CARTA APOSTÓLICA
EN FORMA DE "MOTU PROPRIO" SOCIALIUM SCIENTIARUM
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
con la que instituye
la Academia pontificia de ciencias sociales
Las investigaciones de las ciencias sociales pueden contribuir de forma eficaz a
la mejora de las relaciones humanas, como demuestran los progresos realizados en
los diversos sectores de la convivencia, sobre todo a lo largo del siglo que
está a punto de terminar. Por este motivo, la Iglesia, siempre solícita del
verdadero bien del hombre, ha prestado constantemente gran interés a este campo
de la investigación científica, para sacar indicaciones concretas que le ayuden
a desempeñar su misión de Magisterio.
El centenario de la encíclica Rerum novarum ha brindado la ocasión de tomar
mayor conciencia del influjo que ha ejercido ese documento para sacudir las
conciencias de los católicos y para ayudar en la búsqueda de soluciones
constructivas a los problemas planteados por la cuestión obrera.
En la encíclica Centesimus annus, escrita para conmemorar ese centenario,
escribí que ese documento había proporcionado a la Iglesia una especie de «carta
de ciudadanía» (cf. n. 5) en las nuevas realidades de la vida pública. En
particular, con esa encíclica la Iglesia inició un proceso de reflexión, gracias
al cual, siguiendo una tradición que se remonta hasta el Evangelio, se vino
formando un conjunto de principios que recibió luego el nombre de doctrina
social en sentido estricto. Así, la Iglesia tomó conciencia de que del anuncio
del Evangelio brotan luz y fuerza para el ordenamiento de la vida de la
sociedad. Luz, porque del mensaje evangélico la razón, guiada por la fe, puede
sacar principios decisivos para un ordenamiento social digno del hombre. Fuerza,
porque el Evangelio, aceptado mediante la fe, no proporciona principios
teóricos, sino también energías espirituales para el cumplimiento de los deberes
concretos que derivan de esos principios.
En los últimos cien años, la Iglesia ha consolidado gradualmente su carta de
ciudadanía, perfeccionando la doctrina social, siempre en conexión estrecha con
el desarrollo dinámico de la sociedad moderna. Cuando, cuarenta años después de
la Rerum novarum, la cuestión obrera se convirtió en una amplia cuestión social,
Pío XI, con su encíclica Quadragesimo anno, dio directrices claras para superar
la división de la sociedad en clases. Cuando regímenes totalitarios amenazaban
la libertad y la dignidad del hombre, Pío XI y Pío XII protestaron con mensajes
enérgicos y, después de la segunda guerra mundial, cuando gran parte de Europa
se encontraba destruida, también Pío XII, con varias intervenciones, y luego
Juan XXIII con sus encíclicas Mater et Magistra y Pacem in terris, señalaron el
camino hacia la reconstrucción social y la consolidación de la paz. El concilio
ecuménico Vaticano II, con la constitución pastoral Gaudium et spes, insertó el
tratado de las relaciones entre la Iglesia y el mundo en un amplio contexto
teológico y declaró que «la persona humana es y debe ser principio, sujeto y fin
de todas las instituciones sociales» (n. 25). En la década de los años 70,
cuando iba resultando cada vez más evidente el drama de los países en vías de
desarrollo, Pablo VI, frente a una visión económica unilateral, con su encíclica
Populorum progressio trazó el programa para un desarrollo integral de los
pueblos. En tiempos más recientes, con mis tres encíclicas sociales, he tratado
acerca de algunos problemas de suma importancia para la sociedad: la dignidad
del trabajo humano (Laborem exercens), la superación de los bloques económicos y
políticos (Sollicitudo rei socialis) y tras el derrumbe del sistema del
socialismo real, la edificación de un nuevo orden nacional e internacional
(Centesimus annus).
Esta síntesis quiere demostrar que, en los últimos cien años la Iglesia no ha
renunciado a la palabra que le corresponde —como dijo León XIII— sino que, por
el contrario, ha seguido elaborando lo que Juan XXIII llamó la rica herencia de
la doctrina social católica.
Del examen de esos cien años de historia se puede concluir con claridad que la
Iglesia ha logrado construir el rico patrimonio de la doctrina social católica
gracias a la estrecha colaboración con los movimientos sociales católicos y con
los expertos en ciencias sociales. Ya León XIII había subrayado esta
colaboración y Pío XI habló con gratitud de la contribución prestada a la
elaboración de la doctrina social por los estudiosos de esa rama de las ciencias
humanas. Juan XXIII, por su parte, en la encíclica Mater et Magistra, puso de
relieve que la doctrina social debe tratar de tener siempre en cuenta el
verdadero estado de las cosas, manteniéndose para ello en constante diálogo con
las ciencias sociales. Por último, el concilio ecuménico Vaticano II tomó
posición claramente en favor de la relativa «autonomía de la realidad terrena»
(Gaudium et spes, 36) la cual, además de la consideración teológica, es objeto
de las ciencias sociales y de la filosofía. Esta pluralidad de enfoques no
contradice en absoluto los enunciados de la fe. Así pues, la Iglesia y sobre
todo su doctrina social debe tener debidamente en cuenta esa legítima autonomía.
Yo mismo, en la encíclica Sollicitudo rei socialis, destaqué que la doctrina
social católica podrá cumplir sus objetivos en el mundo de hoy sólo «con la
ayuda de la razón y de las ciencias humanas» (n. 1) porque, a pesar de la
validez perenne de sus principios fundamentales, está condicionada en su
actuación «por la variación de las condiciones históricas así como por el
constante flujo de los acontecimientos» (n. 3).
Por último, con ocasión del centenario de la Rerum novarum, subrayé que, después
del derrumbe del sistema del socialismo real, la Iglesia y la humanidad afrontan
desafíos enormes. A pesar de que el mundo ya no se encuentra dividido en dos
bloques enemigos, ha de hacer frente a nuevas crisis económicas, sociales y
políticas que afectan a todos. La Iglesia, pese a que tiene conciencia de que no
le compete dar respuestas técnicas adecuadas a esos problemas, siente el deber
de aportar su contribución para la defensa de la paz y para la construcción de
una sociedad digna del hombre. Con todo, para hacerlo, tiene necesidad de un
contacto profundo y constante con las ciencias sociales modernas, con sus
investigaciones y con sus adelantos. De ese modo, «entra en diálogo con las
diversas disciplinas que se ocupan del hombre, incorpora sus aportaciones y les
ayuda a abrirse a horizontes más amplios» (Centesimus annus, 59).
Frente a las grandes tareas que nos esperan en el futuro, este diálogo
interdisciplinar, ya entablado en el pasado, debe renovarse ahora. Para ello,
haciendo realidad lo que anuncié en mi discurso del día 23 de diciembre de 1991,
erijo hoy la Academia pontificia de ciencias sociales, con sede en la Ciudad del
Vaticano. Como dicen sus Estatutos, esta Academia es instituida «con el fin de
promover el estudio y el progreso de las ciencias sociales, económicas,
políticas y jurídicas, a la luz de la doctrina social de la Iglesia» (art. 1).
Invocando la asistencia divina sobre la actividad de la nueva Academia, cuyos
trabajos seguiré siempre con gran interés, imparto a todos sus miembros y
colaboradores una especial bendición apostólica.
Vaticano, 1 de enero de 1994, decimosexto año de mi pontificado.
IOANNES PAULUS PP.II
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