido reconstruida. Rellena las ruinas y sobre ellas edifica la columna Aelia Capitolina, una ciudad romana y pagana que recubre los vestigios antiguos y, al mismo tiempo, conserva todas los memoriales evangélicos, escondidos bajo los templos paganos. Los primeros cristianos comprendieron y vivieron la realidad de la peregrinación a Tierra Santa, pero en un contexto de persecución. Tras el 313 D.C, a la libertad de la Iglesia sigue el redescubrimiento de Jerusalén. A ello se añade la atracción ejercida por las tumbas de los mártires y de los grandes testigos de la fe. Nace de nuevo Jerusalén como polo de atracción de las peregrinaciones cristianas que será el origen de todas las peregrinaciones posteriores.
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