Carta Encíclica

Slavorum apostoli

de Su Santidad
Juan Pablo II

sobre
Los Apóstoles de los Eslavos




I. INTRODUCCIÓN

1.  LOS APÓSTOLES DE LOS ESLAVOS,  antos Cirilo y Metodio, permanecen en la memoria de la Iglesia junto a la gran obra de evangelización que realizaron. Se puede afirmar más bien que su recuerdo se ha hecho particularmente vivo y actual en nuestros días.

Al considerar la veneración, plena de gratitud, de la que los santos hermanos de Salónica (la antigua Tesalónica) gozan desde hace siglos, especialmente en las naciones eslavas, y recordando la inestimable contribución dada por ellos a la obra del anuncio del Evangelio en aquellos pueblos y, al mismo tiempo, a la causa de la reconciliación, de la convivencia amistosa, del desarrollo humano y del respeto a la dignidad intrínseca de cada nación, con la Carta Apostólica Egregiae virtutis, del 31 de diciembre de 1980, proclamé a los santos Cirilo y Metodio compatronos de Europa. Continué así la línea trazada por mis Predecesores y, de modo particular, por León XIII, quien hace algo más de 100 años, el 30 de septiembre de 1880, extendió a toda la Iglesia el culto de los dos santos con la Carta Encíclica Grande munus, (2) y por Pablo VI, quien, con la Carta Apostólica Pacis nuntius, (3) proclamó a San Benito, patrón de Europa, el 24 de octubre de 1964.

2.  El documento de hace cinco años quería avivar la conciencia ante estos solemnes actos de la Iglesia e intentaba llamar la atención de los cristianos y de todos los hombres de buena voluntad, que buscan el bien, la concordia y la unidad de Europa, a la actualidad siempre viva de las eminentes figuras de Benito, de Cirilo y Metodio, como modelos concretos y ayuda espiritual para los cristianos de nuestra época y, especialmente, para las naciones del continente europeo, que, desde hace ya tiempo, sobre todo gracias a la oración y a la labor de estos santos, se han arraigado consciente y originalmente en la Iglesia y en la tradición cristiana.

La publicación de mi citada Carta Apostólica, el año 1980, inspirada por la firme esperanza de una superación gradual en Europa y en el mundo de todo aquello que divide a las Iglesias, a las naciones y a los pueblos, se refería a tres circunstancias, que constituyeron objeto de mi oración y reflexión. La primera fue el XI centenario de la Carta pontificia Industriae tuae, (4) mediante la cual Juan VIII, en el año 880, aprobó el uso de la lengua eslava en la liturgia traducida por los dos santos hermanos. La segunda estaba representada por el primer centenario de la ya mencionada Carta encíclica Grande munus. La tercera fue el comienzo, precisamente el año 1980, del feliz y prometedor diálogo teológico entre la Iglesia Católica y las Iglesias Ortodoxas en la isla de Patmos.

3. En este documento deseo hacer una mención particular de la citada Carta con la que León XIII quiso recordar a la Iglesia y al mundo los méritos apostólicos de ambos hermanos: no sólo de Metodio que, -según la tradición- terminó su vida en Velehrad, en la Gran Moravia el año 885, sino también de Cirilo, al que la muerte separó de su hermano el año 869 en Roma, ciudad que acogió y custodia todavía con conmovedora veneración sus reliquias en la antigua Basílica de san Clemente.

Al recordar la santa vida y los méritos apostólicos de los dos hermanos de Salónica, el papa León XIII fijó su fiesta litúrgica el día 7 de julio. Después del Concilio Vaticano II, como consecuencia de la reforma litúrgica, la fiesta fue trasladada al 14 de febrero, fecha que, desde el punto de vista histórico, indica el nacimiento al cielo de san Cirilo. (5)

A más de un siglo de la publicación de la Carta de León XIII las nuevas circunstancias, en que se celebra el undécimo centenario de la gloriosa muerte de san Metodio, inducen a dar una renovada expresión al recuerdo que la Iglesia conserva de tan importante aniversario. Y se siente particularmente obligado a ello el primer Papa llamado a la sede de Pedro desde Polonia y, por lo tanto, de entre las naciones eslavas.

Los acontecimientos del último siglo y, especialmente, de los últimos decenios han contribuido a reavivar en la Iglesia, junto con el recuerdo religioso, el interés históricocultural por los dos santos hermanos, cuyos carismas particulares se han hecho aún más inteligibles ante las situaciones y las experiencias propias de nuestra época. A ello han contribuido muchos hechos que pertenecen, como auténticos signos de los tiempos, a la historia del siglo XX y, ante todo, a aquel gran acontecimiento que se ha verificado en la vida de la Iglesia con el Concilio Vaticano II. A la luz del Magisterio y de la orientación pastoral de este Concilio, podemos volver a mirar de un modo nuevo -más maduro y profundo- a estas dos santas figuras, de las que nos separan ya once siglos, y leer, además, en su vida y actividad apostólica los contenidos que la sapiente Providencia divina inscribió para que se revelaran con nueva plenitud en nuestra época y dieran nuevos frutos.


II.  REFERENCIA BIOGRÁFICA

4. 
Siguiendo el ejemplo ofrecido por la Carta Grande munus, deseo recordar la vida de San Metodio, sin omitir por esto las vicisitudes -que tan íntimamente le están unidas- de su hermano san Cirilo. Esto lo haré a grandes rasgos, dejando a la investigación histórica las precisiones y las discusiones sobre los puntos más concretos.

La ciudad, que vio nacer a los dos santos hermanos, es la actual Salónica, que en el siglo IX era un importante centro de vida comercial y política en el Imperio bizantino y ocupaba un lugar de notable importancia en la vida intelectual y social de aquella región de los Balcanes. Al estar situada en la frontera de los territorios eslavos, tenía por lo tanto un nombre eslavo: Solun.

Metodio era el hermano mayor y verosímilmente su nombre de pila era Miguel. Nace entre los años 815 y 820. Menor que él, Constantino -posteriormente más conocido con el nombre religioso de Cirilo- vino al mundo el año 827 u 828. Su padre era un alto funcionario de la administración imperial. La situación social de la familia abría a los dos hermanos una similar carrera, que, por lo demás,

Metodio emprendió, alcanzando el cargo de arconte, o sea de gobernador en una de las provincias fronterizas, en la que vivían muchos eslavos. Sin embargo, hacia el año 840 la abandona para retirarse a uno de los monasterios situados en la falda del monte Olimpo -en Bitinia-, conocido entonces bajo el nombre de Sagrada Montaña.

Su hermano Cirilo siguió con particular provecho los estudios en Bizancio, donde recibió las órdenes sagradas, después de haber rechazado decididamente un brillante porvenir político. Por sus excepcionales cualidades y conocimientos culturales y religiosos le fueron confiadas, siendo todavía joven, delicadas tareas eclesiásticas, como la de bibliotecario del Archivo contiguo a la gran iglesia de santa Sofía en Constantinopla y, a la vez, el prestigioso cargo de secretario del Patriarca de aquella misma ciudad. Bien pronto, sin embargo, dio a conocer que quería substraerse a tales funciones, para dedicarse al estudio y a la vida contemplativa, lejos de toda ambición. Y así, se refugió a escondidas en un monasterio en las costas del Mar Negro. Encontrado seis meses más tarde, fue convencido a aceptar la enseñanza de las disciplinas filosóficas en la Escuela Superior de Constantinopla, ganándose por la calidad de su saber el calificativo de Filósofo con el que todavía es conocido. Más tarde fue enviado por el Emperador y el Patriarca a realizar una misión ante los sarracenos. Finalizada con éxito dicha gestión, se retiró de la vida pública para reunirse con su hermano mayor Metodio y compartir con él la vida monástica. Pero nuevamente, y junto con él, fue incluido como experto religioso y cultural en una delegación de Bizancio enviada ante los Jázaros. Durante la permanencia en Crimea, en Cherson, creyeron localizar la iglesia en la que había sido sepultado antiguamente san Clemente, Papa romano y mártir exiliado en aquella lejana región; recogen y llevan consigo las reliquias, (6) que acompañarían después los dos santos hermanos en el sucesivo viaje misionero a Occidente, hasta el instante en que pudieran depositarlas solemnemente en Roma, entregándolas al papa Adriano II.

5.  El hecho que debía decidir totalmente el curso de su vida, fue la petición hecha por el príncipe Rastislao de la Gran Moravia al Emperador Miguel III, para que enviara a sus pueblos «un Obispo y maestro, ...que fuera capaz de explicarles la verdadera fe cristiana en su lengua». (7)

Son elegidos los santos Cirilo y Metodio, que rápidamente aceptan la misión. Seguidamente se ponen en viaje y llegan a la Gran Moravia -un Estado formado entonces por diversos pueblos eslavos de Europa Central, encrucijada de las influencias recíprocas entre Oriente y Occidente- probablemente hacia el año 863 comenzando en aquellos pueblos la misión, a la que ambos se dedican durante el resto de su vida, pasada entre viajes, privaciones, sufrimientos, hostilidades y persecuciones, que en el caso de Metodio llegan hasta una cruel prisión. Soportan todo ello con una gran fe y firme esperanza en Dios. En efecto, se habían preparado bien a la tarea que les había sido encomendada; llevaban consigo los textos de la Sagrada Escritura indispensables para la celebración de la sagrada liturgia, preparados y traducidos por ellos mismos a la lengua paleoeslava y escritos con un nuevo alfabeto, elaborado por Constantino Filósofo y perfectamente adaptado a los sonidos de tal lengua. La actividad misionera de los dos hermanos estuvo acompañada por un éxito notable, pero también por las comprensibles dificultades que la precedente e inicial cristianización, llevada por las Iglesias latinas lindantes, ponía a los nuevos misioneros.

Después de unos tres años, en el viaje a Roma se detienen en Panonia, donde el príncipe eslavo Kocel -huido del importante centro civil y religioso de Nitra- les ofrece una hospitalaria acogida. Desde aquí, algunos meses más tarde, continúan el viaje a Roma en compañía de sus discípulos para quienes desean conseguir las órdenes sagradas. Su itinerario pasa por Venecia, donde son sometidas a público debate las premisas innovadoras de la misión que están realizando. En Roma el Papa Adriano II, que ha sucedido mientras tanto a Nicolás I, les acoge con mucha benevolencia. Aprueba los libros litúrgicos eslavos, que ordena depositar sobre el altar de la iglesia de Santa María ad Praesepe, llamada en la actualidad Santa María la Mayor, y dispone que sus discípulos sean ordenados sacerdotes. Esta fase de sus trabajos se concluye de un modo muy favorable. Metodio, sin embargo, debe continuar solo la etapa sucesiva: pues su hermano menor, gravemente enfermo, apenas consigue emitir los votos religiosos y vestir el hábito monacal, pues muere poco tiempo después el 14 de febrero del 869 en Roma.

6.  San Metodio fue fiel a las palabras que Cirilo le había dicho en su lecho de muerte: « He aquí, hermano, que hemos compartido la misma suerte ahondando el arado en el mismo surco; yo caigo ahora sobre el campo al término de mi jornada. Tú amas mucho -lo sé- tu Montaña; sin embargo, por la Montaña no abandones tu trabajo de enseñanza. En verdad, ¿dónde puedes salvarte mejor? (8)

Consagrado obispo para el territorio de la antigua diócesis de Panonia y nombrado legado pontificio «ad gentes » para los pueblos eslavos, toma el título eclesiástico de la restaurada sede episcopal de Sirmio. La actividad apostólica de Metodio se ve, sin embargo, interrumpida a consecuencia de complicaciones político religiosas que culminan con su encarcelamiento por un período de dos años, bajo la acusación de haber invadido una jurisdicción episcopal ajena. Es liberado sólo gracias a una intervención personal del papa Juan VIII. Finalmente, también el nuevo soberano de la Gran Moravia, el príncipe Svatopluk, se muestra contrario a la acción de Metodio, oponiéndose a la liturgia eslava e insinuando en Roma ciertas dudas sobre la ortodoxia del nuevo arzobispo. El año 880 Metodio es llamado ad limina Apostolorum, para presentar una vez más toda la cuestión personalmente a Juan VIII. En Roma, una vez absuelto de todas las acusaciones, obtiene del Papa la publicación de la bula Industriae tuae, (9) que, por lo menos en lo fundamental, restituía las prerrogativas reconocidas a la liturgia en lengua eslava por su predecesor Adriano II.

Análogo reconocimiento de perfecta legitimidad y ortodoxia obtiene Metodio de parte del Emperador bizantino y del Patriarca Focio, en aquel momento en plena comunión con la sede de Roma, cuando va a Constantinopla el año 881 u 882. Dedica los últimos años de su vida sobre todo a ulteriores traducciones de la Sagrada Escritura y de los libros litúrgicos, de las obras de los Padres de la Iglesia y también de una recopilación de las leyes eclesiásticas y civiles bizantinas, conocida bajo el nombre de Nomocanon. Preocupado por la supervivencia de la obra que había comenzado, designa como sucesor a su discípulo Gorazd. Muere el 6 de abril del año 885 al servicio de la Iglesia instaurada en los pueblos eslavos.

7.  La acción previsora, la doctrina profunda y ortodoxa, el equilibrio, la lealtad, el celo apostólico, la magnanimidad intrépida le granjearon el reconocimiento y la confianza de Pontífices Romanos, de Patriarcas Constantinopolitanos, de Emperadores bizantinos y de diversos Príncipes de los nuevos pueblos eslavos.

Por todo ello, Metodio llegó a ser el guía y el pastor legítimo de la Iglesia, que en aquella época se arraigaba en aquellas naciones y es unánimemente venerado, junto con su hermano Constantino, como el heraldo del Evangelio y el Maestro « de parte de Dios y del Santo Apóstol Pedro » (10) y como fundamento de la unidad plena entre las Iglesias de reciente fundación y las más antiguas.Por esto « hombres y mujeres, humildes y poderosos, ricos y pobres, libres y siervos, viudas y huérfanos, extranjeros y gentes del lugar, sanos y enfermos » (11) formaban la muchedumbre que, entre lágrimas y cantos, acompañaban al sepulcro al buen Maestro y Pastor, que se había hecho «todo para todos para salvarlos a todos». (12)

En honor a la verdad, la obra de los santos hermanos, después de la muerte de Metodio sufrió una grave crisis, y la persecución contra sus discípulos se agudizó de tal modo, que se vieron obligados a abandonar su campo misional; no obstante esto, su siembra evangélica no cesó de producir frutos y su actitud pastoral, preocupada por llevar la verdad revelada a nuevos pueblos -respetando en todo momento su peculiaridad cultural-, sigue siendo un modelo vivo para la Iglesia y para los misioneros de todas las épocas.


III.  HERALDOS DEL EVANGELIO

8. 
Los hermanos Cirilo y Metodio, bizantinos de cultura, supieron hacerse apóstoles de los eslavos en el pleno sentido de la palabra. La separación de la patria que Dios exige a veces a los hombres elegidos, aceptada por la fe en su promesa, es siempre una misteriosa y fecunda condición para el desarrollo y el crecimiento del Pueblo de Dios en la tierra. El Señor dijo a Abrahán: «Salte de tu tierra, de tu parentela, de la casa de tu padre, para la tierra que yo te indicaré; yo te haré un gran pueblo, te bendeciré y engrandeceré tu nombre, que será una bendición». (13)

Durante la visión nocturna que san Pablo tuvo en Tróade en el Asia Menor, un varón macedonio, por lo tanto un habitante del continente europeo, se presentó ante él y le suplicó que se dirigiera a su país para anunciarles la Palabra de Dios: «Pasa a Macedonia y ayúdanos». (14)

La divina Providencia, que en el caso de los dos santos hermanos se manifestó a través de la voz y la autoridad del Emperador de Bizancio y del Patriarca de la Iglesia de Constantinopla, les exhortó de una manera semejante, cuando les pidió que se dirigieran en misión a los pueblos eslavos. Este encargo significaba para ellos abandonar no sólo un puesto de honor, sino también la vida contemplativa; significaba salir del ámbito del Imperio bizantino y emprender una larga peregrinación al servicio del Evangelio, entre unos pueblos que, bajo muchos aspectos, estaban lejos del sistema de convivencia civil basado en una organización avanzada del Estado y la cultura refinada de Bizancio, imbuida por principios cristianos. Análoga pregunta hizo por tres veces el Pontífice Romano a Metodio, cuando le envió como obispo entre los eslavos de la Gran Moravia, en las regiones eclesiásticas de la antigua diócesis de Panonia.

9.  La Vida eslava de Metodio recoge con estas palabras la petición, hecha por el príncipe Rastislao al Emperador Miguel III a través de sus enviados: « Han llegado hasta nosotros numerosos maestros cristianos de Italia, de Grecia y de Alemania, que nos instruyen de diversas maneras. Pero nosotros los eslavos... no tenemos a nadie que nos guíe a la verdad y nos instruya de un modo comprensible ». (15) Entonces es cuando Constantino y Metodio fueron invitados a partir. Su respuesta profundamente cristiana a la invitación, en esta circunstancia y en todas las demás ocasiones, está expresada admirablemente en las palabras dirigidas por Constantino al Emperador: «A pesar de estar cansado y físicamente débil, iré con alegría a aquel país»;  (16) «Yo marcho con alegría por la fe cristiana». (17)

La verdad y la fuerza de su mandato misional nacían del interior del misterio de la Redención, y su obra evangelizadora entre los pueblos eslavos debía constituir un eslabón importante en la misión confiada por el Salvador a la Iglesia Universal hasta el fin del mundo. Fue una realidad -en el tiempo y en las circunstancias concretas- de las palabras de Cristo, que mediante el poder de su Cruz y de su Resurrección mandó a los Apóstoles: «Predicad el Evangelio a toda creatura»; (18) «id pues; enseñad a todas las gentes». (19) Actuando así, los evangelizadores y maestros de los pueblos eslavos se dejaron guiar por el ideal apostólico de san Pablo: « Todos pues, sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Porque cuantos en Cristo habéis sido bautizados, os habéis vestido de Cristo. No hay ya judío o griego, no hay siervo o libre, no hay varón o hembra, porque todos sois uno en Cristo Jesús ». (20)

Junto a un gran respeto por las personas y a la desinteresada solicitud por su verdadero bien, los dos santos hermanos tuvieron adecuados recursos de energía, de prudencia, de celo y de caridad, indispensables para llevar a los futuros creyentes la luz, y para indicarles, al mismo tiempo, el bien, ofreciendo una ayuda concreta para conseguirlo. Para tal fin quisieron hacerse semejantes en todo a los que llevaban el evangelio; quisieron ser parte de aquellos pueblos y compartir en todo su suerte.

10.  Precisamente por tal motivo consideraron una cosa normal tomar una posición clara en todos los conflictos, que entonces perturbaban las sociedades eslavas en vías de organización, asumiendo como suyas las dificultades y los problemas, inevitables en unos pueblos que defendían la propia identidad bajo la presión militar y cultural del nuevo Imperio romanogermánico, e intentaban rechazar aquellas formas de vida que consideraban extrañas. Era a la vez el comienzo de unas divergencias más profundas, destinadas desgraciadamente a acrecentarse, entre la cristiandad oriental y la occidental, y los dos santos misioneros se encontraron personalmente implicados en ellas; pero supieron mantener siempre una recta ortodoxia y una atención coherente, tanto al depósito de la tradición como a las novedades del estilo de vida, propias de los pueblos evangelizados. A menudo las situaciones de contraste se impusieron con toda su ambigua y dolorosa complejidad; pero no por esto Constantino y Metodio intentaron apartarse de la prueba: la incomprensión, la manifiesta mala fe y, en el caso de Metodio, incluso las cadenas, aceptadas por amor de Cristo, no consiguieron hacer desistir a ninguno de los dos del tenaz propósito de ayudar y de servir a la justa causa de los pueblos eslavos y a la unidad de la Iglesia universal. Este fue el precio que debieron pagar por la causa de la difusión del Evangelio, por la empresa misionera, por la búsqueda esforzada de nuevas formas de vida y de vías eficaces con el fin de hacer llegar la Buena Nueva a las naciones eslavas que se estaban formando.

En la perspectiva de la evangelización - como indican sus biografías- los dos santos hermanos se dedicaron a la difícil tarea de traducir los textos de la Sagrada Escritura, conocidos por ellos en griego, a la lengua de aquella estirpe eslava que se había establecido hasta los confines de su región y de su ciudad natal. Sirviéndose del conocimiento de la propia lengua griega y de la propia cultura para esta obra ardua y singular, se prefijaron el cometido de comprender y penetrar la lengua, las costumbres y tradiciones propias de los pueblos eslavos, interpretando fielmente las aspiraciones y valores humanos que en ellos subsistían y se expresaban.

11.  Para traducir las verdades evangélicas a una nueva lengua, ellos se preocuparon por conocer bien el mundo interior de aquellos a los que tenían intención de anunciar la Palabra de Dios con imágenes y conceptos que les resultaran familiares. Injertar correctamente las nociones de la Biblia y los conceptos de la teología griega en un con texto de experiencias históricas y de formas de pensar muy distintas, les pareció una condición indispensable para el éxito de su actividad misionera. Se trataba de un nuevo método de catequesis. Para defender su legitimidad y demostrar su bondad, san Metodio no dudó, primero con su hermano y luego solo, en acoger dócilmente las invitaciones a ir a Roma, recibidas tanto en el 867 del papa Nicolás I, como en el año 879 del papa Juan VIII, los cuales quisieron confrontar la doctrina que enseñaban en la Gran Moravia con la que los santos Apóstoles Pedro y Pablo habían dejado en la primera Cátedra episcopal de la Iglesia, junto con el trofeo glorioso de sus reliquias.

Anteriormente, Constantino y sus colaboradores se habían preocupado en crear un nuevo alfabeto, para que las verdades que había que anunciar y explicar pudieran ser escritas en la lengua eslava y resultaran de ese modo plenamente comprensibles y asimilables por sus destinatarios. Fue un esfuerzo verdaderamente digno de su espíritu misionero el de aprender la lengua y la mentalidad de los pueblos nuevos, a los que debían llevar la fe, como fue también ejemplar la determinación de asimilar y hacer propias todas las exigencias y aspiraciones de los pueblos eslavos. La opción generosa de identificarse con su misma vida y tradición, después de haberlas purificado e iluminado con la Revelación, hace de Cirilo y Metodio verdaderos modelos para todos los misioneros que en las diversas épocas han acogido la invitación de san Pablo de hacerse todo a todos para rescatar a todos y, en particular, para los misioneros que, desde la antigüedad hasta los tiempos modernos -desde Europa a Asia y hoy en todos los continentes- han trabajado para traducir a las lenguas vivas de los diversos pueblos la Biblia y los textos litúrgicos, a fin de reflejar en ellas la única Palabra de Dios, hecha accesible de este modo según las formas expresivas propias de cada civilización.

La perfecta comunión en el amor preserva a la Iglesia de cualquier forma de particularismo o de exclusivismo étnico o de prejuicio racial, así como de cualquier orgullo nacionalista. Tal comunión debe elevar y sublimar todo legítimo sentimiento puramente natural del corazón humano.


Notas

1. Juan Pablo II, Carta Apostólica Egregiae virtutis (31 de diciembre de 1980) AAS 73 (1981), pp. 258-262. 
2. León XIII, Carta Encíclica Grande munus (30 de septiembre de 1880): Leonis XIII Pont. Max. Acta, II, pp. 125-137; cf. también Pío XI, Carta Quod S. Ciryllum (13 de febrero de 1927) a los Arzobispos y Obispos del Reino de los Servios-Croatas-Eslovenos y de la República Checoeslovaca: AAS 19 (1927), pp. 93-96; Juan XXIII, Carta Apostólica Magnifici eventus (11 de mayo de 1963) a los Obispos de las Naciones Eslavas: AAS 55 (1963), pp. 434-439; Pablo VI, Carta Apostólica Antiquae nobilitatis (2 de febrero de 1969), con ocasión del XI centenario de la muerte de san Cirilo: AAS 61 (1969), pp. 137-149. 
3. Pablo VI, Carta Apostólica Pacis nuntius (24 de octubre de 1964): AAS 56 (1964), pp. 965-967.
4. Cf. Magnae Moraviae Fontes Historici, t. III, Brno 1969, pp. 197-208.
5. Únicamente en algunas naciones eslavas se celebra todavía la fiesta del 7 de julio.
6. Cf. Vita Constantini VIII, 16-18: Constantinus et Methodius Thessalonicenses, Fontes, recensuerunt et illustraverunt Fr. Grivec et Fr. Tomšic (Radovi Staroslavenskog Instituta, Knjiga 4, Zagreb 1960), p. 184. 
7. Cf. Ibid . XIV, 2-4; ed cit., pp. 199 s.
8. Vita Methodii VI, 2-3: ed. cit., p. 225.
9. Cf. Magnae Moraviae Fontes Historici, t. III, Brno 1969, pp. 197-208. 
10. Cf. Vita Methodii VIII, 1-2: ed. cit., p. 225.
11. Cf. Vita Methodii XVII, 13: ed. cit., p. 237.
12. Cf. Ibid. y 1Cor 9, 22.
13. Gén 12, 1 s. 
14. Act 16, 9.
15. Vita Methodii V, 2: ed. cit., p. 223. 
16. Vita Constantini XIV, 9: ed. cit., p. 200.
17. Ibid. VI, 7: ed. cit., p. 179.
18. Mc 16, 15.
19. Mt 28, 19.
20. Gál 3, 26-28. 

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