Miami, junio del 2013
Querida Familia. En este mes quisiera volver a compartir con todos ustedes un escrito antiquísimo, pero de una actualidad sorprendente, parte de la Carta a Diogneto, desconocida para casi todos nosotros, los cristianos del siglo XXI. Y digo actual porque hoy día muchos cristianos han perdido su identidad como tales, y poco a poco se han ido "mundanizando" y diluyendo en el mundo actual. Por si fuera poco, el papa Francisco nos ha estado llamando a ser "sal que de sabor a este mundo", a no ser "cristianos de salón", a vive en el gozo para cambiar "caras avinagradas de cristianos melancólicos" etc.
Lee con cuidado y detenimiento este bellísimo material, y permite al Espíritu Santo que te enseñe y te recuerde TU verdad.
Pero antes de su lectura te ofrezco un breve comentario que te ayudará a asimilarlo mejor.
Se trata de un breve tratado apologético dirigido a un tal Diogneto que, al parecer, había preguntado acerca de algunas cosas que le llamaban la atención sobre las creencias y modo de vida de los cristianos: ¿Cuál es ese Dios en el que tanto confían? ¿cuál es esa religión que les lleva a todos ellos a desdeñar al mundo y a despreciar la muerte, sin que admitan, por una parte, los dioses de los griegos, ni guarden, por otra, las supersticiones de los judíos? ¿cuál es ese amor que se tienen unos a otros, y por qué esta nueva raza o modo de vida apareció ahora y no antes?
El desconocido autor de este tratado, compuesto seguramente a finales del siglo II, va respondiendo a estas cuestiones en un tono más de exhortación espiritual y de instrucción que de polémica o argumentación. Literariamente es, sin duda, la obra más bella y mejor compuesta de la literatura apologética: sus formulaciones acerca de la postura de los cristianos en el mundo o del sentido de la salvación ofrecida por Cristo son de una justeza y una penetración admirables.
Esta antigua obra es una exposición apologética de la vida de los primeros cristianos, dirigida a cierto Diogneto—nombre puramente honorífico, según la opinión más difundida—y redactada en Atenas, en el siglo II.
Desgraciadamente, el único manuscrito que se conservaba de este antiguo texto fue destruido en el siglo pasado, durante la guerra franco-prusiana, en el incendio de la biblioteca de Estrasburgo. Todas las ediciones y traducciones se basan en ese único manuscrito, ya desaparecido.
La parte central de esta apología expone un aspecto fundamental de la vida de los primeros cristianos: el deber de santificarse en medio del mundo, iluminando todas las cosas con la luz de Cristo. Un mensaje siempre actual, que el Señor ha recordado a los hombres en estos tiempos últimos con las enseñanzas del Concilio Vaticano II.
El autor dirige su obra a Diogneto, que puede ser un nombre propio pero también un título dado al emperador («conocido de Zeus»), para responder a su interés por conocer la doctrina y la vida de los cristianos.
Este texto expone de forma práctica y magistral parte de la Oración Sacerdotal de Jesús: "No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo." Juan 17, 15 y 16
Describe cómo los cristianos, que viven en este mismo mundo sin huir de él, que usan el mismo vestido y la misma lengua y viven en las mismas ciudades, están en el mundo como si no fueran de él; son como el alma del mundo, aborrecidos por éste y sin embargo dándole vida.
Sus convicciones son tan firmes que no vacilan en dar la vida para no abandonarlas; pues no se han inventado su doctrina, sino que la han recibido de Dios, que se ha manifestado últimamente, enviando a su Hijo amado para que nos revelara lo que desde un principio tenía preparado para nosotros; además, el Hijo de Dios nos ha librado de nuestra culpa sufriendo por nuestros pecados. Exhorta después a Diogneto a conocer a Dios Padre y a amarle a Él y al prójimo para que, viviendo en la tierra, pueda contemplar al Dios del cielo.
Antes de leer esta Carta te exhorto a que hagas una breve oración pidiendo al Señor que te permita confrontarte humildemente con la siguiente descripción de los cristianos de aquellos tiempos, y que, por medio de este auto - análisis reconozcas tu actual estilo de vida, y lo compares con lo que Dios espera de cada uno de nosotros, no solo hace diecinueve siglos sino en el día de hoy, en pleno siglo XXI. ¿Listo? Pues aquí vamos:
CARTA A DIOGNETO, Los cristianos en el mundo
La Iglesia Católica es una Sociedad que, como toda sociedad, tiene el derecho de imponer sus condiciones para ser admitido como miembro de ella, así como el de expulsar de su seno a aquellos de sus miembros que no cumplan con las condiciones con que fueron admitidos, y lo hace, por medio de la "excomunión". La excomunión es pues, ser expulsado de la Iglesia Católica, con todas sus tremendas consecuencias, como son: perder la vida de la Gracia, todo el mérito de las buenas obras hechas o por hacer, y no participar del Tesoro espiritual de la Iglesia, que son Los Sacramentos, y los méritos de N. S. Jesucristo y los Santos. Y si morimos en esta pavorosa situación, estar privados de la presencia de Dios, por toda la eternidad.
Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como otros, una enseñanza basada en autoridad de hombres.
Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho.
Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el Cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos; carecen de todo, y abundan en todo. Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello atestigua su justicia. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor. Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados a muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos los combaten como a extraños y los gentiles los persiguen, y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su enemistad.
Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está encerrada en la cárcel del cuerpo visible; los cristianos viven visiblemente en el mundo, pero su religión es invisible. La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido de ella agravio alguno, sólo porque le impide disfrutar de los placeres; también el mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido agravio de ellos, porque se oponen a sus placeres.
El alma ama al cuerpo y a sus miembros, a pesar de que éste la aborrece; también los cristianos aman a los que los odian. El alma está encerrada en el cuerpo, pero es ella la que mantiene unido el cuerpo; también los cristianos se hallan retenidos en el mundo como en una cárcel, pero ellos son los que mantienen la trabazón del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal; también los cristianos viven como peregrinos en moradas corruptibles, mientras esperan la incorrupción celestial. El alma se perfecciona con la mortificación en el comer y beber; también los cristianos, constantemente mortificados, se multiplican más y más. Tan importante es el puesto que Dios les ha asignado, del que no les es lícito desertar."
¿Te parece imposible todo lo anterior? NO, no lo es, El Señor jamas nos pediría algo que supere nuestras fuerzas y capacidades. Este escrito a Diogneto sin duda nos pone a prueba, nos confronta, pero dice la Palabra de Dios que: "No ha sufrido ustedes prueba superior a la medida humana. Y fiel es Dios que no permitirá sean probados sobre sus fuerzas. Antes bien, con la prueba, les dará modo de poderla resistir con éxito." 1 Corintios 10, 13
Si en este siglo tan descristianizado los cristianos fuésemos realmente "el alma" del mundo todo sería tan diferente, todo sería mucho mas cerca del plan de Dios, mas no nos desmoralicemos, aunque la tarea parece un Goliat recuerden que el gigante fue vencido, con la ayuda de Dios, por un pequeño, David. Tu y yo somos ese David.
Nuevamente te pido que no nos olvides en cuanto tu apoyo económico, que para nosotros es vital para poder subsistir en medio de esta crisis económica, y así poder seguir llevando hasta los confines de la tierra "El Esplendor de la Verdad".
Nuestro Señor, rico en misericordia, sabrá retribuirte abundantemente en bendiciones todo lo que tu hagas por esta misión, EWTN.
Tu hermano en Cristo Jesús y María.
En Jesús y María,
Pepe Alonso |