JUAN PABLO II
PARA PERPETUA MEMORIA
CARTA APOSTÓLICA
EN FORMA DE «MOTU PROPRIO»
PARA LA PROCLAMACIÓN
DE SANTA BRÍGIDA DE SUECIA,
SANTA CATALINA DE SIENA
Y SANTA TERESA BENEDICTA DE LA CRUZ
COPATRONAS DE EUROPA


1. La esperanza de construir un mundo más justo y más digno del hombre, avivada por la espera del tercer milenio ya a las puertas, no puede ignorar que los esfuerzos humanos de nada sirven si no están acompañados por la gracia divina: «Si el Señor no construye la casa, en vano se afanan los constructores» (Sal 127, 1). Esto han de tenerlo en cuenta también todos aquellos que, en los últimos años, se plantean el problema de remodelar Europa, con el fin de ayudar al viejo continente a aprovechar la riqueza de su historia, alejarse de las tristes herencias del pasado y así, con una originalidad radicada en sus mejores tradiciones, responder a las exigencias del mundo que cambia.

No cabe duda de que, en la compleja historia de Europa, el cristianismo representa un elemento central y determinante, que se ha consolidado sobre la base firme de la herencia clásica y de las numerosas aportaciones que han dado los diversos flujos étnicos y culturales que se han sucedido a lo largo de los siglos. La fe cristiana ha plasmado la cultura del continente y se ha entrelazado indisolublemente con su historia, hasta el punto de que ésta no se podría entender sin hacer referencia a las vicisitudes que han caracterizado, primero, el largo período de la evangelización y, después, tantos siglos en los que el cristianismo, a pesar de la dolorosa división entre Oriente y Occidente, se ha afirmado como la religión de los europeos. También en el período moderno y contemporáneo, cuando se ha ido fragmentando progresivamente la unidad religiosa, bien por las posteriores divisiones entre los cristianos, bien por los procesos que han alejado la cultura del horizonte de la fe, el papel de ésta ha seguido teniendo una importancia notable.

El camino hacia el futuro no puede relegar este dato, y los cristianos están llamados a tomar una renovada conciencia de todo ello para mostrar sus capacidades permanentes. Tienen el deber de dar una contribución específica a la construcción de Europa, que será tanto más válida y eficaz cuanto más capaces sean de renovarse a la luz del Evangelio. De este modo se harán continuadores de esa larga historia de santidad que ha impregnado las diversas regiones de Europa en el curso de estos dos milenios, en los cuales los santos oficialmente reconocidos son, en realidad, los casos más destacados, propuestos como modelos para todos. En efecto, son innumerables los cristianos que con su vida recta y honrada, animada por el amor a Dios y al prójimo, han alcanzado en las más variadas vocaciones, consagradas o laicas, una verdadera santidad, propagada por doquier, aunque de manera oculta.

2. La Iglesia no duda de que precisamente este tesoro de santidad es el secreto de su pasado y la esperanza de su futuro. En él es donde mejor se expresa el don de la Redención, gracias al cual el hombre es rescatado del pecado y recibe la posibilidad de la vida nueva en Cristo. También en él, el pueblo de Dios, peregrino en la historia, encuentra un apoyo incomparable, sintiéndose profundamente unido a la Iglesia gloriosa, que en el cielo canta las alabanzas del Cordero (cf. Ap 7, 9-10) mientras intercede por la comunidad que aún camina en la tierra. Por ello, ya desde los tiempos más antiguos, los santos han sido considerados por el pueblo de Dios como protectores y, siguiendo una praxis peculiar que ciertamente no es extraña al influjo del Espíritu Santo, las Iglesias particulares, las regiones e incluso los continentes se han confiado al particular patronazgo de algunos santos, a veces a petición de los fieles, acogida por los pastores o, en otros casos, por ini- ciativa de los pastores mismos.

En esta perspectiva, al celebrarse la segunda Asamblea especial para Europa del Sínodo de los obispos, en la inminencia del gran jubileo del año 2000, he pensado que los cristianos europeos, que viven con todos sus conciudadanos un cambio de época rico de esperanza pero, a la vez, no exento de preocupaciones, pueden encontrar una ayuda espiritual en la contemplación y la invocación de algunos santos que, en cierto modo, son representativos de su historia. Por eso, tras las oportunas consultas, y completando lo que hice el 31 de diciembre de 1980 al proclamar copatronos de Europa, junto a san Benito, a dos santos del primer milenio, los hermanos Cirilo y Metodio, pioneros de la evangelización de Oriente, he decidido integrar en el grupo de los santos patronos tres figuras igualmente emblemáticas de momentos cruciales de este segundo milenio que está por concluir: santa Brígida de Suecia, santa Catalina de Siena y santa Teresa Benedicta de la Cruz. Tres grandes santas, tres mujeres que, en diversas épocas —dos en el corazón del Medioevo y una en nuestro siglo— se han destacado por el amor generoso a la Iglesia de Cristo y el testimonio dado de su cruz.

3. Naturalmente, el panorama de la santidad es tan variado y rico que la elección de nuevos patronos celestes podría haberse orientado hacia otras dignísimas figuras que cada época y región pueden ofrecer. No obstante, considero particularmente significativa la opción por esta santidad de rostro femenino, en el marco de la tendencia providencial que, en la Iglesia y en la sociedad de nuestro tiempo, se ha venido afirmando, con un reconocimiento cada vez más claro de la dignidad y de los dones propios de la mujer.

En realidad, la Iglesia, desde sus albores, no ha dejado de reconocer el papel y la misión de la mujer, aun bajo la influencia, a veces, de los condicionamientos de una cultura que no siempre la tenía en la debida consideración. Sin embargo, la comunidad cristiana ha crecido cada vez más también en este aspecto y a ello ha contribuido precisamente de manera decisiva la presencia de la santidad. La imagen de María, la «mujer ideal», Madre de Cristo y de la Iglesia, ha sido un impulso constante en este sentido. Pero también la valentía de las mártires, que han afrontado con sorprendente fuerza de espíritu los más crueles tormentos, el testimonio de las mujeres comprometidas con radical ejemplaridad en la vida ascética, la dedicación cotidiana de tantas esposas y madres en esa «iglesia doméstica» que es la familia, así como los carismas de tantas místicas que han contribuido a la profundización de la teología, han ofrecido a la Iglesia una indicación preciosa para comprender plenamente el designio de Dios sobre la mujer. Este designio, por lo demás, se manifiesta inequívocamente ya en las páginas de la Escritura, especialmente en el testimonio de la actitud de Jesús que nos ofrece el Evangelio. En esta línea se sitúa también la opción de declarar copatronas de Europa a santa Brígida de Suecia, santa Catalina de Siena y santa Teresa Benedicta de la Cruz.

Además, el motivo que ha orientado específica-mente mi opción por estas tres santas se halla en su vida misma. En efecto, su santidad se expresó en circunstancias históricas y en el contexto de ámbitos «geográficos» que las hacen particularmente significativas para el continente europeo. Santa Brígida hace referencia al extremo norte de Europa, donde el continente casi se junta con las otras partes del mundo y de donde partió teniendo a Roma por destino. Catalina de Siena es también conocida por el papel desempeñado en un tiempo en el que el Sucesor de Pedro residía en Aviñón, poniendo término a una la- bor espiritual ya comenzada por Brígida, al hacerse promotora del retorno a su sede propia, junto a la tumba del Príncipe de los Apóstoles. Por último, Teresa Benedicta de la Cruz, recientemente canonizada, no sólo transcurrió su existencia en diversos países de Europa, sino que con toda su vida de pensadora, mística y mártir, lanzó como un puente entre sus raíces judías y la adhesión a Cristo, moviéndose con segura intuición en el diálogo con el pensamiento filosófico contemporáneo y, en fin, proclamando con el martirio las razones de Dios y del hombre en la inmensa vergüenza de la «shoah». Se ha convertido así en la expresión de una peregrinación humana, cultural y religiosa que encarna el núcleo profundo de la tragedia y de las esperanzas del continente europeo.

4. La primera de estas tres grandes figuras, Brígida, nació en una familia aristocrática el año 1303 en Finsta, en la región sueca de Uppland. Es conocida sobre todo como mística y fundadora de la orden del Santísimo Salvador. Pero no se ha de olvidar que vivió la primera parte de su vida como una laica felizmente casada con un cristiano piadoso, con el que tuvo ocho hijos. Al proponerla como patrona de Europa, pretendo que la sientan cercana no solamente quienes han recibido la vocación a una vida de especial consagración, sino también aquellos que han sido llamados a las ocupaciones ordinarias de la vida laical en el mundo y, sobre todo, a la alta y difícil vocación de formar una familia cristiana. Sin dejarse seducir por las condiciones de bienestar de su clase social, vivió con su marido Ulf una experiencia de matrimonio en la que el amor conyugal se conjugaba con la oración intensa, el estudio de la sagrada Escritura, la mortificación y la caridad. Juntos fundaron un pequeño hospital, donde asistían frecuentemente a los enfermos. Brígida, además, solía servir personalmente a los pobres. Al mismo tiempo, fue apreciada por sus dotes pedagógicas, que tuvo ocasión de desarrollar durante el tiempo en que se solicitaron sus servicios en la corte de Estocolmo. Esta experiencia hizo madurar los consejos que daría en diversas ocasiones a príncipes y soberanos para el correcto desempeño de sus tareas. Pero los primeros en beneficiarse de ello fueron, como es obvio, sus hijos, y no es casualidad que una de sus hijas, Catalina, sea venerada como santa.

Este período de su vida familiar fue sólo una primera etapa. La peregrinación que hizo con su marido Ulf a Santiago de Compostela en 1341 cerró simbólicamente esta fase, preparando a Brígida para su nueva vida, que comenzó algunos años después, cuando, a la muerte de su esposo, oyó la voz de Cristo que le confiaba una nueva misión, guiándola paso a paso con una serie de gracias místicas extraordinarias.

5. Brígida, dejando Suecia en 1349, se estableció en Roma, sede del Sucesor de Pedro. El traslado a Italia fue una etapa decisiva para ampliar los horizontes, no sólo geográficos y culturales, sino sobre todo espirituales de su mente y su corazón. Muchos lugares de Italia la vieron, aún peregrina, deseosa de venerar las reliquias de los santos. De este modo visitó Milán, Pavía, Asís, Ortona, Bari, Benevento, Pozzuoli, Nápoles, Salerno, Amalfi o el santuario de San Miguel Arcángel en el monte Gargano. La última peregrinación, realizada entre 1371 y 1372, la llevó a cruzar el Mediterráneo, en dirección a Tierra Santa, lo que le permitió abrazar espiritualmente, además de tantos lugares sagrados de la Europa católica, las fuentes mismas del cristianismo en los lugares santificados por la vida y la muerte del Redentor.

En realidad, más aún que con este devoto peregrinar, Brígida se hizo partícipe de la construcción de la comunidad eclesial con el sentido profundo del misterio de Cristo y de la Iglesia, en un momento ciertamente crítico de su historia. En efecto, la íntima unión con Cristo fue acompañada de especiales carismas de revelación, que hicieron de ella un punto de referencia para muchas personas de la Iglesia de su tiempo. En Brígida se observa la fuerza de la profecía. A veces, su tono parece un eco del de los antiguos profetas. Habla con seguridad a príncipes y pontífices, desvelando los designios de Dios sobre los acontecimientos históricos. No escatima severas amonestaciones también en lo referente a la reforma moral del pueblo cristiano y del clero mismo (cf. Revelationes, IV, 49; también IV, 5). Algunos aspectos de su extraordinaria producción mística suscitaron en aquel tiempo dudas razonables, sobre las que se realizó un discernimiento eclesial, remitiéndose a la única revelación pública, que tiene su plenitud en Cristo y su expresión normativa en la sagrada Escritura. En efecto, tampoco las experiencias de los grandes santos están exentas de los límites inherentes a la recepción humana de la voz de Dios.

No hay duda, sin embargo, de que al reconocer la santidad de Brígida, la Iglesia, aunque no se pronuncia sobre cada una de las revelaciones que tuvo, ha acogido la autenticidad global de su experiencia interior. Aparece así como un testimonio significativo del lugar que puede tener en la Iglesia el carisma vivido en plena docilidad al Espíritu de Dios y en total conformidad con las exigencias de la comunión eclesial. Por eso, al haberse separado de la comunión plena con la sede de Roma las tierras escandinavas, patria de Brígida, durante las tristes vicisitudes del siglo XVI, la figura de la santa sueca representa un precioso «vínculo» ecuménico, reforzado también por el compromiso en este sentido llevado a cabo por su orden.

6. Poco posterior es la otra gran figura de mujer, santa Catalina de Siena, cuyo papel en el desarrollo de la historia de la Iglesia y en la profundización doctrinal misma del mensaje revelado ha obtenido significativos reconocimientos, que han llegado hasta la atribución del título de doctora de la Iglesia.

Nacida en Siena en 1347, fue favorecida desde la primera infancia por gracias extraordinarias, que le permitieron recorrer, sobre la senda espiritual trazada por santo Domingo, un rápido camino de perfección entre oración, austeridad y obras de caridad. Tenía veinte años cuando Cristo le manifestó su predilección a través del símbolo místico del anillo nupcial. Era la culminación de una intimidad madurada en lo escondido y en la contemplación, gracias a su constante permanencia, incluso fuera de las paredes del monasterio, en aquella morada espiritual que ella gustaba llamar la «celda interior». El silencio de esta celda, haciéndola docilísima a las inspiraciones divinas, pudo compaginarse bien pronto con una actividad apostólica extraordinaria. Muchos, incluso clérigos, se reunieron en torno a ella como discípulos, reconociéndole el don de una maternidad espiritual. Sus cartas se propagaron por Italia y hasta por Europa entera. En efecto, la joven sienesa entró con paso seguro y palabras ardientes en el corazón de los problemas eclesiales y sociales de su época.

Catalina fue incansable en el empeño que puso en la solución de muchos conflictos que laceraban la sociedad de su tiempo. Su obra pacificadora llegó a soberanos europeos como Carlos V de Francia, Carlos de Durazzo, Isabel de Hungría, Luis el Grande de Hungría y de Polonia, y Juana de Nápoles. Fue significativa su actividad para reconciliar Florencia con el Papa. Señalando a los contendientes a «Cristo crucificado y a María dulce», hacía ver que, para una sociedad inspirada en los valores cristianos, nunca podía darse un motivo de contienda tan grave que indujera a recurrir a la razón de las armas en vez de a las armas de la razón.

7. Catalina, no obstante, sabía bien que no se podía llegar con eficacia a esta conclusión si antes no se forjaban los ánimos con el vigor del Evangelio. De aquí la urgencia de la reforma de las costumbres, que ella proponía a todos sin excepción. A los reyes les recordaba que no podían gobernar como si el reino fuese una «propiedad» suya, sino que, conscientes de tener que rendir cuentas a Dios de la gestión del poder, debían más bien asumir la tarea de mantener en él «la santa y verdadera justicia», haciéndose «padres de los pobres» (cf. Carta n. 235 al rey de Francia). En efecto, el ejercicio de la soberanía no podía disociarse del de la caridad, que es a la vez alma de la vida personal y de la responsabilidad política (cf. Carta n. 357 al rey de Hungría).

Con esta misma fuerza se dirigía a los eclesiásticos de todos los rangos para pedir la más rigurosa coherencia en su vida y en su ministerio pastoral. Impresiona el tono libre, vigoroso y tajante con el que amonestaba a sacerdotes, obispos y cardenales. Era preciso —decía— arrancar del jardín de la Iglesia las plantas podridas sustituyéndolas con «plantas nuevas», frescas y fragantes. La santa sienesa, apoyándose en su intimidad con Cristo, no tenía reparo en señalar con franqueza incluso al Pontífice mismo, al cual amaba tiernamente como «dulce Cristo en la tierra», la voluntad de Dios, que le imponía librarse de los titubeos dictados por la prudencia terrena y por los intereses mundanos para regresar de Aviñón a Roma.

Con igual ardor, Catalina se esforzó después en evitar las divisiones que se produjeron en la elección papal que sucedió a la muerte de Gregorio XI. También en aquel episodio recurrió, una vez más, a las razones irrenunciables de la comunión. Éste era el valor ideal supremo que había inspirado toda su vida, desviviéndose sin reserva en favor de la Iglesia. Lo dirá ella misma a sus hijos espirituales en el lecho de muerte: «Tened por cierto, queridísimos, que he dado la vida por la santa Iglesia» (Beato Ramón de Capua, Vida de santa Catalina de Siena, Lib. III, c. IV).

8. Con Edith Stein —santa Teresa Benedicta de la Cruz— nos encontramos en un ambiente sociocultural completamente distinto. En efecto, ella nos introduce en el corazón de nuestro siglo convulso, señalando las esperanzas que ha despertado, pero también las contradicciones y los fracasos que lo han caracterizado. Edith no proviene, como Brígida y Catalina, de una familia cristiana. En ella, todo expresa el tormento de la búsqueda y la fatiga de la «peregrinación» existencial. Aun después de haber alcanzado la verdad en la paz de la vida contemplativa, debió vivir hasta el fondo el misterio de la cruz.

Nació en 1891, en una familia judía de Breslau, por entonces territorio alemán. El interés desarrollado por la filosofía y el abandono de la práctica religiosa en la que, no obstante, había sido iniciada por su madre, más que un camino de santidad hacían presagiar una vida bajo el signo del puro «racionalismo». Pero la gracia la esperaba precisamente en las sinuosidades del pensamiento filosófico: orientada en la línea de la corriente fenomenológica, supo tomar de ella la exigencia de una realidad objetiva que, lejos de reducirse al sujeto, lo precede y establece el grado de conocimiento, debiendo ser examinada con un riguroso esfuerzo de objetividad. Es preciso ponerse a la escucha de la realidad, captándola sobre todo en el ser humano por esa capacidad de «empatía» —palabra que tanto le gustaba— que permite en cierta medida hacer propia la experiencia del otro (cf. E. Stein, El problema de la empatía).

En esta tensión de la escucha fue donde ella se encontró, por un lado, con los testimonios de la experiencia espiritual cristiana ofrecidos por santa Teresa de Jesús y otros grandes místicos, de los cuales se convirtió en discípula e imitadora, y por otro, con la antigua tradición del pensamiento cristiano consolidada en el tomismo. Por este camino llegó primero al bautismo y después a la opción por la vida contemplativa en la orden carmelita. Todo se desarrolló en el marco de un itinerario existencial más bien convulso, marcado, además de por la búsqueda interior, por el compromiso de estudio y de enseñanza que desempeñó con admirable dedicación. Para su tiempo, es particularmente apreciable su militancia en favor de la promoción social de la mujer, y resultan verdaderamente penetrantes las páginas en las que ha explorado la riqueza de la femineidad y la misión de la mujer desde el punto de vista humano y religioso (cf. E. Stein, La mujer. Su misión según la naturaleza y la gracia).

9. El encuentro con el cristianismo no la llevó a renegar de sus raíces judías, sino que más bien se las hizo redescubrir en plenitud. No obstante, esto no la libró de la incomprensión por parte de sus familiares. El desacuerdo de su madre, sobre todo, le causó un dolor indecible. En realidad, todo su camino de perfección cristiana se desarrolló bajo el signo no sólo de la solidaridad humana con su pueblo de origen, sino también de una auténtica participación espiritual en la vocación de los hijos de Abraham, marcados por el misterio de la llamada y de los «dones irrevocables» de Dios (cf. Rm 11, 29).

En particular, Edith hizo suyo el sufrimiento del pueblo judío a medida que éste se agudizó en la feroz persecución nazi, que sigue siendo, junto a otras graves expresiones del totalitarismo, una de las manchas más negras y vergonzosas de la Europa de nuestro siglo. Sintió entonces que en el exterminio sistemático de los judíos se cargaba la cruz de Cristo sobre su pueblo, y vivió como una participación personal en ella su deportación y ejecución en el tristemente famoso campo de Auschwitz-Birkenau. Su grito se funde con el de todas las víctimas de aquella inmensa tragedia, pero unido al grito de Cristo, que asegura al sufrimiento humano una misteriosa y perenne fecundidad. Su imagen de santidad queda para siempre vinculada al drama de su muerte violenta, junto a la de tantos otros que la padecieron con ella. Y permanece como anuncio del evangelio de la cruz, con el que quiso identificarse en su mismo nombre de religiosa.

Contemplamos hoy a Teresa Benedicta de la Cruz, reconociendo en su testimonio de víctima inocente, por una parte, la imitación del Cordero inmolado y la protesta contra todas las violaciones de los derechos fundamentales de la persona y, por otra, una señal de ese renovado encuentro entre judíos y cristianos que, en la línea deseada por el concilio Vaticano II, está conociendo una prometedora fase de apertura recíproca. Declarar hoy a Edith Stein copatrona de Europa significa poner en el horizonte del viejo continente una bandera de respeto, de tolerancia y de acogida que invita a hombres y mujeres a comprenderse y a aceptarse, más allá de las diversidades étnicas, culturales y religiosas, para formar una sociedad verdaderamente fraterna.

10. Crezca, pues, Europa. Crezca como Europa del espíritu, en la línea de su mejor historia, que precisamente tiene en la santidad su más alta expresión. La unidad del continente, que está madurando progresivamente en las conciencias y definiéndose cada vez más netamente también en el ámbito político, implica ciertamente una perspectiva de gran esperanza. Los europeos están llamados a dejar atrás definitivamente las rivalidades históricas que han convertido frecuentemente su continente en teatro de guerras devastadoras. Al mismo tiempo, deben esforzarse por crear las condiciones de una mayor cohesión y colaboración entre los pueblos. Tienen ante sí el gran desafío de construir una cultura y una ética de la unidad, sin las cuales cualquier polí- tica de la unidad está destinada a naufragar antes o después.

Para edificar la nueva Europa sobre bases sólidas, no basta ciertamente apoyarse en los meros intereses económicos, que, si unas veces aglutinan, otras divi- den; es necesario hacer hincapié más bien sobre los valores auténticos, que tienen su fundamento en la ley moral universal, inscrita en el corazón de cada hombre. Una Europa que confundiera el valor de la tolerancia y del respeto universal con el indiferentismo ético y el escepticismo sobre los valores irrenunciables, se embarcaría en una de las más arriesgadas aventuras y, tarde o temprano, vería retornar bajo nuevas formas los espectros más temibles de su historia.

El papel del cristianismo, que indica incansablemente el horizonte ideal, se presenta una vez más como vital para evitar esta amenaza. También a la luz de los múltiples puntos de encuentro con otras religiones, reconocido por el concilio Vaticano II (cf. Nostra aetate), se ha de subrayar con fuerza que la apertura a lo Trascendente es una dimensión vital de la existencia. Por tanto, es esencial un renovado compromiso de testimonio por parte de todos los cristianos presentes en las diversas naciones del continente. Ellos son los que han de alimentar la esperanza de una salvación plena, mediante el anuncio que les es propio, el del Evangelio, esto es, la «buena noticia» de que Dios se ha hecho cercano a nosotros y, en su Hijo Jesucristo, nos ha ofrecido la redención y la plenitud de la vida divina. Por el Espíritu Santo que nos ha sido dado, podemos elevar a Dios nuestra mirada e invocarlo con el dulce nombre de «Abbá», ¡Padre! (cf. Rm 8, 15; Ga 4, 6).

11. Precisamente este anuncio de esperanza es lo que he querido afianzar al indicar, en perspectiva «europea», una renovada devoción a estas tres grandes figuras de mujeres que, en épocas diversas, han dado una aportación tan significativa, no sólo para el crecimiento de la Iglesia, sino también de la sociedad misma.

Por esa comunión de los santos que une misteriosamente la Iglesia terrena con la celeste, ellas se hacen cargo de nosotros en su perenne intercesión ante el trono de Dios. Al mismo tiempo, la invocación más intensa y la referencia más asidua y atenta a sus palabras y ejemplos despertarán en nosotros una conciencia más aguda de nuestra común vocación a la santidad, impulsándonos a consecuentes propósitos de un compromiso más generoso.

Por tanto, después de una madura consideración, en virtud de mi potestad apostólica, establezco y declaro copatronas celestes de toda Europa ante Dios a santa Brígida de Suecia, santa Catalina de Siena y santa Teresa Benedicta de la Cruz, concediendo todos los honores y privilegios litúrgicos que les competen según el derecho de los patronos principales del lugar.

Gloria a la santísima Trinidad, que resplandece de manera singular en su vida y en la de todos los santos. Que la paz esté con los hombres de buena voluntad, en Europa y en el mundo entero.

Roma, junto a San Pedro, día 1 de octubre del año 1999, vigésimo primero de mi pontificado.

Tomado del sitio de web del vaticano: www.vatican.va