|
Miami, febrero del 2013
Querida familia en la Fe. Un saludo en el nombre del Señor.
El próximo miércoles 13 empieza la Cuaresma. Y cuando se nos imponga la ceniza, el sacerdote nos dirá: "Conviértanse y crean en la Buena Nueva" Marcos 1,15. Es el contenido esencial de la preparación y del camino hacia la Pascua: cambiar todo lo necesario de nuestra vida, y creer más y mejor, adherirnos más consciente y plenamente a Cristo, para dejar que la persona amada de Jesús y su Evangelio sean el todo de nuestra vida.
Como estamos en pleno camino en el Año de la fe, la Cuaresma y la Pascua tienen que ser tiempo de renovación, de profundización en nuestra Fe.
"Conviértanse y crean en la Buena Nueva". Estas palabras de Jesús al inicio de su actividad pública son el motivo del camino cuaresmal hacia la Pascua. La conversión pide un cambio de mentalidad: volver la mirada y el corazón a Dios, aceptar la lógica de la fe, vivir la adhesión amorosa y activa al designio de Dios.
Con frecuencia Dios es el gran ausente en nuestra existencia.
Nos declaramos creyentes, pero ¿qué significa Dios en nuestro vivir cotidiano? La cuaresma es tiempo propicio para recuperar y acrecentar el sentido de Dios y la fe personal en El, la adhesión total de mente y corazón a Dios y a su Palabra. Debemos dejar que Dios ocupe el centro en nuestras vidas; en una palabra, dejar a Dios ser Dios.
El Santo Padre nos llama con insistencia en este Año de la Fe a avivar y fortalecer nuestra fe en Dios mediante el encuentro personal con su Hijo Jesucristo y nuestra fe a Dios mediante la acogida y adhesión de mente y voluntad a su Palabra tal como nos llega en la tradición viva de la Iglesia. Fe en Dios y a Dios y conversión de mente, de corazón y de vida van íntimamente unidas. Sin adhesión personal a Dios, a su Hijo Jesucristo y a su Evangelio no se dará el necesario cambio de mente y de corazón, y la consiguiente conversión de nuestros caminos desviados.
A la vez, el cambio moral será el signo de la veracidad y del grado de nuestra fe. Una fe sin obras es una fe muerta. Las obras que muestran que la fe es viva es el amor a Dios en el cumplimiento de sus mandamientos que lleva necesariamente al amor, a la caridad con el prójimo. Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables.
El salmista nos exhorta: ¡Ojalá escuchen hoy su voz! Salmo 95, 7. Dios quiere ser nuestro guía para introducirnos en la tierra prometida de la vida con Él. Dios, que nos ha pensado desde siempre, nos indica el camino a recorrer para alcanzar nuestro verdadero ser, la verdadera libertad y la verdadera felicidad. Nuestra verdad más profunda es que estamos llamados a la vida de Dios; nuestra verdadera libertad es la liberación de todas las ataduras para hacer el bien; nuestra verdadera felicidad es gozar eternamente de la vida, amistad y contemplación de Dios.
Por amor, Dios nos muestra lo que hemos de hacer y lo que hemos de evitar para llegar a la Vida.
Dios nos habla como a amigos a los que quiere introducir en la comunión de vida consigo y con lo demás. Quien escucha y acoge su voz, quien se reconcilia con Él, entrará en la amistad vivificante de Dios.
Jesús es la Palabra de Dios. El es el Buen Pastor que conduce a cada uno de nosotros a la plenitud de la vida. Él habla y sus discípulos, que lo conocen, escuchan su voz y lo siguen. A ellos les promete la vida, y vida en plenitud. Dios nos habla en Jesucristo al corazón, hemos de escuchar y obedecer su palabra. Es como si nos dejásemos guiar por Dios en Cristo, como niños que se abandonan en los brazos de la madre y se dejan llevar por ella. No endurezcamos el corazón. Escuchemos en esta Cuaresma la voz de Dios leyendo, meditando y viviendo el Evangelio. Volvamos nuestra mente y nuestro corazón a Dios para adquirir los mismos sentimientos de Cristo. Dejémonos reconciliar por Dios para poder celebrar con gozo la Pascua del Resucitado.
De modo que es importante para nosotros tratar de vivir bien la Cuaresma.
Durante este tiempo especial de purificación, contamos con una serie de medios concretos que la Iglesia nos propone y que nos ayudan a vivir la dinámica cuaresmal.
Ante todo, está la vida de oración, condición indispensable para el encuentro con Dios. En la oración, el creyente ingresa en el diálogo íntimo con el Señor, deja que la gracia divina penetre su corazón y, a semejanza de Santa María, se abre a la acción del Espíritu cooperando a ella con su respuesta libre y generosa (ver Lc 1,38).
Asimismo, también debemos intensificar la escucha y meditación atenta a la Palabra de Dios, la asistencia frecuente al sacramento de la Reconciliación y la Eucaristía, lo mismo la práctica del ayuno, según las posibilidades de cada uno.
La mortificación y la renuncia en las circunstancias ordinarias de nuestra vida, también constituyen un medio concreto para vivir el espíritu de Cuaresma. No se trata tanto de crear ocasiones extraordinarias, sino más bien, de saber ofrecer aquellas circunstancias cotidianas que nos son molestas, de aceptar con humildad, gozo y alegría, los distintos contratiempos que se nos presentan a diario. De la misma manera, el renunciar a ciertas cosas legítimas nos ayuda a vivir el desapego y desprendimiento.
De entre las distintas prácticas cuaresmales que nos propone la Iglesia, la vivencia de la caridad (amor) ocupa un lugar especial. Así nos lo recuerda San León Magno: "estos días cuaresmales nos invitan de manera apremiante al ejercicio de la caridad; si deseamos llegar a la Pascua santificados en nuestro ser, debemos poner un interés especialísimo en la adquisición de esta virtud, que contiene en sí a las demás y cubre multitud de pecados".
Esta vivencia de la caridad debemos vivirla de manera especial con aquel a quien tenemos más cerca, en el ambiente concreto en el que nos movemos. De esta manera, vamos construyendo en el otro "el bien más precioso y efectivo, que es el de la coherencia con la propia vocación cristiana" (Juan Pablo II).
Todo esto supone una verdadera renovación interior, un despojarse del hombre viejo para revestirse del Señor Jesús. En palabras de Pablo VI: "Solamente podemos llegar al reino de Cristo a través de la metanoia, es decir, de aquel íntimo cambio de todo el hombre --de su manera de pensar, juzgar y actuar-- impulsados por la santidad y el amor de Dios, tal como se nos ha manifestado a nosotros este amor en Cristo y se nos ha dado plenamente en la etapa final de la historia".
Esta es la gran aventura de ser cristiano, a la cual todo hijo de María está invitado. Camino que no está libre de dificultades y tropiezos, pero que vale la pena emprender, pues sólo así el ser humano respuesta a sus anhelos más profundos, encuentra su propia felicidad.
En este camino que nos prepara para acoger el misterio pascual del Señor, no puede estar ausente la Madre. María está presente durante la Cuaresma, pero lo está de manera silenciosa, oculta, sin hacerse notar, como premisa y modelo de la actitud que debemos asumir.
Durante este tiempo de Cuaresma, es el mismo Señor Jesús quien nos señala a su Madre. Él nos la propone como modelo perfecto de acogida a la Palabra de Dios. María es verdaderamente dichosa porque escucha la Palabra de Dios y la cumple.
Caminemos en compañía de María la senda que nos conduce a Jesús. Ella, la primera cristiana, ciertamente es guía segura en nuestro peregrinar hacia la configuración plena con su Hijo.
Y precisamente, como una de las prácticas cuaresmales es la caridad, el amor en acción, te invito a ponerla en práctica apoyando esta Misión EWTN cuya razón de existir es el de llevar la Palabra de Dios hasta los confines de la tierra. Con tu apoyo espiritual y ayuda económica haces posible que esto se cumpla. Dios sabrá pagarte con abundantes bendiciones todo lo que hagas por nosotros.
En Jesús y María, tu hermano,
Pepe Alonso |