CARTA ENCÍCLICA
EVANGELIUM
VITAE
DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS
A LOS SACERDOTES Y DIÁCONOS
A LOS RELIGIOSOS Y RELIGIOSAS
A LOS FIELES LAICOS
Y A TODAS LAS PERSONAS DE BUENA VOLUNTAD
SOBRE EL VALOR Y EL CARACTER INVIOLABLE
DE LA VIDA HUMANA
INTRODUCCION
1. El Evangelio de la vida está en el centro del
mensaje de Jesús. Acogido con amor cada día por la Iglesia, es
anunciado con intrépida fidelidad como buena noticia a los hombres de
todas las épocas y culturas.
En la aurora de la salvación, el nacimiento de un
niño es proclamado como gozosa noticia:«Os anuncio una gran alegría,
que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de
David, un salvador, que es el Cristo Señor»(Lc 2, 10-11). El
nacimiento del Salvador produce ciertamente esta «gran alegría»; pero
la Navidad pone también de manifiesto el sentido profundo de todo
nacimiento humano, y la alegría mesiánica constituye así el
fundamento y realización de la alegría por cada niño que nace (cf. Jn
16, 21).
Presentando el núcleo central de su misión
redentora, Jesús dice:«Yo he venido para que tengan vida y la tengan
en abundancia»(Jn 10, 10). Se refiere a aquella vida «nueva» y
«eterna», que consiste en la comunión con el Padre, a la que todo
hombre está llamado gratuitamente en el Hijo por obra del Espíritu
Santificador. Pero es precisamente en esa «vida» donde encuentran
pleno significado todos los aspectos y momentos de la vida del hombre.
Valor incomparable de la persona humana
2. El hombre está llamado a una plenitud de vida que
va más allá de las dimensiones de su existencia terrena, ya que
consiste en la participación de la vida misma de Dios. Lo sublime de
esta vocación sobrenatural manifiesta la grandeza y el valor de la vida
humana incluso en su fase temporal. En efecto, la vida en el tiempo es
condición básica, momento inicial y parte integrante de todo el
proceso unitario de la vida humana. Un proceso que, inesperada e
inmerecidamente, es iluminado por la promesa y renovado por el don de la
vida divina, que alcanzará su plena realización en la eternidad (cf. 1
Jn 3, 1-2). Al mismo tiempo, esta llamada sobrenatural subraya
precisamente el carácter relativo de la vida terrena del hombre y de la
mujer. En verdad, esa no es realidad «última», sino «penúltima»;
es realidad sagrada, que se nos confía para que la custodiemos con
sentido de responsabilidad y la llevemos a perfección en el amor y en
el don de nosotros mismos a Dios y a los hermanos.
La Iglesia sabe que este Evangelio de la vida,
recibido de su Señor, tiene un eco profundo y persuasivo en el corazón
de cada persona, creyente e incluso no creyente, porque, superando
infinitamente sus expectativas, se ajusta a ella de modo sorprendente.
Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre
dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el
influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural
escrita en su corazón (cf. Rom 2, 14-15) el valor sagrado de la vida
humana desde su inicio hasta su término, y afirmar el derecho de cada
ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo. En el
reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la
misma comunidad política.
Los creyentes en Cristo deben, de modo particular,
defender y promover este derecho, conscientes de la maravillosa verdad
recordada por el Concilio Vaticano II:«el Hijo de Dios, con su
encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre». En efecto,
en este acontecimiento salvífico se revela a la humanidad no sólo el
amor infinito de Dios que «tanto amó al mundo que dio a su Hijo
único»(Jn 3, 16), sino también el valor incomparable de cada persona
humana.
La Iglesia, escrutando asiduamente el misterio de la
Redención, descubre con renovado asombro este valor y se siente llamada
a anunciar a los hombres de todos los tiempos este «Evangelio», fuente
de esperanza inquebrantable y de verdadera alegría para cada época de
la historia. El Evangelio del amor de Dios al hombre, el Evangelio de la
dignidad de la persona y el Evangelio de la vida son un único e
indivisible Evangelio.
Por ello el hombre, el hombre viviente, constituye el
camino primero y fundamental de la Iglesia.
Nuevas amenazas a la vida humana
3. Cada persona, precisamente en virtud del misterio
del Verbo de Dios hecho carne (cf. Jn 1, 14), es confiada a la solicitud
materna de la Iglesia. Por eso, toda amenaza a la dignidad y a la vida
del hombre repercute en el corazón mismo de la Iglesia, afecta al
núcleo de su fe en la encarnación redentora del Hijo de Dios, la
compromete en su misión de anunciar el Evangelio de la vida por todo el
mundo y a cada criatura (cf. Mc 16, 15).
Hoy este anuncio es particularmente urgente ante la
impresionante multiplicación y agudización de las amenazas a la vida
de las personas y de los pueblos, especialmente cuando ésta es débil e
indefensa. A las tradicionales y dolorosas plagas del hambre, las
enfermedades endémicas, la violencia y las guerras, se añaden otras,
con nuevas facetas y dimensiones inquietantes.
Ya el Concilio Vaticano II, en una página de
dramática actualidad, denunció con fuerza los numerosos delitos y
atentados contra la vida humana. A treinta años de distancia, haciendo
mías las palabras de la asamblea conciliar, una vez más y con
idéntica firmeza los deploro en nombre de la Iglesia entera, con la
certeza de interpretar el sentimiento auténtico de cada conciencia
recta:«Todo lo que se opone a la vida, como los homicidios de cualquier
género, los genocidios, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio
voluntario; todo lo que viola la integridad de la persona humana, como
las mutilaciones, las torturas corporales y mentales, incluso los
intentos de coacción psicológica; todo lo que ofende a la dignidad
humana, como las condiciones infrahumanas de vida, los encarcelamientos
arbitrarios, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la
trata de blancas y de jóvenes; también las condiciones ignominiosas de
trabajo en las que los obreros son tratados como meros instrumentos de
lucro, no como personas libres y responsables; todas estas cosas y otras
semejantes son ciertamente oprobios que, al corromper la civilización
humana, deshonran más a quienes los practican que a quienes padecen la
injusticia y son totalmente contrarios al honor debido al Creador».
4. Por desgracia, este alarmante panorama, en vez de
disminuir, se va más bien agrandando. Con las nuevas perspectivas
abiertas por el progreso científico y tecnológico surgen nuevas formas
de agresión contra la dignidad del ser humano, a la vez que se va
delineando y consolidando una nueva situación cultural, que confiere a
los atentados contra la vida un aspecto inédito y -podría decirse-
aún más inicuo ocasionando ulteriores y graves preocupaciones: amplios
sectores de la opinión pública justifican algunos atentados contra la
vida en nombre de los derechos de la libertad individual, y sobre este
presupuesto pretenden no sólo la impunidad, sino incluso la
autorización por parte del Estado, con el fin de practicarlos con
absoluta libertad y además con la intervención gratuita de las
estructuras sanitarias.
En la actualidad, todo esto provoca un cambio
profundo en el modo de entender la vida y las relaciones entre los
hombres. El hecho de que las legislaciones de muchos países,
alejándose tal vez de los mismos principios fundamentales de sus
Constituciones, hayan consentido no penar o incluso reconocer la plena
legitimidad de estas prácticas contra la vida es, al mismo tiempo, un
síntoma preocupante y causa no marginal de un grave deterioro moral.
Opciones, antes consideradas unánimemente como delictivas y rechazadas
por el común sentido moral, llegan a ser poco a poco socialmente
respetables. La misma medicina, que por su vocación está ordenada a la
defensa y cuidado de la vida humana, se presta cada vez más en algunos
de sus sectores a realizar estos actos contra la persona, deformando
así su rostro, contradiciéndose a sí misma y degradando la dignidad
de quienes la ejercen. En este contexto cultural y legal, incluso los
graves problemas demográficos, sociales y familiares, que pesan sobre
numerosos pueblos del mundo y exigen una atención responsable y activa
por parte de las comunidades nacionales y de las internacionales, se
encuentran expuestos a soluciones falsas e ilusorias, en contraste con
la verdad y el bien de las personas y de las naciones.
El resultado al que se llega es dramático: si es muy
grave y preocupante el fenómeno de la eliminación de tantas vidas
humanas incipientes o próximas a su ocaso, no menos grave e inquietante
es el hecho de que a la conciencia misma, casi oscurecida por
condicionamientos tan grandes, le cueste cada vez más percibir la
distinción entre el bien y el mal en lo referente al valor fundamental
mismo de la vida humana.
En comunión con todos los obispos del mundo
5. El Consistorio extraordinario de Cardenales,
celebrado en Roma del 4 al 7 de abril de 1991, se dedicó al problema de
las amenazas a la vida humana en nuestro tiempo. Después de un amplio y
profundo debate sobre el tema y sobre los desafíos presentados a toda
la familia humana y, en particular, a la comunidad cristiana, los
Cardenales, con voto unánime, me pidieron ratificar, con la autoridad
del Sucesor de Pedro, el valor de la vida humana y su carácter
inviolable, con relación a las circunstancias actuales y a los
atentados que hoy la amenazan.
Acogiendo esta petición, escribí en Pentecostés de
1991 una carta personal a cada Hermano en el Episcopado para que en el
espíritu de colegialidad episcopal, me ofreciera su colaboración para
redactar un documento al respecto. Estoy profundamente agradecido a
todos los Obispos que contestaron, enviándome valiosas informaciones,
sugerencias y propuestas. Ellos testimoniaron así su unánime y
convencida participación en la misión doctrinal y pastoral de la
Iglesia sobre el Evangelio de la vida.
En la misma carta, a pocos días de la celebración
del centenario de la Encíclica Rerum novarum, llamaba la atención de
todos sobre esta singular analogía:«Así como hace un siglo la clase
obrera estaba oprimida en sus derechos fundamentales, y la Iglesia tomó
su defensa con gran valentía, proclamando los derechos sacrosantos de
la persona del trabajador, así ahora, cuando otra categoría de
personas está oprimida en su derecho fundamental a la vida, la Iglesia
siente el deber de dar voz, con la misma valentía, a quien no tiene
voz. El suyo es el clamor evangélico en defensa de los pobres del mundo
y de quienes son amenazados, despreciados y oprimidos en sus derechos
humanos».
Hoy una gran multitud de seres humanos débiles e
indefensos, como son, concretamente, los niños aún no nacidos, está
siendo aplastada en su derecho fundamental a la vida. Si la Iglesia, al
final del siglo pasado, no podía callar ante los abusos entonces
existentes, menos aún puede callar hoy, cuando a las injusticias
sociales del pasado, tristemente no superadas todavía, se añaden en
tantas partes del mundo injusticias y opresiones incluso más graves,
consideradas tal vez como elementos de progreso de cara a la
organización de un nuevo orden mundial.
La presente Encíclica, fruto de la colaboración del
Episcopado de todos los Países del mundo, quiere ser pues una
confirmación precisa y firme del valor de la vida humana y de su
carácter inviolable, y, al mismo tiempo, una acuciante llamada a todos
y a cada uno, en nombre de Dios:¡respeta, defiende, ama y sirve a la
vida, a toda vida humana!¡Sólo siguiendo este camino encontrarás
justicia, desarrollo, libertad verdadera, paz y felicidad!
¡Que estas palabras lleguen a todos los hijos e
hijas de la Iglesia!¡Que lleguen a todas las personas de buena
voluntad, interesadas por el bien de cada hombre y mujer y por el
destino de toda la sociedad!
6. En comunión profunda con cada uno de los hermanos
y hermanas en la fe, y animado por una amistad sincera hacia todos,
quiero meditar de nuevo y anunciar el Evangelio de la vida, esplendor de
la verdad que ilumina las conciencias, luz diáfana que sana la mirada
oscurecida, fuente inagotable de constancia y valor para afrontar los
desafíos siempre nuevos que encontramos en nuestro camino.
Al recordar la rica experiencia vivida durante el
Año de la Familia, como completando idealmente la Carta dirigida por
mí «a cada familia de cualquier región de la tierra», miro con
confianza renovada a todas las comunidades domésticas, y deseo que
resurja o se refuerce a cada nivel el compromiso de todos por sostener
la familia, para que también hoy -aun en medio de numerosas
dificultades y de graves amenazas- ella se mantenga siempre, según el
designio de Dios, como «santuario de la vida».
A todos los miembros de la Iglesia, pueblo de la vida
y para la vida, dirijo mi más apremiante invitación para que, juntos,
podamos ofrecer a este mundo nuestro nuevos signos de esperanza,
trabajando para que aumenten la justicia y la solidaridad y se afiance
una nueva cultura de la vida humana, para la edificación de una
auténtica civilización de la verdad y del amor.
CAPÍTULO I
LA SANGRE DE TU HERMANO CLAMA A MI DESDE EL SUELO
Actuales amenazas a la vida humana
«Caín se lanzó contra su hermano Abel y lo mató» (Gén. 4,8):
raíz de la violencia contra la vida
7.«No fue Dios quien hizo la muerte ni se recrea en
la destrucción de los vivientes; él todo lo creó para que
subsistiera... Porque Dios creó al hombre para la incorruptibilidad, le
hizo imagen de su misma naturaleza; mas por envidia del diablo entró la
muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen»(Sb 1,
13-14; 2, 23-24).
El Evangelio de la vida, proclamado al principio con
la creación del hombre a imagen de Dios para un destino de vida plena y
perfecta (cf. Gén 2, 7; Sb 9, 2-3), está como en contradicción con la
experiencia lacerante de la muerte que entra en el mundo y oscurece el
sentido de toda la existencia humana. La muerte entra por la envidia del
diablo (cf. Gén 3, 1. 4-5) y por el pecado de los primeros padres (cf.
Gén 2, 17; 3, 17-19). Y entra de un modo violento, a través de la
muerte de Abel causada por su hermano Caín:«Cuando estaban en el
campo, se lanzó Caín contra su hermano Abel y lo mató»(Gén 4, 8).
Esta primera muerte es presentada con una singular
elocuencia en una página emblemática del libro del Génesis. Una
página que cada día se vuelve a escribir, sin tregua y con degradante
repetición, en el libro de la historia de los pueblos.
Releamos juntos esta página bíblica, que, a pesar
de su carácter arcaico y de su extrema simplicidad, se presenta muy
rica de enseñanzas.
«Fue Abel pastor de ovejas y Caín labrador. Pasó
algún tiempo, y Caín hizo al Señor una oblación de los frutos del
suelo. También Abel hizo una oblación de los primogénitos de su
rebaño, y de la grasa de los mismos. El Señor miró propicio a Abel y
su oblación, mas no miró propicio a Caín y su oblación, por lo cual
se irritó Caín en gran manera y se abatió su rostro. El Señor dijo a
Caín:"¿Por qué andas irritado, y por qué se ha abatido tu
rostro?¿No es cierto que si obras bien podrás alzarlo? Mas, si no
obras bien, a la puerta está el pecado acechando como fiera que te
codicia, y a quien tienes que dominar".
Caín dijo a su hermano Abel:" Vamos
afuera". Y cuando estaban en el campo, se lanzó Caín contra su
hermano Abel y lo mató.
El Señor dijo a Caín:"¿Dónde está tu
hermano Abel?". Contestó:" No sé.¿Soy yo acaso el guarda de
mi hermano?". Replicó el Señor:"¿Qué has hecho? Se oye la
sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo. Pues bien: maldito
seas, lejos de este suelo que abrió su boca para recibir de tu mano la
sangre de tu hermano. Aunque labres el suelo, no te dará más fruto.
Vagabundo y errante serás en la tierra".
Entonces dijo Caín al Señor:" Mi culpa es
demasiado grande para soportarla. Es decir que hoy me echas de este
suelo y he de esconderme de tu presencia, convertido en vagabundo
errante por la tierra, y cualquiera que me encuentre me matará".
El Señor le respondió:" Al contrario,
quienquiera que matare a Caín, lo pagará siete veces". Y el
Señor puso una señal a Caín para que nadie que lo encontrase le
atacara. Caín salió de la presencia del Señor, y se estableció en el
país de Nod, al oriente de Edén»(Gén 4, 2-16).
8. Caín se «irritó en gran manera» y su rostro se
«abatió» porque el Señor «miró propicio a Abel y su
oblación»(Gén 4, 4). El texto bíblico no dice el motivo por el que
Dios prefirió el sacrificio de Abel al de Caín; sin embargo, indica
con claridad que, aun prefiriendo la oblación de Abel, no interrumpió
su diálogo con Caín. Le reprende recordándole su libertad frente al
mal: el hombre no está predestinado al mal. Ciertamente, igual que
Adán, es tentado por el poder maléfico del pecado que, como bestia
feroz, está acechando a la puerta de su corazón, esperando lanzarse
sobre la presa. Pero Caín es libre frente al pecado. Lo puede y lo debe
dominar:«Como fiera que te codicia, y a quien tienes que dominar»(Gén
4, 7).
Los celos y la ira prevalecen sobre la advertencia
del Señor, y así Caín se lanza contra su hermano y lo mata. Como
leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica,«la Escritura, en el
relato de la muerte de Abel a manos de su hermano Caín, revela, desde
los comienzos de la historia humana, la presencia en el hombre de la ira
y la codicia, consecuencia del pecado original. El hombre se convirtió
en el enemigo de sus semejantes».
El hermano mata a su hermano. Como en el primer
fratricidio, en cada homicidio se viola el parentesco «espiritual» que
agrupa a los hombres en una única gran familia donde todos participan
del mismo bien fundamental: la idéntica dignidad personal. Además, no
pocas veces se viola también el parentesco «de carne y sangre», por
ejemplo, cuando las amenazas a la vida se producen en la relación entre
padres e hijos, como sucede con el aborto o cuando, en un contexto
familiar o de parentesco más amplio, se favorece o se procura la
eutanasia.
En la raíz de cada violencia contra el prójimo se
cede a la lógica del maligno, es decir, de aquél que «era homicida
desde el principio»(Jn 8, 44), como nos recuerda el apóstol
Juan:«Pues este es el mensaje que habéis oído desde el principio: que
nos amemos unos a otros. No como Caín, que, siendo del maligno, mató a
su hermano»(1 Jn 3, 11-12). Así, esta muerte del hermano al comienzo
de la historia es el triste testimonio de cómo el mal avanza con
rapidez impresionante: a la rebelión del hombre contra Dios en el
paraíso terrenal se añade la lucha mortal del hombre contra el hombre.
Después del delito, Dios interviene para vengar al
asesinado. Caín, frente a Dios, que le pregunta sobre el paradero de
Abel, lejos de sentirse avergonzado y excusarse, elude la pregunta con
arrogancia:«No sé.¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?»(Gén 4,
9).«No sé». Con la mentira Caín trata de ocultar su delito. Así ha
sucedido con frecuencia y sigue sucediendo cuando las ideologías más
diversas sirven para justificar y encubrir los atentados más atroces
contra la persona.«¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?»: Caín no
quiere pensar en su hermano y rechaza asumir aquella responsabilidad que
cada hombre tiene en relación con los demás. Esto hace pensar
espontáneamente en las tendencias actuales de ausencia de
responsabilidad del hombre hacia sus semejantes, cuyos síntomas son,
entre otros, la falta de solidaridad con los miembros más débiles de
la sociedad -es decir, ancianos, enfermos, inmigrantes y niños- y la
indiferencia que con frecuencia se observa en la relación entre los
pueblos, incluso cuando están en juego valores fundamentales como la
supervivencia, la libertad y la paz.
9. Dios no puede dejar impune el delito: desde el
suelo sobre el que fue derramada, la sangre del asesinado clama justicia
a Dios (cf. Gén 37, 26; Is 26, 21; Ez 24, 7-8). De este texto la
Iglesia ha sacado la denominación de «pecados que claman venganza ante
la presencia de Dios» y entre ellos ha incluido, en primer lugar, el
homicidio voluntario. Para los hebreos, como para otros muchos pueblos
de la antigüedad, en la sangre se encuentra la vida, mejor aún,«la
sangre es la vida»(Dt 12, 23) y la vida, especialmente la humana,
pertenece sólo a Dios.
«¿Qué has hecho?» (Gén. 4, 10): eclipse del
valor de la vida10. El Señor dice a Caín:«¿Qué has hecho? Se oye la
sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo»(Gén 4, 10). La voz
de la sangre derramada por los hombres no cesa de clamar, de generación
en generación, adquiriendo tonos y acentos diversos y siempre nuevos.
La pregunta del Señor «¿Qué has hecho?», que
Caín no puede esquivar, se dirige también al hombre contemporáneo
para que tome conciencia de la amplitud y gravedad de los atentados
contra la vida, que siguen marcando la historia de la humanidad; para
que busque las múltiples causas que los generan y alimentan; reflexione
con extrema seriedad sobre las consecuencias que derivan de estos mismos
atentados para la vida de las personas y de los pueblos.
Hay amenazas que proceden de la naturaleza misma, y
que se agravan por la desidia culpable y la negligencia de los hombres
que, no pocas veces, podrían remediarlas. Otras, sin embargo, son fruto
de situaciones de violencia, odio, intereses contrapuestos, que inducen
a los hombres a agredirse entre sí con homicidios, guerras, matanzas y
genocidios.
¿Cómo no pensar también en la violencia contra la
vida de millones de seres humanos, especialmente niños, forzados a la
miseria, a la desnutrición, y al hambre, a causa de una inicua
distribución de las riquezas entre los pueblos y las clases
sociales?¿o en la violencia derivada, incluso antes que de las guerras,
de un comercio escandaloso de armas, que favorece la espiral de tantos
conflictos armados que ensangrientan el mundo?¿o en la siembra de
muerte que se realiza con el temerario desajuste de los equilibrios
ecológicos, con la criminal difusión de la droga, o con el fomento de
modelos de práctica de la sexualidad que, además de ser moralmente
inaceptables, son también portadores de graves riesgos para la vida? Es
imposible enumerar completamente la vasta gama de amenazas contra la
vida humana,¡son tantas sus formas, manifiestas o encubiertas, en
nuestro tiempo!
11. Pero nuestra atención quiere concentrarse, en
particular, en otro género de atentados, relativos a la vida naciente y
terminal, que presentan caracteres nuevos respecto al pasado y suscitan
problemas de gravedad singular, por el hecho de que tienden a perder, en
la conciencia colectiva, el carácter de «delito» y a asumir
paradójicamente el de «derecho», hasta el punto de pretender con ello
un verdadero y propio reconocimiento legal por parte del Estado y la
sucesiva ejecución mediante la intervención gratuita de los mismos
agentes sanitarios. Estos atentados golpean la vida humana en
situaciones de máxima precariedad, cuando está privada de toda
capacidad de defensa. Más grave aún es el hecho de que, en gran
medida, se produzcan precisamente dentro y por obra de la familia, que
constitutivamente está llamada a ser, sin embargo,«santuario de la
vida».
¿Cómo se ha podido llegar a una situación
semejante? Se deben tomar en consideración múltiples factores. En el
fondo hay una profunda crisis de la cultura, que engendra escepticismo
en los fundamentos mismos del saber y de la ética, haciendo cada vez
más difícil ver con claridad el sentido del hombre, de sus derechos y
deberes. A esto se añaden las más diversas dificultades existenciales
y relacionales, agravadas por la realidad de una sociedad compleja, en
la que las personas, los matrimonios y las familias se quedan con
frecuencia solas con sus problemas. No faltan además situaciones de
particular pobreza, angustia o exasperación, en las que la prueba de la
supervivencia, el dolor hasta el límite de lo soportable, y las
violencias sufridas, especialmente aquellas contra la mujer, hacen que
las opciones por la defensa y promoción de la vida sean exigentes, a
veces incluso hasta el heroísmo.
Todo esto explica, al menos en parte, cómo el valor
de la vida pueda hoy sufrir una especie de «eclipse», aun cuando la
conciencia no deje de señalarlo como valor sagrado e intangible, como
demuestra el hecho mismo de que se tienda a disimular algunos delitos
contra la vida naciente o terminal con expresiones de tipo sanitario,
que distraen la atención del hecho de estar en juego el derecho a la
existencia de una persona humana concreta.
12. En efecto, si muchos y graves aspectos de la
actual problemática social pueden explicar en cierto modo el clima de
extendida incertidumbre moral y atenuar a veces en las personas la
responsabilidad objetiva, no es menos cierto que estamos frente a una
realidad más amplia, que se puede considerar como una verdadera y
auténtica estructura de pecado, caracterizada por la difusión de una
cultura contraria a la solidaridad, que en muchos casos se configura
como verdadera «cultura de muerte». Esta estructura está activamente
promovida por fuertes corrientes culturales, económicas y políticas,
portadoras de una concepción de la sociedad basada en la eficiencia.
Mirando las cosas desde este punto de vista, se puede hablar, en cierto
sentido, de una guerra de los poderosos contra los débiles. La vida que
exigiría más acogida, amor y cuidado es tenida por inútil, o
considerada como un peso insoportable y, por tanto, despreciada de
muchos modos. Quien, con su enfermedad, con su minusvalidez o, más
simplemente, con su misma presencia pone en discusión el bienestar y el
estilo de vida de los más aventajados, tiende a ser visto como un
enemigo del que hay que defenderse o a quien eliminar. Se desencadena
así una especie de «conjura contra la vida», que afecta no sólo a
las personas concretas en sus relaciones individuales, familiares o de
grupo, sino que va más allá llegando a perjudicar y alterar, a nivel
mundial, las relaciones entre los pueblos y los Estados.
13. Para facilitar la difusión del aborto, se han
invertido y se siguen invirtiendo ingentes sumas destinadas a la
obtención de productos farmacéuticos, que hacen posible la muerte del
feto en el seno materno, sin necesidad de recurrir a la ayuda del
médico. La misma investigación científica sobre este punto parece
preocupada casi exclusivamente por obtener productos cada vez más
simples y eficaces contra la vida y, al mismo tiempo, capaces de
sustraer el aborto a toda forma de control y responsabilidad social.
Se afirma con frecuencia que la anticoncepción,
segura y asequible a todos, es el remedio más eficaz contra el aborto.
Se acusa además a la Iglesia católica de favorecer de hecho el aborto
al continuar obstinadamente enseñando la ilicitud moral de la
anticoncepción. La objeción, mirándolo bien, se revela en realidad
falaz. En efecto, puede ser que muchos recurran a los anticonceptivos
incluso para evitar después la tentación del aborto. Pero los
contravalores inherentes a la «mentalidad anticonceptiva»-bien diversa
del ejercicio responsable de la paternidad y maternidad, respetando el
significado pleno del acto conyugal- son tales que hacen precisamente
más fuerte esta tentación, ante la eventual concepción de una vida no
deseada. De hecho, la cultura abortista está particularmente
desarrollada justo en los ambientes que rechazan la enseñanza de la
Iglesia sobre la anticoncepción. Es cierto que anticoncepción y
aborto, desde el punto de vista moral, son males específicamente
distintos: la primera contradice la verdad plena del acto sexual como
expresión propia del amor conyugal, el segundo destruye la vida de un
ser humano; la anticoncepción se opone a la virtud de la castidad
matrimonial, el aborto se opone a la virtud de la justicia y viola
directamente el precepto divino «no matarás».
A pesar de su diversa naturaleza y peso moral, muy a
menudo están íntimamente relacionados, como frutos de una misma
planta. Es cierto que no faltan casos en los que se llega a la
anticoncepción y al mismo aborto bajo la presión de múltiples
dificultades existenciales, que sin embargo nunca pueden eximir del
esfuerzo por observar plenamente la Ley de Dios. Pero en muchísimos
otros casos estas prácticas tienen sus raíces en una mentalidad
hedonista e irresponsable respecto a la sexualidad y presuponen un
concepto egoísta de libertad que ve en la procreación un obstáculo al
desarrollo de la propia personalidad. Así, la vida que podría brotar
del encuentro sexual se convierte en enemigo a evitar absolutamente, y
el aborto en la única respuesta posible frente a una anticoncepción
frustrada.
Lamentablemente la estrecha conexión que, como
mentalidad, existe entre la práctica de la anticoncepción y la del
aborto se manifiesta cada vez más y lo demuestra de modo alarmante
también la preparación de productos químicos, dispositivos
intrauterinos y «vacunas» que, distribuidos con la misma facilidad que
los anticonceptivos, actúan en realidad como abortivos en las
primerísimas fases de desarrollo de la vida del nuevo ser humano.
14. También las distintas técnicas de reproducción
artificial, que parecerían puestas al servicio de la vida y que son
practicadas no pocas veces con esta intención, en realidad dan pie a
nuevos atentados contra la vida. Más allá del hecho de que son
moralmente inaceptables desde el momento en que separan la procreación
del contexto integralmente humano del acto conyugal, estas técnicas
registran altos porcentajes de fracaso. Este afecta no tanto a la
fecundación como al desarrollo posterior del embrión, expuesto al
riesgo de muerte por lo general en brevísimo tiempo. Además, se
producen con frecuencia embriones en número superior al necesario para
su implantación en el seno de la mujer, y estos así llamados
«embriones supernumerarios» son posteriormente suprimidos o utilizados
para investigaciones que, bajo el pretexto del progreso científico o
médico, reducen en realidad la vida humana a simple «material
biológico» del que se puede disponer libremente.
Los diagnósticos prenatales, que no presentan
dificultades morales si se realizan para determinar eventuales cuidados
necesarios para el niño aún no nacido, con mucha frecuencia son
ocasión para proponer o practicar el aborto. Es el aborto eugenésico,
cuya legitimación en la opinión pública procede de una mentalidad
-equivocadamente considerada acorde con las exigencias de la
«terapéutica»- que acoge la vida sólo en determinadas condiciones,
rechazando la limitación, la minusvalidez, la enfermedad.
Siguiendo esta misma lógica, se ha llegado a negar
los cuidados ordinarios más elementales, y hasta la alimentación, a
niños nacidos con graves deficiencias o enfermedades. Además, el
panorama actual resulta aún más desconcertante debido a las
propuestas, hechas en varios lugares, de legitimar, en la misma línea
del derecho al aborto, incluso el infanticidio, retornando así a una
época de barbarie que se creía superada para siempre.
15. Amenazas no menos graves afectan también a los
enfermos incurables y a los terminales, en un contexto social y cultural
que, haciendo más difícil afrontar y soportar el sufrimiento, agudiza
la tentación de resolver el problema del sufrimiento eliminándolo en
su raíz, anticipando la muerte al momento considerado como más
oportuno.
En una decisión así confluyen con frecuencia
elementos diversos, lamentablemente convergentes en este terrible final.
Puede ser decisivo, en el enfermo, el sentimiento de angustia,
exasperación, e incluso desesperación, provocado por una experiencia
de dolor intenso y prolongado. Esto supone una dura prueba para el
equilibrio a veces ya inestable de la vida familiar y personal, de modo
que, por una parte, el enfermo -no obstante la ayuda cada vez más
eficaz de la asistencia médica y social-, corre el riesgo de sentirse
abatido por la propia fragilidad; por otra, en las personas vinculadas
afectivamente con el enfermo, puede surgir un sentimiento de
comprensible aunque equivocada piedad. Todo esto se ve agravado por un
ambiente cultural que no ve en el sufrimiento ningún significado o
valor, es más, lo considera el mal por excelencia, que debe eliminar a
toda costa. Esto acontece especialmente cuando no se tiene una visión
religiosa que ayude a comprender positivamente el misterio del dolor.
Además, en el conjunto del horizonte cultural no
deja de influir también una especie de actitud prometeica del hombre
que, de este modo, se cree señor de la vida y de la muerte porque
decide sobre ellas, cuando en realidad es derrotado y aplastado por una
muerte cerrada irremediablemente a toda perspectiva de sentido y
esperanza. Encontramos una trágica expresión de todo esto en la
difusión de la eutanasia, encubierta y subrepticia, practicada
abiertamente o incluso legalizada. Esta, más que por una presunta
piedad ante el dolor del paciente, es justificada a veces por razones
utilitarias, de cara a evitar gastos innecesarios demasiado costosos
para la sociedad. Se propone así la eliminación de los recién nacidos
malformados, de los minusválidos graves, de los impedidos, de los
ancianos, sobre todo si no son autosuficientes, y de los enfermos
terminales. No nos es lícito callar ante otras formas más engañosas,
pero no menos graves o reales, de eutanasia. Estas podrían producirse
cuando, por ejemplo, para aumentar la disponibilidad de órganos para
trasplante, se procede a la extracción de los órganos sin respetar los
criterios objetivos y adecuados que certifican la muerte del donante.
16. Otro fenómeno actual, en el que confluyen
frecuentemente amenazas y atentados contra la vida, es el demográfico.
Este presenta modalidades diversas en las diferentes partes del mundo:
en los Países ricos y desarrollados se registra una preocupante
reducción o caída de los nacimientos; los Países pobres, por el
contrario, presentan en general una elevada tasa de aumento de la
población, difícilmente soportable en un contexto de menor desarrollo
económico y social, o incluso de grave subdesarrollo. Ante la
superpoblación de los Países pobres faltan, a nivel internacional,
medidas globales -serias políticas familiares y sociales, programas de
desarrollo cultural y de justa producción y distribución de los
recursos- mientras se continúan realizando políticas antinatalistas.
La anticoncepción, la esterilización y el aborto
están ciertamente entre las causas que contribuyen a crear situaciones
de fuerte descenso de la natalidad. Puede ser fácil la tentación de
recurrir también a los mismos métodos y atentados contra la vida en
las situaciones de «explosión demográfica».
El antiguo Faraón, viendo como una pesadilla la
presencia y aumento de los hijos de Israel, los sometió a toda forma de
opresión y ordenó que fueran asesinados todos los recién nacidos
varones de las mujeres hebreas (cf. Ex 1, 7-22). Del mismo modo se
comportan hoy no pocos poderosos de la tierra. Estos consideran también
como una pesadilla el crecimiento demográfico actual y temen que los
pueblos más prolíficos y más pobres representen una amenaza para el
bienestar y la tranquilidad de sus Países. Por consiguiente, antes que
querer afrontar y resolver estos graves problemas respetando la dignidad
de las personas y de las familias, y el derecho inviolable de todo
hombre a la vida, prefieren promover e imponer por cualquier medio una
masiva planificación de los nacimientos. Las mismas ayudas económicas,
que estarían dispuestos a dar, se condicionan injustamente a la
aceptación de una política antinatalista.
17. La humanidad de hoy nos ofrece un espectáculo
verdaderamente alarmante, si consideramos no sólo los diversos ámbitos
en los que se producen los atentados contra la vida, sino también su
singular proporción numérica, junto con el múltiple y poderoso apoyo
que reciben de una vasta opinión pública, de un frecuente
reconocimiento legal y de la implicación de una parte del personal
sanitario.
Como afirmé con fuerza en Denver, con ocasión de la
VIII Jornada Mundial de la Juventud:«Con el tiempo, las amenazas contra
la vida no disminuyen. Al contrario, adquieren dimensiones enormes. No
se trata sólo de amenazas procedentes del exterior, de las fuerzas de
la naturaleza o de los" Caínes" que asesinan a los"
Abeles"; no, se trata de amenazas programadas de manera científica
y sistemática. El siglo XX será considerado una época de ataques
masivos contra la vida, una serie interminable de guerras y una
destrucción permanente de vidas humanas inocentes. Los falsos profetas
y los falsos maestros han logrado el mayor éxito posible». Más allá
de las intenciones, que pueden ser diversas y presentar tal vez aspectos
convincentes incluso en nombre de la solidaridad, estamos en realidad
ante una objetiva «conjura contra la vida», que ve implicadas incluso
a Instituciones internacionales, dedicadas a alentar y programar
auténticas campañas de difusión de la anticoncepción, la
esterilización y el aborto. Finalmente, no se puede negar que los
medios de comunicación social son con frecuencia cómplices de esta
conjura, creando en la opinión pública una cultura que presenta el
recurso a la anticoncepción, la esterilización, el aborto y la misma
eutanasia como un signo de progreso y conquista de libertad, mientras
muestran como enemigas de la libertad y del progreso las posiciones
incondicionales a favor de la vida.
«¿Soy acaso el guarda de mi hermano?» (Gén. 4,
9): una idea perversa de libertad
18. El panorama descrito debe considerarse atendiendo
no sólo a los fenómenos de muerte que lo caracterizan, sino también a
las múltiples causas que lo determinan. La pregunta del Señor:«¿Qué
has hecho?»(Gén 4, 10) parece como una invitación a Caín para ir
más allá de la materialidad de su gesto homicida, y comprender toda su
gravedad en las motivaciones que estaban en su origen y en las
consecuencias que se derivan.
Las opciones contra la vida proceden, a veces, de
situaciones difíciles o incluso dramáticas de profundo sufrimiento,
soledad, falta total de perspectivas económicas, depresión y angustia
por el futuro. Estas circunstancias pueden atenuar incluso notablemente
la responsabilidad subjetiva y la consiguiente culpabilidad de quienes
hacen estas opciones en sí mismas moralmente malas. Sin embargo, hoy el
problema va bastante más allá del obligado reconocimiento de estas
situaciones personales. Está también en el plano cultural, social y
político, donde presenta su aspecto más subversivo e inquietante en la
tendencia, cada vez más frecuente, a interpretar estos delitos contra
la vida como legítimas expresiones de la libertad individual, que deben
reconocerse y ser protegidas como verdaderos y propios derechos.
De este modo se produce un cambio de trágicas
consecuencias en el largo proceso histórico, que después de descubrir
la idea de los «derechos humanos»-como derechos inherentes a cada
persona y previos a toda Constitución y legislación de los Estados-
incurre hoy en una sorprendente contradicción: justo en una época en
la que se proclaman solemnemente los derechos inviolables de la persona
y se afirma públicamente el valor de la vida, el derecho mismo a la
vida queda prácticamente negado y conculcado, en particular en los
momentos más emblemáticos de la existencia, como son el nacimiento y
la muerte.
Por una parte, las varias declaraciones universales
de los derechos del hombre y las múltiples iniciativas que se inspiran
en ellas, afirman a nivel mundial una sensibilidad moral más atenta a
reconocer el valor y la dignidad de todo ser humano en cuanto tal, sin
distinción de raza, nacionalidad, religión, opinión política o clase
social.
Por otra parte, a estas nobles declaraciones se
contrapone lamentablemente en la realidad su trágica negación. Esta es
aún más desconcertante y hasta escandalosa, precisamente por
producirse en una sociedad que hace de la afirmación y de la tutela de
los derechos humanos su objetivo principal y al mismo tiempo su motivo
de orgullo.¿Cómo poner de acuerdo estas repetidas afirmaciones de
principios con la multiplicación continua y la difundida legitimación
de los atentados contra la vida humana?¿Cómo conciliar estas
declaraciones con el rechazo del más débil, del más necesitado, del
anciano y del recién concebido? Estos atentados van en una dirección
exactamente contraria a la del respeto a la vida, y representan una
amenaza frontal a toda la cultura de los derechos del hombre. Es una
amenaza capaz, al límite, de poner en peligro el significado mismo de
la convivencia democrática: nuestras ciudades corren el riesgo de pasar
de ser sociedades de «con-vivientes» a sociedades de excluidos,
marginados, rechazados y eliminados. Si además se dirige la mirada al
horizonte mundial,¿cómo no pensar que la afirmación misma de los
derechos de las personas y de los pueblos se reduce a un ejercicio
retórico estéril, como sucede en las altas reuniones internacionales,
si no se desenmascara el egoísmo de los Países ricos que cierran el
acceso al desarrollo de los Países pobres, o lo condicionan a absurdas
prohibiciones de procreación, oponiendo el desarrollo al hombre?¿No
convendría quizá revisar los mismos modelos económicos, adoptados a
menudo por los Estados incluso por influencias y condicionamientos de
carácter internacional, que producen y favorecen situaciones de
injusticia y violencia en las que se degrada y vulnera la vida humana de
poblaciones enteras?
¿Dónde están las raíces de una contradicción
tan sorprendente?
19.Podemos encontrarlas en valoraciones generales de orden cultural
o moral, comenzando por aquella mentalidad que, tergiversando e incluso
deformando el concepto de subjetividad, sólo reconoce como titular de
derechos a quien se presenta con plena o, al menos, incipiente
autonomía y sale de situaciones de total dependencia de los demás.
Pero,¿cómo conciliar esta postura con la exaltación del hombre como
ser «indisponible»? La teoría de los derechos humanos se fundamenta
precisamente en la consideración del hecho que el hombre, a diferencia
de los animales y de las cosas, no puede ser sometido al dominio de
nadie. También se debe señalar aquella lógica que tiende a
identificar la dignidad personal con la capacidad de comunicación
verbal y explícita y, en todo caso, experimentable. Está claro que,
con estos presupuestos, no hay espacio en el mundo para quien, como el
que ha de nacer o el moribundo, es un sujeto constitutivamente débil,
que parece sometido en todo al cuidado de otras personas, dependiendo
radicalmente de ellas, y que sólo sabe comunicarse mediante el lenguaje
mudo de una profunda simbiosis de afectos. Es, por tanto, la fuerza que
se hace criterio de opción y acción en las relaciones interpersonales
y en la convivencia social. Pero esto es exactamente lo contrario de
cuanto ha querido afirmar históricamente el Estado de derecho, como
comunidad en la que a las «razones de la fuerza» sustituye la «fuerza
de la razón;.
A otro nivel, el origen de la contradicción entre la
solemne afirmación de los derechos del hombre y su trágica negación
en la práctica, está en un concepto de libertad que exalta de modo
absoluto al individuo, y no lo dispone a la solidaridad, a la plena
acogida y al servicio del otro. Si es cierto que, a veces, la
eliminación de la vida naciente o terminal se enmascara también bajo
una forma malentendida de altruismo y piedad humana, no se puede negar
que semejante cultura de muerte, en su conjunto, manifiesta una visión
de la libertad muy individualista, que acaba por ser la libertad de los
«más fuertes» contra los débiles destinados a sucumbir.
Precisamente en este sentido se puede interpretar la
respuesta de Caín a la pregunta del Señor «¿Dónde está tu hermano
Abel?»:«No sé.¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?»(Gén 4, 9).
Sí, cada hombre es «guarda de su hermano», porque Dios confía el
hombre al hombre. Y es también en vista de este encargo que Dios da a
cada hombre la libertad, que posee una esencial dimensión relacional.
Es un gran don del Creador, puesto al servicio de la persona y de su
realización mediante el don de sí misma y la acogida del otro. Sin
embargo, cuando la libertad es absolutizada en clave individualista, se
vacía de su contenido original y se contradice en su misma vocación y
dignidad.
Hay un aspecto aún más profundo que acentuar: la
libertad reniega de sí misma, se autodestruye y se dispone a la
eliminación del otro cuando no reconoce ni respeta su vínculo
constitutivo con la verdad. Cada vez que la libertad, queriendo
emanciparse de cualquier tradición y autoridad, se cierra a las
evidencias primarias de una verdad objetiva y común, fundamento de la
vida personal y social, la persona acaba por asumir como única e
indiscutible referencia para sus propias decisiones no ya la verdad
sobre el bien o el mal, sino sólo su opinión subjetiva y mudable o,
incluso, su interés egoísta y su capricho.
20. Con esta concepción de la libertad, la
convivencia social se deteriora profundamente. Si la promoción del
propio yo se entiende en términos de autonomía absoluta, se llega
inevitablemente a la negación del otro, considerado como enemigo de
quien defenderse. De este modo la sociedad se convierte en un conjunto
de individuos colocados unos junto a otros, pero sin vínculos
recíprocos: cada cual quiere afirmarse independientemente de los
demás, incluso haciendo prevalecer sus intereses. Sin embargo, frente a
los intereses análogos de los otros, se ve obligado a buscar cualquier
forma de compromiso, si se quiere garantizar a cada uno el máximo
posible de libertad en la sociedad. Así, desaparece toda referencia a
valores comunes y a una verdad absoluta para todos; la vida social se
adentra en las arenas movedizas de un relativismo absoluto. Entonces
todo es pactable, todo es negociable: incluso el primero de los derechos
fundamentales, el de la vida.
Es lo que de hecho sucede también en el ámbito más
propiamente político o estatal: el derecho originario e inalienable a
la vida se pone en discusión o se niega sobre la base de un voto
parlamentario o de la voluntad de una parte -aunque sea mayoritaria- de
la población. Es el resultado nefasto de un relativismo que predomina
incontrovertible: el «derecho» deja de ser tal porque no está ya
fundamentado sólidamente en la inviolable dignidad de la persona, sino
que queda sometido a la voluntad del más fuerte. De este modo la
democracia, a pesar de sus reglas, va por un camino de totalitarismo
fundamental. El Estado deja de ser la «casa común» donde todos pueden
vivir según los principios de igualdad fundamental, y se transforma en
Estado tirano, que presume de poder disponer de la vida de los más
débiles e indefensos, desde el niño aún no nacido hasta el anciano,
en nombre de una utilidad pública que no es otra cosa, en realidad, que
el interés de algunos. Parece que todo acontece en el más firme
respeto de la legalidad, al menos cuando las leyes que permiten el
aborto o la eutanasia son votadas según las, así llamadas, reglas
democráticas. Pero en realidad estamos sólo ante una trágica
apariencia de legalidad, donde el ideal democrático, que es
verdaderamente tal cuando reconoce y tutela la dignidad de toda persona
humana, es traicionado en sus mismas bases:«¿Cómo es posible hablar
todavía de dignidad de toda persona humana, cuando se permite matar a
la más débil e inocente?¿En nombre de qué justicia se realiza la
más injusta de las discriminaciones entre las personas, declarando a
algunas dignas de ser defendidas, mientras a otras se niega esta
dignidad?». Cuando se verifican estas condiciones, se han introducido
ya los dinamismos que llevan a la disolución de una auténtica
convivencia humana y a la disgregación de la misma realidad
establecida.
Reivindicar el derecho al aborto, al infanticidio, a
la eutanasia, y reconocerlo legalmente, significa atribuir a la libertad
humana un significado perverso e inicuo: el de un poder absoluto sobre
los demás y contra los demás. Pero ésta es la muerte de la verdadera
libertad:«En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un
esclavo»(Jn 8, 34).
«He de esconderme de tu presencia» (Gén 4, 14):
eclipse del sentido de Dios y del hombre
21. En la búsqueda de las raíces más profundas de la lucha entre
la «cultura de la vida» y la «cultura de la muerte», no basta
detenerse en la idea perversa de libertad anteriormente señalada. Es
necesario llegar al centro del drama vivido por el hombre
contemporáneo: el eclipse del sentido de Dios y del hombre,
característico del contexto social y cultural dominado por el
secularismo, que con sus tentáculos penetrantes no deja de poner a
prueba, a veces, a las mismas comunidades cristianas. Quien se deja
contagiar por esta atmósfera, entra fácilmente en el torbellino de un
terrible círculo vicioso: perdiendo el sentido de Dios, se tiende a
perder también el sentido del hombre, de su dignidad y de su vida. A su
vez, la violación sistemática de la ley moral, especialmente en el
grave campo del respeto de la vida humana y su dignidad, produce una
especie de progresiva ofuscación de la capacidad de percibir la
presencia vivificante y salvadora de Dios.
Una vez más podemos inspirarnos en el relato del
asesinato de Abel por parte de su hermano. Después de la maldición
impuesta por Dios, Caín se dirige así al Señor:«Mi culpa es
demasiado grande para soportarla. Es decir que hoy me echas de este
suelo y he de esconderme de tu presencia, convertido en vagabundo
errante por la tierra, y cualquiera que me encuentre me matará»(Gén
4, 13-14). Caín considera que su pecado no podrá ser perdonado por el
Señor y que su destino inevitable será tener que «esconderse de su
presencia». Si Caín confiesa que su culpa es «demasiado grande», es
porque sabe que se encuentra ante Dios y su justo juicio. En realidad,
sólo delante del Señor el hombre puede reconocer su pecado y percibir
toda su gravedad. Esta es la experiencia de David, que después de
«haber pecado contra el Señor», reprendido por el profeta Natán (cf.
2sam 11-12), exclama:«Mi delito yo lo reconozco, mi pecado sin cesar
está ante mí; contra ti, contra ti sólo he pecado, lo malo a tus ojos
cometí»(Sal 51/ 50, 5-6).
22. Por esto, cuando se pierde el sentido de Dios,
también el sentido del hombre queda amenazado y contaminado, como
afirma lapidariamente el Concilio Vaticano II:«La criatura sin el
Creador desaparece... Más aún, por el olvido de Dios la propia
criatura queda oscurecida». El hombre no puede ya entenderse como
«misteriosamente otro» respecto a las demás criaturas terrenas; se
considera como uno de tantos seres vivientes, como un organismo que, a
lo sumo, ha alcanzado un estadio de perfección muy elevado. Encerrado
en el restringido horizonte de su materialidad, se reduce de este modo a
«una cosa», y ya no percibe el carácter trascendente de su «existir
como hombre». No considera ya la vida como un don espléndido de Dios,
una realidad «sagrada» confiada a su responsabilidad y, por tanto, a
su custodia amorosa, a su «veneración». La vida llega a ser
simplemente «una cosa», que el hombre reivindica como su propiedad
exclusiva, totalmente dominable y manipulable.
Así, ante la vida que nace y la vida que muere, el
hombre ya no es capaz de dejarse interrogar sobre el sentido más
auténtico de su existencia, asumiendo con verdadera libertad estos
momentos cruciales de su propio «existir». Se preocupa sólo del
«hacer» y, recurriendo a cualquier forma de tecnología, se afana por
programar, controlar y dominar el nacimiento y la muerte. Estas, de
experiencias originarias que requieren ser «vividas», pasan a ser
cosas que simplemente se pretenden «poseer» o «rechazar».
Por otra parte, una vez excluida la referencia a
Dios, no sorprende que el sentido de todas las cosas resulte
profundamente deformado, y la misma naturaleza, que ya no es «mater»,
quede reducida a «material» disponible a todas las manipulaciones. A
esto parece conducir una cierta racionalidad técnico-científica,
dominante en la cultura contemporánea, que niega la idea misma de una
verdad de la creación que hay que reconocer o de un designio de Dios
sobre la vida que hay que respetar. Esto no es menos verdad, cuando la
angustia por los resultados de esta «libertad sin ley» lleva a algunos
a la postura opuesta de una «ley sin libertad», como sucede, por
ejemplo, en ideologías que contestan la legitimidad de cualquier
intervención sobre la naturaleza, como en nombre de una
«divinización» suya, que una vez más desconoce su dependencia del
designio del Creador.
En realidad, viviendo «como si Dios no
existiera», el hombre pierde no sólo el misterio de Dios, sino
también el del mundo y el de su propio ser.
23. El eclipse del sentido de Dios y del hombre conduce
inevitablemente al materialismo práctico, en el que proliferan el
individualismo, el utilitarismo y el hedonismo. Se manifiesta también
aquí la perenne validez de lo que escribió el Apóstol:«Como no
tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios, Dios los
entregó a su mente insensata, para que hicieran lo que no
conviene»(Rom 1, 28). Así, los valores del ser son sustituidos por los
del tener. El único fin que cuenta es la consecución del propio
bienestar material. La llamada «calidad de vida» se interpreta
principal o exclusivamente como eficiencia económica, consumismo
desordenado, belleza y goce de la vida física, olvidando las
dimensiones más profundas -relacionales, espirituales y religiosas- de
la existencia.
En semejante contexto el sufrimiento, elemento
inevitable de la existencia humana, aunque también factor de posible
crecimiento personal, es «censurado», rechazado como inútil, más
aún, combatido como mal que debe evitarse siempre y de cualquier modo.
Cuando no es posible evitarlo y la perspectiva de un bienestar al menos
futuro se desvanece, entonces parece que la vida ha perdido ya todo
sentido y aumenta en el hombre la tentación de reivindicar el derecho a
su supresión.
Siempre en el mismo horizonte cultural, el cuerpo ya
no se considera como realidad típicamente personal, signo y lugar de
las relaciones con los demás, con Dios y con el mundo. Se reduce a pura
materialidad: está simplemente compuesto de órganos, funciones y
energías que hay que usar según criterios de mero goce y eficiencia.
Por consiguiente, también la sexualidad se despersonaliza e
instrumentaliza: de signo, lugar y lenguaje del amor, es decir, del don
de sí mismo y de la acogida del otro según toda la riqueza de la
persona, pasa a ser cada vez más ocasión e instrumento de afirmación
del propio yo y de satisfacción egoísta de los propios deseos e
instintos. Así se deforma y falsifica el contenido originario de la
sexualidad humana, y los dos significados, unitivo y procreativo,
innatos a la naturaleza misma del acto conyugal, son separados
artificialmente. De este modo, se traiciona la unión y la fecundidad se
somete al arbitrio del hombre y de la mujer. La procreación se
convierte entonces en el «enemigo» a evitar en la práctica de la
sexualidad. Cuando se acepta, es sólo porque manifiesta el propio
deseo, o incluso la propia voluntad, de tener un hijo «a toda costa»,
y no, en cambio, por expresar la total acogida del otro y, por tanto, la
apertura a la riqueza de vida de la que el hijo es portador.
En la perspectiva materialista expuesta hasta aquí,
las relaciones interpersonales experimentan un grave empobrecimiento.
Los primeros que sufren sus consecuencias negativas son la mujer, el
niño, el enfermo o el que sufre y el anciano. El criterio propio de la
dignidad personal -el del respeto, la gratuidad y el servicio- se
sustituye por el criterio de la eficiencia, la funcionalidad y la
utilidad. Se aprecia al otro no por lo que «es», sino por lo que
«tiene, hace o produce». Es la supremacía del más fuerte sobre el
más débil.
24. En lo íntimo de la consciencia moral se produce
el eclipse del sentido de Dios y del hombre, con todas sus múltiples y
funestas consecuencias para la vida. Se pone en duda, sobre todo, la
conciencia de cada persona, que en su unicidad e irrepetibilidad se
encuentra sola ante Dios. Pero también se cuestiona, en cierto sentido,
la «conciencia moral» de la sociedad. Esta es de algún modo
responsable, no sólo porque tolera o favorece comportamientos
contrarios a la vida, sino también porque alimenta la «cultura de la
muerte», llegando a crear y consolidar verdaderas y auténticas
«estructuras de pecado» contra la vida. La conciencia moral, tanto
individual como social, está hoy sometida, a causa también del fuerte
influjo de muchos medios de comunicación social, a un peligro
gravísimo y mortal, el de la confusión entre el bien y el mal en
relación con el mismo derecho fundamental a la vida. Lamentablemente,
una gran parte de la sociedad actual se asemeja a la que Pablo describe
en la Carta a los Romanos. Está formada «de hombres que aprisionan la
verdad en la injusticia»(1, 18): habiendo renegado de Dios y creyendo
poder construir la ciudad terrena sin necesidad de El,«se ofuscaron en
sus razonamientos» de modo que «su insensato corazón se
entenebreció»(1, 21);«jactándose de sabios se volvieron
estúpidos»(1, 22), se hicieron autores de obras dignas de muerte y
«no solamente las practican, sino que aprueban a los que las
cometen»(1, 32). Cuando la conciencia, este luminoso ojo del alma (cf.
Mt 6, 22-23), llama «al mal bien y al bien mal»(Is 5, 20), camina ya
hacia su degradación más inquietante y hacia la más tenebrosa ceguera
moral.
Sin embargo, todos los condicionamientos y esfuerzos
por imponer el silencio no logran sofocar la voz del Señor que resuena
en la conciencia de cada hombre. De este íntimo santuario de la
conciencia puede empezar un nuevo camino de amor, de acogida y de
servicio a la vida humana.
«Os habéis acercado a la sangre de la
aspersión» (cf. Hb. 12, 22-24): signos de esperanza y llamada al
compromiso
25.«Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí
desde el suelo»(Gén 4, 10). No es sólo la sangre de Abel, el primer
inocente asesinado, que clama a Dios, fuente y defensor de la vida.
También la sangre de todo hombre asesinado después de Abel es un
clamor que se eleva al Señor. De una forma absolutamente única, clama
a Dios la sangre de Cristo, de quien Abel en su inocencia es figura
profética, como nos recuerda el autor de la Carta a los
Hebreos:«Vosotros, en cambio, os habéis acercado al monte Sión, a la
ciudad del Dios vivo... al mediador de una Nueva Alianza, y a la
aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de
Abel»(12, 22. 24)
Es la sangre de la aspersión. De ella había sido
símbolo y signo anticipador la sangre de los sacrificios de la Antigua
Alianza, con los que Dios manifestaba la voluntad de comunicar su vida a
los hombres, purificándolos y consagrándolos (cf. Ex 24, 8; Lv 17,
11). Ahora, todo esto se cumple y verifica en Cristo: la suya es la
sangre de la aspersión que redime, purifica y salva; es la sangre del
mediador de la Nueva Alianza «derramada por muchos para perdón de los
pecados»(Mt 26, 28). Esta sangre, que brota del costado abierto de
Cristo en la cruz (cf. Jn 19, 34),«habla mejor que la de Abel»; en
efecto, expresa y exige una «justicia» más profunda, pero sobre todo
implora misericordia, se hace ante el Padre intercesora por los hermanos
(cf. Hb 7, 25), es fuente de redención perfecta y don de vida nueva.
La sangre de Cristo, mientras revela la grandeza del
amor del Padre, manifiesta qué precioso es el hombre a los ojos de Dios
y qué inestimable es el valor de su vida. Nos lo recuerda el apóstol
Pedro:«Sabéis que habéis sido rescatados de la conducta necia
heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con
una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla,
Cristo»(1 Pe 1, 18-19). Precisamente contemplando la sangre preciosa de
Cristo, signo de su entrega de amor (cf. Jn 13, 1), el creyente aprende
a reconocer y apreciar la dignidad casi divina de todo hombre y puede
exclamar con nuevo y grato estupor:«¡Qué valor debe tener el hombre a
los ojos del Creador, si ha" merecido tener tan gran
Redentor"(Himno Exsultet de la Vigilia pascual), si" Dios ha
dado a su Hijo", a fin de que él, el hombre," no muera sino
que tenga la vida eterna"(cf. Jn 3, 16)!».
Además, la sangre de Cristo manifiesta al hombre que
su grandeza, y por tanto su vocación, consiste en el don sincero de sí
mismo. Precisamente porque se derrama como don de vida, la sangre de
Cristo ya no es signo de muerte, de separación definitiva de los
hermanos, sino instrumento de una comunión que es riqueza de vida para
todos. Quien bebe esta sangre en el sacramento de la Eucaristía y
permanece en Jesús (cf. Jn 6, 56) queda comprometido en su mismo
dinamismo de amor y de entrega de la vida, para llevar a plenitud la
vocación originaria al amor, propia de todo hombre (cf. Jn 1, 27; 2,
18-24).
Es en la sangre de Cristo donde todos los hombres
encuentran la fuerza para comprometerse en favor de la vida. Esta sangre
es justamente el motivo más grande de esperanza, más aún, es el
fundamento de la absoluta certeza de que según el designio divino la
vida vencerá.«No habrá ya muerte», exclama la voz potente que sale
del trono de Dios en la Jerusalén celestial (Ap 21, 4). Y san Pablo nos
asegura que la victoria actual sobre el pecado es signo y anticipo de la
victoria definitiva sobre la muerte, cuando «se cumplirá la palabra
que está escrita:" La muerte ha sido devorada en la victoria.
¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu
aguijón?"»(1 Cor 15, 54-55).
26. En realidad, no faltan signos que anticipan esta
victoria en nuestras sociedades y culturas, a pesar de estar fuertemente
marcadas por la «cultura de la muerte». Se daría, por tanto, una
imagen unilateral, que podría inducir a un estéril desánimo, si junto
con la denuncia de las amenazas contra la vida no se presentan los
signos positivos que se dan en la situación actual de la humanidad.
Desgraciadamente, estos signos positivos encuentran a
menudo dificultad para manifestarse y ser reconocidos, tal vez también
porque no encuentran una adecuada atención en los medios de
comunicación social. Pero, ¡cuántas iniciativas de ayuda y apoyo a
las personas más débiles e indefensas han surgido y continúan
surgiendo en la comunidad cristiana y en la sociedad civil, a nivel
local, nacional e internacional, promovidas por individuos, grupos,
movimientos y organizaciones diversas!
Son todavía muchos los esposos que, con generosa
responsabilidad, saben acoger a los hijos como «el don más excelente
del matrimonio». No faltan familias que, además de su servicio
cotidiano a la vida, acogen a niños abandonados, a muchachos y jóvenes
en dificultad, a personas minusválidas, a ancianos solos. No pocos
centros de ayuda a la, vida, o instituciones análogas, están
promovidos por personas y grupos que, con admirable dedicación y
sacrificio, ofrecen un apoyo moral y material a madres en dificultad,
tentadas de recurrir al aborto. También surgen y se difunden gru pos de
voluntarios dedicados a dar hospitalidad a quienes no tienen familia, se
encuentran en condiciones de particular penuria o tienen necesidad de
hallar un ambiente educativo que les ayude a superar comportamientos
destructivos y a recuperar el sentido de la vida.
La medicina, impulsada con gran dedicación por
investigadores y profesionales, persiste en su empeño por encontrar
remedios cada vez más eficaces: resultados que hace un tiempo eran del
todo impensables y capaces de abrir prometedoras perspectivas se
obtienen hoy para la vida naciente, para las personas que sufren y los
enfermos en fase aguda o terminal. Distintos entes y organizaciones se
movilizan para llevar, incluso a los países más afectados por la
miseria y las enfermedades endémicas, los beneficios de la medicina
más avanzada. Así, asociaciones nacionales e internacionales de
médicos se mueven oportunamente para socorrer a las poblaciones
probadas por calamidades naturales, epidemias o guerras. Aunque una
verdadera justicia internacional en la distribución de los recursos
médicos está aún lejos de su plena realización, ¿cómo no reconocer
en los pasos dados hasta ahora el signo de una creciente solidaridad
entre los pueblos, de una apreciable sensibilidad humana y moral y de un
mayor respeto por la vida?
27. Frente a legislaciones que han permitido el
aborto y a tentativas, surgidas aquí y allá, de legalizar la
eutanasia, han aparecido en todo el mundo movimientos e iniciativas de
sensibilización social en favor de la vida. Cuando, conforme a su
auténtica inspiración, actúan con determinada firmeza pero sin
recurrir a la violencia, estos movimientos favorecen una toma de
conciencia más difundida y profunda del valor de la vida, solicitando y
realizando un compromiso más decisivo por su defensa.
¿Cómo no recordar, además, todos estos gestos
cotidianos de acogida, sacrificio y cuidado desinteresado que un número
incalculable de personas realiza con amor en las familias, hospitales,
orfanatos, residencias de ancianos y en otros centros o comunidades, en
defensa de la vida? La Iglesia, dejándose guiar por el ejemplo de
Jesús «buen samaritano»(cf. Lc 10, 29-37) y sostenida por su fuerza,
siempre ha estado en la primera línea de la caridad: tantos de sus
hijos e hijas, especialmente religiosas y religiosos, con formas
antiguas y siempre nuevas, han consagrado y continúan consagrando su
vida a Dios ofreciéndola por amor al prójimo más débil y necesitado.
Estos gestos construyen en lo profundo la «civilización del amor y de
la vida», sin la cual la existencia de las personas y de la sociedad
pierde su significado más auténticamente humano. Aunque nadie los
advierta y permanezcan escondidos a la mayoría, la fe asegura que el
Padre,«que ve en lo secreto»(Mt 6, 4), no sólo sabrá recompensarlos,
sino que ya desde ahora los hace fecundos con frutos duraderos para
todos.
Entre los signos de esperanza se da también el
incremento, en muchos estratos de la opinión pública, de una nueva
sensibilidad cada vez más contraria a la guerra como instrumento de
solución de los conflictos entre los pueblos, y orientada cada vez más
a la búsqueda de medios eficaces, pero «no violentos», para frenar la
agresión armada. Además, en este mismo horizonte se da la aversión
cada vez más difundida en la opinión pública a la pena de muerte,
incluso como instrumento de «legítima defensa» social, al considerar
las posibilidades con las que cuenta una sociedad moderna para reprimir
eficazmente el crimen de modo que, neutralizando a quien lo ha cometido,
no se le prive definitivamente de la posibilidad de redimirse
También se debe considerar positivamente una mayor
atención a la calidad de vida y a la ecología, que se registra sobre
todo en las sociedades más desarrolladas, en las que las expectativas
de las personas no se centran tanto en los problemas de la supervivencia
cuanto más bien en la búsqueda de una mejora global de las condiciones
de vida. Particularmente significativo es el despertar de una reflexión
ética sobre la vida. Con el nacimiento y desarrollo cada vez más
extendido de la bioética se favorece la reflexión y el diálogo -entre
creyentes y no creyentes, así como entre creyentes de diversas
religiones- sobre problemas éticos, incluso fundamentales, que afectan
a la vida del hombre.
28. Este horizonte de luces y sombras debe hacernos a
todos plenamente conscientes de que estamos ante un enorme y dramático
choque entre el bien y el mal, la muerte y la vida, la «cultura de la
muerte» y la «cultura de la vida». Estamos no sólo «ante», sino
necesariamente «en medio» de este conflicto: todos nos vemos
implicados y obligados a participar, con la responsabilidad ineludible
de elegir incondicionalmente en favor de la vida.
También para nosotros resuena clara y fuerte la
invitación a Moisés:«Mira, yo pongo hoy ante ti vida y felicidad,
muerte y desgracia...; te pongo delante vida o muerte, bendición o
maldición. Escoge la vida, para que vivas, tú y tu descendencia»(Dt
30, 15. 19). Es una invitación válida también para nosotros, llamados
cada día a tener que decidir entre la «cultura de la vida» y la
«cultura de la muerte». Pero la llamada del Deuteronomio es aún más
profunda, porque nos apremia a una opción propiamente religiosa y
moral. Se trata de dar a la propia existencia una orientación
fundamental y vivir en fidelidad y coherencia con la Ley del Señor:«Yo
te prescribo hoy que ames al Señor tu Dios, que sigas sus caminos y
guardes sus mandamientos, preceptos y normas... Escoge la vida, para que
vivas, tú y tu descendencia, amando al Señor tu Dios, escuchando su
voz, viviendo unido a él; pues en eso está tu vida, así como la
prolongación de tus días»(30, 16. 19-20).
La opción incondicional en favor de la vida alcanza
plenamente su significado religioso y moral cuando nace, viene plasmada
y es alimentada por la fe en Cristo. Nada ayuda tanto a afrontar
positivamente el conflicto entre la muerte y la vida, en el que estamos
inmersos, como la fe en el Hijo de Dios que se ha hecho hombre y ha
venido entre los hombres «para que tengan vida y la tengan en
abundancia»(Jn 10, 10): es la fe en el Resucitado, que ha vencido la
muerte; es la fe en la sangre de Cristo «que habla mejor que la de
Abel»(Hb 12, 24).
Por tanto, a la luz y con la fuerza de esta fe, y
ante los desafíos de la situación actual, la Iglesia toma más viva
conciencia de la gracia y de la responsabilidad que recibe de su Señor
para anunciar, celebrar y servir al Evangelio de la vida.
CAPÍTULO II
HE VENIDO PARA QUE TENGAN VIDA
Mensaje cristiano sobre la vida
«La vida se manifestó, y nosotros la hemos visto» (1 Jn. 1,2): la
mirada dirigida a Cristo, «Palabra de vida»
29. Ante las innumerables y graves amenazas contra la
vida en el mundo contemporáneo, podríamos sentirnos como abrumados por
una sensación de impotencia insuperable:¡el bien nunca podrá tener la
fuerza suficiente para vencer el mal!
29. Ante las innumerables y graves amenazas contra la
vida en el mundo contemporáneo, podríamos sentirnos como abrumados por
una sensación de impotencia insuperable:¡el bien nunca podrá tener la
fuerza suficiente para vencer el mal!
Este es el momento en que el Pueblo de Dios, y en él
cada creyente, está llamado a profesar, con humildad y valentía, la
propia fe en Jesucristo,«Palabra de vida»(1jn 1, 1). En realidad, el
Evangelio de la vida no es una mera reflexión, aunque original y
profunda, sobre la vida humana; ni sólo un mandamiento destinado a
sensibilizar la conciencia y a causar cambios significativos en la
sociedad; menos aún una promesa ilusoria de un futuro mejor el
Evangelio de la vida es una realidad concreta y personal, porque
consiste en el anuncio de la persona misma de Jesús, el cual se
presenta al apóstol Tomás, y en él a todo hombre, con estas
palabras:«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida»(Jn 14, 6). Es la
misma identidad manifestada a Marta, la hermana de Lázaro:«Yo soy la
resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y
todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás»(Jn 11, 25-26).
Jesús es el Hijo que desde la eternidad recibe la vida del Padre (cf.
Jn 5, 26) y que ha venido a los hombres para hacerles partícipes de
este don:«Yo he venido para que tengan vida y la tengan en
abundancia»(Jn 10, 10).
Así, por la palabra, la acción y la persona misma
de Jesús se da al hombre la posibilidad de «conocer» toda la verdad
sobre el valor de la vida humana. De esa «fuente» recibe, en
particular, la capacidad de «obrar» perfectamente esa verdad (cf. Jn
3, 21), es decir, asumir y realizar en plenitud la responsabilidad de
amar y servir, defender y promover la vida humana.
En efecto, en Cristo se anuncia definitivamente y se
da plenamente aquel Evangelio de la vida que, anticipado ya en la
Revelación del Antiguo Testamento y, más aún, escrito de algún modo
en el corazón mismo de cada hombre y mujer, resuena en cada conciencia
«desde el principio», o sea, desde la misma creación, de modo que, a
pesar de los condicionamientos negativos del pecado, también puede ser
conocido por la razón humana en sus aspectos esenciales. Como dice el
Concilio Vaticano II, Cristo «con su presencia y manifestación, con
sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y
gloriosa resurrección, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva
a plenitud toda la revelación y la confirma con testimonio divino; a
saber, que Dios está con nosotros para librarnos de las tinieblas del
pecado y la muerte y para hacernos resucitar a una vida eterna».
30. Por tanto, con la mirada fija en el Señor Jesús
queremos volver a escuchar de El «las palabras de Dios»(Jn 3, 34) y
meditar de nuevo el Evangelio de la vida. El sentido más profundo y
original de esta meditación del mensaje revelado sobre la vida humana
ha sido expuesto por el apóstol Juan, al comienzo de su Primera
Carta:«Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que
hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras
manos acerca de la Palabra de vida -pues la Vida se manifestó, y
nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la Vida
eterna, que estaba vuelta hacia el Padre y que se nos manifestó- lo que
hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros
estéis en comunión con nosotros»(1, 1-3).
En Jesús,«Palabra de vida», se anuncia y comunica
la vida divina y eterna. Gracias a este anuncio y a este don, la vida
física y espiritual del hombre, incluida su etapa terrena, encuentra
plenitud de valor y significado: en efecto, la vida divina y eterna es
el fin al que está orientado y llamado el hombre que vive en este
mundo. El Evangelio de la vida abarca así todo lo que la misma
experiencia y la razón humana dicen sobre el valor de la vida, lo
acoge, lo eleva y lo lleva a término.
«Mi fortaleza y mi canción es el Señor. El es
mi salvación» (Ex. 15, 2): la vida es siempre un bien
31. En realidad, la plenitud evangélica del mensaje
sobre la vida fue ya preparada en el Antiguo Testamento. Es sobre todo
en las vicisitudes del éxodo, fundamento de la experiencia de fe del
Antiguo Testamento, donde Israel descubre el valor de la vida a los ojos
de Dios. Cuando parece ya abocado al exterminio, porque la amenaza de
muerte se extiende a todos sus recién nacidos varones (cf. Ex 1,
15-22), el Señor se le revela como salvador, capaz de asegurar un
futuro a quien está sin esperanza. Nace así en Israel una clara
conciencia: su vida no está a merced de un faraón que puede usarla con
arbitrio despótico; al contrario, es objeto de un tierno y fuerte amor
por parte de Dios.
La liberación de la esclavitud es el don de una
identidad, el reconocimiento de una dignidad indeleble y el inicio de
una historia nueva, en la que van unidos el descubrimiento de Dios y de
sí mismo. La experiencia del éxodo es original y ejemplar. Israel
aprende de ella que, cada vez que es amenazado en su existencia, sólo
tiene que acudir a Dios con confianza renovada para encontrar en él
asistencia eficaz:«Eres mi siervo, Israel.¡Yo te he formado, tú eres
mi siervo, Israel, yo no te olvido!»(Is 44, 21).
De este modo, mientras Israel reconoce el valor de su
propia existencia como pueblo, avanza también en la percepción del
sentido y valor de la vida en cuanto tal. Es una reflexión que se
desarrolla de modo particular en los libros sapienciales, partiendo de
la experiencia cotidiana de la precariedad de la vida y de la conciencia
de las amenazas que la acechan. Ante las contradicciones de la
existencia, la fe está llamada a ofrecer una respuesta.
El problema del dolor acosa sobre todo a la fe y la
pone a prueba.¿Cómo no oír el gemido universal del hombre en la
meditación del libro de Job? el inocente aplastado por el sufrimiento
se pregunta comprensiblemente:«¿Para qué dar la luz a un desdichado,
la vida a los que tienen amargada el alma, a los que ansían la muerte
que no llega y excavan en su búsqueda más que por un tesoro?»(3,
20-21). Pero también en la más densa oscuridad la fe orienta hacia el
reconocimiento confiado y adorador del «misterio»:«Sé que eres
todopoderoso: ningún proyecto te es irrealizable»(Jb 42, 2).
Progresivamente la Revelación lleva a descubrir con
mayor claridad el germen de vida inmortal puesto por el Creador en el
corazón de los hombres:«el ha hecho todas las cosas apropiadas a su
tiempo; también ha puesto el mundo en sus corazones»(Ecl 3, 11). Este
germen de totalidad y plenitud espera manifestarse en el amor, y
realizarse, por don gratuito de Dios, en la participación en su vida
eterna.
«El nombre de Jesús ha restablecido a este
hombre» (cf. Hch. 3, 16): en la precariedad de la existencia humana
Jesús lleva a término el sentido de la vida
32 La experiencia del pueblo de la Alianza se repite
en la de todos los «pobres» que encuentran a Jesús de Nazaret. Así
como el Dios «amante de la vida»(cf. Sb 11, 26) había confortado a
Israel en medio de los peligros, así ahora el Hijo de Dios anuncia, a
cuantos se sienten amenazados e impedidos en su existencia, que sus
vidas también son un bien al cual el amor del Padre da sentido y valor.
«Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos
quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los
pobres la Buena Nueva»(Lc 7, 22). Con estas palabras del profeta
Isaías (35, 5-6; 61, 1), Jesús presenta el significado de su propia
misión. Así, quienes sufren a causa de una existencia de algún modo
«disminuida», escuchan de El la buena nueva de que Dios se interesa
por ellos, y tienen la certeza de que también su vida es un don
celosamente custodiado en las manos del Padre (cf. Mt 6, 25-34).
Los «pobres» son interpelados particularmente por
la predicación y las obras de Jesús. La multitud de enfermos y
marginados, que lo siguen y lo buscan (cf. Mt 4, 23-25), encuentran en
su palabra y en sus gestos la revelación del gran valor que tiene su
vida y del fundamento de sus esperanzas de salvación.
Lo mismo sucede en la misión de la Iglesia desde sus
comienzos. Ella, que anuncia a Jesús como aquél que «pasó haciendo
el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios
estaba con él»(Hch 10, 38), es portadora de un mensaje de salvación
que resuena con toda su novedad precisamente en las situaciones de
miseria y pobreza de la vida del hombre. Así hace Pedro en la curación
del tullido, al que ponían todos los días junto a la puerta
«Hermosa» del templo de Jerusalén para pedir limosna:«No tengo plata
ni oro; pero lo que tengo, te doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno,
ponte a andar»(Hch 3, 6). Por la fe en Jesús,«autor de la vida»(cf.
Hch 3, 15), la vida que yace abandonada y suplicante vuelve a ser
consciente de sí misma y de su plena dignidad.
La palabra y las acciones de Jesús y de su Iglesia
no se dirigen sólo a quienes padecen enfermedad, sufrimiento o diversas
formas de marginación social, sino que conciernen más profundamente al
sentido mismo de la vida de cada hombre en sus dimensiones morales y
espirituales. Sólo quien reconoce que su propia vida está marcada por
la enfermedad del pecado, puede redescubrir, en el encuentro con Jesús
Salvador, la verdad y autenticidad de su existencia, según sus mismas
palabras:«No necesitan médico los que están sanos, sino los que
están mal. No he venido a llamar a conversión a justos, sino a
pecadores»(Lc 5, 31-32).
En cambio, quien cree que puede asegurar su vida
mediante la acumulación de bienes materiales, como el rico agricultor
de la parábola evangélica, en realidad se engaña. La vida se le está
escapando, y muy pronto se verá privado de ella sin haber logrado
percibir su verdadero significado:«¡Necio! Esta misma noche te
reclamarán el alma; las cosas que preparaste,¿para quién serán?»(Lc
12, 20).
33. En la vida misma de Jesús, desde el principio al
fin, se da esta singular «dialéctica» entre la experiencia de la
precariedad de la vida humana y la afirmación de su valor. En efecto,
la precariedad marca la vida de Jesús desde su nacimiento. Ciertamente
encuentra acogida en los justos, que se unieron al «sí» decidido y
gozoso de María (cf. Lc 1, 38). Pero también siente, en seguida, el
rechazo de un mundo que se hace hostil y busca al niño «para
matarle»(Mt 2, 13), o que permanece indiferente y distraído ante el
cumplimiento del misterio de esta vida que entra en el mundo:«no
tenían sitio en el alojamiento»(Lc 2, 7). Del contraste entre las
amenazas y las inseguridades, por una parte, y la fuerza del don de
Dios, por otra, brilla con mayor intensidad la gloria que se irradia
desde la casa de Nazaret y del pesebre de Belén: esta vida que nace es
salvación para toda la humanidad (cf. Lc 2, 11).
Jesús asume plenamente las contradicciones y los
riesgos de la vida:«siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de
que os enriquecierais con su pobreza»(2 Cor 8, 9). La pobreza de la que
habla Pablo no es sólo despojarse de privilegios divinos, sino también
compartir las condiciones más humildes y precarias de la vida humana
(cf. Flp 2, 6-7). Jesús vive esta pobreza durante toda su vida, hasta
el momento culminante de la cruz:«se humilló a sí mismo, obedeciendo
hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le
otorgó el nombre que está sobre todo nombre»(Flp 2, 8-9). Es
precisamente en su muerte donde Jesús revela toda la grandeza y el
valor de la vida, ya que su entrega en la cruz es fuente de vida nueva
para todos los hombres (cf. Jn 12, 32). En este peregrinar en medio de
las contradicciones y en la misma pérdida de la vida, Jesús es guiado
por la certeza de que está en las manos del Padre. Por eso puede
decirle en la cruz:«Padre, en tus manos pongo mi espíritu»(Lc 23,
46), esto es, mi vida.¡Qué grande es el valor de la vida humana si el
Hijo de Dios la ha asumido y ha hecho de ella el lugar donde se realiza
la salvación para toda la humanidad!
«Llamados… a reproducir la imagen de su Hijo»
(Rom. 8, 28-29): la gloria de Dios resplandece en el rostro del hombre
34. La vida es siempre un bien. Esta es una
intuición o, más bien, un dato de experiencia, cuya razón profunda el
hombre está llamado a comprender.
¿Por qué la vida es un bien? La pregunta recorre
toda la Biblia, y ya desde sus primeras páginas encuentra una respuesta
eficaz y admirable. La vida que Dios da al hombre es original y diversa
de la de las demás criaturas vivientes, ya que el hombre, aunque
proveniente del polvo de la tierra (cf. Gén 2, 7; 3, 19; Jb 34, 15; Sal
103/ 102, 14; 104/ 103, 29), es manifestación de Dios en el mundo,
signo de su presencia, resplandor de su gloria (cf. Gén 1, 26-27; Sal
8, 6). Es lo que quiso acentuar también san Ireneo de Lyón con su
célebre definición:«el hombre que vive es la gloria de Dios». Al
hombre se le ha dado una altísima dignidad, que tiene sus raíces en el
vínculo íntimo que lo une a su Creador: en el hombre se refleja la
realidad misma de Dios.
Lo afirma el libro del Génesis en el primer relato
de la creación, poniendo al hombre en el vértice de la actividad
creadora de Dios, como su culmen, al término de un proceso que va desde
el caos informe hasta la criatura más perfecta. Toda la creación está
ordenada al hombre y todo se somete a él:«Henchid la tierra y
sometedla; mandad... en todo animal que serpea sobre la tierra»(1, 28),
ordena Dios al hombre y a la mujer. Un mensaje semejante aparece
también en el otro relato de la creación:«Tomó, pues, el Señor Dios
al hombre y le dejó en el jardín de Edén, para que lo labrase y
cuidase»(Gén 2, 15). Así se reafirma la primacía del hombre sobre
las cosas, las cuales están destinadas a él y confiadas a su
responsabilidad, mientras que por ningún motivo el hombre puede ser
sometido a sus semejantes y reducido al rango de cosa.
En el relato bíblico, la distinción entre el hombre
y las demás criaturas se manifiesta sobre todo en el hecho de que sólo
su creación se presenta como fruto de una especial decisión por parte
de Dios, de una deliberación que establece un vínculo particular y
específico con el Creador:«Hagamos al ser humano a nuestra imagen,
como semejanza nuestra»(Gén 1, 26). La vida que Dios ofrece al hombre
es un don con el que Dios comparte algo de sí mismo con la criatura.
Israel se preguntará durante mucho tiempo sobre el
sentido de este vínculo particular y específico del hombre con Dios.
También el libro del Eclesiástico reconoce que Dios al crear a los
hombres «los revistió de una fuerza como la suya, y los hizo a su
imagen»(17, 3). Con esto el autor sagrado manifiesta no sólo su
dominio sobre el mundo, sino también las facultades espirituales más
características del hombre, como la razón, el discernimiento del bien
y del mal, la voluntad libre:«De saber e inteligencia los llenó, les
enseñó el bien y el mal»(Si 17, 6). La capacidad de conocer la verdad
y la libertad son prerrogativas del hombre en cuanto creado a imagen de
su Creador, el Dios verdadero y justo (cf. Dt 32, 4). Sólo el hombre,
entre todas las criaturas visibles, tiene «capacidad para conocer y
amar a su Creador». La vida que Dios da al hombre es mucho más que un
existir en el tiempo. Es tensión hacia una plenitud de vida, es germen
de un existencia que supera los mismos límites del tiempo:«Porque Dios
creó al hombre para la incorruptibilidad, le hizo imagen de su misma
naturaleza»(Sb 2, 23).
35. El relato yahvista de la creación expresa
también la misma convicción. En efecto, esta antigua narración habla
de un soplo divino que es infundido en el hombre para que tenga
vida:«El Señor Dios formó al hombre con polvo del suelo, sopló en
sus narices un aliento de vida, y resultó el hombre un ser
viviente»(Gén 2, 7).
El origen divino de este espíritu de vida explica la
perenne insatisfacción que acompaña al hombre durante su existencia.
Creado por Dios, llevando en sí mismo una huella indeleble de Dios, el
hombre tiende naturalmente a el. Al experimentar la aspiración profunda
de su corazón, todo hombre hace suya la verdad expresada por san
Agustín:«Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está
inquieto hasta que descanse en ti».
Qué elocuente es la insatisfacción de la que es
víctima la vida del hombre en el Edén, cuando su única referencia es
el mundo vegetal y animal (cf. Gén 2, 20). Sólo la aparición de la
mujer, es decir, de un ser que es hueso de sus huesos y carne de su
carne (cf. Gén 2, 23), y en quien vive igualmente el espíritu de Dios
creador, puede satisfacer la exigencia de diálogo interpersonal que es
vital para la existencia humana. En el otro, hombre o mujer, se refleja
Dios mismo, meta definitiva y satisfactoria de toda persona.
«¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, el
hijo de Adán para que de él te cuides?», se pregunta el Salmista (Sal
8, 5). Ante la inmensidad del universo es muy poca cosa, pero
precisamente este contraste descubre su grandeza:«Apenas inferior a los
ángeles le hiciste (también se podría traducir:«apenas inferior a
Dios»), coronándole de gloria y de esplendor»(Sal 8, 6). La gloría
de Dios resplandece en el rostro del hombre. En él encuentra el Creador
su descanso, como comenta asombrado y conmovido san Ambrosio:«Finalizó
el sexto día y se concluyó la creación del mundo con la formación de
aquella obra maestra que es el hombre, el cual ejerce su dominio sobre
todos los seres vivientes y es como el culmen del universo y la belleza
suprema de todo ser creado. Verdaderamente deberíamos mantener un
reverente silencio, porque el Señor descansó de toda obra en el mundo.
Descansó al final en lo íntimo del hombre, descansó en su mente y en
su pensamiento; en efecto, había creado al hombre dotado de razón,
capaz de imitarle, émulo de sus virtudes, anhelante de las gracias
celestes. En estas dotes suyas descansa el Dios que dijo:"¿En
quién encontraré reposo, si no es en el humilde y contrito, que
tiembla a mi palabra"(cf. Is 66, 1-2). Doy gracias al Señor
nuestro Dios por haber creado una obra tan maravillosa donde encontrar
su descanso».
36. Lamentablemente, el magnífico proyecto de Dios
se oscurece por la irrupción del pecado en la historia. Con el pecado
el hombre se rebela contra el Creador, acabando por idolatrar a las
criaturas:«Cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y
sirvieron a la criatura en vez del Creador»(Rom 1, 25). De este modo,
el ser humano no sólo desfigura en sí mismo la imagen de Dios, sino
que está tentado de ofenderla también en los demás, sustituyendo las
relaciones de comunión por actitudes de desconfianza, indiferencia,
enemistad, llegando al odio homicida. Cuando no se reconoce a Dios como
Dios, se traiciona el sentido profundo del hombre y se perjudica la
comunión entre los hombres.
En la vida del hombre la imagen de Dios vuelve a
resplandecer y se manifiesta en toda su plenitud con la venida del Hijo
de Dios en carne humana:«El es Imagen de Dios invisible»(Col 1,
15),«resplandor de su gloria e impronta de su sustancia»(Hb 1, 3). El
es la imagen perfecta del Padre.
El proyecto de vida confiado al primer Adán
encuentra finalmente su cumplimiento en Cristo. Mientras la
desobediencia de Adán deteriora y desfigura el designio de Dios sobre
la vida del hombre, introduciendo la muerte en el mundo, la obediencia
redentora de Cristo es fuente de gracia que se derrama sobre los hombres
abriendo de par en par a todos las puertas del reino de la vida (cf. Rom
5, 12-21). Afirma el apóstol Pablo:«Fue hecho el primer hombre, Adán,
alma viviente; el último Adán, espíritu que da vida»(1 Cor 15, 45).
La plenitud de la vida se da a cuantos aceptan seguir
a Cristo. En ellos la imagen divina es restaurada, renovada y llevada a
perfección. Este es el designio de Dios sobre los seres humanos: que
«reproduzcan la imagen de su Hijo»(Rom 8, 29). Sólo así, con el
esplendor de esta imagen, el hombre puede ser liberado de la esclavitud
de la idolatría, puede reconstruir la fraternidad rota y reencontrar su
propia identidad.
«Todo el que vive y cree en mí, no morirá
jamás» (Jn. 11, 26): el don de la vida eterna
37. La vida que el Hijo de Dios ha venido a dar a los
hombres no se reduce a la mera existencia en el tiempo. La vida, que
desde siempre está «en él» y es «la luz de los hombres»(Jn 1, 4),
consiste en ser engendrados por Dios y participar de la plenitud de su
amor:«A todos los que lo recibieron les dio poder de hacerse hijos de
Dios, a los que creen en su nombre; el cual no nació de sangre, ni de
deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios»(Jn 1,
12-13).
A veces Jesús llama esta vida, que el ha venido a
dar, simplemente así:«la vida»; y presenta la generación por parte
de Dios como condición necesaria para poder alcanzar el fin para el
cual Dios ha creado al hombre:«el que no nazca de lo alto no puede ver
el Reino de Dios»(Jn 3, 3). El don de esta vida es el objetivo
específico de la misión de Jesús: él «es el que baja del cielo y da
la vida al mundo»(Jn 6, 33), de modo que puede afirmar con toda
verdad:«el que me siga... tendrá la luz de la vida»(Jn 8, 12).
Otras veces Jesús habla de «vida eterna», donde el
adjetivo no se refiere sólo a una perspectiva supratemporal.«Eterna»
es la vida que Jesús promete y da, porque es participación plena de la
vida del «Eterno». Todo el que cree en Jesús y entra en comunión con
El tiene la vida eterna (cf. Jn 3, 15; 6, 40), ya que escucha de El las
únicas palabras que revelan e infunden plenitud de vida en su
existencia; son las «palabras de vida eterna» que Pedro reconoce en su
confesión de fe:«Señor,¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de
vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de
Dios»(Jn 6, 68-69). Jesús mismo explica después en qué consiste la
vida eterna, dirigiéndose al Padre en la gran oración
sacerdotal:«Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único
Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo»(Jn 17, 3).
Conocer a Dios y a su Hijo es acoger el misterio de la comunión de amor
del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en la propia vida, que ya
desde ahora se abre a la vida eterna por la participación en la vida
divina.
38. Por tanto, la vida eterna es la vida misma de
Dios y a la vez la vida de los hijos de Dios. Un nuevo estupor y una
gratitud sin límites se apoderan necesariamente del creyente ante esta
inesperada e inefable verdad que nos viene de Dios en Cristo. El
creyente hace suyas las palabras del apóstol Juan:«Mirad qué amor nos
ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!...
Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que
seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él,
porque le veremos tal cual es»(1 Jn 3, 1-2).
Así alcanza su culmen la verdad cristiana sobre la
vida. Su dignidad no sólo está ligada a sus orígenes, a su
procedencia divina, sino también a su fin, a su destino de comunión
con Dios en su conocimiento y amor. A la luz de esta verdad san Ireneo
precisa y completa su exaltación del hombre:«el hombre que vive» es
«gloria de Dios», pero «la vida del hombre consiste en la visión de
Dios».
De aquí derivan unas consecuencias inmediatas para
la vida humana en su misma condición terrena, en la que ya ha germinado
y está creciendo la vida eterna. Si el hombre ama instintivamente la
vida porque es un bien, este amor encuentra ulterior motivación y
fuerza, nueva extensión y profundidad en las dimensiones divinas de
este bien. En esta perspectiva, el amor que todo ser humano tiene por la
vida no se reduce a la simple búsqueda de un espacio donde pueda
realizarse a sí mismo y entrar en relación con los demás, sino que se
desarrolla en la gozosa conciencia de poder hacer de la propia
existencia el «lugar» de la manifestación de Dios, del encuentro y de
la comunión con El. La vida que Jesús nos da no disminuye nuestra
existencia en el tiempo, sino que la asume y conduce a su destino
último:«Yo soy la resurrección y la vida...; todo el que vive y cree
en mí, no morirá jamás»(Jn 11, 25. 26).
«A cada uno pediré cuentas de la vida de su
hermano» (Gén. 9, 5): veneración y amor por la vida de todos
39. La vida del hombre proviene de Dios, es su don,
su imagen e impronta, participación de su soplo vital. Por tanto, Dios
es el único señor de esta vida: el hombre no puede disponer de ella.
Dios mismo lo afirma a Noé después del diluvio:«Os prometo reclamar
vuestra propia sangre: la reclamaré a todo animal y al hombre: a todos
y a cada uno reclamaré el alma humana»(Gén 9, 5). El texto bíblico
se preocupa de subrayar cómo la sacralidad de la vida tiene su
fundamento en Dios y en su acción creadora:«Porque a imagen de Dios
hizo El al hombre»(Gén 9, 6).
La vida y la muerte del hombre están, pues, en las
manos de Dios, en su poder:«El, que tiene en su mano el alma de todo
ser viviente y el soplo de toda carne de hombre», exclama Job (12,
10).«El Señor da muerte y vida, hace bajar al Seol y retornar»(1 S 2,
6). Sólo El puede decir:«Yo doy la muerte y doy la vida»(Dt 32, 39).
Sin embargo, Dios no ejerce este poder como voluntad
amenazante, sino como cuidado y solicitud amorosa hacia sus criaturas.
Si es cierto que la vida del hombre está en las manos de Dios, no lo es
menos que sus manos son cariñosas como las de una madre que acoge,
alimenta y cuida a su niño:«Mantengo mi alma en paz y silencio como
niño destetado en el regazo de su madre.¡Como niño destetado está mi
alma en mí!»(Sal 131/ 130, 2; cf. Is 49, 15; 66, 12-13; Os 11, 4).
Así Israel ve en las vicisitudes de los pueblos y en la suerte de los
individuos no el fruto de una mera casualidad o de un destino ciego,
sino el resultado de un designio de amor con el que Dios concentra todas
las potencialidades de vida y se opone a las fuerzas de muerte que nacen
del pecado:«No fue Dios quien hizo la muerte, ni se recrea en la
destrucción de los vivientes; él todo lo creó para que
subsistiera»(Sb 1, 13-14).
40. De la sacralidad de la vida deriva su carácter
inviolable, inscrito desde el principio en el corazón del hombre, en su
conciencia. La pregunta «¿Qué has hecho?»(Gén 4, 10), con la que
Dios se dirige a Caín después de que éste hubiera matado a su hermano
Abel, presenta la experiencia de cada hombre: en lo profundo de su
conciencia siempre es llamado a respetar el carácter inviolable de la
vida -la suya y la de los demás-, como realidad que no le pertenece,
porque es propiedad y don de Dios Creador y Padre.
El mandamiento relativo al carácter inviolable de la
vida humana ocupa el centro de las «diez palabras» de la alianza del
Sinaí(cf. Ex 34, 28). Prohíbe, ante todo, el homicidio:«No
matarás»(Ex 20, 13);«No quites la vida al inocente y justo»(Ex 23,
7); pero también condena -como se explicita en la legislación
posterior de Israel- cualquier daño causado a otro (cf. Ex 21, 12-27).
Ciertamente, se debe reconocer que en el Antiguo Testamento esta
sensibilidad por el valor de la vida, aunque ya muy marcada, no alcanza
todavía la delicadeza del Sermón de la Montaña, como se puede ver en
algunos aspectos de la legislación entonces vigente, que establecía
penas corporales no leves e incluso la pena de muerte. Pero el mensaje
global, que corresponde al Nuevo Testamento llevar a perfección, es una
fuerte llamada a respetar el carácter inviolable de la vida física y
la integridad personal, y tiene su culmen en el mandamiento positivo que
obliga a hacerse cargo del prójimo como de sí mismo:«Amarás a tu
prójimo como a ti mismo»(Lv 19, 18).
41. El mandamiento «no matarás», incluido y
profundizado en el precepto positivo del amor al prójimo, es confirmado
por el Señor Jesús en toda su validez. Al joven rico que le
pregunta:«Maestro,¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida
eterna?», responde:«Si quieres entrar en la vida, guarda los
mandamientos»(Mt 19, 16. 17). Y cita, como primero, el «no
matarás»(V. 18). En el Sermón de la Montaña, Jesús exige de los
discípulos una justicia superior a la de los escribas y fariseos
también en el campo del respeto a la vida:«Habéis oído que se dijo a
los antepasados: No matarás; y aquel que mate será reo ante el
tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su
hermano, será reo ante el tribunal»(Mt 5, 21-22).
Jesús explicita posteriormente con su palabra y sus
obras las exigencias positivas del mandamiento sobre el carácter
inviolable de la vida. Estas estaban ya presentes en el Antiguo
Testamento, cuya legislación se preocupaba de garantizar y salvaguardar
a las personas en situaciones de vida débil y amenazada: el extranjero,
la viuda, el huérfano, el enfermo, el pobre en general, la vida misma
antes del nacimiento (cf. Ex 21, 22; 22, 20-26). Con Jesús estas
exigencias positivas adquieren vigor e impulso nuevos y se manifiestan
en toda su amplitud y profundidad: van desde cuidar la vida del
hermano(familiar, perteneciente al mismo pueblo, extranjero que vive en
la tierra de Israel), a hacerse cargo del forastero, hasta amar al
enemigo.
No existe el forastero para quien debe hacerse
prójimo del necesitado, incluso asumiendo la responsabilidad de su
vida, como enseña de modo elocuente e incisivo la parábola del buen
samaritano (cf. Lc 10, 25-37). También el enemigo deja de serlo para
quien está obligado a amarlo (cf. Mt 5, 38-48; Lc 6, 27-35) y «hacerle
el bien»(cf. Lc 6, 27. 33. 35), socorriendo las necesidades de su vida
con prontitud y sentido de gratuidad (cf. Lc 6, 34-35). Culmen de este
amor es la oración por el enemigo, mediante la cual sintonizamos con el
amor providente de Dios:«Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y
rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre
celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre
justos e injustos»(Mt 5, 44-45; cf. Lc 6, 28. 35).
De este modo, el mandamiento de Dios para
salvaguardar la vida del hombre tiene su aspecto más profundo en la
exigencia de veneración y amor hacia cada persona y su vida. Esta es la
enseñanza que el apóstol Pablo, haciéndose eco de la palabra de
Jesús (cf. Mt 19, 17-18), dirige a los cristianos de Roma:«En efecto,
lo de: No adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos
los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: Amarás a tu prójimo
como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por
tanto, la ley en su plenitud»(Rom 13, 9-10).
«Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra
y sometedla» (Gén. 1, 28): responsabilidades del hombre ante la vida
42. Defender y promover, respetar y amar la vida es
una tarea que Dios confía a cada hombre, llamándolo, como imagen
palpitante suya, a participar de la soberanía que el tiene sobre el
mundo:«Y Dios los bendijo, y les dijo Dios:" Sed fecundos y
multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del
mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la
tierra"»(Gén 1, 28).
El texto bíblico evidencia la amplitud y profundidad
de la soberanía que Dios da al hombre. Se trata, sobre todo, del
dominio sobre la tierra y sobre cada ser vivo, como recuerda el libro de
la Sabiduría:«Dios de los Padres, Señor de la misericordia... con tu
Sabiduría formaste al hombre para que dominase sobre los seres por ti
creados, y administrase el mundo con santidad y justicia»(9, 1. 2-3).
También el Salmista exalta el dominio del hombre como signo de la
gloria y del honor recibidos del Creador:«Le hiciste señor de las
obras de tus manos, todo fue puesto por ti bajo sus pies: ovejas y
bueyes, todos juntos, y aun las bestias del campo, y las aves del cielo,
y los peces del mar, que surcan las sendas de las aguas»(Sal 8, 7-9)
El hombre, llamado a cultivar y custodiar el jardín
del mundo (cf. Gén 2, 15), tiene una responsabilidad específica sobre
el ambiente de vida, o sea, sobre la creación que Dios puso al servicio
de su dignidad personal, de su vida: respecto no sólo al presente, sino
también a las generaciones futuras. Es la cuestión ecológica -desde
la preservación del «hábitat» natural de las diversas especies
animales y formas de vida, hasta la «ecología humana» propiamente
dicha- que encuentra en la Biblia una luminosa y fuerte indicación
ética para una solución respetuosa del gran bien de la vida, de toda
vida. En realidad,«el dominio confiado al hombre por el Creador no es
un poder absoluto, ni se puede hablar de libertad de" usar y
abusar", o de disponer de las cosas como mejor parezca. La
limitación impuesta por el mismo Creador desde el principio, y
expresada simbólicamente con la prohibición de" comer del fruto
del árbol"(cf. Gén 2, 16-17), muestra claramente que, ante la
naturaleza visible, estamos sometidos a las leyes no sólo biológicas
sino también morales, cuya transgresión no queda impune».
43. Una cierta participación del hombre en la
soberanía de Dios se manifiesta también en la responsabilidad
específica que le es confiada en relación con la vida propiamente
humana. Es una responsabilidad que alcanza su vértice en el don de la
vida mediante la procreación por parte del hombre y la mujer en el
matrimonio, como nos recuerda el Concilio Vaticano II:«el mismo Dios,
que dijo «no es bueno que el hombre esté solo»(Gén 2, 18) y que
«hizo desde el principio al hombre, varón y mujer»(Mt 19, 4),
queriendo comunicarle cierta participación especial en su propia obra
creadora, bendijo al varón y a la mujer diciendo:«Creced y
multiplicaos»(Gén 1, 28)».
Hablando de una «cierta participación especial»
del hombre y de la mujer en la «obra creadora» de Dios, el Concilio
quiere destacar cómo la generación de un hijo es un acontecimiento
profundamente humano y altamente religioso, en cuanto implica a los
cónyuges que forman «una sola carne»(Gén 2, 24) y también a Dios
mismo que se hace presente. Como he escrito en la Carta a las
Familias,«cuando de la unión conyugal de los dos nace un nuevo hombre,
éste trae consigo al mundo una particular imagen y semejanza de Dios
mismo: en la biología de la generación está inscrita la genealogía
de la persona. Al afirmar que los esposos, en cuanto padres, son
colaboradores de Dios Creador en la concepción y generación de un
nuevo ser humano, no nos referimos sólo al aspecto biológico; queremos
subrayar más bien que en la paternidad y maternidad humanas Dios mismo
está presente de un modo diverso de como lo está en cualquier otra
generación" sobre la tierra". En efecto, solamente de Dios
puede provenir aquella" imagen y semejanza", propia del ser
humano, como sucedió en la creación. La generación es, por
consiguiente, la continuación de la creación».
Esto lo enseña, con lenguaje inmediato y elocuente,
el texto sagrado refiriendo la exclamación gozosa de la primera
mujer,«la madre de todos los vivientes»(Gén 3, 20). Consciente de la
intervención de Dios, Eva dice:«He adquirido un varón con el favor
del Señor»(Gén 4, 1). Por tanto, en la procreación, al comunicar los
padres la vida al hijo, se transmite la imagen y la semejanza de Dios
mismo, por la creación del alma inmortal. En este sentido se expresa el
comienzo del «libro de la genealogía de Adán»:«el día en que Dios
creó a Adán, le hizo a imagen de Dios. Los creó varón y hembra, los
bendijo, y los llamó" Hombre" en el día de su creación.
Tenía Adán ciento treinta años cuando engendró un hijo a su
semejanza, según su imagen, a quien puso por nombre Set»(Gén 5, 1-3).
Precisamente en esta función suya como colaboradores de Dios que
transmiten su imagen a la nueva criatura, está la grandeza de los
esposos dispuestos «a cooperar con el amor del Creador y Salvador, que
por medio de ellos aumenta y enriquece su propia familia cada día
más». En este sentido el obispo Anfiloquio exaltaba el «matrimonio
santo, elegido y elevado por encima de todos los dones terrenos» como
«generador de la humanidad, artífice de imágenes de Dios».
Así, el hombre y la mujer unidos en matrimonio son
asociados a una obra divina: mediante el acto de la procreación, se
acoge el don de Dios y se abre al futuro una nueva vida.
Sin embargo, más allá de la misión específica de
los padres, el deber de acoger y servir la vida incumbe a todos y ha de
manifestarse principalmente con la vida que se encuentra en condiciones
de mayor debilidad. Es el mismo Cristo quien nos lo recuerda, pidiendo
ser amado y servido en los hermanos probados por cualquier tipo de
sufrimiento: hambrientos, sedientos, forasteros, desnudos, enfermos,
encarcelados... Todo lo que se hace a uno de ellos se hace a Cristo
mismo (cf. Mt 25, 31-46).
«Porque tú mis vísceras has formado» (Sal.
139/138, 13): la dignidad del niño no nacido
44. La vida humana se encuentra en una situación muy
precaria cuando viene al mundo y cuando sale del tiempo para llegar a la
eternidad. Están muy presentes en la Palabra de Dios -sobre todo en
relación con la existencia marcada por la enfermedad y la vejez- las
exhortaciones al cuidado y al respeto. Si faltan llamadas directas y
explícitas a salvaguardar la vida humana en sus orígenes,
especialmente la vida aún no nacida, como también la que está cercana
a su fin, ello se explica fácilmente por el hecho de que la sola
posibilidad de ofender, agredir o, incluso, negar la vida en estas
condiciones se sale del horizonte religioso y cultural del pueblo de
Dios.
En el Antiguo Testamento la esterilidad es temida
como una maldición, mientras que la prole numerosa es considerada como
una bendición:«La herencia del Señor son los hijos, recompensa el
fruto de las entrañas»(Sal 127/ 126, 3; cf. Sal 128/ 127, 3-4).
Influye también en esta convicción la conciencia que tiene Israel de
ser el pueblo de la Alianza, llamado a multiplicarse según la promesa
hecha a Abraham:«Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes
contarlas... así será tu descendencia»(Gén 5, 15). Pero es sobre
todo palpable la certeza de que la vida transmitida por los padres tiene
su origen en Dios, como atestiguan tantas páginas bíblicas que con
respeto y amor hablan de la concepción, de la formación de la vida en
el seno materno, del nacimiento y del estrecho vínculo que hay entre el
momento inicial de la existencia y a acción del Dios Creador.
«Antes de haberte formado yo en el seno materno, te
conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado»(Jr 1, 5): la
existencia de cada individuo, desde su origen, está en el designio
divino. Job, desde lo profundo de su dolor, se detiene a contemplar la
obra de Dios en la formación milagrosa de su cuerpo en el seno materno,
encontrando en ello un motivo de confianza y manifestando la certeza de
la existencia de un proyecto divino sobre su vida:«Tus manos me
formaron, me plasmaron,¡y luego, en arrebato, me quieres destruir!
Recuerda que me hiciste como se amasa el barro, y que al polvo has de
devolverme.¿No me vertiste como leche y me cuajaste como queso? De piel
y de carne me vestiste y me tejiste de huesos y de nervios. Luego con la
vida me agraciaste y tu solicitud cuidó mi aliento»(10, 8-12). Acentos
de reverente estupor ante la intervención de Dios sobre la vida en
formación resuenan también en los Salmos.
¿Cómo se puede pensar que uno solo de los momentos
de este maravilloso proceso de formación de la vida pueda ser
sustraído de la sabia y amorosa acción del Creador y dejado a merced
del arbitrio del hombre? Ciertamente no lo pensó así la madre de los
siete hermanos, que profesó su fe en Dios, principio y garantía de la
vida desde su concepción, y al mismo tiempo fundamento de la esperanza
en la nueva vida más allá de la muerte:«Yo no sé cómo aparecisteis
en mis entrañas, ni fui yo quien os regaló el espíritu y la vida, ni
tampoco organicé yo los elementos de cada uno. Pues así el Creador del
mundo, el que modeló al hombre en su nacimiento y proyectó el origen
de todas las cosas, os devolverá el espíritu y la vida con
misericordia, porque ahora no miráis por vosotros mismos a causa de sus
leyes»(2 M 7, 22-23).
45. La revelación del Nuevo Testamento confirma el
reconocimiento indiscutible del valor de la vida desde sus comienzos. La
exaltación de la fecundidad y la espera diligente de la vida resuenan
en las palabras con las que Isabel se alegra por su embarazo:«El
Señor... se dignó quitar mi oprobio entre los hombres»(Lc 1, 25). El
valor de la persona desde su concepción es celebrado más vivamente
aún en el encuentro entre la Virgen María e Isabel, y entre los dos
niños que llevan en su seno. Son precisamente ellos, los niños,
quienes revelan la llegada de la era mesiánica: en su encuentro
comienza a actuar la fuerza redentora de la presencia del Hijo de Dios
entre los hombres.«Bien pronto -escribe san Ambrosio- se manifiestan
los beneficios de la llegada de María y de la presencia del Señor...
Isabel fue la primera en oír la voz, pero Juan fue el primero en
experimentar la gracia, porque Isabel la escuchó según las facultades
de la naturaleza, pero Juan, en cambio, se alegró a causa del misterio.
Isabel sintió la proximidad de María, Juan la del Señor; la mujer
oyó la salutación de la mujer, el hijo sintió la presencia de Hijo;
ellas proclaman la gracia, ellos, viviéndola interiormente, logran que
sus madres se aprovechen de este don hasta tal punto que, con un doble
milagro, ambas empiezan a profetizar por inspiración sus propios hijos.
El niño saltó de gozo y la madre fue llena del Espíritu Santo, pero
no fue enriquecida la madre antes que el hijo, sino que, después que
fue repleto el hijo, quedó también colmada la madre».
«Tengo fe aún cuando digo: "¡Muy
desdichado soy"!» (Sal. 116/115, 10): la vida en la vejez y en el
sufrimiento
46. También en lo relativo a los últimos momentos
de la existencia, sería anacrónico esperar de la revelación bíblica
una referencia expresa a la problemática actual del respeto de las
personas ancianas y enfermas, y una condena explícita de los intentos
de anticipar violentamente su fin. En efecto, estamos en un contexto
cultural y religioso que no está afectado por estas tentaciones, sino
que, en lo concerniente al anciano, reconoce en su sabiduría y
experiencia una riqueza insustituible para la familia y la sociedad.
La vejez está marcada por el prestigio y rodeada de
veneración(cf. 2 M 6, 23). El justo no pide ser privado de la
ancianidad y de su peso, al contrario, reza así:«Pues tú eres mi
esperanza, Señor, mi confianza desde mi juventud... Y ahora que llega
la vejez y las canas,¡oh Dios, no me abandones!, para que anuncie yo tu
brazo a todas las edades venideras»(Sal 71/ 70, 5. 18). El tiempo
mesiánico ideal es presentado como aquél en el que «no habrá
jamás... viejo que no llene sus días»(Is 65, 20).
Sin embargo, ¿cómo afrontar en la vejez el declive
inevitable de la vida? ¿Qué actitud tomar ante la muerte? el creyente
sabe que su vida está en las manos de Dios:«Señor, en tus manos está
mi vida»(cf. Sal 16/ 15, 5), y que de El acepta también el
morir:«Esta sentencia viene del Señor sobre toda carne, ¿por qué
desaprobar el agrado del Altísimo?»(Si 41, 4). El hombre, que no es
dueño de la vida, tampoco lo es de la muerte; en su vida, como en su
muerte, debe confiarse totalmente al «agrado del Altísimo», a su
designio de amor.
Incluso en el momento de la enfermedad, el hombre
está llamado a vivir con la misma seguridad en el Señor y a renovar su
confianza fundamental en El, que «cura todas las enfermedades»(cf. Sal
103/ 102, 3). Cuando parece que toda expectativa de curación se cierra
ante el hombre -hasta moverlo a gritar:«Mis días son como la sombra
que declina, y yo me seco como el heno»(Sal 102/ 101, 12)-, también
entonces el creyente está animado por la fe inquebrantable en el poder
vivificante de Dios. La enfermedad no lo empuja a la desesperación y a
la búsqueda de la muerte, sino a la invocación llena de
esperanza:«¡Tengo fe, aún cuando digo:" Muy desdichado
soy"!»(Sal 116/ 115, 10);«Señor, Dios mío, clamé a ti y me
sanaste. Tú has sacado, Señor, mi alma del Seol, me has recobrado de
entre los que bajan a la fosa»(Sal 30/ 29, 3-4).
47. La misión de Jesús, con las numerosas
curaciones realizadas, manifiesta cómo Dios se preocupa también de la
vida corporal del hombre.«Médico de la carne y del espíritu», Jesús
fue enviado por el Padre a anunciar la buena nueva a los pobres y a
sanar los corazones quebrantados (cf. Lc 4, 18; Is 61, 1). Al enviar
después a sus discípulos por el mundo, les confía una misión en la
que la curación de los enfermos acompaña al anuncio del Evangelio:«Id
proclamando que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos,
resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios»(Mt 10, 7-8;
cf. Mc 6, 13; 16, 18).
Ciertamente, la vida del cuerpo en su condición
terrena no es un valor absoluto para el creyente, sino que se le puede
pedir que la ofrezca por un bien superior; como dice Jesús,«quien
quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y
por el Evangelio, la salvará»(Mc 8, 35). A este propósito, los
testimonios del Nuevo Testamento son diversos. Jesús no vacila en
sacrificarse a sí mismo y, libremente, hace de su vida una ofrenda al
Padre (cf. Jn 10, 17) y a los suyos (cf. Jn 10, 15). También la muerte
de Juan el Bautista, precursor del Salvador, manifiesta que la
existencia terrena no es un bien absoluto; es más importante la
fidelidad a la palabra del Señor, aunque pueda poner en peligro la vida
(cf. Mc 6, 17-29). Y Esteban, mientras era privado de la vida temporal
por testimoniar fielmente la resurrección del Señor, sigue las huellas
del Maestro y responde a quienes le apedrean con palabras de perdón
(cf. Hch 7, 59-60), abriendo el camino a innumerables mártires,
venerados por la Iglesia desde su comienzo.
Sin embargo, ningún hombre puede decidir
arbitrariamente entre vivir o morir. En efecto, sólo es dueño absoluto
de esta decisión el Creador, en quien «vivimos, nos movemos y
existimos»(Hch 17, 28).
«Todos los que la guardan alcanzarán la vida»
(Ba. 4, 1): de la ley del Sinaí al don del Espíritu
48. La vida lleva escrita en sí misma de un modo
indeleble su verdad. El hombre, acogiendo el don de Dios, debe
comprometerse a mantener la vida en esta verdad, que le es esencial.
Distanciarse de ella equivale a condenarse a sí mismo a la falta de
sentido y a la infelicidad, con la consecuencia de poder ser también
una amenaza para la existencia de los demás, una vez rotas las barreras
que garantizan el respeto y la defensa de la vida en cada situación.
La verdad de la vida es revelada por el mandamiento
de Dios. La palabra del Señor indica concretamente qué dirección debe
seguir la vida para poder respetar su propia verdad y salvaguardar su
propia dignidad. No sólo el específico mandamiento «no matarás»(Ex
20, 13; Dt 5, 17) asegura la protección de la vida, sino que toda la
Ley del Señor está al servicio de esta protección, porque revela
aquella verdad en la que la vida encuentra su pleno significado.
Por tanto, no sorprende que la Alianza de Dios con su
pueblo esté tan fuertemente ligada a la perspectiva de la vida, incluso
en su dimensión corpórea. El mandamiento se presenta en ella como
camino de vida:«Yo pongo hoy ante ti vida y felicidad, muerte y
desgracia. Si escuchas los mandamientos del Señor tu Dios que yo te
prescribo hoy, si amas al Señor tu Dios, si sigues sus caminos y
guardas sus mandamientos, preceptos y normas, vivirás y te
multiplicarás; el Señor tu Dios te bendecirá en la tierra a la que
vas a entrar para tomarla en posesión»(Dt 30, 15-16). Está en juego
no sólo la tierra de Canaán y la existencia del pueblo de Israel, sino
el mundo de hoy y del futuro, así como la existencia de toda la
humanidad. En efecto, es absolutamente imposible que la vida se conserve
auténtica y plena alejándose del bien; y, a su vez, el bien está
esencialmente vinculado a los mandamientos del Señor, es decir, a la
«ley de vida»(Si 17, 9). El bien que hay que cumplir no se superpone a
la vida como un peso que carga sobre ella, ya que la razón misma de la
vida es precisamente el bien, y la vida se realiza sólo mediante el
cumplimiento del bien.
El conjunto de la Ley es, pues, lo que salvaguarda
plenamente la vida del hombre. Esto explica lo difícil que es
mantenerse fiel al «no matarás» cuando no se observan las otras
«palabras de vida»(Hch 7, 38), relacionadas con este mandamiento.
Fuera de este horizonte, el mandamiento acaba por convertirse en una
simple obligación extrínseca, de la que muy pronto se querrán ver
límites y se buscarán atenuaciones o excepciones. Sólo si nos abrimos
a la plenitud de la verdad sobre Dios, el hombre y la historia, la
palabra «no matarás» volverá a brillar como un bien para el hombre
en todas sus dimensiones y relaciones. En este sentido podemos
comprender la plenitud de la verdad contenida en el pasaje del libro del
Deuteronomio, citado por Jesús en su respuesta a la primera
tentación:«No sólo de pan vive el hombre, sino... de todo lo que sale
de la boca del Señor»(8, 3; cf. Mt 4, 4).
Sólo escuchando la palabra del Señor el hombre
puede vivir con dignidad y justicia; observando la Ley de Dios el hombre
puede dar frutos de vida y felicidad:«todos los que la guardan
alcanzarán la vida, mas los que la abandonan morirán»(Ba 4, 1).
49 La historia de Israel muestra lo difícil que es
mantener la fidelidad a la ley de la vida, que Dios ha inscrito en el
corazón de los hombres y ha entregado en el Sinaí al pueblo de la
Alianza. Ante la búsqueda de proyectos de vida alternativos al plan de
Dios, los Profetas reivindican con fuerza que sólo el Señor es la
fuente auténtica de la vida. Así escribe Jeremías:«Doble mal ha
hecho mi pueblo: a mí me dejaron, Manantial de aguas vivas, para
hacerse cisternas, cisternas agrietadas, que el agua no retienen»(2,
13). Los Profetas señalan con el dedo acusador a quienes desprecian la
vida y violan los derechos de las personas:«Pisan contra el polvo de la
tierra la cabeza de los débiles»(Am 2, 7);«Han llenado este lugar de
sangre de inocentes»(Jr 19, 4). Entre ellos el profeta Ezequiel censura
varias veces a la ciudad de Jerusalén, llamándola «la ciudad
sanguinaria»(22, 2; 24, 6. 9),«ciudad que derramas sangre en medio de
ti»(22, 3).
Pero los Profetas, mientras denuncian las ofensas
contra la vida, se preocupan sobre todo de suscitar la espera de un
nuevo principio de vida, capaz de fundar una nueva relación con Dios y
con los hermanos abriendo posibilidades inéditas y extraordinarias para
comprender y realizar todas las exigencias propias del Evangelio de la
vida. Esto será posible únicamente gracias al don de Dios, que
purifica y renueva:«Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados;
de todas vuestras impurezas y de todas vuestras basuras os purificaré.
Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu
nuevo»(Ez 36, 25-26; cf. Jr 31, 31-34). Gracias a este «corazón
nuevo» se puede comprender y llevar a cabo el sentido más verdadero y
profundo de la vida: ser un don que se realiza al darse. Este es el
mensaje esclarecedor que sobre el valor de la vida nos da la figura del
Siervo del Señor:«Si se da a sí mismo en expiación, verá
descendencia, alargará sus días... Por las fatigas de su alma, verá
luz»(Is 53, 10. 11).
En Jesús de Nazaret se cumple la Ley y se da un
corazón nuevo mediante su Espíritu. En efecto, Jesús no reniega de la
Ley, sino que la lleva a su cumplimiento (cf. Mt 5, 17): la Ley y los
Profetas se resumen en la regla de oro del amor recíproco (cf. Mt 7,
12). En El la Ley se hace definitivamente «Evangelio», buena noticia
de la soberanía de Dios sobre el mundo, que reconduce toda la
existencia a sus raíces y a sus perspectivas originarias. Es la Ley
Nueva,«la ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús»(Rom 8,
2), cuya expresión fundamental, a semejanza del Señor que da la vida
por sus amigos (cf. Jn 15, 13), es el don de sí mismo en el amor a los
hermanos:«Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte al vida,
porque amamos a los hermanos»(1 Jn 3, 14). Es ley de libertad, de
alegría y de bienaventuranza.
«Mirarán al que atravesaron» (Jn. 19, 37): en
el árbol de la Vida»
Cruz se cumple el Evangelio de la vida50. Al final de
este capítulo, en el que hemos meditado el mensaje cristiano sobre la
vida, quisiera detenerme con cada uno de vosotros a contemplar a Aquél
que atravesaron y que atrae a todos hacia sí (cf. Jn 19, 37; 12, 32).
Mirando «el espectáculo» de la cruz (cf. Lc 23, 48) podremos
descubrir en este árbol glorioso el cumplimiento y la plena revelación
de todo el Evangelio de la vida.
En las primeras horas de la tarde del viernes
santo,«al eclipsarse el sol, hubo oscuridad sobre toda la tierra... El
velo del Santuario se rasgó por medio»(Lc 23, 44. 45). Es símbolo de
una gran alteración cósmica y de una inmensa lucha entre las fuerzas
del bien y las fuerzas del mal, entre la vida y la muerte. Hoy nosotros
nos encontramos también en medio de una lucha dramática entre la
«cultura de la muerte» y la «cultura de la vida». Sin embargo, esta
oscuridad no eclipsa el resplandor de la Cruz; al contrario, resalta
aún más nítida y luminosa y se manifiesta como centro, sentido y fin
de toda la historia y de cada vida humana.
Jesús es clavado en la cruz y elevado sobre la
tierra. Vive el momento de su máxima «impotencia», y su vida parece
abandonada totalmente al escarnio de sus adversarios y en manos de sus
asesinos: es ridiculizado, insultado, ultrajado (cf. Mc 15, 24-36). Sin
embargo, ante todo esto el centurión romano, viendo «que había
expirado de esa manera», exclama:«Verdaderamente este hombre era Hijo
de Dios»(Mc 15, 39). Así, en el momento de su debilidad extrema se
revela la identidad del Hijo de Dios:¡en la Cruz se manifiesta su
gloria!
Con su muerte, Jesús ilumina el sentido de la vida y
de la muerte de todo ser humano. Antes de morir, Jesús ora al Padre
implorando el perdón para sus perseguidores (cf. Lc 23, 34) y dice al
malhechor que le pide que se acuerde de él en su reino:«Yo te aseguro:
hoy estarás conmigo en el paraíso»(Lc 23, 43). Después de su muerte
«se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos difuntos
resucitaron»(Mt 27, 52). La salvación realizada por Jesús es don de
vida y de resurrección. A lo largo de su existencia, Jesús había dado
también la salvación sanando y haciendo el bien a todos (cf. Hch 10,
38). Pero los milagros, las curaciones y las mismas resurrecciones eran
signo de otra salvación, consistente en el perdón de los pecados, es
decir, en liberar al hombre de su enfermedad más profunda, elevándolo
a la vida misma de Dios.
En la Cruz se renueva y realiza en su plena y
definitiva perfección el prodigio de la serpiente levantada por Moisés
en el desierto (cf. Jn 3, 14-15; Núm 21, 8-9). También hoy, dirigiendo
la mirada a Aquél que atravesaron, todo hombre amenazado en su
existencia encuentra la esperanza segura de liberación y redención.
51. Existe todavía otro hecho concreto que llama mi
atención y me hace meditar con emoción:«Cuando tomó Jesús el
vinagre, dijo:" Todo está cumplido". E inclinando la cabeza
entregó el espíritu».(Jn 19, 30). Y el soldado romano «le atravesó
el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua»(Jn 19,
34).
Todo ha alcanzado ya su pleno cumplimiento. La
«entrega del espíritu» presenta la muerte de Jesús semejante a la de
cualquier otro ser humano, pero parece aludir también al «don del
Espíritu», con el que nos rescata de la muerte y nos abre a una vida
nueva.
El hombre participa de la misma vida de Dios. Es la
vida que, mediante los sacramentos de la Iglesia -de los que son
símbolo la sangre y el agua manados del costado de Cristo-, se comunica
continuamente a los hijos de Dios, constituidos así como pueblo de la
nueva alianza. De la Cruz, fuente de vida, nace y se propaga el «pueblo
de la vida».
La contemplación de la Cruz nos lleva, de este modo,
a las raíces más profundas de cuanto ha sucedido. Jesús, que entrando
en el mundo había dicho:«He aquí que vengo, Señor, a hacer tu
voluntad»(cf. Hb 10, 9), se hizo en todo obediente al Padre
y,«habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta
el extremo»(Jn 13, 1), se entregó a sí mismo por ellos.
El, que no había «venido a ser servido, sino a
servir y a dar su vida como rescate por muchos»(Mc 10, 45), alcanza en
la Cruz la plenitud del amor.«Nadie tiene mayor amor, que el que da su
vida por sus amigos»(Jn 15, 13). Y El murió por nosotros siendo
todavía nosotros pecadores (cf. Rom 5, 8).
De este modo proclama que la vida encuentra su
centro, su sentido y su plenitud cuando se entrega.
En este punto la meditación se hace alabanza y
agradecimiento y, al mismo tiempo, nos invita a imitar a Jesús y a
seguir sus huellas (cf. 1 P 2, 21).
También nosotros estamos llamados a dar nuestra vida
por los hermanos, realizando de este modo en plenitud de verdad el
sentido y el destino de nuestra existencia.
Lo podremos hacer porque Tú, Señor, nos has dado
ejemplo y nos has comunicado la fuerza de tu Espíritu. Lo podremos
hacer si cada día, contigo y como Tú, somos obedientes al Padre y
cumplimos su voluntad.
Por ello, concédenos escuchar con corazón dócil y
generoso toda palabra que sale de la boca de Dios. Así aprenderemos no
sólo a «no matar» la vida del hombre, sino a venerarla, amarla y
promoverla.
CAPÍTULO III
NO MATARÁS
La Ley santa de Dios
«Si quieres entrar en la vida guarda los mandamientos» (Mt. 19,
17): Evangelio y mandamiento
52.«En esto se le acercó uno y le dijo:"
Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida
eterna?"»(Mt 19, 16). Jesús responde:«Si quieres entrar en la
vida, guarda los mandamientos»(Mt 19, 17). El Maestro habla de la vida
eterna, es decir, de la participación en la vida misma de Dios. A esta
vida se llega por la observancia de los mandamientos del Señor,
incluido también el mandamiento «no matarás». Precisamente éste es
el primer precepto del Decálogo que Jesús recuerda al joven que
pregunta qué mandamientos debe observar:«Jesús dijo:" No
matarás, no cometerás adulterio, no robarás..."»(Mt 19, 18).
El mandamiento de Dios no está nunca separado de su
amor; es siempre un don para el crecimiento y la alegría del hombre.
Como tal, constituye un aspecto esencial y un elemento irrenunciable del
Evangelio, más aún, es presentado como «evangelio», esto es, buena y
gozosa noticia. También el Evangelio de la vida es un gran don de Dios
y, al mismo tiempo, una tarea que compromete al hombre. Suscita asombro
y gratitud en la persona libre, y requiere ser aceptado, observado y
estimado con gran responsabilidad: al darle la vida, Dios exige al
hombre que la ame, la respete y la promueva. De este modo, el don se
hace mandamiento, y el mandamiento mismo es un don.
El hombre, imagen viva de Dios, es querido por su
Creador como rey y señor.«Dios creó al hombre -escribe san Gregorio
de Nisa- de modo tal que pudiera desempeñar su función de rey de la
tierra... El hombre fue creado a imagen de Aquél que gobierna el
universo. Todo demuestra que, desde el principio, su naturaleza está
marcada por la realeza... También el hombre es rey. Creado para dominar
el mundo, recibió la semejanza con el rey universal, es la imagen viva
que participa con su dignidad en la perfección del modelo divino».
Llamado a ser fecundo y a multiplicarse, a someter la tierra y a dominar
sobre todos los seres inferiores a él (cf. Gén 1, 28), el hombre es
rey y señor no sólo de las cosas, sino también y sobre todo de sí
mismo y, en cierto sentido, de la vida que le ha sido dada y que puede
transmitir por medio de la generación, realizada en el amor y respeto
del designio divino. Sin embargo, no se trata de un señorío absoluto,
sino ministerial, reflejo real del señorío único e infinito de Dios.
Por eso, el hombre debe vivirlo con sabiduría y amor, participando de
la sabiduría y del amor inconmensurables de Dios. Esto se lleva a cabo
mediante la obediencia a su santa Ley: una obediencia libre y gozosa
(cf. Sal 119/ 118), que nace y crece siendo conscientes de que los
preceptos del Señor son un don gratuito confiado al hombre siempre y
sólo para su bien, para la tutela de su dignidad personal y para la
consecución de su felicidad.
Como sucede con las cosas, y más aún con la vida,
el hombre no es dueño absoluto y árbitro incensurable, sino -y aquí
radica su grandeza sin par- que es «administrador del plan establecido
por el Creador».
La vida se confía al hombre como un tesoro que no se
debe malgastar, como un talento a negociar. El hombre debe rendir
cuentas de ella a su Señor (cf. Mt 25, 14-30; Lc 19, 12-27).
«Pediré cuentas de la vida del hombre al
hombre» (cf. Gén 9, 5): la vida humana es sagrada e inviolable
53.«La vida humana es sagrada porque desde su inicio
comporta" la acción creadora de Dios" y permanece siempre en
una especial relación con el Creador, su único fin. Sólo Dios es
Señor de la vida desde su comienzo hasta su término: nadie, en ninguna
circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un
ser humano inocente». Con estas palabras la Instrucción Donum vitae
expone el contenido central de la revelación de Dios sobre el carácter
sagrado e inviolable de la vida humana.
En efecto, la Sagrada Escritura impone al hombre el
precepto «no matarás» como mandamiento divino (Ex 20, 13; Dt 5, 17).
Este precepto -como ya he indicado- se encuentra en el Decálogo, en el
núcleo de la Alianza que el Señor establece con el pueblo elegido;
pero estaba ya incluido en la alianza originaria de Dios con la
humanidad después del castigo purificador del diluvio, provocado por la
propagación del pecado y de la violencia (cf. Gén 9, 5-6).
Dios se proclama Señor absoluto de la vida del
hombre, creado a su imagen y semejanza (cf. Gén 1, 26-28). Por tanto,
la vida humana tiene un carácter sagrado e inviolable, en el que se
refleja la inviolabilidad misma del Creador. Precisamente por esto, Dios
se hace juez severo de toda violación del mandamiento «no matarás»,
que está en la base de la convivencia social. Dios es el defensor del
inocente (cf. Gén 4, 9-15; Is 41, 14; Jr 50, 34; Sal 19/ 18, 15).
También de este modo, Dios demuestra que «no se recrea en la
destrucción de los vivientes»(Sb 1, 13). Sólo Satanás puede gozar
con ella: por su envidia la muerte entró en el mundo (cf. Sb 2, 24).
Satanás, que es «homicida desde el principio», y también «mentiroso
y padre de la mentira»(Jn 8, 44), engañando al hombre, lo conduce a
los confines del pecado y de la muerte, presentados como logros o frutos
de vida.
54. Explícitamente, el precepto «no matarás»
tiene un fuerte contenido negativo: indica el límite que nunca puede
ser transgredido. Implícitamente, sin embargo, conduce a una actitud
positiva de respeto absoluto por la vida, ayudando a promoverla y a
progresar por el camino del amor que se da, acoge y sirve. El pueblo de
la Alianza, aun con lentitud y contradicciones, fue madurando
progresivamente en esta dirección, preparándose así al gran anuncio
de Jesús: el amor al prójimo es un mandamiento semejante al del amor a
Dios;«de estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los
Profetas»(cf. Mt 22, 36-40).«Lo de... no matarás... y todos los
demás preceptos -señala san Pablo- se resumen en esta fórmula:"
Amarás a tu prójimo como a ti mismo"»(Rom 13, 9; cf. Gál 5,
14). El precepto «no matarás», asumido y llevado a plenitud en la
Nueva Ley, es condición irrenunciable para poder «entrar en la
vida»(cf. Mt 19, 16-19). En esta misma perspectiva, son apremiantes
también las palabras del apóstol Juan:«Todo el que aborrece a su
hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna
permanente en él»(1 Jn 3, 15).
Desde sus inicios, la Tradición viva de la
Iglesia-como atestigua la Didaché, el más antiguo escrito cristiano no
bíblico- repite de forma categórica el mandamiento «no
matarás»:«Dos caminos hay, uno de la vida y otro de la muerte; pero
grande es la diferencia que hay entre estos caminos... Segundo
mandamiento de la doctrina: No matarás... no matarás al hijo en el
seno de su madre, ni quitarás la vida al recién nacido... Mas el
camino de la muerte es éste:... que no se compadecen del pobre, no
sufren por el atribulado, no conocen a su Criador, matadores de sus
hijos, corruptores de la imagen de Dios; los que rechazan al necesitado,
oprimen al atribulado, abogados de los ricos, jueces injustos de los
pobres, pecadores en todo.¡Ojalá os veáis libres, hijos, de todos
estos pecados!».
A lo largo del tiempo, la Tradición de la Iglesia
siempre ha enseñado unánimemente el valor absoluto y permanente del
mandamiento «no matarás». Es sabido que en los primeros siglos el
homicidio se consideraba entre los tres pecados más graves -junto con
la apostasía y el adulterio- y se exigía una penitencia pública
particularmente dura y larga antes que al homicida arrepentido se le
concediese el perdón y la readmisión en la comunión eclesial.
55. No debe sorprendernos: matar un ser humano, en el
que está presente la imagen de Dios, es un pecado particularmente
grave.¡Sólo Dios es dueño de la vida! Desde siempre, sin embargo,
ante las múltiples y a menudo dramáticas situaciones que la vida
individual y social presenta, la reflexión de los creyentes ha tratado
de conocer de forma más completa y profunda lo que prohíbe y prescribe
el mandamiento de Dios. En efecto, hay situaciones en las que aparecen
como una verdadera paradoja los valores propuestos por la Ley de Dios.
Es el caso, por ejemplo, de la legítima defensa, en que el derecho a
proteger la propia vida y el deber de no dañar la del otro resultan, en
concreto, difícilmente conciliables. Sin duda alguna, el valor
intrínseco de la vida y el deber de amarse a sí mismo no menos que a
los demás son la base de un verdadero derecho a la propia defensa. El
mismo precepto exigente del amor al prójimo, formulado en el Antiguo
Testamento y confirmado por Jesús, supone el amor por uno mismo como
uno de los términos de la comparación:«Amarás a tu prójimo como a
ti mismo»(Mc 12, 31). Por tanto, nadie podría renunciar al derecho a
defenderse por amar poco la vida o a sí mismo, sino sólo movido por un
amor heroico, que profundiza y transforma el amor por uno mismo, según
el espíritu de las bienaventuranzas evangélicas (cf. Mt 5, 38-48) en
la radicalidad oblativa cuyo ejemplo sublime es el mismo Señor Jesús.
Por otra parte,«la legítima defensa puede ser no
solamente un derecho, sino un deber grave, para el que es responsable de
la vida de otro, del bien común de la familia o de la sociedad». Por
desgracia sucede que la necesidad de evitar que el agresor cause daño
conlleva a veces su eliminación. En esta hipótesis el resultado mortal
se ha de atribuir al mismo agresor que se ha expuesto con su acción,
incluso en el caso que no fuese moralmente responsable por falta del uso
de razón.
56. En este horizonte se sitúa también el problema
de la pena de muerte, respecto a la cual hay, tanto en la Iglesia como
en la sociedad civil, una tendencia progresiva a pedir una aplicación
muy limitada e, incluso, su total abolición. El problema se enmarca en
la óptica de una justicia penal que sea cada vez más conforme con la
dignidad del hombre y por tanto, en último término, con el designio de
Dios sobre el hombre y la sociedad. En efecto, la pena que la sociedad
impone «tiene como primer efecto el de compensar el desorden
introducido por la falta». La autoridad pública debe reparar la
violación de los derechos personales y sociales mediante la imposición
al reo de una adecuada expiación del crimen, como condición para ser
readmitido al ejercicio de la propia libertad. De este modo la autoridad
alcanza también el objetivo de preservar el orden público y la
seguridad de las personas, no sin ofrecer al mismo reo un estímulo y
una ayuda para corregirse y enmendarse.
Es evidente que, precisamente para conseguir todas
estas finalidades, la medida y la calidad de la pena deben ser valoradas
y decididas atentamente, sin que se deba llegar a la medida extrema de
la eliminación del reo salvo en casos de absoluta necesidad, es decir,
cuando la defensa de la sociedad no sea posible de otro modo. Hoy, sin
embargo, gracias a la organización cada vez más adecuada de la
institución penal, estos casos son ya muy raros, por no decir
prácticamente inexistentes.
De todos modos, permanece válido el principio
indicado por el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, según el cual
«si los medios incruentos bastan para defender las vidas humanas contra
el agresor y para proteger de él el orden público y la seguridad de
las personas, en tal caso la autoridad se limitará a emplear sólo esos
medios, porque ellos corresponden mejor a las condiciones concretas del
bien común y son más conformes con la dignidad de la persona humana».
57. Si se pone tan gran atención al respeto de toda
vida, incluida la del reo y la del agresor injusto, el mandamiento «no
matarás» tiene un valor absoluto cuando se refiere a la persona
inocente. Tanto más si se trata de un ser humano débil e indefenso,
que sólo en la fuerza absoluta del mandamiento de Dios encuentra su
defensa radical frente al arbitrio y a la prepotencia ajena.
En efecto, el absoluto carácter inviolable de la
vida humana inocente es una verdad moral explícitamente enseñada en la
Sagrada Escritura, mantenida constantemente en la Tradición de la
Iglesia y propuesta de forma unánime por su Magisterio. Esta unanimidad
es fruto evidente de aquel «sentido sobrenatural de la fe» que,
suscitado y sostenido por el Espíritu Santo, preserva de error al
pueblo de Dios, cuando «muestra estar totalmente de acuerdo en
cuestiones de fe y de moral».
Ante la progresiva pérdida de conciencia en los
individuos y en la sociedad sobre la absoluta y grave ilicitud moral de
la eliminación directa de toda vida humana inocente, especialmente en
su inicio y en su término, el Magisterio de la Iglesia ha intensificado
sus intervenciones en defensa del carácter sagrado e inviolable de la
vida humana. Al Magisterio pontificio, especialmente insistente, se ha
unido siempre el episcopal, por medio de numerosos y amplios documentos
doctrinales y pastorales, tanto de Conferencias Episcopales como de
Obispos en particular. Tampoco ha faltado, fuerte e incisiva en su
brevedad, la intervención del Concilio Vaticano II.
Por tanto, con la autoridad conferida por Cristo a
Pedro y a sus Sucesores, en comunión con los Obispos de la Iglesia
católica, confirmo que la eliminación directa y voluntaria de un ser
humano inocente es siempre gravemente inmoral. Esta doctrina,
fundamentada en aquella ley no escrita que cada hombre, a la luz de la
razón, encuentra en el propio corazón (cf. Rom 2, 14-15), es
corroborada por la Sagrada Escritura, transmitida por la Tradición de
la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal.
La decisión deliberada de privar a un ser humano
inocente de su vida es siempre mala desde el punto de vista moral y
nunca puede ser lícita ni como fin, ni como medio para un fin bueno. En
efecto, es una desobediencia grave a la ley moral, más aún, a Dios
mismo, su autor y garante; y contradice las virtudes fundamentales de la
justicia y de la caridad.«Nada ni nadie puede autorizar la muerte de un
ser humano inocente, sea feto o embrión, niño o adulto, anciano,
enfermo incurable o agonizante. Nadie además puede pedir este gesto
homicida para sí mismo o para otros confiados a su responsabilidad ni
puede consentirlo explícita o implícitamente. Ninguna autoridad puede
legítimamente imponerlo ni permitirlo».
Cada ser humano inocente es absolutamente igual a
todos los demás en el derecho a la vida. Esta igualdad es la base de
toda auténtica relación social que, para ser verdadera, debe
fundamentarse sobre la verdad y la justicia, reconociendo y tutelando a
cada hombre y a cada mujer como persona y no como una cosa de la que se
puede disponer. Ante la norma moral que prohíbe la eliminación directa
de un ser humano inocente «no hay privilegios ni excepciones para
nadie. No hay ninguna diferencia entre ser el dueño del mundo o el
último de los miserables de la tierra: ante las exigencias morales
somos todos absolutamente iguales».
«Mi embrión tus ojos lo veían» (Sal. 139/138,
16): el delito abominable del aborto
58. Entre todos los delitos que el hombre puede cometer
contra la vida, el aborto procurado presenta características que lo hacen
particularmente grave e ignominioso. El Concilio Vaticano II lo define, junto
con el infanticidio, como «crímenes nefandos».
Hoy, sin embargo, la percepción de su gravedad se ha ido
debilitando progresivamente en la conciencia de muchos. La aceptación del
aborto en la mentalidad, en las costumbres y en la misma ley es señal evidente
de una peligrosísima crisis del sentido moral, que es cada vez más incapaz de
distinguir entre el bien y el mal, incluso cuando está en juego el derecho
fundamental a la vida. Ante una situación tan grave, se requiere más que nunca
el valor de mirar de frente a la verdad y de llamar a las cosas por su nombre,
sin ceder a compromisos de conveniencia o a la tentación de autoengaño. A este
propósito resuena categórico el reproche del Profeta:«¡Ay, los que llaman al
mal bien, y al bien mal!; que dan oscuridad por luz, y luz por oscuridad»(Is 5,
20). Precisamente en el caso del aborto se percibe la difusión de una
terminología ambigua, como la de «interrupción del embarazo», que tiende a
ocultar su verdadera naturaleza y a atenuar su gravedad en la opinión pública.
Quizás este mismo fenómeno lingüístico sea síntoma de un malestar de las
conciencias. Pero ninguna palabra puede cambiar la realidad de las cosas: el
aborto procurado es la eliminación deliberada y directa, como quiera que se
realice, de un ser humano en la fase inicial de su existencia, que va de la
concepción al nacimiento.
La gravedad moral del aborto procurado se manifiesta en toda
su verdad si se reconoce que se trata de un homicidio y, en particular, si se
consideran las circunstancias específicas que lo cualifican. Quien se elimina
es un ser humano que comienza a vivir, es decir, lo más inocente en absoluto
que se pueda imaginar:¡jamás podrá ser considerado un agresor, y menos aún
un agresor injusto! Es débil, inerme, hasta el punto de estar privado incluso
de aquella mínima forma de defensa que constituye la fuerza implorante de los
gemidos y del llanto del recién nacido. Se halla totalmente confiado a la
protección y al cuidado de la mujer que lo lleva en su seno. Sin embargo, a
veces, es precisamente ella, la madre, quien decide y pide su eliminación, e
incluso la procura.
Es cierto que en muchas ocasiones la opción del aborto tiene
para la madre un carácter dramático y doloroso, en cuanto que la decisión de
deshacerse del fruto de la concepción no se toma por razones puramente
egoístas o de conveniencia, sino porque se quisieran preservar algunos bienes
importantes, como la propia salud o un nivel de vida digno para los demás
miembros de la familia. A veces se temen para el que ha de nacer tales
condiciones de existencia que hacen pensar que para él lo mejor sería no
nacer. Sin embargo, estas y otras razones semejantes, aun siendo graves y
dramáticas, jamás pueden justificar la eliminación deliberada de un ser
humano inocente.
59. En la decisión sobre la muerte del niño aún no nacido,
además de la madre, intervienen con frecuencia otras personas. Ante todo, puede
ser culpable el padre del niño, no sólo cuando induce expresamente a la mujer
al aborto, sino también cuando favorece de modo indirecto esta decisión suya
al dejarla sola ante los problemas del embarazo: de esta forma se hiere
mortalmente a la familia y se profana su naturaleza de comunidad de amor y su
vocación de ser «santuario de la vida». No se pueden olvidar las presiones
que a veces provienen de un contexto más amplio de familiares y amigos. No
raramente la mujer está sometida a presiones tan fuertes que se siente
psicológicamente obligada a ceder al aborto: no hay duda de que en este caso la
responsabilidad moral afecta particularmente a quienes directa o indirectamente
la han forzado a abortar. También son responsables los médicos y el personal
sanitario cuando ponen al servicio de la muerte la competencia adquirida para
promover la vida.
Pero la responsabilidad implica también a los legisladores
que han promovido y aprobado leyes que amparan el aborto y, en la medida en que
haya dependido de ellos, los administradores de las estructuras sanitarias
utilizadas para practicar abortos. Una responsabilidad general no menos grave
afecta tanto a los que han favorecido la difusión de una mentalidad de
permisivismo sexual y de menosprecio de la maternidad, como a quienes debieron
haber asegurado -y no lo han hecho- políticas familiares y sociales válidas en
apoyo de las familias, especialmente de las numerosas o con particulares
dificultades económicas y educativas. Finalmente, no se puede minimizar el
entramado de complicidades que llega a abarcar incluso a instituciones
internacionales, fundaciones y asociaciones que luchan sistemáticamente por la
legalización y la difusión del aborto en el mundo. En este sentido, el aborto
va más allá de la responsabilidad de las personas concretas y del daño que se
les provoca, asumiendo una dimensión fuertemente social: es una herida
gravísima causada a la sociedad y a su cultura por quienes deberían ser sus
constructores y defensores. Como he escrito en mi Carta a las Familias,«nos
encontramos ante una enorme amenaza contra la vida: no sólo la de cada
individuo, sino también la de toda la civilización». Estamos ante lo que
puede definirse como una «estructura de pecado» contra la vida humana aún no
nacida.
60. Algunos intentan justificar el aborto sosteniendo que el
fruto de la concepción, al menos hasta un cierto número de días, no puede ser
todavía considerado una vida humana personal. En realidad,«desde el momento en
que el óvulo es fecundado, se inaugura una nueva vida que no es la del padre ni
la de la madre, sino la de un nuevo ser humano que se desarrolla por sí mismo.
Jamás llegará a ser humano si no lo ha sido desde entonces. A esta evidencia
de siempre... La genética moderna otorga una preciosa confirmación. Muestra
que desde el primer instante se encuentra fijado el programa de lo que será ese
viviente: una persona, un individuo con sus características ya bien
determinadas. Con la fecundación inicia la aventura de una vida humana, cuyas
principales capacidades requieren un tiempo para desarrollarse y poder actuar».
Aunque la presencia de un alma espiritual no puede deducirse de la observación
de ningún dato experimental, las mismas conclusiones de la ciencia sobre el
embrión humano ofrecen «una indicación preciosa para discernir racionalmente
una presencia personal desde este primer surgir de la vida humana:¿cómo un
individuo humano podría no ser persona humana?».
Por lo demás, está en juego algo tan importante que, desde
el punto de vista de la obligación moral, bastaría la sola probabilidad de
encontrarse ante una persona para justificar la más rotunda prohibición de
cualquier intervención destinada a eliminar un embrión humano. Precisamente
por esto, más allá de los debates científicos y de las mismas afirmaciones
filosóficas en las que el Magisterio no se ha comprometido expresamente, la
Iglesia siempre ha enseñado, y sigue enseñando, que al fruto de la generación
humana, desde el primer momento de su existencia, se ha de garantizar el respeto
incondicional que moralmente se le debe al ser humano en su totalidad y unidad
corporal y espiritual:«El ser humano debe ser respetado y tratado como persona
desde el instante de su concepción y, por eso, a partir de ese mismo momento se
le deben reconocer los derechos de la persona, principalmente el derecho
inviolable de todo ser humano inocente a la vida».
61. Los textos de la Sagrada Escritura, que nunca hablan del
aborto voluntario y, por tanto, no contienen condenas directas y específicas al
respecto, presentan de tal modo al ser humano en el seno materno, que exigen
lógicamente que se extienda también a este caso el mandamiento divino «no
matarás».
La vida humana es sagrada e inviolable en cada momento de su
existencia, también en el inicial que precede al nacimiento. El hombre, desde
el seno materno, pertenece a Dios que lo escruta y conoce todo, que lo forma y
lo plasma con sus manos, que lo ve mientras es todavía un pequeño embrión
informe y que en él entrevé el adulto de mañana, cuyos días están contados
y cuya vocación está ya escrita en el «libro de la vida»(cf. Sal 139/ 138,
1. 13-16). Incluso cuando está todavía en el seno materno,-como testimonian
numerosos textos bíblicos- el hombre es término personalísimo de la amorosa y
paterna providencia divina.
La Tradición cristiana -como bien señala la Declaración
emitida al respecto por la Congregación para la Doctrina de la Fe- es clara y
unánime, desde los orígenes hasta nuestros días, en considerar el aborto como
desorden moral particularmente grave. Desde que entró en contacto con el mundo
greco-romano, en el que estaba difundida la práctica del aborto y del
infanticidio, la primera comunidad cristiana se opuso radicalmente, con su
doctrina y praxis, a las costumbres difundidas en aquella sociedad, como bien
demuestra la ya citada Didaché. Entre los escritores eclesiásticos del área
griega, Atenágoras recuerda que los cristianos consideran como homicidas a las
mujeres que recurren a medicinas abortivas, porque los niños, aun estando en el
seno de la madre, son ya «objeto, por ende, de la providencia de Dios». Entre
los latinos, Tertuliano afirma:«Es un homicidio anticipado impedir el
nacimiento; poco importa que se suprima el alma ya nacida o que se la haga
desaparecer en el nacimiento. Es ya un hombre aquél que lo será».
A lo largo de su historia bimilenaria, esta misma doctrina ha
sido enseñada constantemente por los Padres de la Iglesia, por sus Pastores y
Doctores. Incluso las discusiones de carácter científico y filosófico sobre
el momento preciso de la infusión del alma espiritual, nunca han provocado la
mínima duda sobre la condena moral del aborto.
62. El Magisterio pontificio más reciente ha reafirmado con
gran vigor esta doctrina común. En particular, Pío XI en la Encíclica Casti
connubii rechazó las pretendidas justificaciones del aborto; Pío XII excluyó
todo aborto directo, o sea, todo acto que tienda directamente a destruir la vida
humana aún no nacida,«tanto si tal destrucción se entiende como fin o sólo
como medio para el fin»; Juan XXIII reafirmó que la vida humana es sagrada,
porque «desde que aflora, ella implica directamente la acción creadora de
Dios». El Concilio Vaticano II, como ya he recordado, condenó con gran
severidad el aborto:«se ha de proteger la vida con el máximo cuidado desde la
concepción; tanto el aborto como el infanticidio son crímenes nefandos».
La disciplina canónica de la Iglesia, desde los primeros
siglos, ha castigado con sanciones penales a quienes se manchaban con la culpa
del aborto y esta praxis, con penas más o menos graves, ha sido ratificada en
los diversos períodos históricos. El Código de Derecho Canónico de 1917
establecía para el aborto la pena de excomunión. También la nueva
legislación canónica se sitúa en esta dirección cuando sanciona que «quien
procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión latae
sententiae», es decir, automática. La excomunión afecta a todos los que
cometen este delito conociendo la pena, incluidos también aquellos cómplices
sin cuya cooperación el delito no se hubiera producido: con esta reiterada
sanción, la Iglesia señala este delito como uno de los más graves y
peligrosos, alentando así a quien lo comete a buscar solícitamente el camino
de la conversión. En efecto, en la Iglesia la pena de excomunión tiene como
fin hacer plenamente conscientes de la gravedad de un cierto pecado y favorecer,
por tanto, una adecuada conversión y penitencia.
Ante semejante unanimidad en la tradición doctrinal y
disciplinar de la Iglesia, Pablo VI pudo declarar que esta enseñanza no había
cambiado y que era inmutable. Por tanto, con la autoridad que Cristo confirió a
Pedro y a sus Sucesores, en comunión con todos los Obispos -que en varias
ocasiones han condenado el aborto y que en la consulta citada anteriormente,
aunque dispersos por el mundo, han concordado unánimemente sobre esta
doctrina-, declaro que el aborto directo, es decir, querido como fin o como
medio, es siempre un desorden moral grave, en cuanto eliminación deliberada de
un ser humano inocente. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la
Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y
enseñada por el Magisterio ordinario y universal.
Ninguna circunstancia, ninguna finalidad, ninguna ley del
mundo podrá jamás hacer lícito un acto que es intrínsecamente ilícito, por
ser contrario a la Ley de Dios, escrita en el corazón de cada hombre,
reconocible por la misma razón, y proclamada por la Iglesia.
63. La valoración moral del aborto se debe aplicar también
a las recientes formas de intervención sobre los embriones humanos que, aun
buscando fines en sí mismos legítimos, comportan inevitablemente su
destrucción. Es el caso de los experimentos con embriones, en creciente
expansión en el campo de la investigación biomédica y legalmente admitida por
algunos Estados. Si «son lícitas las intervenciones sobre el embrión humano
siempre que respeten la vida y la integridad del embrión, que no lo expongan a
riesgos desproporcionados, que tengan como fin su curación, la mejora de sus
condiciones de salud o su supervivencia individual», se debe afirmar, sin
embargo, que el uso de embriones o fetos humanos como objeto de experimentación
constituye un delito en consideración a su dignidad de seres humanos, que
tienen derecho al mismo respeto debido al niño ya nacido y a toda persona.
La misma condena moral concierne también al procedimiento
que utiliza los embriones y fetos humanos todavía vivos -a veces «producidos»
expresamente para este fin mediante la fecundación in vitro- sea como
«material biológico» para ser utilizado, sea como abastecedores de órganos o
tejidos para trasplantar en el tratamiento de algunas enfermedades. En verdad,
la eliminación de criaturas humanas inocentes, aun cuando beneficie a otras,
constituye un acto absolutamente inaceptable.
Una atención especial merece la valoración moral de las
técnicas de diagnóstico prenatal, que permiten identificar precozmente
eventuales anomalías del niño por nacer. En efecto, por la complejidad de
estas técnicas, esta valoración debe hacerse muy cuidadosa y articuladamente.
Estas técnicas son moralmente lícitas cuando están exentas de riesgos
desproporcionados para el niño o la madre, y están orientadas a posibilitar
una terapia precoz o también a favorecer una serena y consciente aceptación
del niño por nacer. Pero, dado que las posibilidades de curación antes del
nacimiento son hoy todavía escasas, sucede no pocas veces que estas técnicas
se ponen al servicio de una mentalidad eugenésica, que acepta el aborto
selectivo para impedir el nacimiento de niños afectados por varios tipos de
anomalías. Semejante mentalidad es ignominiosa y totalmente reprobable, porque
pretende medir el valor de una vida humana siguiendo sólo parámetros de
«normalidad» y de bienestar físico, abriendo así el camino a la
legitimación incluso del infanticidio y de la eutanasia.
En realidad, precisamente el valor y la serenidad con que
tantos hermanos nuestros, afectados por graves formas de minusvalidez, viven su
existencia cuando son aceptados y amados por nosotros, constituyen un testimonio
particularmente eficaz de los auténticos valores que caracterizan la vida y que
la hacen, incluso en condiciones difíciles, preciosa para sí y para los
demás. La Iglesia está cercana a aquellos esposos que, con gran ansia y
sufrimiento, acogen a sus hijos gravemente afectados de incapacidades, así como
agradece a todas las familias que, por medio de la adopción, amparan a quienes
han sido abandonados por sus padres, debido a formas de minusvalidez o
enfermedades.
«Yo doy la muerte y doy la vida» (Dt. 32, 39): el drama
de la eutanasia
64. En el otro extremo de la existencia, el hombre se
encuentra ante el misterio de la muerte. Hoy, debido a los progresos de la
medicina y en un contexto cultural con frecuencia cerrado a la trascendencia, la
experiencia de la muerte se presenta con algunas características nuevas. En
efecto, cuando prevalece la tendencia a apreciar la vida sólo en la medida en
que da placer y bienestar, el sufrimiento aparece como una amenaza insoportable,
de la que es preciso librarse a toda costa. La muerte, considerada «absurda»
cuando interrumpe por sorpresa una vida todavía abierta a un futuro rico de
posibles experiencias interesantes, se convierte por el contrario en una
«liberación reivindicada» cuando se considera que la existencia carece ya de
sentido por estar sumergida en el dolor e inexorablemente condenada a un
sufrimiento posterior más agudo.
Además, el hombre, rechazando u olvidando su relación
fundamental con Dios, cree ser criterio y norma de sí mismo y piensa tener el
derecho de pedir incluso a la sociedad que le garantice posibilidades y modos de
decidir sobre la propia vida en plena y total autonomía. Es particularmente el
hombre que vive en países desarrollados quien se comporta así: se siente
también movido a ello por los continuos progresos de la medicina y por sus
técnicas cada vez más avanzadas. Mediante sistemas y aparatos extremadamente
sofisticados, la ciencia y la práctica médica son hoy capaces no sólo de
resolver casos antes sin solución y de mitigar o eliminar el dolor, sino
también de sostener y prolongar la vida incluso en situaciones de extrema
debilidad, de reanimar artificialmente a personas que perdieron de modo
repentino sus funciones biológicas elementales, de intervenir para disponer de
órganos para trasplantes.
En semejante contexto es cada vez más fuerte la tentación
de la eutanasia, esto es, adueñarse de la muerte, procurándola de modo
anticipado y poniendo así fin «dulcemente» a la propia vida o a la de otros.
En realidad, lo que podría parecer lógico y humano, al considerarlo en
profundidad se presenta absurdo e inhumano. Estamos aquí ante uno de los
síntomas más alarmantes de la «cultura de la muerte», que avanza sobre todo
en las sociedades del bienestar, caracterizadas por una mentalidad eficientista
que presenta el creciente número de personas ancianas y debilitadas como algo
demasiado gravoso e insoportable. Muy a menudo, éstas se ven aisladas por la
familia y la sociedad, organizadas casi exclusivamente sobre la base de
criterios de eficiencia productiva, según los cuales una vida irremediablemente
inhábil no tiene ya valor alguno.
65. Para un correcto juicio moral sobre la eutanasia, es
necesario ante todo definirla con claridad. Por eutanasia en sentido verdadero y
propio se debe entender una acción o una omisión que por su naturaleza y en la
intención causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor.«La
eutanasia se sitúa, pues, en el nivel de las intenciones o de los métodos
usados».
De ella debe distinguirse la decisión de renunciar al
llamado «ensañamiento terapéutico», o sea, ciertas intervenciones médicas
ya no adecuadas a la situación real del enfermo, por ser desproporcionadas a
los resultados que se podrían esperar o, bien, por ser demasiado gravosas para
él o su familia. En estas situaciones, cuando la muerte se prevé inminente e
inevitable, se puede en conciencia «renunciar a unos tratamientos que
procurarían únicamente una prolongación precaria y penosa de la existencia,
sin interrumpir sin embargo las curas normales debidas al enfermo en casos
similares». Ciertamente existe la obligación moral de curarse y hacerse curar,
pero esta obligación se debe valorar según las situaciones concretas; es
decir, hay que examinar si los medios terapéuticos a disposición son
objetivamente proporcionados a las perspectivas de mejoría. La renuncia a
medios extraordinarios o desproporcionados no equivale al suicidio o a la
eutanasia; expresa más bien la aceptación de la condición humana ante la
muerte.
En la medicina moderna van teniendo auge los llamados
«cuidados paliativos», destinados a hacer más soportable el sufrimiento en la
fase final de la enfermedad y, al mismo tiempo, asegurar al paciente un
acompañamiento humano adecuado. En este contexto aparece, entre otros, el
problema de la licitud del recurso a los diversos tipos de analgésicos y
sedantes para aliviar el dolor del enfermo, cuando esto comporta el riesgo de
acortarle la vida. En efecto, si puede ser digno de elogio quien acepta
voluntariamente sufrir renunciando a tratamientos contra el dolor para conservar
la plena lucidez y participar, si es creyente, de manera consciente en la
pasión del Señor, tal comportamiento «heroico» no debe considerarse
obligatorio para todos. Ya Pío XII afirmó que es lícito suprimir el dolor por
medio de narcóticos, a pesar de tener como consecuencia limitar la conciencia y
abreviar la vida,«si no hay otros medios y si, en tales circunstancias, ello no
impide el cumplimiento de otros deberes religiosos y morales». En efecto, en
este caso no se quiere ni se busca la muerte, aunque por motivos razonables se
corra ese riesgo. Simplemente se pretende mitigar el dolor de manera eficaz,
recurriendo a los analgésicos puestos a disposición por la medicina. Sin
embargo,«no es lícito privar al moribundo de la conciencia propia sin grave
motivo»: acercándose a la muerte, los hombres deben estar en condiciones de
poder cumplir sus obligaciones morales y familiares y, sobre todo, deben poderse
preparar con plena conciencia al encuentro definitivo con Dios.
Hechas estas distinciones, de acuerdo con el Magisterio de
mis Predecesores y en comunión con los Obispos de la Iglesia católica,
confirmo que la eutanasia es una grave violación de la Ley de Dios, en cuanto
eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana. Esta
doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es
transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio
ordinario y universal.
Semejante práctica conlleva, según las circunstancias,
la malicia propia del suicidio o del homicidio.
66. Ahora bien, el suicidio es siempre moralmente
inaceptable, al igual que el homicidio. La tradición de la Iglesia siempre lo
ha rechazado como decisión gravemente mala. Aunque determinados
condicionamientos psicológicos, culturales y sociales puedan llevar a realizar
un gesto que contradice tan radicalmente la inclinación innata de cada uno a la
vida, atenuando o anulando la responsabilidad subjetiva, el suicidio, bajo el
punto de vista objetivo, es un acto gravemente inmoral, porque comporta el
rechazo del amor a sí mismo y la renuncia a los deberes de justicia y de
caridad para con el prójimo, para con las distintas comunidades de las que se
forma parte y para la sociedad en general. En su realidad más profunda,
constituye un rechazo de la soberanía absoluta de Dios sobre la vida y sobre la
muerte, proclamada así en la oración del antiguo sabio de Israel:«Tú tienes
el poder sobre la vida y sobre la muerte, haces bajar a las puertas del Hades y
de allí subir»(Sb 16, 13; cf. Tb 13, 2).
Compartir la intención suicida de otro y ayudarle a
realizarla mediante el llamado «suicidio asistido» significa hacerse
colaborador, y algunas veces autor en primera persona, de una injusticia que
nunca tiene justificación, ni siquiera cuando es solicitada.«No es lícito
-escribe con sorprendente actualidad san Agustín- matar a otro, aunque éste lo
pida y lo quiera y no pueda ya vivir... para librar, con un golpe, el alma de
aquellos dolores, que luchaba con las ligaduras del cuerpo y quería
desasirse». La eutanasia, aunque no esté motivada por el rechazo egoísta de
hacerse cargo de la existencia del que sufre, debe considerarse como una falsa
piedad, más aún, como una preocupante «perversión» de la misma. En efecto,
la verdadera «compasión» hace solidarios con el dolor de los demás, y no
elimina a la persona cuyo sufrimiento no se puede soportar. El gesto de la
eutanasia aparece aún más perverso si es realizado por quienes -como los
familiares- deberían asistir con paciencia y amor a su allegado, o por cuantos
-como los médicos-, por su profesión específica, deberían cuidar al enfermo
incluso en las condiciones terminales más penosas.
La opción de la eutanasia es más grave cuando se configura
como un homicidio que otros practican en una persona que no la pidió de ningún
modo y que nunca dio su consentimiento. Se llega además al colmo del arbitrio y
de la injusticia cuando algunos, médicos o legisladores, se arrogan el poder de
decidir sobre quién debe vivir o morir. Así, se presenta de nuevo la
tentación del Edén: ser como Dios «conocedores del bien y del mal»(Gén 3,
5). Sin embargo, sólo Dios tiene el poder sobre el morir y el vivir:«Yo doy la
muerte y doy la vida»(Dt 32, 39; cf. 2R 5, 7; 1 S 2, 6). El ejerce su poder
siempre y sólo según su designio de sabiduría y de amor. Cuando el hombre
usurpa este poder, dominado por una lógica de necedad y de egoísmo, lo usa
fatalmente para la injusticia y la muerte. De este modo, la vida del más débil
queda en manos del más fuerte; se pierde el sentido de la justicia en la
sociedad y se mina en su misma raíz la confianza recíproca, fundamento de toda
relación auténtica entre las personas.
67. Bien diverso es, en cambio, el camino del amor y de la
verdadera piedad, al que nos obliga nuestra común condición humana y que la fe
en Cristo Redentor, muerto y resucitado, ilumina con nuevo sentido. El deseo que
brota del corazón del hombre ante el supremo encuentro con el sufrimiento y la
muerte, especialmente cuando siente la tentación de caer en la desesperación y
casi de abatirse en ella, es sobre todo aspiración de compañía, de
solidaridad y de apoyo en la prueba. Es petición de ayuda para seguir
esperando, cuando todas las esperanzas humanas se desvanecen. Como recuerda el
Concilio Vaticano II,«ante la muerte, el enigma de la condición humana alcanza
su culmen» para el hombre; y sin embargo «juzga certeramente por instinto de
su corazón cuando aborrece y rechaza la ruina total y la desaparición
definitiva de su persona. La semilla de eternidad que lleva en sí, al ser
irreductible a la sola materia, se rebela contra la muerte».
Esta repugnancia natural a la muerte es iluminada por la fe
cristiana y este germen de esperanza en la inmortalidad alcanza su realización
por la misma fe, que promete y ofrece la participación en la victoria de Cristo
Resucitado: es la victoria de Aquél que, mediante su muerte redentora, ha
liberado al hombre de la muerte,«salario del pecado»(Rom 6, 23), y le ha dado
el Espíritu, prenda de resurrección y de vida (cf. Rom 8, 11). La certeza de
la inmortalidad futura y la esperanza en la resurrección prometida proyectan
una nueva luz sobre el misterio del sufrimiento y de la muerte, e infunden en el
creyente una fuerza extraordinaria para abandonarse al plan de Dios.
El apóstol Pablo expresó esta novedad como una pertenencia
total al Señor que abarca cualquier condición humana:«Ninguno de nosotros
vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo. Si vivimos, para
el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya
muramos, del Señor somos»(Rom 14, 7-8). Morir para el Señor significa vivir
la propia muerte como acto supremo de obediencia al Padre (cf. Flp 2, 8),
aceptando encontrarla en la «hora» querida y escogida por El (cf. Jn 13, 1),
que es el único que puede decir cuándo el camino terreno se ha concluido.
Vivir para el Señor significa también reconocer que el sufrimiento, aun siendo
en sí mismo un mal y una prueba, puede siempre llegar a ser fuente de bien.
Llega a serlo si se vive con amor y por amor, participando, por don gratuito de
Dios y por libre decisión personal, en el sufrimiento mismo de Cristo
crucificado. De este modo, quien vive su sufrimiento en el Señor se configura
más plenamente a El (cf. Flp 3, 10; 1 P 2, 21) y se asocia más íntimamente a
su obra redentora en favor de la Iglesia y de la humanidad. Esta es la
experiencia del Apóstol, que toda persona que sufre está también llamada a
revivir:«Me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo
en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo,
que es la Iglesia»(Col 1, 24).
«Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch.
5, 29): ley civil y ley moral
68. Una de las características propias de los atentados
actuales contra la vida humana -como ya se ha dicho- consiste en la tendencia a
exigir su legitimación jurídica, como si fuesen derechos que el Estado, al
menos en ciertas condiciones, debe reconocer a los ciudadanos y, por
consiguiente, la tendencia a pretender su realización con la asistencia segura
y gratuita de médicos y agentes sanitarios.
No pocas veces se considera que la vida de quien aún no ha
nacido o está gravemente debilitado es un bien sólo relativo: según una
lógica proporcionalista o de puro cálculo, deberá ser cotejada y sopesada con
otros bienes. Y se piensa también que solamente quien se encuentra en esa
situación concreta y está personalmente afectado puede hacer una ponderación
justa de los bienes en juego; en consecuencia, sólo él podría juzgar la
moralidad de su decisión. El Estado, por tanto, en interés de la convivencia
civil y de la armonía social, debería respetar esta decisión, llegando
incluso a admitir el aborto y la eutanasia.
Otras veces se cree que la ley civil no puede exigir que
todos los ciudadanos vivan de acuerdo con un nivel de moralidad más elevado que
el que ellos mismos aceptan y comparten. Por esto, la ley debería siempre
manifestar la opinión y la voluntad de la mayoría de los ciudadanos y
reconocerles también, al menos en ciertos casos extremos, el derecho al aborto
y a la eutanasia. Por otra parte, la prohibición y el castigo del aborto y de
la eutanasia en estos casos llevaría inevitablemente -así se dice- a un
aumento de prácticas ilegales, que, sin embargo, no estarían sujetas al
necesario control social y se efectuarían sin la debida seguridad médica. Se
plantea, además, si sostener una ley no aplicable concretamente no
significaría, al final, minar también la autoridad de las demás leyes.
Finalmente, las opiniones más radicales llegan a sostener
que, en una sociedad moderna y pluralista, se debería reconocer a cada persona
una plena autonomía para disponer de su propia vida y de la vida de quien aún
no ha nacido. En efecto, no correspondería a la ley elegir entre las diversas
opciones morales y, menos aún, pretender imponer una opción particular en
detrimento de las demás.
69. De todos modos, en la cultura democrática de nuestro
tiempo se ha difundido ampliamente la opinión de que el ordenamiento jurídico
de una sociedad debería limitarse a percibir y asumir las convicciones de la
mayoría y, por tanto, basarse sólo sobre lo que la mayoría misma reconoce y
vive como moral. Si además se considera incluso que una verdad común y
objetiva es inaccesible de hecho, el respeto de la libertad de los ciudadanos
-que en un régimen democrático son considerados como los verdaderos soberanos-
exigiría que, a nivel legislativo, se reconozca la autonomía de cada
conciencia individual y que, por tanto, al establecer las normas que en cada
caso son necesarias para la convivencia social, éstas se adecuen exclusivamente
a la voluntad de la mayoría, cualquiera que sea. De este modo, todo político,
en su actividad, debería distinguir netamente entre el ámbito de la conciencia
privada y el del comportamiento público.
Por consiguiente, se perciben dos tendencias diametralmente
opuestas en apariencia. Por un lado, los individuos reivindican para sí la
autonomía moral más completa de elección y piden que el Estado no asuma ni
imponga ninguna concepción ética, sino que trate de garantizar el espacio más
amplio posible para la libertad de cada uno, con el único límite externo de no
restringir el espacio de autonomía al que los demás ciudadanos también tienen
derecho. Por otro lado, se considera que, en el ejercicio de las funciones
públicas y profesionales, el respeto de la libertad de elección de los demás
obliga a cada uno a prescindir de sus propias convicciones para ponerse al
servicio de cualquier petición de los ciudadanos, que las leyes reconocen y
tutelan, aceptando como único criterio moral para el ejercicio de las propias
funciones lo establecido por las mismas leyes. De este modo, la responsabilidad
de la persona se delega a la ley civil, abdicando de la propia conciencia moral
al menos en el ámbito de la acción pública.
70. La raíz común de todas estas tendencias es el
relativismo ético que caracteriza muchos aspectos de la cultura contemporánea.
No falta quien considera este relativismo como una condición de la democracia,
ya que sólo él garantizaría la tolerancia, el respeto recíproco entre las
personas y la adhesión a las decisiones de la mayoría, mientras que las normas
morales, consideradas objetivas y vinculantes, llevarían al autoritarismo y a
la intolerancia.
Sin embargo, es precisamente la problemática del respeto de
la vida la que muestra los equívocos y contradicciones, con sus terribles
resultados prácticos, que se encubren en esta postura.
Es cierto que en la historia ha habido casos en los que se
han cometido crímenes en nombre de la «verdad». Pero crímenes no menos
graves y radicales negaciones de la libertad se han cometido y se siguen
cometiendo también en nombre del «relativismo ético». Cuando una mayoría
parlamentaria o social decreta la legitimidad de la eliminación de la vida
humana aún no nacida, inclusive con ciertas condiciones,¿acaso no adopta una
decisión «tiránica» respecto al ser humano más débil e indefenso? La
conciencia universal reacciona justamente ante los crímenes contra la
humanidad, de los que nuestro siglo ha tenido tristes experiencias.¿Acaso estos
crímenes dejarían de serlo si, en vez de haber sido cometidos por tiranos sin
escrúpulo, hubieran estado legitimados por el consenso popular?
En realidad, la democracia no puede mitificarse
convirtiéndola en un sustitutivo de la moralidad o en una panacea de la
inmoralidad. Fundamentalmente, es un «ordenamiento» y, como tal, un
instrumento y no un fin. Su carácter «moral» no es automático, sino que
depende de su conformidad con la ley moral a la que, como cualquier otro
comportamiento humano, debe someterse; esto es, depende de la moralidad de los
fines que persigue y de los medios de que se sirve. Si hoy se percibe un
consenso casi universal sobre el valor de la democracia, esto se considera un
positivo «signo de los tiempos», como también el Magisterio de la Iglesia ha
puesto de relieve varias veces. Pero el valor de la democracia se mantiene o cae
con los valores que encarna y promueve: fundamentales e imprescindibles son
ciertamente la dignidad de cada persona humana, el respeto de sus derechos
inviolables e inalienables, así como considerar el «bien común» como fin y
criterio regulador de la vida política.
En la base de estos valores no pueden estar provisionales y
volubles «mayorías» de opinión, sino sólo el reconocimiento de una ley
moral objetiva que, en cuanto «ley natural» inscrita en el corazón del
hombre, es punto de referencia normativa de la misma ley civil. Si, por una
trágica ofuscación de la conciencia colectiva, el escepticismo llegara a poner
en duda hasta los principios fundamentales de la ley moral, el mismo
ordenamiento democrático se tambalearía en sus fundamentos, reduciéndose a un
puro mecanismo de regulación empírica de intereses diversos y contrapuestos.
Alguien podría pensar que semejante función, a falta de
algo mejor, es también válida para los fines de la paz social. Aun
reconociendo un cierto aspecto de verdad en esta valoración, es difícil no ver
cómo, sin una base moral objetiva, ni siquiera la democracia puede asegurar una
paz estable, tanto más que la paz no fundamentada sobre los valores de la
dignidad humana y de la solidaridad entre todos los hombres, es a menudo
ilusoria. En efecto, en los mismos regímenes participativos la regulación de
los intereses se produce con frecuencia en beneficio de los más fuertes, que
tienen mayor capacidad para maniobrar no sólo las palancas del poder, sino
incluso la formación del consenso. En un situación así, la democracia se
convierte fácilmente en una palabra vacía.
71. Para el futuro de la sociedad y el desarrollo de una sana
democracia, urge pues descubrir de nuevo la existencia de valores humanos y
morales esenciales y originarios, que derivan de la verdad misma del ser humano
y expresan y tutelan la dignidad de la persona. Son valores, por tanto, que
ningún individuo, ninguna mayoría y ningún Estado nunca pueden crear,
modificar o destruir, sino que deben sólo reconocer, respetar y promover.
En este sentido, es necesario tener en cuenta los el ementos
fundamentales del conjunto de las relaciones entre ley civil y ley moral, tal
como son propuestos por la Iglesia, pero que forman parte también del
patrimonio de las grandes tradiciones jurídicas de la humanidad.
Ciertamente, el cometido de la ley civil es diverso y de
ámbito más limitado que el de la ley moral. Sin embargo,«en ningún ámbito
de la vida la ley civil puede sustituir a la conciencia ni dictar normas que
excedan la propia competencia», que es la de asegurar el bien común de las
personas, mediante el reconocimiento y la defensa de sus derechos fundamentales,
la promoción de la paz y de la moralidad pública. En efecto, la función de la
ley civil consiste en garantizar una ordenada convivencia social en la verdadera
justicia, para que todos «podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda
piedad y dignidad»(1 Tm 2, 2). Precisamente por esto, la ley civil debe
asegurar a todos los miembros de la sociedad el respeto de algunos derechos
fundamentales, que pertenecen originariamente a la persona y que toda ley
positiva debe reconocer y garantizar. Entre ellos el primero y fundamental es el
derecho inviolable de cada ser humano inocente a la vida. Si la autoridad
pública puede, a veces, renunciar a reprimir aquello que provocaría, de estar
prohibido, un daño más grave, sin embargo, nunca puede aceptar legitimar, como
derecho de los individuos -aunque éstos fueran la mayoría de los miembros de
la sociedad-, la ofensa infligida a otras personas mediante la negación de un
derecho suyo tan fundamental como el de la vida. La tolerancia legal del aborto
o de la eutanasia no puede de ningún modo invocar el respeto de la conciencia
de los demás, precisamente porque la sociedad tiene el derecho y el deber de
protegerse de los abusos que se pueden dar en nombre de la conciencia y bajo el
pretexto de la libertad.
A este propósito, Juan XXIII recordó en la Encíclica Pacem
in terris:«En la época moderna se considera realizado el bien común cuando se
han salvado los derechos y los deberes de la persona humana. De ahí que los
deberes fundamentales de los poderes públicos consisten sobre todo en
reconocer, respetar, armonizar, tutelar y promover aquellos derechos, y en
contribuir por consiguiente a hacer más fácil el cumplimiento de los
respectivos deberes." Tutelar el intangible campo de los derechos de la
persona humana y hacer fácil el cumplimiento de sus obligaciones, tal es el
deber esencial de los poderes públicos". Por esta razón, aquellos
magistrados que no reconozcan los derechos del hombre o los atropellen, no sólo
faltan ellos mismos a su deber, sino que carece de obligatoriedad lo que ellos
prescriban».
72. En continuidad con toda la tradición de la Iglesia se
encuentra también la doctrina sobre la necesaria conformidad de la ley civil
con la ley moral, tal y como se recoge, una vez más, en la citada encíclica de
Juan XXIII:«La autoridad es postulada por el orden moral y deriva de Dios. Por
lo tanto, si las leyes o preceptos de los gobernantes estuvieran en
contradicción con aquel orden y, consiguientemente, en contradicción con la
voluntad de Dios, no tendrían fuerza para obligar en conciencia...; más aún,
en tal caso, la autoridad dejaría de ser tal y degeneraría en abuso». Esta es
una clara enseñanza de santo Tomás de Aquino, que entre otras cosas
escribe:«La ley humana es tal en cuanto está conforme con la recta razón y,
por tanto, deriva de la ley eterna. En cambio, cuando una ley está en contraste
con la razón, se la denomina ley inicua; sin embargo, en este caso deja de ser
ley y se convierte más bien en un acto de violencia». Y añade:«Toda ley
puesta por los hombres tiene razón de ley en cuanto deriva de la ley natural.
Por el contrario, si contradice en cualquier cosa a la ley natural, entonces no
será ley sino corrupción de la ley».
La primera y más inmediata aplicación de esta doctrina hace
referencia a la ley humana que niega el derecho fundamental y originario a la
vida, derecho propio de todo hombre. Así, las leyes que, como el aborto y la
eutanasia, legitiman la eliminación directa de seres humanos inocentes están
en total e insuperable contradicción con el derecho inviolable a la vida
inherente a todos los hombres, y niegan, por tanto, la igualdad de todos ante la
ley. Se podría objetar que éste no es el caso de la eutanasia, cuando es
pedida por el sujeto interesado con plena conciencia. Pero un Estado que
legitimase una petición de este tipo y autorizase a llevarla a cabo, estaría
legalizando un caso de suicidio-homicidio, contra los principios fundamentales
de que no se puede disponer de la vida y de la tutela de toda vida inocente. De
este modo se favorece una disminución del respeto a la vida y se abre camino a
comportamientos destructivos de la confianza en las relaciones sociales.
Por tanto, las leyes que autorizan y favorecen el aborto y la
eutanasia se oponen radicalmente no sólo al bien del individuo, sino también
al bien común y, por consiguiente, están privadas totalmente de auténtica
validez jurídica. En efecto, la negación del derecho a la vida, precisamente
porque lleva a eliminar la persona en cuyo servicio tiene la sociedad su razón
de existir, es lo que se contrapone más directa e irreparablemente a la
posibilidad de realizar el bien común. De esto se sigue que, cuando una ley
civil legitima el aborto o la eutanasia deja de ser, por ello mismo, una
verdadera ley civil moralmente vinculante.
73. Así pues, el aborto y la eutanasia son crímenes que
ninguna ley humana puede pretender legitimar. Leyes de este tipo no sólo no
crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen
una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de
conciencia. Desde los orígenes de la Iglesia, la predicación apostólica
inculcó a los cristianos el deber de obedecer a las autoridades públicas
legítimamente constituidas (cf. Rom 13, 1-7, 1 P 2, 13-14), pero al mismo
tiempo enseñó firmemente que «hay que obedecer a Dios antes que a los
hombres»(Hch 5, 29). Ya en el Antiguo Testamento, precisamente en relación a
las amenazas contra la vida, encontramos un ejemplo significativo de resistencia
a la orden injusta de la autoridad. Las comadronas de los hebreos se opusieron
al faraón, que había ordenado matar a todo recién nacido varón. Ellas «no
hicieron lo que les había mandado el rey de Egipto, sino que dejaban con vida a
los niños»(Ex 1, 17). Pero es necesario señalar el motivo profundo de su
comportamiento:«Las parteras temían a Dios»(ibid.). Es precisamente de la
obediencia a Dios -a quien sólo se debe aquel temor que es reconocimiento de su
absoluta soberanía- de donde nacen la fuerza y el valor para resistir a las
leyes injustas de los hombres. Es la fuerza y el valor de quien está dispuesto
incluso a ir a prisión o a morir a espada, en la certeza de que «aquí se
requiere la paciencia y la fe de los santos»(Ap 13, 10).
En el caso pues de una ley intrínsecamente injusta, como es
la que admite el aborto o la eutanasia, nunca es lícito someterse a ella,«ni
participar en una campaña de opinión a favor de una ley semejante, ni darle el
sufragio del propio voto».
Un problema concreto de conciencia podría darse en los casos
en que un voto parlamentario resultase determinante para favorecer una ley más
restrictiva, es decir, dirigida a restringir el número de abortos autorizados,
como alternativa a otra ley más permisiva ya en vigor o en fase de votación.
No son raros semejantes casos. En efecto, se constata el dato de que mientras en
algunas partes del mundo continúan las campañas para la introducción de leyes
a favor del aborto, apoyadas no pocas veces por poderosos organismos
internacionales, en otras Naciones -particularmente aquéllas que han tenido ya
la experiencia amarga de tales legislaciones permisivas- van apareciendo
señales de revisión. En el caso expuesto, cuando no sea posible evitar o
abrogar completamente una ley abortista, un parlamentario, cuya absoluta
oposición personal al aborto sea clara y notoria a todos, puede lícitamente
ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley y
disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de la
moralidad pública. En efecto, obrando de este modo no se presta una
colaboración ilícita a una ley injusta; antes bien se realiza un intento
legítimo y obligado de limitar sus aspectos inicuos.
74. La introducción de legislaciones injustas pone con
frecuencia a los hombres moralmente rectos ante difíciles problemas de
conciencia en materia de colaboración, debido a la obligatoria afirmación del
propio derecho a no ser forzados a participar en acciones moralmente malas. A
veces las opciones que se imponen son dolorosas y pueden exigir el sacrificio de
posiciones profesionales consolidadas o la renuncia a perspectivas legítimas de
avance en la carrera. En otros casos, puede suceder que el cumplimiento de
algunas acciones en sí mismas indiferentes, o incluso positivas, previstas en
el articulado de legislaciones globalmente injustas, permita la salvaguarda de
vidas humanas amenazadas. Por otra parte, sin embargo, se puede temer justamente
que la disponibilidad a cumplir tales acciones no sólo conlleve escándalo y
favorezca el debilitamiento de la necesaria oposición a los atentados contra la
vida, sino que lleve insensiblemente a ir cediendo cada vez más a una lógica
permisiva.
Para iluminar esta difícil cuestión moral es necesario
tener en cuenta los principios generales sobre la cooperación en acciones
moralmente malas. Los cristianos, como todos los hombres de buena voluntad,
están llamados, por un grave deber de conciencia, a no prestar su colaboración
formal a aquellas prácticas que, aun permitidas por la legislación civil, se
oponen a la Ley de Dios. En efecto desde el punto de vista moral, nunca es
lícito cooperar formalmente en el mal. Esta cooperación se produce cuando la
acción realizada, o por su misma naturaleza o por la configuración que asume
en un contexto concreto, se califica como colaboración directa en un acto
contra la vida humana inocente o como participación en la intención inmoral
del agente principal. Esta cooperación nunca puede justificarse invocando el
respeto de la libertad de los demás, ni apoyarse en el hecho de que la ley
civil la prevea y exija. En efecto, los actos que cada uno realiza personalmente
tienen una responsabilidad moral, a la que nadie puede nunca substraerse y sobre
la cual cada uno será juzgado por Dios mismo (cf. Rom 2, 6; 14, 12).
El rechazo a participar en la ejecución de una injusticia no
sólo es un deber moral, sino también un derecho humano fundamental. Si no
fuera así, se obligaría a la persona humana a realizar una acción
intrínsecamente incompatible con su dignidad y, de este modo, su misma
libertad, cuyo sentido y fin auténticos residen en su orientación a la verdad
y al bien, quedaría radicalmente comprometida. Se trata, por tanto, de un
derecho esencial que, como tal, debería estar previsto y protegido por la misma
ley civil. En este sentido, la posibilidad de rechazar la participación en la
fase consultiva, preparatoria y ejecutiva de semejantes actos contra la vida
debería asegurarse a los médicos, a los agentes sanitarios y a los
responsables de las instituciones hospitalarias, de las clínicas y casas de
salud. Quien recurre a la objeción de conciencia debe estar a salvo no sólo de
sanciones penales, sino también de cualquier daño en el plano legal,
disciplinar, económico y profesional.
«Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Lc. 10, 27):
«promueve» la vida
75. Los mandamientos de Dios nos enseñan el camino de la
vida. Los preceptos morales negativos, es decir, los que declaran moralmente
inaceptable la elección de una determinada acción, tienen un valor absoluto
para la libertad humana: obligan siempre y en toda circunstancia, sin
excepción. Indican que la elección de determinados comportamientos es
radicalmente incompatible con el amor a Dios y la dignidad de la persona, creada
a su imagen. Por eso, esta elección no puede justificarse por la bondad de
ninguna intención o consecuencia, está en contraste insalvable con la
comunión entre las personas, contradice la decisión fundamental de orientar la
propia vida a Dios.
Ya en este sentido los preceptos morales negativos tienen una
importantísima función positiva: el «no» que exigen incondicionalmente marca
el límite infranqueable más allá del cual el hombre libre no puede pasar y,
al mismo tiempo, indica el mínimo que debe respetar y del que debe partir para
pronunciar innumerables «sí», capaces de abarcar progresivamente el horizonte
completo del bien(cf. Mt 5, 48). Los mandamientos, en particular los preceptos
morales negativos, son el inicio y la primera etapa necesaria del camino hacia
la libertad:«La primera libertad -escribe san Agustín- es no tener delitos...
como homicidio, adulterio, alguna inmundicia de fornicación, hurto, fraude,
sacrilegio y otros parecidos. Cuando el hombre empieza a no tener tales delitos
(el cristiano no debe tenerlos), comienza a levantar la cabeza hacia la
libertad; pero ésta es una libertad incoada, no es perfecta».
76. El mandamiento «no matarás» establece, por tanto, el
punto de partida de un camino de verdadera libertad, que nos lleva a promover
activamente la vida y a desarrollar determinadas actitudes y comportamientos a
su servicio. Obrando así, ejercitamos nuestra responsabilidad hacia las
personas que nos han sido confiadas y manifestamos, con las obras y según la
verdad, nuestro reconocimiento a Dios por el gran don de la vida (cf. Sal 139/
138, 13-14).
El Creador ha confiado la vida del hombre a su cuidado
responsable, no para que disponga de ella de modo arbitrario, sino para que la
custodie con sabiduría y la administre con amorosa fidelidad. El Dios de la
Alianza ha confiado la vida de cada hombre a otro hombre hermano suyo, según la
ley de la reciprocidad del dar y del recibir, del don de sí mismo y de la
acogida del otro. En la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios, encarnándose
y dando su vida por el hombre, ha demostrado a qué altura y profundidad puede
llegar esta ley de la reciprocidad. Cristo, con el don de su Espíritu, da
contenidos y significados nuevos a la ley de la reciprocidad, a la entrega del
hombre al hombre. El Espíritu, que es artífice de comunión en el amor, crea
entre los hombres una nueva fraternidad y solidaridad, reflejo verdadero del
misterio de recíproca entrega y acogida propio de la Santísima Trinidad. El
mismo Espíritu llega a ser la ley nueva, que da la fuerza a los creyentes y
apela a su responsabilidad para vivir con reciprocidad el don de sí mismos y la
acogida del otro, participando del amor mismo de Jesucristo según su medida.
77. En esta ley nueva se inspira y plasma el mandamiento «no
matarás». Por tanto, para el cristiano implica en definitiva el imperativo de
respetar, amar y promover la vida de cada hermano, según las exigencias y las
dimensiones del amor de Dios en Jesucristo.«El dio su vida por nosotros.
También nosotros debemos dar la vida por los hermanos»(1 Jn 3, 16).
El mandamiento «no matarás», incluso en sus contenidos
más positivos de respeto, amor y promoción de la vida humana, obliga a todo
hombre. En efecto, resuena en la conciencia moral de cada uno como un eco
permanente de la alianza original de Dios creador con el hombre; puede ser
conocido por todos a la luz de la razón y puede ser observado gracias a la
acción misteriosa del Espíritu que, soplando donde quiere (cf. Jn 3, 8),
alcanza y compromete a cada hombre que vive en este mundo.
Por tanto, lo que todos debemos asegurar a nuestro prójimo
es un servicio de amor, para que siempre se defienda y promueva su vida,
especialmente cuando es más débil o está amenazada. Es una exigencia no sólo
personal sino también social, que todos debemos cultivar, poniendo el respeto
incondicional de la vida humana como fundamento de una sociedad renovada.
Se nos pide amar y respetar la vida de cada hombre y de cada
mujer y trabajar con constancia y valor, para que se instaure finalmente en
nuestro tiempo, marcado por tantos signos de muerte, una cultura nueva de la
vida, fruto de la cultura de la verdad y del amor.
CAPÍTULO IV
A MÍ ME LO HICISTEIS
Por una nueva cultura de la vida humana
«Vosotros sois el pueblo adquirido por Dios para anunciar sus alabanzas» (cf.
1 P. 2, 9): el pueblo de la vida y para la vida
78. La Iglesia ha recibido el Evangelio como anuncio y fuente
de gozo y salvación. Lo ha recibido como don de Jesús, enviado del Padre
«para anunciar a los pobres la Buena Nueva»(Lc 4, 18). Lo ha recibido a
través de los Apóstoles, enviados por El a todo el mundo (cf. Mc 16, 15; Mt
28, 19-20). La Iglesia, nacida de esta acción evangelizadora, siente resonar en
sí misma cada día la exclamación del Apóstol:«¡Ay de mí si no predicara
el Evangelio!»(1 Cor 9, 16). En efecto, «evangelizar-como escribía Pablo VI-
constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más
profunda. Ella existe para evangelizar».
La evangelización es una acción global y dinámica, que
compromete a la Iglesia a participar en la misión profética, sacerdotal y real
del Señor Jesús. Por tanto, conlleva inseparablemente las dimensiones del
anuncio, de la celebración y del servicio de la caridad. Es un acto
profundamente eclesial, que exige la cooperación de todos los operarios del
Evangelio, cada uno según su propio carisma y ministerio.
Así sucede también cuando se trata de anunciar el Evangelio
de la vida, parte integrante del Evangelio que es Jesucristo. Nosotros estamos
al servicio de este Evangelio, apoyados por la certeza de haberlo recibido como
don y de haber sido enviados a proclamarlo a toda la humanidad «hasta los
confines de la tierra»(Hch 1, 8). Mantengamos, por ello, la conciencia humilde
y agradecida de ser el pueblo de la vida y para la vida y presentémonos de este
modo ante todos.
79. Somos el pueblo de la vida porque Dios, en su amor
gratuito, nos ha dado el Evangelio de la vida y hemos sido transformados y
salvados por este mismo Evangelio. Hemos sido redimidos por el «autor de la
vida»(Hch 3, 15) a precio de su preciosa sangre (cf. 1 Cor 6, 20; 7, 23; 1 P 1,
19) y mediante el baño bautismal hemos sido injertados en El (cf. Rom 6, 4-5;
Col 2, 12), como ramas que reciben savia y fecundidad del árbol único (cf. Jn
15, 5). Renovados interiormente por la gracia del Espíritu,«que es Señor y da
la vida», hemos llegado a ser un pueblo para la vida y estamos llamados a
comportarnos como tal.
Somos enviados: estar al servicio de la vida no es para
nosotros una vanagloria, sino un deber, que nace de la conciencia de ser el
pueblo adquirido por Dios para anunciar sus alabanzas (cf. 1 P 2, 9). En nuestro
camino nos guía y sostiene la ley del amor: el amor cuya fuente y modelo es el
Hijo de Dios hecho hombre, que «muriendo ha dado la vida al mundo».
Somos enviados como pueblo. El compromiso al servicio de la
vida obliga a todos y cada uno. Es una responsabilidad propiamente «eclesial»,
que exige la acción concertada y generosa de todos los miembros y de todas las
estructuras de la comunidad cristiana. Sin embargo, la misión comunitaria no
elimina ni disminuye la responsabilidad de cada persona, a la cual se dirige el
mandato del Señor de «hacerse prójimo» de cada hombre:«Vete y haz tú lo
mismo»(Lc 10, 37).
Todos juntos sentimos el deber de anunciar el Evangelio de la
vida, de celebrarlo en la liturgia y en toda la existencia, de servirlo con las
diversas iniciativas y estructuras de apoyo y promoción.
«Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos» (1 Jn. 1,
3): anunciar el Evangelio de la vida
80.«Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído,
lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras
manos acerca de la Palabra de la vida... os lo anunciamos, para que también
vosotros estéis en comunión con nosotros»(1 Jn 1, 1. 3). Jesús es el único
Evangelio: no tenemos otra cosa que decir y testimoniar.
Precisamente el anuncio de Jesús es anuncio de la vida. En
efecto, El es «la Palabra de vida»(1 Jn 1, 1). En El «la vida se
manifestó»(1 Jn 1, 2); más aún, él mismo es «la vida eterna, que estaba
vuelta hacia el Padre y que se nos manifestó»(ibid.). Esta misma vida, gracias
al don del Espíritu, ha sido comunicada al hombre. La vida terrena de cada uno,
ordenada a la vida en plenitud, a la «vida eterna», adquiere también pleno
sentido.
Iluminados por este Evangelio de la vida, sentimos la
necesidad de proclamarlo y testimoniarlo por la novedad sorprendente que lo
caracteriza. Este Evangelio, al identificarse con el mismo Jesús, portador de
toda novedad y vencedor de la «vejez» causada por el pecado y que lleva a la
muerte, supera toda expectativa del hombre y descubre la sublime altura a la
que, por gracia, es elevada la dignidad de la persona. Así la contempla san
Gregorio de Nisa:«el hombre que, entre los seres, no cuenta nada, que es polvo,
hierba, vanidad, cuando es adoptado por el Dios del universo como hijo, llega a
ser familiar de este Ser, cuya excelencia y grandeza nadie puede ver, escuchar y
comprender.¿Con qué palabra, pensamiento o impulso del espíritu se podrá
exaltar la sobreabundancia de esta gracia? El hombre sobrepasa su naturaleza: de
mortal se hace inmortal, de perecedero imperecedero, de efímero eterno, de
hombre se hace dios»,
El agradecimiento y la alegría por la dignidad
inconmensurable del hombre nos mueve a hacer a todos partícipes de este
mensaje:«Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también
vosotros estéis en comunión con nosotros»(1 Jn 1, 3). Es necesario hacer
llegar el Evangelio de la vida al corazón de cada hombre y mujer e introducirlo
en lo más recóndito de toda la sociedad.
81. Ante todo se trata de anunciar el núcleo de este
Evangelio. Es anuncio de un Dios vivo y cercano, que nos llama a una profunda
comunión con El y nos abre a la esperanza segura de la vida eterna; es
afirmación del vínculo indivisible que fluye entre la persona, su vida y su
corporeidad; es presentación de la vida humana como vida de relación, don de
Dios, fruto y signo de su amor; es proclamación de la extraordinaria relación
de Jesús con cada hombre, que permite reconocer en cada rostro humano el rostro
de Cristo; es manifestación del «don sincero de sí mismo» como tarea y lugar
de realización plena de la propia libertad.
Al mismo tiempo, se trata se señalar todas las consecuencias
de este mismo Evangelio, que se pueden resumir así: la vida humana, don
precioso de Dios, es sagrada e inviolable, y por esto, en particular, son
absolutamente inaceptables el aborto procurado y la eutanasia; la vida del
hombre no sólo no debe ser suprimida, sino que debe ser protegida con todo
cuidado amoroso; la vida encuentra su sentido en el amor recibido y dado, en
cuyo horizonte hallan su plena verdad la sexualidad y la procreación humana; en
este amor incluso el sufrimiento y la muerte tienen un sentido y, aun
permaneciendo el misterio que los envuelve, pueden llegar a ser acontecimientos
de salvación; el respeto de la vida exige que la ciencia y la técnica estén
siempre ordenadas al hombre y a su desarrollo integral; toda la sociedad debe
respetar, defender y promover la dignidad de cada persona humana, en todo
momento y condición de su vida.
82. Para ser verdaderamente un pueblo al servicio de la vida
debemos, con constancia y valentía, proponer estos contenidos desde el primer
anuncio del Evangelio y, posteriormente, en la catequesis y en las diversas
formas de predicación, en el diálogo personal y en cada actividad educativa. A
los educadores, profesores, catequistas y teólogos corresponde la tarea de
poner de relieve las razones antropológicas que fundamentan y sostienen el
respeto de cada vida humana. De este modo, haciendo resplandecer la novedad
original del Evangelio de la vida, podremos ayudar a todos a descubrir, también
a la luz de la razón y de la experiencia, cómo el mensaje cristiano ilumina
plenamente el hombre y el significado de su ser y de su existencia; hallaremos
preciosos puntos de encuentro y de diálogo incluso con los no creyentes,
comprometidos todos juntos en hacer surgir una nueva cultura de la vida.
En medio de las voces más dispares, cuando muchos rechazan
la sana doctrina sobre la vida del hombre, sentimos como dirigida también a
nosotros la exhortación de Pablo a Timoteo:«Proclama la Palabra, insiste a
tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y
doctrina»(2 Tm 4, 2). Esta exhortación debe encontrar un fuerte eco en el
corazón de cuantos, en la Iglesia, participan más directamente, con diverso
título, en su misión de «maestra» de la verdad. Que resuene ante todo para
nosotros Obispos: somos los primeros a quienes se pide ser anunciadores
incansables del Evangelio de la vida, a nosotros se nos confía también la
misión de vigilar sobre la trasmisión íntegra y fiel de la enseñanza
propuesta en esta Encíclica y adoptar las medidas más oportunas para que los
fieles sean preservados de toda doctrina contraria a la misma. Debemos poner una
atención especial para que en las facultades teológicas, en los seminarios y
en las diversas instituciones católicas se difunda, se ilustre y se profundice
el conocimiento de la sana doctrina. Que la exhortación de Pablo resuene para
todos los teólogos, para los pastores y para todos los que desarrollan tareas
de enseñanza, catequesis y formación de las conciencias: conscientes del papel
que les pertenece, no asuman nunca la grave responsabilidad de traicionar la
verdad y su misma misión exponiendo ideas personales contrarias al Evangelio de
la vida como lo propone e interpreta fielmente el Magisterio.
Al anunciar este Evangelio, no debemos temer la hostilidad y
la impopularidad, rechazando todo compromiso y ambigüedad que nos conformaría
a la mentalidad de este mundo (cf. Rom 12, 2). Debemos estar en el mundo, pero
no ser del mundo(cf. Jn 15, 19; 17, 16), con la fuerza que nos viene de Cristo,
que con su muerte y resurrección ha vencido el mundo (cf. Jn 16, 33).
«Te doy gracias por tantas maravillas: prodigio de soy»
(Sal 139/138, 14): celebrar el Evangelio de la vida
83. Enviados al mundo como «pueblo para la vida», nuestro
anuncio debe ser también una celebración verdadera y genuina del Evangelio de
la vida. Más aún, esta celebración, con la fuerza evocadora de sus gestos,
símbolos y ritos, debe convertirse en lugar precioso y significativo para
transmitir la belleza y grandeza de este Evangelio.
Con este fin, urge ante todo cultivar, en nosotros y en los
demás, una mirada contemplativa. Esta nace de la fe en el Dios de la vida, que
ha creado a cada hombre haciéndolo como un prodigio (cf. Sal 139/ 138, 14). Es
la mirada de quien ve la vida en su profundidad, percibiendo sus dimensiones de
gratuidad, belleza, invitación a la libertad y a la responsabilidad. Es la
mirada de quien no pretende apoderarse de la realidad, sino que la acoge como un
don, descubriendo en cada cosa el reflejo del Creador y en cada persona su
imagen viviente (cf. Gén 1, 27; Sal 8, 6). Esta mirada no se rinde desconfiada
ante quien está enfermo, sufriendo, marginado o a las puertas de la muerte;
sino que se deja interpelar por todas estas situaciones para buscar un sentido
y, precisamente en estas circunstancias, encuentra en el rostro de cada persona
una llamada a la mutua consideración, al diálogo y a la solidaridad.
Es el momento de asumir todos esta mirada, volviendo a ser
capaces, con el ánimo lleno de religiosa admiración, de venerar y respetar a
todo hombre, como nos invitaba a hacer Pablo VI en uno de sus primeros mensajes
de Navidad. El pueblo nuevo de los redimidos, animado por esta mirada
contemplativa, prorrumpe en himnos de alegría, alabanza y agradecimiento por el
don inestimable de la vida, por el misterio de la llamada de todo hombre a
participar en Cristo de la vida de gracia, y a una existencia de comunión sin
fin con Dios Creador y Padre.
84. Celebrar el Evangelio de la vida significa celebrar el
Dios de la vida, el Dios que da la vida:«Celebremos ahora la Vida eterna,
fuente de toda vida. Desde ella y por ella se extiende a todos los seres que de
algún modo participan de la vida, y de modo conveniente a cada uno de ellos. La
Vida divina es por sí vivificadora y creadora de la vida. Toda vida y toda
moción vital proceden de la Vida, que está sobre toda vida y sobre el
principio de ella. De esta Vida les viene a las almas el ser inmortales, y
gracias a ella vive todo ser viviente, plantas y animales hasta el grado ínfimo
de vida. Además, da a los hombres, a pesar de ser compuestos, una vida similar,
en lo posible, a la de los ángeles. Por la abundancia de su bondad, a nosotros,
que estamos separados, nos atrae y dirige. Y lo que es todavía más
maravilloso: promete que nos trasladará íntegramente, es decir, en alma y
cuerpo, a la vida perfecta e inmortal. No basta decir que esta Vida está
viviente, que es Principio de vida, Causa y Fundamento único de la vida.
Conviene, pues, a toda vida el contemplarla y alabarla: es Vida que vivifica
toda vida».
Como el Salmista también nosotros, en la oración cotidiana,
individual y comunitaria, alabamos y bendecimos a Dios nuestro Padre, que nos ha
tejido en el seno materno y nos ha visto y amado cuando todavía éramos
informes (cf. Sal 139/ 138, 13. 15-16), y exclamamos con incontenible
alegría:«Yo te doy gracias por tantas maravillas: prodigio soy, prodigios son
tus obras. Mi alma conocías cabalmente»(Sal 139/ 138, 14). Sí,«esta vida
mortal, a pesar de sus tribulaciones, de sus oscuros misterios, sus
sufrimientos, su fatal caducidad, es un hecho bellísimo, un prodigio siempre
original y conmovedor, un acontecimiento digno de ser cantado con júbilo y
gloria». Más aún, el hombre y su vida no se nos presentan sólo como uno de
los prodigios más grandes de la creación: Dios ha dado al hombre una dignidad
casi divina (cf. Sal 8, 6-7). En cada niño que nace y en cada hombre que vive y
que muere reconocemos la imagen de la gloria de Dios, gloria que celebramos en
cada hombre, signo del Dios vivo, icono de Jesucristo.
Estamos llamados a expresar admiración y gratitud por la
vida recibida como don, y a acoger, gustar y comunicar el Evangelio de la vida
no sólo con la oración personal y comunitaria, sino sobre todo con las
celebraciones del año litúrgico. Se deben recordar aquí particularmente los
Sacramentos, signos eficaces de la presencia y de la acción salvífica del
Señor Jesús en la existencia cristiana. Ellos hacen a los hombres partícipes
de la vida divina, asegurándoles la energía espiritual necesaria para realizar
verdaderamente el significado de vivir, sufrir y morir. Gracias a un nuevo y
genuino descubrimiento del significado de los ritos y a su adecuada valoración,
las celebraciones litúrgicas, sobre todo las sacramentales, serán cada vez
más capaces de expresar la verdad plena sobre el nacimiento, la vida, el
sufrimiento y la muerte, ayudando a vivir estas realidades como participación
en el misterio pascual de Cristo muerto y resucitado.
85. En la celebración del Evangelio de la vida es preciso
saber apreciar y valorar también los gestos y los símbolos, de los que son
ricas las diversas tradiciones y costumbres culturales y populares. Son momentos
y formas de encuentro con las que, en los diversos Países y culturas, se
manifiestan el gozo por una vida que nace, el respeto y la defensa de toda
existencia humana, el cuidado del que sufre o está necesitado, la cercanía al
anciano o al moribundo, la participación del dolor de quien está de luto, la
esperanza y el deseo de inmortalidad.
En esta perspectiva, acogiendo también la sugerencia de los
Cardenales en el Consistorio de 1991, propongo que se celebre cada año en las
distintas Naciones una Jornada por la Vida, como ya tiene lugar por iniciativa
de algunas Conferencias Episcopales. Es necesario que esta Jornada se prepare y
se celebre con la participación activa de todos los miembros de la Iglesia
local. Su fin fundamental es suscitar en las conciencias, en las familias, en la
Iglesia y en la sociedad civil, el reconocimiento del sentido y del valor de la
vida humana en todos sus momentos y condiciones, centrando particularmente la
atención sobre la gravedad del aborto y de la eutanasia, sin olvidar tampoco
los demás momentos y aspectos de la vida, que merecen ser objeto de atenta
consideración, según sugiera la evolución de la situación histórica.
86. Respecto al culto espiritual agradable a Dios (cf. Rom
12, 1), la celebración del Evangelio de la vida debe realizarse sobre todo en
la existencia cotidiana, vivida en el amor por los demás y en la entrega de uno
mismo. Así, toda nuestra existencia se hará acogida auténtica y responsable
del don de la vida y alabanza sincera y reconocida a Dios que nos ha hecho este
don. Es lo que ya sucede en tantísimos gestos de entrega, con frecuencia
humilde y escondida, realizados por hombres y mujeres, niños y adultos,
jóvenes y ancianos, sanos y enfermos.
En este contexto, rico en humanidad y amor, es donde surgen
también los gestos heroicos. Estos son la celebración más solemne del
Evangelio de la vida, porque lo proclaman con la entrega total de sí: mismos;
son la elocuente manifestación del grado más elevado del amor, que es dar la
vida por la persona amada (cf. Jn 15, 13); son la participación en el misterio
de la Cruz, en la que Jesús revela cuánto vale para El la vida de cada hombre
y cómo ésta se realiza plenamente en la entrega sincera de sí mismo. Más
allá de casos clamorosos, está el heroísmo cotidiano, hecho de pequeños o
grandes gestos de solidaridad que alimentan una auténtica cultura de la vida.
Entre ellos merece especial reconocimiento la donación de órganos, realizada
según criterios éticamente aceptables, para ofrecer una posibilidad de
curación e incluso de vida, a enfermos tal vez sin esperanzas.
A este heroísmo cotidiano pertenece el testimonio
silencioso, pero a la vez fecundo y elocuente, de «todas las madres valientes,
que se dedican sin reservas a su familia, que sufren al dar a luz a sus hijos, y
luego están dispuestas a soportar cualquier esfuerzo, a afrontar cualquier
sacrificio, para transmitirles lo mejor de sí mismas». Al desarrollar su
misión «no siempre estas madres heroicas encuentran apoyo en su ambiente. Es
más, los modelos de civilización, a menudo promovidos y propagados por los
medios de comunicación, no favorecen la maternidad. En nombre del progreso y la
modernidad, se presentan como superados ya los valores de la fidelidad, la
castidad y el sacrificio, en los que se han distinguido y siguen
distinguiéndose innumerables esposas y madres cristianas... Os damos las
gracias, madres heroicas, por vuestro amor invencible. Os damos las gracias por
la intrépida confianza en Dios y en su amor. Os damos las gracias por el
sacrificio de vuestra vida... Cristo, en el misterio pascual, os devuelve el don
que le habéis hecho, pues tiene el poder de devolveros la vida que le habéis
dado como ofrenda».
«¿De que sirve hermanos míos, que alguien diga:
"Tengo fe", si no tiene obras?» (St. 2, 14): servir el Evangelio de
la vida
87. En virtud de la participación en la misión real de
Cristo, el apoyo y la promoción de la vida humana deben realizarse mediante el
servicio de la caridad, que se manifiesta en el testimonio personal, en las
diversas formas de voluntariado, en la animación social y en el compromiso
político. Esta es una exigencia particularmente apremiante en el momento
actual, en que la «cultura de la muerte» se contrapone tan fuertemente a la
«cultura de la vida» y con frecuencia parece que la supera. Sin embargo, es
ante todo una exigencia que nace de la «fe que actúa por la caridad»(Gál 5,
6), como nos exhorta la Carta de Santiago:«¿De qué sirve, hermanos míos, que
alguien diga:" Tengo fe", si no tiene obras?¿Acaso podrá salvarle la
fe? Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y
algunos de vosotros les dice:" Idos en paz, calentaos y hartaos", pero
no les dais lo necesario para el cuerpo,¿de qué sirve? Así también la fe, si
no tiene obras, está realmente muerta»(2, 14-17).
En el servicio de la caridad, hay una actitud que debe
animarnos y distinguirnos: hemos de hacernos cargo del otro como persona
confiada por Dios a nuestra responsabilidad. Como discípulos de Jesús, estamos
llamados a hacernos prójimos de cada hombre (cf. Lc 10, 29-37), teniendo una
preferencia especial por quien es más pobre, está sólo y necesitado.
Precisamente mediante la ayuda al hambriento, al sediento, al forastero, al
desnudo, al enfermo, al encarcelado -como también al niño aún no nacido, al
anciano que sufre o cercano a la muerte tenemos la posibilidad de servir a
Jesús, como El mismo dijo:«Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos
más pequeños, a mí me lo hicisteis»(Mt 25, 40). Por eso, nos sentimos
interpelados y juzgados por las palabras siempre actuales de san Juan
Crisóstomo:«? Queréis de verdad honrar el cuerpo de Cristo? No consintáis
que esté desnudo. No le honréis aquí en el templo con vestidos de seda y
fuera le dejéis perecer de frío y desnudez».
El servicio de la caridad a la vida debe ser profundamente
unitario: no se pueden tolerar unilateralismos y discriminaciones, porque la
vida humana es sagrada e inviolable en todas sus fases y situaciones. Es un bien
indivisible. Por tanto, se trata de«hacerse cargo» de toda la vida y de la
vida de todos. Más aún, se trata de llegar a las raíces mismas de la vida y
del amor.
Partiendo precisamente de un amor profundo por cada hombre y
mujer, se ha desarrollado a lo largo de los siglos una extraordinaria historia
de caridad, que ha introducido en la vida eclesial y civil numerosas estructuras
de servicio a la vida, que suscitan la admiración de todo observador sin
prejuicios. Es una historia que cada comunidad cristiana, con nuevo sentido de
responsabilidad, debe continuar escribiendo a través de una acción pastoral y
social múltiple. En este sentido, se deben poner en práctica formas discretas
y eficaces de acompañamiento de la vida naciente, con una especial cercanía a
aquellas madres que, incluso sin el apoyo del padre, no tienen miedo de traer al
mundo su hijo y educarlo. Una atención análoga debe prestarse a la vida que se
encuentra en la marginación o en el sufrimiento, especialmente en sus fases
finales.
88. Todo esto supone una paciente y valiente obra educativa
que apremie a todos y cada uno a hacerse cargo del peso de los demás (cf. Gál
6, 2); exige una continua promoción de vocaciones al servicio, particularmente
entre los jóvenes; implica la realización de proyectos e iniciativas
concretas, estables e inspiradas en el Evangelio.
Múltiples son los medios para valorar con competencia y
serio propósito. Respecto a los inicios de la vida, los centros de métodos
naturales de regulación de la fertilidad han de ser promovidos como una valiosa
ayuda para la paternidad y maternidad responsables, en la que cada persona,
comenzando por el hijo, es reconocida y respetada por sí misma, y cada
decisión es animada y guiada por el criterio de la entrega sincera de sí.
También los consultorios matrimoniales y familiares, mediante su acción
específica de consulta y prevención, desarrollada a la luz de una
antropología coherente con la visión cristiana de la persona, de la pareja y
de la sexualidad, constituyen un servicio precioso para profundizar en el
sentido del amor y de la vida y para sostener y acompañar cada familia en su
misión como «santuario de la vida». Al servicio de la vida naciente están
también los centros de ayuda a la vida y las casas o centros de acogida de la
vida. Gracias a su labor muchas madres solteras y parejas en dificultad hallan
razones y convicciones, y encuentran asistencia y apoyo para superar las
molestias y miedos de acoger una vida naciente o recién dada a luz.
Ante condiciones de dificultad, extravío, enfermedad y
marginación en la vida, otros medios -como las comunidades de recuperación de
drogadictos, las residencias para menores o enfermos mentales, los centros de
atención y acogida para enfermos de SIDA, y las cooperativas de solidaridad
sobre todo para incapacitados- son expresiones elocuentes de lo que la caridad
sabe inventar para dar a cada uno razones nuevas de esperanza y posibilidades
concretas de vida.
Cuando la existencia terrena llega a su fin, de nuevo la
caridad encuentra los medios más oportunos para que los ancianos, especialmente
si no son autosuficientes, y los llamados enfermos terminales puedan gozar de
una asistencia verdaderamente humana y recibir cuidados adecuados a sus
exigencias, en particular a su angustia y soledad. En estos casos es
insustituible el papel de las familias; pero pueden encontrar gran ayuda en las
estructuras sociales de asistencia y, si es necesario, recurriendo a los
cuidados paliativos, utilizando los adecuados servicios sanitarios y sociales,
presentes tanto en los centros de hospitalización y tratamiento públicos como
a domicilio.
En particular, se debe revisar la función de los hospitales,
de las clínicas y de las casas de salud: su verdadera identidad no es sólo la
de estructuras en las que se atiende a los enfermos y moribundos, sino ante todo
la de ambientes en los que el sufrimiento, el dolor y la muerte son considerados
e interpretados en su significado humano y específicamente cristiano. De modo
especial esta identidad debe ser clara y eficaz en los institutos regidos por
religiosos o relacionados de alguna manera con la Iglesia.
89. Estas estructuras y centros de servicio a la vida, y
todas las demás iniciativas de apoyo y solidaridad que las circunstancias
puedan aconsejar según los casos, tienen necesidad de ser animadas por personas
generosamente disponibles y profundamente conscientes de lo fundamental que es
el Evangelio de la vida para el bien del individuo y de la sociedad.
Es peculiar la responsabilidad confiada a todo el personal
sanitario: médicos, farmacéuticos, enfermeros, capellanes, religiosos y
religiosas, personal administrativo y voluntarios. Su profesión les exige ser
custodios y servidores de la vida humana. En el contexto cultural y social
actual, en que la ciencia y la medicina corren el riesgo de perder su dimensión
ética original, ellos pueden estar a veces fuertemente tentados de convertirse
en manipuladores de la vida o incluso en agentes de muerte. Ante esta
tentación, su responsabilidad ha crecido hoy enormemente y encuentra su
inspiración más profunda y su apoyo más fuerte precisamente en la intrínseca
e imprescindible dimensión ética de la profesión sanitaria, como ya
reconocía el antiguo y siempre actual juramento de Hipócrates, según el cual
se exige a cada médico el compromiso de respetar absolutamente la vida humana y
su carácter sagrado.
El respeto absoluto de toda vida humana inocente exige
también ejercer la objeción de conciencia ante el aborto procurado y la
eutanasia. El «hacer morir» nunca puede considerarse un tratamiento médico,
ni siquiera cuando la intención fuera sólo la de secundar una petición del
paciente: es más bien la negación de la profesión sanitaria que debe ser un
apasionado y tenaz «sí» a la vida. También la investigación biomédica,
campo fascinante y prometedor de nuevos y grandes beneficios para la humanidad,
debe rechazar siempre los experimentos, descubrimientos o aplicaciones que, al
ignorar la dignidad inviolable del ser humano, dejan de estar al servicio de los
hombre y se transforman en realidades que, aparentando socorrerlos, los oprimen.
90. Un papel específico están llamadas a desempeñar las
personas comprometidas en el voluntariado: ofrecen una aportación preciosa al
servicio de la vida, cuando saben conjugar la capacidad profesional con el amor
generoso y gratuito. El Evangelio de la vida las mueve a elevar los sentimientos
de simple filantropía a la altura de la caridad de Cristo; a reconquistar cada
día, entre fatigas y cansancios, la conciencia de la dignidad de cada hombre; a
salir al encuentro de las necesidades de las personas iniciando -si es preciso-
nuevos caminos allí donde más urgentes son las necesidades y más escasas las
atenciones y el apoyo.
El realismo tenaz de la caridad exige que al Evangelio de la
vida se le sirva también mediante formas de animación social y de compromiso
político, defendiendo y proponiendo el valor de la vida en nuestras sociedades
cada vez más complejas y pluralistas. Los individuos, las familias, los grupos
y las asociaciones tienen una responsabilidad, aunque a título y en modos
diversos, en la animación social y en la elaboración de proyectos culturales,
económicos, políticos y legislativos que, respetando a todos y según la
lógica de la convivencia democrática, contribuyan a edificar una sociedad en
la que se reconozca y tutele la dignidad de cada persona, y se defienda y
promueva la vida de todos.
Esta tarea corresponde en particular a los responsables de la
vida pública. Llamados a servir al hombre y al bien común, tienen el deber de
tomar decisiones valientes en favor de la vida, especialmente en el campo de las
disposiciones legislativas. En un régimen democrático, donde las leyes y
decisiones se adoptan sobre la base del consenso de muchos, puede atenuarse el
sentido de la responsabilidad personal en la conciencia de los individuos
investidos de autoridad. Pero nadie puede abdicar jamás de esta
responsabilidad, sobre todo cuando se tiene un mandato legislativo o ejecutivo,
que llama a responder ante Dios, ante la propia conciencia y ante la sociedad
entera de decisiones eventualmente contrarias al verdadero bien común. Si las
leyes no son el único instrumento para defender la vida humana, sin embargo
desempeñan un papel muy importante y a veces determinante en la promoción de
una mentalidad y de unas costumbres. Repito una vez más que una norma que viola
el derecho natural a la vida de un inocente es injusta y, como tal, no puede
tener valor de ley. Por eso renuevo con fuerza mi llamada a todos los políticos
para que no promulguen leyes que, ignorando la dignidad de la persona, minen las
raíces de la misma convivencia ciudadana.
La Iglesia sabe que, en el contexto de las democracias
pluralistas, es difícil realizar una eficaz defensa legal de la vida por la
presencia de fuertes corrientes culturales de diversa orientación. Sin embargo,
movida por la certeza de que la verdad moral encuentra un eco en la intimidad de
cada conciencia, anima a los políticos, comenzando por los cristianos, a no
resignarse y a adoptar aquellas decisiones que, teniendo en cuenta las
posibilidades concretas, lleven a restablecer un orden justo en la afirmación y
promoción del valor de la vida. En esta perspectiva, es necesario poner de
relieve que no basta con eliminar las leyes inicuas. Hay que eliminar las causas
que favorecen los atentados contra la vida, asegurando sobre todo el apoyo
debido a la familia y a la maternidad: la política familiar debe ser eje y
motor de todas las políticas sociales. Por tanto, es necesario promover
iniciativas sociales y legislativas capaces de garantizar condiciones de
auténtica libertad en la decisión sobre la paternidad y la maternidad;
además, es necesario replantear las políticas laborales, urbanísticas, de
vivienda y de servicios para que se puedan conciliar entre sí los horarios de
trabajo y los de la familia, y sea efectivamente posible la atención a los
niños y a los ancianos.
91. La problemática demográfica constituye hoy un capítulo
importante de la política sobre la vida. Las autoridades públicas tienen
ciertamente la responsabilidad de «intervenir para orientar la demografía de
la población»; pero estas iniciativas deben siempre presuponer y respetar la
responsabilidad primaria e inalienable de los esposos y de las familias, y no
pueden recurrir a métodos no respetuosos de la persona y de sus derechos
fundamentales, comenzando por el derecho a la vida de todo ser humano inocente.
Por tanto, es moralmente inaceptable que, para regular la natalidad, se
favorezca o se imponga el uso de medios como la anticoncepción, la
esterilización y el aborto.
Los caminos para resolver el problema demográfico son otros:
los Gobiernos y las distintas instituciones internacionales deben mirar ante
todo a la creación de las condiciones económicas, sociales, médico-sanitarias
y culturales que permitan a los esposos tomar sus opciones procreativas con
plena libertad y con verdadera responsabilidad; deben además esforzarse en
«aumentar los medios y distribuir con mayor justicia la riqueza para que todos
puedan participar equitativamente de los bienes de la creación. Hay que buscar
soluciones a nivel mundial, instaurando una verdadera economía de comunión y
de participación de bienes, tanto en el orden internacional como nacional».
Este es el único camino que respeta la dignidad de las personas y de las
familias, además de ser el auténtico patrimonio cultural de los pueblos.
El servicio al Evangelio de la vida es, pues, vasto y
complejo. Se nos presenta cada vez más como un ámbito privilegiado y favorable
para una colaboración activa con los hermanos de las otras Iglesias y
Comunidades eclesiales, en la línea de aquel ecumenismo de las obras que el
Concilio Vaticano II autorizadamente impulsó. Además, se presenta como espacio
providencial para el diálogo y la colaboración con los fieles de otras
religiones y con todos los hombres de buena voluntad: la defensa y la promoción
de la vida no son monopolio de nadie, sino deber y responsabilidad de todos. El
desafío que tenemos ante nosotros, a las puertas del tercer milenio, es arduo.
Sólo la cooperación concorde de cuantos creen en el valor de la vida podrá
evitar una derrota de la civilización de consecuencias imprevisibles.
«La herencia del Señor son los hijos, recompensa el
fruto de las entrañas» (Sal. 127/126, 3): la familia «santuario de la vida»
92. Dentro del «pueblo de la vida y para la vida», es
decisiva la responsabilidad de la familia: es una responsabilidad que brota de
su propia naturaleza -la de ser comunidad de vida y de amor, fundada sobre el
matrimonio- y de su misión de «custodiar, revelar y comunicar el amor». Se
trata del amor mismo de Dios, cuyos colaboradores y como intérpretes en la
transmisión de la vida y en su educación según el designio del Padre son los
padres. Es, pues, el amor que se hace gratuidad, acogida, entrega: en la familia
cada uno es reconocido, respetado y honrado por ser persona y, si hay alguno
más necesitado, la atención hacia él es más intensa y viva.
La familia está llamada a esto a lo largo de la vida de sus
miembros, desde el nacimiento hasta la muerte. La familia es verdaderamente «el
santuario de la vida..., el ámbito donde la vida, don de Dios, puede ser
acogida y protegida de manera adecuada contra los múltiples ataques a que está
expuesta, y puede desarrollarse según las exigencias de un auténtico
crecimiento humano». Por esto, el papel de la familia en la edificación de la
cultura de la vida es determinante e insustituible.
Como iglesia doméstica, la familia está llamada a anunciar,
celebrar y servir el Evangelio de la vida. Es una tarea que corresponde
principalmente a los esposos, llamados a transmitir la vida, siendo cada vez
más conscientes del significado de la procreación, como acontecimiento
privilegiado en el cual se manifiesta que la vida humana es un don recibido para
ser a su vez dado. En la procreación de una nueva vida los padres descubren que
el hijo,«si es fruto de su recíproca donación de amor, es a su vez un don
para ambos: un don que brota del don».
Es principalmente mediante la educación de los hijos como la
familia cumple su misión de anunciar el Evangelio de la vida. Con la palabra y
el ejemplo, en las relaciones y decisiones cotidianas, y mediante gestos y
expresiones concretas, los padres inician a sus hijos en la auténtica libertad,
que se realiza en la entrega sincera de sí, y cultivan en ellos el respeto del
otro, el sentido de la justicia, la acogida cordial, el diálogo, el servicio
generoso, la solidaridad y los demás valores que ayudan a vivir la vida como un
don. La tarea educadora de los padres cristianos debe ser un servicio a la fe de
los hijos y una ayuda para que ellos cumplan la vocación recibida de Dios.
Pertenece a la misión educativa de los padres enseñar y testimoniar a los
hijos el sentido verdadero del sufrimiento y de la muerte. Lo podrán hacer si
saben estar atentos a cada sufrimiento que encuentren a su alrededor y,
principalmente, si saben desarrollar actitudes de cercanía, asistencia y
participación hacia los enfermos y ancianos dentro del ámbito familiar.
93. Además, la familia celebra el Evangelio de la vida con
la oración cotidiana, individual y familiar: con ella alaba y da gracias al
Señor por el don de la vida e implora luz y fuerza para afrontar los momentos
de dificultad y de sufrimiento, sin perder nunca la esperanza. Pero la
celebración que da significado a cualquier otra forma de oración y de culto es
la que se expresa en la vida cotidiana de la familia, si es una vida hecha de
amor y entrega.
De este modo la celebración se transforma en un servicio al
Evangelio de la vida, que se expresa por medio de la solidaridad, experimentada
dentro y alrededor de la familia como atención solícita, vigilante y cordial
en las pequeñas y humildes cosas de cada día. Una expresión particularmente
significativa de solidaridad entre las familias es la disponibilidad a la
adopción o a la acogida temporal de niños abandonados por sus padres o en
situaciones de grave dificultad. El verdadero amor paterno y materno va más
allá de los vínculos de carne y sangre acogiendo incluso a niños de otras
familias, ofreciéndoles todo lo necesario para su vida y pleno desarrollo.
Entre las formas de adopción, merece ser considerada también la adopción a
distancia, preferible en los casos en los que el abandono tiene como único
motivo las condiciones de grave pobreza de una familia. En efecto, con esta
forma de adopción se ofrecen a los padres las ayudas necesarias para mantener y
educar a los propios hijos, sin tener que desarraigarlos de su ambiente natural.
La solidaridad, entendida como «determinación firme y
perseverante de empeñarse por el bien común», requiere también ser llevada a
cabo mediante formas de participación social y política. En consecuencia,
servir el Evangelio de la vida su pone que las familias, participando
especialmente en asociaciones familiares, trabajen para que las leyes e
instituciones del Estado no violen de ningún modo el derecho a la vida, desde
la concepción hasta la muerte natural, sino que la defiendan y promuevan.
94. Una atención particular debe prestarse a los ancianos.
Mientras en algunas culturas las personas de edad más avanzada permanecen
dentro de la familia con un papel activo importante, por el contrario, en otras
culturas el viejo es considerado como un peso inútil y es abandonado a su
propia suerte. En semejante situación puede surgir con mayor facilidad la
tentación de recurrir a la eutanasia.
La marginación o incluso el rechazo de los ancianos son
intolerables. Su presencia en la familia o al menos la cercanía de la misma a
ellos, cuando no sea posible por la estrechez de la vivienda u otros motivos,
son de importancia fundamental para crear un clima de intercambio recíproco y
de comunicación enriquecedora entre las distintas generaciones. Por ello, es
importante que se conserve, o se restablezca donde se ha perdido, una especie de
«pacto» entre las generaciones, de modo que los padres ancianos, llegados al
término de su camino, puedan encontrar en sus hijos la acogida y la solidaridad
que ellos les dieron cuando nacieron: lo exige la obediencia al mandamiento
divino de honrar al padre y a la madre (cf. Ex 20, 12; Lv 19, 3). Pero hay algo
más. El anciano no se debe considerar sólo como objeto de atención, cercanía
y servicio. También él tiene que ofrecer una valiosa aportación al Evangelio
de la vida. Gracias al rico patrimonio de experiencias adquirido a lo largo de
los años, puede y debe ser transmisor de sabiduría, testigo de esperanza y de
caridad.
Si es cierto que «el futuro de la humanidad se fragua en la
familia», se debe reconocer que las actuales condiciones sociales, económicas
y culturales hacen con frecuencia más ardua y difícil la misión de la familia
al servicio de la vida. Para que pueda realizar su vocación de «santuario de
la vida», como célula de una sociedad que ama y acoge la vida, es necesario y
urgente que la familia misma sea ayudada y apoyada. Las sociedades y los Estados
deben asegurarle todo el apoyo, incluso económico, que es necesario para que
las familias puedan responder de un modo más humano a sus propios problemas.
Por su parte, la Iglesia debe promover incansablemente una pastoral familiar que
ayude a cada familia a redescubrir y vivir con alegría y valor su misión en
relación con el Evangelio de la vida.
«Vivid como hijos de la luz» (Ef. 5, 8): para realizar
un cambio cultural
95.«Vivid como hijos de la luz... Examinad qué es lo que
agrada al Señor, y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas»
(Ef 5, 8. 10-11). En el contexto social actual, marcado por una lucha dramática
entre la «cultura de la vida» y la «cultura de la muerte», debe madurar un
fuerte sentido crítico, capaz de discernir los verdaderos valores y las
auténticas exigencias.
Es urgente una movilización general de las conciencias y un
común esfuerzo ético, para poner en práctica una gran estrategia en favor de
la vida. Todos juntos debemos construir una nueva cultura de la vida: nueva,
para que sea capaz de afrontar y resolver los problemas propios de hoy sobre la
vida del hombre; nueva, para que sea asumida con una convicción más firme y
activa por todos los cristianos; nueva, para que pueda suscitar un encuentro
cultural serio y valiente con todos. La urgencia de este cambio cultural está
relacionada con la situación histórica que estamos atravesando, pero tiene su
raíz en la misma misión evangelizadora, propia de la Iglesia. En efecto, el
Evangelio pretende «transformar desde dentro, renovar la misma humanidad»; es
como la levadura que fermenta toda la masa (cf. Mt 13, 33) y, como tal, está
destinado a impregnar todas las culturas y a animarlas desde dentro, para que
expresen la verdad plena sobre el hombre y sobre su vida.
Se debe comenzar por la renovación de la cultura de la vida
dentro de las mismas comunidades cristianas. Muy a menudo los creyentes, incluso
quienes participan activamente en la vida eclesial, caen en una especie de
separación entre la fe cristiana y sus exigencias éticas con respecto a la
vida, llegando así al subjetivismo moral y a ciertos comportamientos
inaceptables. Ante esto debemos preguntarnos, con gran lucidez y valentía, qué
cultura de la vida se difunde hoy entre los cristianos, las familias, los grupos
y las comunidades de nuestras Diócesis. Con la misma claridad y decisión,
debemos determinar qué pasos hemos de dar para servir a la vida según la
plenitud de su verdad. Al mismo tiempo, debemos promover un diálogo serio y
profundo con todos, incluidos los no creyentes, sobre los problemas
fundamentales de la vida humana, tanto en los lugares de elaboración del
pensamiento, como en los diversos ámbitos profesionales y allí donde se
desenvuelve cotidianamente la existencia de cada uno.
96. El primer paso fundamental para realizar este cambio
cultural consiste en la formación de la conciencia moral sobre el valor
inconmensurable e inviolable de toda vida humana. Es de suma importancia
redescubrir el nexo inseparable entre vida y libertad. Son bienes inseparables:
donde se viola uno, el otro acaba también por ser violado. No hay libertad
verdadera donde no se acoge y ama la vida; y no hay vida plena sino en la
libertad. Ambas realidades guardan además una relación innata y peculiar, que
las vincula indisolublemente: la vocación al amor. Este amor, como don sincero
de sí, es el sentido más verdadero de la vida y de la libertad de la persona.
No menos decisivo en la formación de la conciencia es el
descubrimiento del vínculo constitutivo entre la libertad y la verdad. Como he
repetido otras veces, separar la libertad de la verdad objetiva hace imposible
fundamentar los derechos de la persona sobre una sólida base racional y pone
las premisas para que se afirme en la sociedad el arbitrio ingobernable de los
individuos y el totalitarismo del poder público causante de la muerte.
Es esencial pues que el hombre reconozca la evidencia
original de su condición de criatura, que recibe de Dios el ser y la vida como
don y tarea. Sólo admitiendo esta dependencia innata en su ser, el hombre puede
desarrollar plenamente su libertad y su vida y, al mismo tiempo, respetar en
profundidad la vida y libertad de las demás personas. Aquí se manifiesta ante
todo que «el punto central de toda cultura lo ocupa la actitud que el hombre
asume ante el misterio más grande: el misterio de Dios». Cuando se niega a
Dios y se vive como si no existiera, o no se toman en cuenta sus mandamientos,
se acaba fácilmente por negar o comprometer también la dignidad de la persona
humana y el carácter inviolable de su vida.
97. A la formación de la conciencia está vinculada
estrechamente la labor educativa, que ayuda al hombre a ser cada vez más
hombre, lo introduce siempre más profundamente en la verdad, lo orienta hacia
un respeto creciente por la vida, lo forma en las justas relaciones entre las
personas.
En particular, es necesario educar en el valor de la vida
comenzando por sus mismas raíces. Es una ilusión pensar que se puede construir
una verdadera cultura de la vida humana, si no se ayuda a los jóvenes a
comprender y vivir la sexualidad, el amor y toda la existencia según su
verdadero significado y en su íntima correlación. La sexualidad, riqueza de
toda la persona,«manifiesta su significado íntimo al llevar a la persona hacia
el don de sí misma en el amor». La banalización de la sexualidad es uno de
los factores principales que están en la raíz del desprecio por la vida
naciente: sólo un amor verdadero sabe custodiar la vida. Por tanto, no se nos
puede eximir de ofrecer sobre todo a los adolescentes y a los jóvenes la
auténtica educación de la sexualidad y del amor, una educación que implica la
formación de la castidad, como virtud que favorece la madurez de la persona y
la capacita para respetar el significado «esponsal» del cuerpo.
La labor de educación para la vida requiere la formación de
los esposos para la procreación responsable. Esta exige, en su verdadero
significado, que los esposos sean dóciles a la llamada del Señor y actúen
como fieles intérpretes de su designio: esto se realiza abriendo generosamente
la familia a nuevas vidas y, en todo caso, permaneciendo en actitud de apertura
y servicio a la vida incluso cuando, por motivos serios y respetando la ley
moral, los esposos optan por evitar temporalmente o a tiempo indeterminado un
nuevo nacimiento. La ley moral les obliga de todos modos a encauzar las
tendencias del instinto y de las pasiones y a respetar las leyes biológicas
inscritas en sus personas. Precisamente este respeto legitima, al servicio de la
responsabilidad en la procreación, el recurso a los métodos naturales de
regulación de la fertilidad: éstos han sido precisados cada vez mejor desde el
punto de vista científico y ofrecen posibilidades concretas para adoptar
decisiones en armonía con los valores morales. Una consideración honesta de
los resultados alcanzados debería eliminar prejuicios todavía muy difundidos y
convencer a los esposos, y también a los agentes sanitarios y sociales, de la
importancia de una adecuada formación al respecto. La Iglesia está agradecida
a quienes con sacrificio personal y dedicación con frecuencia ignorada trabajan
en la investigación y difusión de estos métodos, promoviendo al mismo tiempo
una educación en los valores morales que su uso supone.
La labor educativa debe tener en cuenta también el
sufrimiento y la muerte. En realidad forman parte de la experiencia humana, y es
vano, además de equivocado, tratar de ocultarlos o descartarlos. Al contrario,
se debe ayudar a cada uno a comprender, en la realidad concreta y difícil, su
misterio profundo. El dolor y el sufrimiento tienen también un sentido y un
valor, cuando se viven en estrecha relación con el amor recibido y entregado.
En este sentido he querido que se celebre cada año la Jornada Mundial del
Enfermo, destacando «el carácter salvífico del ofrecimiento del sacrificio
que, vivido en comunión con Cristo, pertenece a la esencia misma de la
redención». Por otra parte, incluso la muerte es algo más que una aventura
sin esperanza: es la puerta de la existencia que se proyecta hacia la eternidad
y, para quienes la viven en Cristo, es experiencia de participación en su
misterio de muerte y resurrección.
98. En síntesis, podemos decir que el cambio cultural
deseado aquí exige a todos el valor de asumir un nuevo estilo de vida que se
manifieste en poner como fundamento de las decisiones concretas -a nivel
personal, familiar, social e internacional- la justa escala de valores: la
primacía del ser sobre el tener, de la persona sobre las cosas. Este nuevo
estilo de vida implica también pasar de la indiferencia al interés por el otro
y del rechazo a su acogida: los demás no son contrincantes de quienes hay que
defenderse, sino hermanos y hermanas con quienes se ha de ser solidarios; hay
que amarlos por sí mismos; nos enriquecen con su misma presencia.
En la movilización por una nueva cultura de la vida nadie se
debe sentir excluido: todos tienen un papel importante que desempeñar. La
misión de los profesores y de los educadores es, junto con la de las familias,
particularmente importante. De ellos dependerá mucho que los jóvenes, formados
en una auténtica libertad, sepan custodiar interiormente y difundir a su
alrededor ideales verdaderos de vida, y que sepan crecer en el respeto y
servicio a cada persona, en la familia y en la sociedad.
También los intelectuales pueden hacer mucho en la
construcción de una nueva cultura de la vida humana. Una tarea particular
corresponde a los intelectuales católicos, llamados a estar presentes
activamente en los círculos privilegiados de elaboración cultural, en el mundo
de la escuela y de la universidad, en los ambientes de investigación
científica y técnica, en los puntos de creación artística y de la reflexión
humanística. Alimentando su ingenio y su acción en las claras fuentes del
Evangelio, deben entregarse al servicio de una nueva cultura de la vida con
aportaciones serias, documentadas, capaces de ganarse por su valor el respeto e
interés de todos. Precisamente en esta perspectiva he instituido la Pontificia
Academia para la Vida con el fin de «estudiar, informar y formar en lo que
atañe a las principales cuestiones de biomedicina y derecho, relativas a la
promoción y a la defensa de la vida, sobre todo en las que guardan mayor
relación con la moral cristiana y las directrices del Magisterio de la
Iglesia». Una aportación específica deben dar también las Universidades,
particularmente las católicas, y los Centros, Institutos y Comités de
bioética.
Grande y grave es la responsabilidad de los responsables de
los medios de comunicación social llamados a trabajar para que la transmisión
eficaz de los mensajes contribuya a la cultura de la vida. Deben, por tanto,
presentar ejemplos de vida elevados y nobles, dando espacio a testimonios
positivos y a veces heroicos de amor al hombre; proponiendo con gran respeto los
valores de la sexualidad y del amor, sin enmascarar lo que deshonra y envilece
la dignidad del hombre. En la lectura de la realidad, deben negarse a poner de
relieve lo que pueda insinuar o acrecentar sentimientos o actitudes de
indiferencia, desprecio o rechazo ante la vida. En la escrupulosa fidelidad a la
verdad de los hechos, están llamados a conjugar al mismo tiempo la libertad de
información, el respeto a cada persona y un sentido profundo de humanidad.
99. En el cambio cultural en favor de la vida las mujeres
tienen un campo de pensamiento y de acción singular y sin duda determinante:
les corresponde ser promotoras de un «nuevo feminismo» que, sin caer en la
tentación de seguir modelos «machistas», sepa reconocer y expresar el
verdadero espíritu femenino en todas las manifestaciones de la convivencia
ciudadana, trabajando por la superación de toda forma de discriminación, de
violencia y de explotación.
Recordando las palabras del mensaje conclusivo del Concilio
Vaticano II, dirijo también yo a las mujeres una llamada
apremiante:«Reconciliad a los hombres con la vida». Vosotras estáis llamadas
a testimoniar el significado del amor auténtico, de aquel don de uno mismo y de
la acogida del otro que se realizan de modo específico en la relación
conyugal, pero que deben ser el alma de cualquier relación interpersonal. La
experiencia de la maternidad favorece en vosotras una aguda sensibilidad hacia
las demás personas y, al mismo tiempo, os confiere una misión particular:«La
maternidad conlleva una comunión especial con el misterio de la vida que madura
en el seno de la mujer... Este modo único de contacto con el nuevo hombre que
se está formando crea a su vez una actitud hacia el hombre -no sólo hacia el
propio hijo, sino hacia el hombre en general-, que caracteriza profundamente
toda la personalidad de la mujer». En efecto, la madre acoge y lleva consigo a
otro ser, le permite crecer en su seno, le ofrece el espacio necesario,
respetándolo en su alteridad. Así, la mujer percibe y enseña que las
relaciones humanas son auténticas si se abren a la acogida de la otra persona,
reconocida y amada por la dignidad que tiene por el hecho de ser persona y no de
otros factores, como la utilidad, la fuerza, la inteligencia, la belleza o la
salud. Esta es la aportación fundamental que la Iglesia y la humanidad esperan
de las mujeres. Y es la premisa insustituible para un auténtico cambio
cultural.
Una reflexión especial quisiera tener para vosotras, mujeres
que habéis recurrido al aborto. La Iglesia sabe cuántos condicionamientos
pueden haber influido en vuestra decisión, y no duda de que en muchos casos se
ha tratado de una decisión dolorosa e incluso dramática. Probablemente la
herida aún no ha cicatrizado en vuestro interior. Es verdad que lo sucedido fue
y sigue siendo profundamente injusto. Sin embargo, no os dejéis vencer por el
desánimo y no abandonéis la esperanza. Antes bien, comprended lo ocurrido e
interpretadlo en su verdad. Si aún no lo habéis hecho, abríos con humildad y
confianza al arrepentimiento: el Padre de toda misericordia os espera para
ofreceros su perdón y su paz en el sacramento de la Reconciliación. Os daréis
cuenta de que nada está perdido y podréis pedir perdón también a vuestro
hijo que ahora vive en el Señor. Ayudadas por el consejo y la cercanía de
personas amigas y competentes, podréis estar con vuestro doloroso testimonio
entre los defensores más elocuentes del derecho de todos a la vida. Por medio
de vuestro compromiso por la vida, coronado eventualmente con el nacimiento de
nuevas criaturas y expresado con la acogida y la atención hacia quien está
más necesitado de cercanía, seréis artífices de un nuevo modo de mirar la
vida del hombre.
100. En este gran esfuerzo por una nueva cultura de la vida
estamos sostenidos y animados por la confianza de quien sabe que el Evangelio de
la vida, como el Reino de Dios, crece y produce frutos abundantes (cf. Mc 4,
26-29). Es ciertamente enorme la desproporción que existe entre los medios,
numerosos y potentes, con que cuentan quienes trabajan al servicio de la
«cultura de la muerte» y los de que disponen los promotores de una «cultura
de la vida y del amor». Pero nosotros sabemos que podemos confiar en la ayuda
de Dios, para quien nada es imposible (cf. Mt 19, 26).
Con esta profunda certeza, y movido por la firme solicitud
por cada hombre y mujer, repito hoy a todos cuanto he dicho a las familias
comprometidas en sus difíciles tareas en medio de las insidias que las
amenazan: es urgente una gran oración por la vida, que abarque al mundo entero.
Que desde cada comunidad cristiana, desde cada grupo o asociación, desde cada
familia y desde el corazón de cada creyente, con iniciativas extraordinarias y
con la oración habitual, se eleve una súplica apasionada a Dios, Creador y
amante de la vida. Jesús mismo nos ha mostrado con su ejemplo que la oración y
el ayuno son las armas principales y más eficaces contra las fuerzas del mal
(cf. Mt 4, 1-11) y ha enseñado a sus discípulos que algunos demonios sólo se
expulsan de este modo (cf. Mc 9, 29). Por tanto, tengamos la humildad y la
valentía de orar y ayunar para conseguir que la fuerza que viene de lo alto
haga caer los muros del engaño y de la mentira, que esconden a los ojos de
tantos hermanos y hermanas nuestros la naturaleza perversa de comportamientos y
de leyes hostiles a la vida, y abra sus corazones a propósitos e intenciones
inspirados en la civilización de la vida y del amor.
«Os escribimos esto para que nuestro gozo sea completo» (1
Jn. 1, 4): el Evangelio de la vida es para la ciudad de los hombres
101.«Os escribimos esto para que nuestro gozo sea
completo»(1 Jn 1, 4). La revelación del Evangelio de la vida se nos da como un
bien que hay que comunicar a todos: para que todos los hombres estén en
comunión con nosotros y con la Trinidad (cf. 1 Jn 1, 3). No podremos tener
alegría plena si no comunicamos este Evangelio a los demás, si sólo lo
guardamos para nosotros mismos.
El Evangelio de la vida no es exclusivamente para los
creyentes: es para todos. El tema de la vida y de su defensa y promoción no es
prerrogativa única de los cristianos. Aunque de la fe recibe luz y fuerza
extraordinarias, pertenece a toda conciencia humana que aspira a la verdad y
está atenta y preocupada por la suerte de la humanidad. En la vida hay
seguramente un valor sagrado y religioso, pero de ningún modo interpela sólo a
los creyentes: en efecto, se trata de un valor que cada ser humano puede
comprender también a la luz de la razón y que, por tanto, afecta
necesariamente a todos.
Por esto, nuestra acción de «pueblo de la vida y para la
vida» debe ser interpretada de modo justo y acogida con simpatía. Cuando la
Iglesia declara que el respeto incondicional del derecho a la vida de toda
persona inocente -desde la concepción a su muerte natural- es uno de los
pilares sobre los que se basa toda sociedad civil,«quiere simplemente promover
un Estado humano. Un Estado que reconozca, como su deber primario, la defensa de
los derechos fundamentales de la persona humana, especialmente de la más
débil».
El Evangelio de la vida es para la ciudad de los hombres.
Trabajar en favor de la vida es contribuir a la renovación de la sociedad
mediante la edificación del bien común. En efecto, no es posible construir el
bien común sin reconocer y tutelar el derecho a la vida, sobre el que se
fundamentan y desarrollan todos los demás derechos inalienables del ser humano.
Ni puede tener bases sólidas una sociedad que -mientras afirma valores como la
dignidad de la persona, la justicia y la paz- se contradice radicalmente
aceptando o tolerando las formas más diversas de desprecio y violación de la
vida humana sobre todo si es débil y marginada. Sólo el respeto de la vida
puede fundamentar y garantizar los bienes más preciosos y necesarios de la
sociedad, como la democracia y la paz.
En efecto, no puede haber verdadera democracia, Si no se
reconoce la dignidad de cada persona y no se respetan sus derechos.
No puede haber siquiera verdadera paz, si no se defiende y
promueve la vida, como recordaba Pablo VI:«Todo delito contra la vida es un
atentado contra la paz, especialmente si hace mella en la conducta del
pueblo..., por el contrario, donde los derechos del hombre son profesados
realmente y reconocidos y defendidos públicamente, la paz se convierte en la
atmósfera alegre y operante de la convivencia social;.
El «pueblo de la vida» se alegra de poder compartir con
otros muchos su tarea, de modo que sea cada vez más numeroso el «pueblo para
la vida» y la nueva cultura del amor y de la solidaridad pueda crecer para el
verdadero bien de la ciudad de los hombres.
CONCLUSIÓN
102. Al final de esta Encíclica, la mirada vuelve
espontáneamente al Señor Jesús,«el Niño nacido para nosotros»(cf. Is 9,
5), para contemplar en el «la Vida» que «se manifestó»(1 Jn 1, 2). En el
misterio de este nacimiento se realiza el encuentro de Dios con el hombre y
comienza el camino del Hijo de Dios sobre la tierra, camino que culminará con
la entrega de su vida en la Cruz: con su muerte vencerá la muerte y será para
la humanidad entera principio de vida nueva.
Quien acogió «la Vida» en nombre de todos y para bien de
todos fue María, la Virgen Madre, la cual tiene por tanto una relación
personal estrechísima con el Evangelio de la vida. El consentimiento de María
en la Anunciación y su maternidad son el origen mismo del misterio de la vida
que Cristo vino a dar a los hombres (cf. Jn 10, 10). A través de su acogida y
cuidado solicito de la vida del Verbo hecho carne, la vida del hombre ha sido
liberada de la condena de la muerte definitiva y eterna.
Por esto María,«como la Iglesia de la que es figura, es
madre de todos los que renacen a la vida. Es, en efecto, madre de aquella Vida
por la que todos viven, pues, al dar a luz esta Vida, regeneró, en cierto modo,
a todos los que debían vivir por ella».
Al contemplar la maternidad de María, la Iglesia descubre el
sentido de su propia maternidad y el modo con que está llamada a manifestarla.
Al mismo tiempo, la experiencia maternal de la Iglesia muestra la perspectiva
más profunda para comprender la experiencia de María como modelo incomparable
de acogida y cuidado de la vida.
«Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer vestida
del sol» (Ap. 12, 1): la maternidad de María y de la Iglesia
103. La relación recíproca entre el misterio de la Iglesia
y María se manifiesta con claridad en la «gran señal» descrita en el
Apocalipsis:«Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer vestida del sol,
con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza»(12,
1). En esta señal la Iglesia ve una imagen de su propio misterio: inmersa en la
historia, es consciente de que la transciende, ya que es en la tierra el
«germen y el comienzo» del Reino de Dios. La Iglesia ve este misterio
realizado de modo pleno y ejemplar en María. Ella es la mujer gloriosa, en la
que el designio de Dios se pudo llevar a cabo con total perfección.
La «Mujer vestida del sol»-pone de relieve el Libro del
Apocalipsis-«está encinta»(12, 2). La Iglesia es plenamente consciente de
llevar consigo al Salvador del mundo, Cristo el Señor, y de estar llamada a
darlo al mundo, regenerando a los hombres a la vida misma de Dios. Pero no puede
olvidar que esta misión ha sido posible gracias a la maternidad de María, que
concibió y dio a luz al que es «Dios de Dios»,«Dios verdadero de Dios
verdadero». María es verdaderamente Madre de Dios, la Theotokos, en cuya
maternidad viene exaltada al máximo la vocación a la maternidad inscrita por
Dios en cada mujer. Así María se pone como modelo para la Iglesia, llamada a
ser la «nueva Eva», madre de los creyentes, madre de los «vivientes»(cf.
Gén 3, 20).
La maternidad espiritual de la Iglesia sólo se realiza
-también de esto la Iglesia es consciente- en medio de «los dolores y del
tormento de dar a luz»(Ap 12, 2), es decir, en la perenne tensión con las
fuerzas del mal, que continúan atravesando el mundo y marcando el corazón de
los hombres, haciendo resistencia a Cristo:«En el estaba la vida y la vida era
la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la
vencieron»(Jn 1, 4-5).
Como la Iglesia, también María tuvo que vivir su maternidad
bajo el signo del sufrimiento:«Este está puesto... para ser señal de
contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que
queden al descubierto las intenciones de muchos corazones»(Lc 2, 34-35). En las
palabras que, al inicio de la vida terrena del Salvador, Simeón dirige a María
está sintéticamente representado el rechazo hacia Jesús, y con El hacia
María, que alcanzará su culmen en el Calvario.«Junto a la cruz de Jesús»(Jn
19, 25), María participa de la entrega que el Hijo hace de sí mismo: ofrece a
Jesús, lo da, lo engendra definitivamente para nosotros. El «sí» de la
Anunciación madura plenamente en la Cruz, cuando llega para María el tiempo de
acoger y engendrar como hijo a cada hombre que se hace discípulo, derramando
sobre él el amor redentor del Hijo:«Jesús, viendo a su madre y junto a ella
al discípulo a quien amaba, dice a su madre:" Mujer, ahí tienes a tu
hijo"»(Jn 19, 26).
«El Dragón se detuvo delante de la Mujer… para devorar
a su Hijo en cuanto lo diera a luz» (Ap. 12, 4): la vida amenazada por las
fuerzas del mal
104. En el Libro del Apocalipsis la «gran señal» de la
«Mujer»(12, 1) es acompañada por «otra señal en el cielo»: se trata de
«un gran Dragón rojo»(12, 3), que simboliza a Satanás, potencia personal
maléfica, y al mismo tiempo a todas las fuerzas del mal que intervienen en la
historia y dificultan la misión de la Iglesia.
También en esto María ilumina a la Comunidad de los
creyentes. En efecto, la hostilidad de las fuerzas del mal es una oposición
encubierta que, antes de afectar a los discípulos de Jesús, va contra su
Madre. Para salvar la vida del Hijo de cuantos lo temen como una amenaza
peligrosa, María debe huir con José y el Niño a Egipto (cf. Mt 2, 13-15).
María ayuda así a la Iglesia a tomar conciencia de que la
vida está siempre en el centro de una gran lucha entre el bien y el mal, entre
la luz y las tinieblas. El Dragón quiere devorar al niño recién nacido (cf.
Ap 12, 4), figura de Cristo, al que María engendra en la «plenitud de los
tiempos»(Gál 4, 4) y que la Iglesia debe presentar continuamente a los hombres
de las diversas épocas de la historia. Pero en cierto modo es también figura
de cada hombre, de cada niño.
Es esencial pues que el hombre reconozca la evidencia
original de su condición de criatura, que recibe de Dios el ser y la vida como
don y tarea. Cristo nos descubre y su Iglesia continúa presentando
incansablemente:«el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me
recibe»(Mt 18, 5);«En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos
hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis»(Mt 25, 40).«No habrá ya
muerte» (Ap. 21, 4): esplendor de la resurrección
105. La anunciación del ángel a María se encuentra entre
estas confortadoras palabras:«No temas, María» y «Ninguna cosa es imposible
para Dios»(Lc 1, 30. 37). En verdad, toda la existencia de la Virgen Madre
está marcada por la certeza de que Dios está a su lado y la acompaña con su
providencia benévola. Esta es también la existencia de la Iglesia, que
encuentra «un lugar»(Ap 12, 6) en el desierto, lugar de la prueba, pero
también de la manifestación del amor de Dios hacia su pueblo (cf. Os 2, 16).
María es la palabra viva de consuelo para la Iglesia en su lucha contra la
muerte. Mostrándonos a su Hijo, nos asegura que las fuerzas de la muerte han
sido ya derrotadas en El:«Lucharon vida y muerte en singular batalla, y, muerto
el que es la Vida, triunfante se levanta».
El Cordero inmolado vive con las señales de la pasión en el
esplendor de la resurrección. Sólo el domina todos los acontecimientos de la
historia: desata sus «sellos»(cf. Ap 5, 1-10) y afirma, en el tiempo y más
allá del tiempo, el poder de la vida sobre la muerte. En la «nueva
Jerusalén», es decir, en el mundo nuevo, hacia el que tiende la historia de
los hombres,«no habrá ya muerte, ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas,
porque el mundo viejo ha pasado»(Ap 21, 4).
Y mientras, como pueblo peregrino, pueblo de la vida y para
la vida, caminamos confiados hacia «un cielo nuevo y una tierra nueva»(Ap 21,
1), dirigimos la mirada a aquélla que es para nosotros «señal de esperanza
cierta y de consuelo».
Oh María,
aurora del mundo nuevo,
Madre de los vivientes,
a Ti confiamos la causa de la vida:
mira, Madre, el número inmenso
de niños a quienes se impide nacer,
de pobres a quienes se hace difícil vivir,
de hombres y mujeres víctimas
de violencia inhumana,
de ancianos y enfermos muertos
a causa de la indiferencia
o de una presunta piedad.
Haz que quienes creen en tu Hijo
sepan anunciar con firmeza y amor
a los hombres de nuestro tiempo
el Evangelio de la vida.
Alcánzales la gracia de acogerlo
como don siempre nuevo,
la alegría de celebrarlo con gratitud
durante toda su existencia
y la valentía de testimoniarlo
con solícita constancia, para construir,
junto con todos los hombres de buena voluntad,
la civilización de la verdad y del amor,
para alabanza y gloria de Dios Creador
y amante de la vida.
Dado en Roma, junto a san Pedro, el 25 de marzo, solemnidad
de la Anunciación del Señor, del año 1995, decimoséptimo de mi Pontificado.
Joannes Paulus PP. II
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