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1997
EL AñO DE JESUCRISTO
I año: Jesucristo. El primer año, 1997, se
dedicará a la reflexión sobre Cristo, Verbo del Padre, hecho hombre
por obra del Espíritu Santo. Es necesario destacar el carácter
claramente cristológico del Jubileo, que celebrará la Encarnación y
la venida al mundo del Hijo de Dios, misterio de salvación para todo el
género humano. El tema general, propuesto para este año por muchos
Cardenales y Obispos, es: "Jesucristo, único Salvador del mundo,
ayer, hoy y siempre" (cf. Hb 13, 8).Entre los contenidos
cristológicos propuestos en el Consistorio sobresalen los siguientes:
el descubrimiento de Cristo Salvador y Evangelizador, con particular
referencia al capítulo cuarto del Evangelio de Lucas, donde el tema de
Cristo enviado a evangelizar se entrelaza con el del Jubileo; la
profundización del misterio de su Encarnación y de su nacimiento del
seno virginal de María; La necesidad de la fe en Él para la
salvación.1. Para conocer la verdadera identidad de Cristo, es
necesario que los cristianos, sobre todo durante este año, vuelvan con
renovado interés a la Sagrada Escritura, "en la liturgia, tan
llena del lenguaje de Dios; en la lectura espiritual, o bien en otras
instituciones o con otros medios que para dicho fin se organizan hoy por
todas partes". En el texto revelado es el mismo Padre celestial que
sale a nuestro encuentro amorosamente y se entretiene con nosotros
manifestándonos la naturaleza del Hijo unigénito y su proyecto de
salvación para la humanidad.41. El esfuerzo de actualización
sacramental mencionado anteriormente podrá ayudar, a lo largo del año,
al descubrimiento del Bautismo como fundamento de la existencia
cristiana, según la palabra del Apóstol: "Todos los bautizados en
Cristo os habéis revestido de Cristo" (Gal 3, 27). El Catecismo de
la Iglesia Católica, por su parte, recuerda que el Bautismo constituye
"el fundamento de la comunión entre todos los cristianos, e
incluso con los que todavía no están en plena comunión con la Iglesia
católica". Bajo el perfil ecuménico, será un año muy importante
para dirigir juntos la mirada a Cristo, único Señor, con la intención
de llegar a ser en El una sola cosa, según su oración al Padre. La
acentuación de la centralidad de Cristo, de la Palabra de Dios y de la
fe no debería dejar de suscitar en los cristianos de otras Confesiones
interés y acogida favorable.42. Todo deberá mirar al objetivo
prioritario del Jubileo que es el fortalecimiento de la fe y del
testimonio de los cristianos. Es necesario suscitar en cada fiel un
verdadero anhelo de santidad, un fuerte deseo de conversión y de
renovación personal en un clima de oración siempre más intensa y de
solidaria acogida del prójimo, especialmente del más necesitado.El
primer año será, por tanto, el momento adecuado para el
redescubrimiento de la catequesis en su significado y valor originario
de "enseñanza de los Apóstoles" (Hch 2, 42) sobre la persona
de Jesucristo y su misterio de salvación. De gran utilidad, para este
objetivo, será la profundización en el Catecismo de la Iglesia
Católica, que presenta "fiel y orgánicamente la enseñanza de la
Sagrada Escritura, de la Tradición viva en la Iglesia y del Magisterio
auténtico, así como la herencia espiritual de los Padres, de los
santos y las santas de la Iglesia, para permitir conocer mejor el
misterio cristiano y reavivar la fe del Pueblo de Dios". Para ser
realistas, no se podrá descuidar la recta formación de las conciencias
de los fieles sobre las confusiones relativas a la persona de Cristo,
poniendo en su justo lugar los desacuerdos contra Él y contra la
Iglesia.43. María Santísima, que estará presente de un modo por así
decir "transversal" a lo largo de toda la fase preparatoria,
será contemplada durante este primer año en el misterio de su
Maternidad divina. ¡En su seno el Verbo se hizo carne! La afirmación
de la centralidad de Cristo no puede ser, por tanto, separada del
reconocimiento del papel desempeñado por su Santísima Madre. Su culto,
aunque valioso, de ninguna manera debe menoscabar "la dignidad y la
eficacia de Cristo, único Mediador". María, dedicada
constantemente a su Divino Hijo, se propone a todos los cristianos como
modelo de fe vivida. "La Iglesia, meditando sobre ella con amor y
contemplándola a la luz del Verbo hecho hombre, llena de veneración,
penetra más íntimamente en el misterio supremo de la Encarnación y se
identifica cada vez más con su Esposo".
1998
AñO DEL ESPíRITU SANTO
II año: El Espíritu Santo. El 1998, segundo año
de la fase preparatoria, se dedicará de modo particular al Espíritu
Santo y a su presencia santificadora dentro de la comunidad de los
discípulos de Cristo. "El gran Jubileo, que concluirá el segundo
milenio escribía en la Encíclica Dominum et vivificantem (...) tiene
una dimensión pnemautológica, ya que el misterio de la Encarnación se
realizó por obra del Espíritu Santo. Lo realizó aquel Espíritu que
consustancial al Padre y al Hijo es, en el misterio absoluto de Dios uno
y trino, la Persona-amor, el don increado, fuente eterna de toda dávida
que proviene de Dios en el orden de la creación, el principio directo
y, en cierto modo, el sujeto de la autocomunicación de Dios en el orden
de la gracia. El misterio de la Encarnación constituye el culmen de
esta dávida y de esta autocomunicación divina".La Iglesia no
puede prepararse al cumplimiento bimilenario "de otro modo, sino es
por el Espíritu Santo. Lo que en la plenitud de los tiempos se realizó
por obra del Espíritu Santo, solamente por obra suya puede ahora surgir
de la memoria de la Iglesia".El Espíritu, de hecho, actualiza en
la Iglesia de todos los tiempos y de todos los lugares la única
Revelación traída por Cristo a los hombres, haciéndola viva y eficaz
en el ánimo de cada uno: "El Paráclito, el Espíritu Santo, que
el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará
todo lo que yo os he dicho" (Jn 14, 26).45. Se incluye por tanto
entre los objetivos primarios de la preparación del Jubileo el
reconocimiento de la presencia y de la acción del Espíritu, que actúa
en la Iglesia tanto sacramentalmente, sobre todo por la Confirmación,
como a través de los diversos carismas, tareas y ministerios que Él ha
suscitado para su bien: "Es el mismo Espíritu el que, según su
riqueza y las necesidades de los ministerios (cf. 1 Cor 12, 1-11),
distribuye sus diversos dones para el bien de la Iglesia. Entre estos
dones destaca la gracia de los Apóstoles, a cuya autoridad el Espíritu
mismo somete incluso los carismáticos (cf. 1 Cor 14). El mismo
Espíritu personalmente, con su fuerza y con la íntima conexión de los
miembros, da unidad al cuerpo y así produce y estimula el amor entre
los creyentes".El Espíritu es también para nuestra época el
agente principal de la nueva evangelización. Será por tanto importante
descubrir al Espíritu como Aquel que construye el Reino de Dios en el
curso de la historia y prepara su plena manifestación en Jesucristo,
animando a los hombres en su corazón y haciendo germinar dentro de la
vivencia humana las semillas de la salvación definitiva que se dará al
final de los tiempos.46. En esta dimensión escatológica, los creyentes
serán llamados a redescubrir la virtud teologal de la esperanza, acerca
de la cual "fuisteis ya instruidos por la Palabra de la verdad, el
Evangelio" (Col 1, 5). La actitud fundamental de la esperanza, de
una parte, mueve al cristiano a no perder de vista la meta final que da
sentido y valor a su entera existencia y, de otra, le ofrece
motivaciones sólidas y profundas para el esfuerzo cotidiano en la
transformación de la realidad para hacerla conforme al proyecto de
Dios.Como recuerda el apóstol Pablo: "Pues sabemos que la
creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no
sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu,
nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de
nuestro cuerpo. Porque nuestra salvación es en esperanza" (Rm 8,
22-24). Los cristianos están llamados a prepararse al Gran Jubileo del
inicio del tercer milenio renovando su esperanza en la venida definitiva
del Reino de Dios, preparándolo día a día en su corazón, en la
comunidad cristiana a la que pertenecen, en el contexto social donde
viven y también en la historia del mundo.Es necesario además que se
estimen y profundicen los signos de esperanza presentes en este último
fin de siglo, a pesar de las sombras que con frecuencia los esconden a
nuestros ojos: en el campo civil, los progresos realizados por la
ciencia, por la técnica y sobre todo por la medicina al servicio de la
vida humana, un sentido más vivo de responsabilidad en relación al
ambiente, los esfuerzos por restablecer la paz y la justicia allí donde
hayan sido violadas, la voluntad de reconciliación y de solidaridad
entre los diversos pueblos, en particular en la compleja relación entre
el Norte y el Sur del mundo...; en el campo eclesial, una más atenta
escucha de la voz del Espíritu a través de la acogida de los carismas
y la promoción del laicado, la intensa dedicación a la causa de la
unidad de todos los cristianos, el espacio abierto al diálogo con las
religiones y con la cultura contemporánea...47. La reflexión de los
fieles en el segundo año de preparación deberá centrarse con
particular solicitud sobre el valor de la unidad dentro de la Iglesia, a
la que tienden los distintos dones y carismas suscitados en ella por el
Espíritu. A este propósito se podrá oportunamente profundizar en la
doctrina eclesiológica del Concilio Vaticano II contenida sobre todo en
la Constitución dogmática Lumen Gentium. Este importante documento ha
subrayado expresamente que la unidad del Cuerpo de Cristo se funda en la
acción del Espíritu Santo, está garantizada por el ministerio
apostólico y sostenida por el amor recíproco (cf. 1 Cor 13, 1-8). Tal
profundización catequética de la fe llevará a los miembros del Pueblo
de Dios a una conciencia más madura de las propias responsabilidades,
como también a un más vivo sentido del valor de la obediencia
eclesial. 48. María, que concibió al Verbo encarnado por obra del
Espíritu Santo y se dejó guiar después en toda su existencia por su
acción interior, será contemplada e imitada a lo largo de este año
sobre todo como la mujer dócil a la voz del Espíritu, mujer del
silencio y de la escucha, mujer de esperanza, que supo acoger como
Abraham la voluntad de Dios "esperando contra toda esperanza"
(Rom 4, 18). Ella ha llevado a su plena expresión el anhelo de los
pobres de Yhaveh, y resplandece como modelo para quienes se fían con
todo el corazón de las promesas de Dios.
1999 AñO
DEL PADRE
III año: Dios Padre. El 1999, tercer y último año
preparatorio, tendrá la función de ampliar los horizontes del creyente
según la visión misma de Cristo: la visión del "Padre
celestial" (cf. Mt 5, 45), por quien fue enviado y a quien
retornará (cf. Jn 16, 28)."Esta es la vida eterna: que te conozcan
a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado,
Jesucristo" (Jn 17, 3). Toda la vida cristiana es como una gran
peregrinación hacia la casa del Padre, del cual se descubre cada día
su amor incondicionado por toda criatura humana, y en particular por el
"hijo pródigo" (cf. Lc 15, 11-32). Esta peregrinación afecta
a lo íntimo de la persona, prolongándose después a la comunidad
creyente para alcanzar la humanidad entera.El Jubileo, centrado en la
figura de Cristo, llega de este modo a ser un gran acto de alabanza al
Padre: "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los
cielos, en Cristo" (Ef 1, 3).50. En este tercer año el sentido del
"camino hacia el Padre" deberá llevar a todos a emprender, en
la adhesión a Cristo Redentor del hombre, un camino de auténtica
conversión, que comprende tanto un aspecto "negativo" de
liberación del pecado, como un aspecto "positivo" de
elección del bien, manifestado por los valores éticos contenidos en la
ley natural, confirmada y profundizada por el Evangelio. Es éste el
contexto adecuado para el redescubrimiento y la intensa celebración del
sacramento de la Penitencia en su significado más profundo. El anuncio
de la conversión como exigencia imprescindible del amor cristiano es
particularmente importante en la sociedad actual, donde con frecuencia
parecen desvanecerse los fundamentos mismos de una visión ética de la
existencia humana.Será, por tanto, oportuno, especialmente en este
año, resaltar la virtud teologal de la caridad, recordando la
sintética y plena afirmación de la primera Carta de Juan: "Dios
es amor" (4, 8. 16) La caridad, en su doble faceta de amor a Dios y
a los hermanos, es la síntesis de la vida moral del creyente. Ella
tiene en Dios su fuente y su meta.51. En este sentido, recordando que
Jesús vino a "evangelizar a los pobres" (Tm 11, 5; Lc 7,
22)¿cómo no subrayar más decididamente la opción preferencial de la
Iglesia por los pobres y los marginados? Se debe decir ante todo que el
compromiso por la justicia y por la paz en un mundo como el nuestro,
marcado por tantos conflictos y por intolerables desigualdades sociales
y económicas, es un aspecto sobresaliente de la preparación y de la
celebración del Jubileo. Así, en el espíritu del Libro del Levítico
(25, 8-28), los cristianos deberán hacerse voz de todos los pobres del
mundo, proponiendo el Jubileo como un tiempo oportuno para pensar entre
otras cosas en una notable reducción, si no en una total condonación,
de la deuda internacional, que grava sobre el destino de muchas
naciones. El Jubileo podrá además ofrecer la oportunidad de meditar
sobre otros desafíos del momento como, por ejemplo, la dificultad de
diálogo entre culturas diversas y las problemáticas relacionadas con
el respeto de los derechos de la mujer y con la promoción de la familia
y del matrimonio.52. Recordando, además, que "Cristo (...) en la
misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta
plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su
vocación", dos compromisos serán ineludibles especialmente
durante el tercer año preparatorio: la confrontación con el
secularismo y el diálogo con las grandes religiones.Respecto al
primero, será oportuno afrontar la vasta problemática de la crisis de
civilización, que se ha ido manifestando sobre todo en el Occidente
tecnológicamente más desarrollado, pero interiormente empobrecido por
el olvido y la marginación de Dios. A la crisis de civilización hay
que responder con la civilización del amor, fundada sobre valores
universales de paz, solidaridad, justicia y libertad, que encuentran en
Cristo su plena realización.53. A su vez, en lo relativo al horizonte
de la conciencia religiosa, la vigilia del Dos mil será una gran
ocasión, también a la luz de los sucesos de estos últimos decenios,
para el diálogo interreligioso, según las claras indicaciones dadas
por el Concilio Vaticano II en la Declaración Nostra Aetate sobre las
relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas.En este
diálogo deberán tener un puesto preeminente los hebreos y los
musulmanes. Quiera Dios que coincidiendo en esta intención se puedan
realizar también encuentros comunes en lugares significativos para las
grandes religiones monoteístas.Se estudia, a este respecto, cómo
preparar tanto históricas reuniones en Belén, Jerusalén y el Sinaí,
lugares de gran valor simbólico, para intensificar el diálogo con los
hebreos y los fieles del Islam, como encuentros con los representantes
de las grandes religiones del mundo en otras ciudades. Sin embargo,
siempre se deberá tener cuidado para no provocar peligrosos
malentendidos, vigilando el riesgo del sincretismo y de un fácil y
engañoso irenismo.54. En este amplio programa, María Santísima, hija
predilecta del Padre, se presenta ante la mirada de los creyentes como
ejemplo perfecto de amor, tanto a Dios como al prójimo. Como ella misma
afirma en el cántico del Magnificat, grandes cosas ha hecho en ella el
Todopoderoso, cuyo nombre es Santo (cf. Lc 1, 49). El Padre ha elegido a
María para una misión única en la historia de la salvación: ser
Madre del mismo Salvador. La Virgen respondió a la llamada de Dios con
una disponibilidad plena: "He aquí la esclava del Señor" (Lc
1, 38). Su maternidad, iniciada en Nazaret y vivida en plenitud en
Jerusalén junto a la Cruz, se sentirá en este año como afectuosa e
insistente invitación a todos los hijos de Dios, para que vuelvan a la
casa del Padre escuchando su voz materna: "Haced lo que Cristo os
diga" (cf. Jn 2, 5).
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