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Carta de Pepe Alonso para el mes de septiembre

Miami, septiembre del 2018

Querida familia en Cristo Jesús.

En esta oportunidad quisiera, dado los últimos acontecimientos de escándalos en la Iglesia Católica, reproducir parte de un artículo del señor Mario J. Paredes quien es presidente ejecutivo de la organización médica Advocate Community Providers(ACP) con sede en Nueva York y presidente emérito de la Asociación Católica de Líderes Latinos.

Es muy importante conocer que nos dice la Iglesia Católica y las Sagradas Escrituras sobre los ángeles, para que no nos confundan todas estas personas que lo único que realmente buscan es lucrar con esta moda y desorientarnos en nuestra fe.

Siglos más tarde, la Iglesia tuvo que enfrentar la Simonía, es decir, el comercio con la fe que enriqueció escandalosamente a los clérigos y que provocó, como reacción contraria, el nacimiento de las órdenes llamadas mendicantes.

Tiempo después, la Reforma de Martín Lutero estremeció profundamente las certezas doctrinales y prácticas del ser y quehacer de la Iglesia.

Para cada gran problema y en cada distinta época surgió una gran solución: se autenticó la vida de los cristianos mediante el martirio, o se sistematizó y perfeccionó, con ayuda de la filosofía, el cuerpo doctrinal y teológico del cristianismo se volvió a la pobreza evangélica tan socorrida por el proyecto de vida del Maestro de Nazaret o se celebraron Concilios como el de Trento o el Ecuménico Vaticano II que, en su momento y para los de su tiempo y contextos, propendieron por una puesta al día de la Iglesia en el mundo.

En los últimos lustros la Iglesia viene padeciendo, y el mundo viene presenciando y acusando en ella, graves escándalos y, por ello, una profunda crisis que tiene que ver con la vida sexual de sus ministros ordenados.

Muy frecuentemente en algún medio de comunicación del mundo no es raro que aparezca un cardenal, obispo, sacerdote, religioso o religiosa protagonizando algún escándalo de índole sexual. En este contexto y unos de los últimos escándalos sexuales que más ha sacudido a la entera Iglesia católica y a los medios de comunicación social, algunos especialmente sedientos de morbo y dedicados al amarillismo anticlerical, es el de una serie de hechos ocurridos en Chile, Estados Unidos e Irlanda.

Pero aunque más suenan cuando los protagonizan los que debieran ser modelos de integridad moral, los escándalos sexuales son el pan de cada día en todos los estamentos, esferas e instituciones de nuestra sociedad.

Y los curas no vienen de Marte. Los consagrados en los ministerios de la vida eclesial son hombres y mujeres que provienen de nuestras sociedades y culturas hedonistas y pansexualistas. La panasexualidad es una orientación sexual humana caracterizada por la atracción romántica o sexual hacia individuos independientemente de su género y/o sexo.

Y nunca produce más morbo, se capta mejor, escandaliza y vende más un mal comportamiento de índole sexual que cuando es protagonizado por quienes deberían dar ejemplo en la manera de concebir y vivir su sexualidad.

Por ello, los escándalos de índole sexual golpean tanto la vida de la Iglesia en el mundo, especialmente en lo tocante a su credibilidad cuando ejerce la tarea de guiar en temas de fe y de moral.

Todo ello derivó en las humillaciones y el rechazo que tuvo que sufrir el papa Francisco durante y después de su pasado viaje a Irlanda.

Este mal manejo de la crisis provocada por dichos escándalos produjo una reacción tardía. Pero hay que reconocer que, finalmente, el papa Francisco asumió personalmente la solución del problema, pidió públicamente perdón en nombre de la Iglesia, se apersonó del manejo del asunto, tomó las riendas y el liderazgo de la crisis en sus propias manos.

El Papa Francisco ha dicho: “El drama de los abusados es tremendo, es tremendo”.

Estos últimos casos se convierten así, en casos emblemáticos de la crisis que, en materia de la vida sexual de los ministros ordenados y de los hombres y mujeres consagrados a la vida religiosa, padece hoy la Iglesia católica.

Porque de estas dolorosas experiencia pero, sobre todo, de su manejo ulterior en cabeza del mismo Papa, quedan importantes lecciones por aprender.

Queda también en evidencia la necesidad –al interior de la Iglesia- de una seria, profunda y permanente formación doctrinal, social y antropológica de los consagrados y fieles de la Iglesia católica.

Punto importante por analizar también en esta crisis es el papel del laicado: ¿Cuál ha sido su sentido de pertenencia?, ¿cuál su compromiso en la crisis?, ¿cuál su tipo de participación: críticos distantes, meros espectadores o bautizados, miembros del Pueblo de Dios, comprometidos con la solución en acción eficaz y oración para ser agentes de cambio en el quehacer y vida de la Iglesia?

Quedamos todos en espera de las grandes revisiones y decisiones necesarias desde las máximas autoridades de la Iglesia, para que, en medio de esta hecatombe mediática que tanto nos afecta a todos, aparezcan nuevas luces en medio de las sombras; para que surjan – como en los siglos y crisis pasadas – grandes remedios a estos grandes males

Hasta aquí el artículo del Sr, Paredes. Concluyo con la siguiente oración:

Padre de amor interminable, siempre amable, siempre fuerte, siempre presente, siempre justo:Tú nos diste a tu Hijo único para salvarnos por la sangre de su cruz.

Dulce Jesús, Pastor de paz, une a tu propio sufrimiento el dolor de todos los que han sido lastimados en cuerpo, alma y espíritu por aquellos que traicionaron la confianza que se les dio. Escucha nuestras súplicas de agonía por el daño hecho a nuestros hermanos y hermanas. Alienta nuestra oración con tu espíritu de sabiduría, alivia los corazones agobiados con esperanza y los espíritus agitados con fe. Enséñanos el camino de la justicia y la integridad, iluminado por la verdad y por tu misericordia.

Espíritu Santo, consuelo de los corazones, sana las heridas de tu pueblo y transforma nuestros quebrantos. Amén

Tu hermano en Cristo Jesús y María.

Pepe Alonso