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Carta de Pepe Alonso para el mes de Octubre

Miami, octubre del 2014

Familia. Recién he vuelto de unas vacaciones, y algo de trabajo, que junto con mi esposa Viri, disfrutamos por España.  Durante ese tiempo pude constatar la realidad de la “crisis de Fe” que se vive en el viejo continente, y de la cual ya vemos también signos de su presencia en este lado del mundo, América.

Es por esto que vuelvo a retomar el tema de la Fe, tema que tiene que ver con nuestra salvación, nuestro caminar hacia la eternidad. Te preguntarás, ¿por qué el mundo se ve amenazado por este fenómeno?

Para entender esta realidad permíteme recordar algo, que hace mas de cincuenta años ya nos advertía el Concilio Vaticano II: “El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época”. (Constitución Pastoral Gaudium et Spes Sobre la Iglesia en el mundo actual # 43)

Desde entonces la expresión “divorcio entre fe y vida” se volvió un lugar común en el lenguaje católico. Actualmente, todos los análisis eclesiales de la realidad identifican dicho “divorcio” como uno de los problemas centrales para los cristianos de hoy. Sin duda ese diagnóstico es en sí mismo correcto, el problema no está principalmente “del lado de la fe”, sino “del lado de la vida”; de ahí que, en esos casos, la terapia propuesta consista esencialmente en una exhortación moral, dirigida a todos los cristianos, para que en su vida su fe asuman modo más activo y esforzado en sus responsabilidades en el mundo, en coherencia con la fe que ya tienen. Pero, ¿que clase de fe se tiene?.

Todos sabemos demasiado bien, por experiencia, que el creyente sufre siempre la tentación de reducir su fe a un legalismo o un ritualismo, tendencias condenadas ya por los profetas del Antiguo Testamento. Aquí aparece el “católico a mi manera”, aquellos que dicen que tienen fe, pero no se les nota por ningún lado, su fe es tan, tan privada que la tienen enterrada en lo mas profundo de sus almas. Justifican su “estilo de vida” con una “fe” que ellos mismos se han fabricado, la han acomodado a sus objetivos.

Podríamos preguntarnos lo siguiente: ¿es que acaso puede haber un divorcio real entre la verdadera fe cristiana y la verdadera vida cristiana? Si la fe no se concibe de un modo intelectualista, como una mera aceptación de verdades doctrinales, sino en toda su profundidad, como una adhesión radical del creyente al Dios que se revela a Sí mismo en Jesucristo, se cae fácilmente en la cuenta de que esa virtud teologal, si es verdadera, no puede dejar de ir acompañada por las otras dos virtudes teologales: la esperanza y la caridad (o amor cristiano). Además, el amor cristiano no es tal si no se manifiesta en obras buenas. Por consiguiente, la fe cristiana auténtica produce necesariamente frutos de justicia y santidad. La fe tendría que ser un modo de vida, vivir en cristiano.

Esto nos lleva a invertir la presentación anterior del grave problema del divorcio entre la fe y la vida diaria, poniendo la raíz del mismo “del lado de la fe”, más que “del lado de la vida”: la causa primera de ese “divorcio” es una falta de fe, que se manifiesta en la vida. ¡Es nuestra vida la que puede separarse de la fe verdadera y no al revés!

Si el cristiano se aleja del centro del que mana la vida de la Gracia Divina, que es aceptada por medio de la fe, fatalmente esa vida se empobrece y debilita en el alma y en sus expresiones concretas en la vida cotidiana, y puede fácilmente extinguirse.

Surge la pregunta: ¿cuando y dónde he recibido la fe?

Depositada en nosotros a modo de semilla el día de nuestro santo bautismo, crece y se perfecciona en la medida en que por las obras cooperamos con la acción del Espíritu Santo en nosotros. A eso le llamamos justamente vida cristiana: al desarrollo y maduración de la fe en Jesucristo, que nutre la esperanza y se hace plena en la caridad.

Así, pues, nuestro principal y cotidiano empeño debe ser el cooperar con la gracia recibida, fe tan preciosa como la de los apóstoles, para que, enraizada en nuestra alma, crezca y se fortalezca (Colosenses 2,7) cada vez más por el continuo ejercicio de las virtudes cristianas, para que nutridos de la esperanza en las promesas del Señor Jesús alcancemos finalmente la perfección de la caridad.

Vincular fuertemente la fe y la vida es una tarea que cada uno de nosotros ha de realizar en la vida cotidiana, por la caridad. En efecto, como dice el Apóstol San Pablo, «la fe que actúa por la caridad» (Gálatas 5,6). Aquél mandamiento que el Señor nos ha dejado, «amaos los unos a los otros como yo os he amado», ha de actualizarse, no tan sólo en los grandes acontecimientos, sino, y sobre todo, en las circunstancias ordinarias de la vida: en las tareas y actividades comunes de cada jornada, en el trabajo, en la vida de familia, en los momentos de encuentro y comunión con los demás, cuando se me pide amar entregadamente, perdonar a quien me ha ofendido, cuando se me pide un pequeño favor, apoyar en algo, dar, escuchar y ayudar a quien me necesita, cuando se espera que eduque a los hijos con la palabra, y más que nada, con el testimonio, etc. ¡Cuántos reducen su cristianismo a ir a Misa los Domingos, o rezar un Padrenuestro antes de acostarse, y luego viven la vida diaria olvidados de Dios! De lo que se trata es de vivir con coherencia el Evangelio en lo cotidiano. De lo que se trata es de vivir la vida de Cristo -cada cual según su propia vocación particular- asumiendo plenamente nuestra condición e identidad de bautizados. En este camino hemos de avanzar segura pero progresivamente, cada vez más. El "cada vez más" nos hace tomar conciencia de que la coherencia se construye poco a poco, es fruto de un proceso que requiere de mucha paciencia, humildad y sobre todo apertura a la gracia. En el camino de nuestra vida cristiana habrán marchas y contramarchas, victorias y caídas, pero éstas últimas no deben desalentarnos jamás. Lo importante es siempre avanzar, cada día un poco más, con paciencia y perseverancia, esforzándonos según el máximo de nuestras posibilidades y capacidades, para responder de ese modo al Plan de Dios, en todas las circunstancias concretas de nuestra vida. Además el cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él y con su Iglesia. Y para hacer esto es fundamental volver a centrarse en una vida de oración más auténtica. Este “estar con él” nos lleva a comprender las razones por las que se cree., por lo que hay que redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia Católica, una regla segura para la enseñanza de la fe. Allí se hallan los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente. En efecto, en él se pone de manifiesto la riqueza de la enseñanza que la Iglesia ha recibido, custodiado y ofrecido en sus dos mil años de historia.

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En Jesús y María, tu hermano.

Pepe Alonso