|
NOTAS
(1). Ya lo escribí en mi
primera Encíclica Redemptor
ominis: « hemos sido hechos partícipes de esta misión de
Cristo-profeta, y en virtud de la misma misión, junto con Él servimos la
misión divina en la Iglesia. La responsabilidad de esta verdad significa
también amarla y buscar su comprensión más exacta, para hacerla más
cercana a nosotros mismos y a los demás en toda su fuerza salvífica, en su
esplendor, en su profundidad y sencillez juntamente », 19: AAS 71 (1979), 306.
(2). Cf. Conc. Ecum. Vat.
II, Const. past. Gaudium et
spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 16.
(3). Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia,
25.
(4). N. 4: AAS 85 (1993), 1136.
(5). Conc. Ecum. Vat. II,
Const. dogm. Dei Verbum, sobre
la divina Revelación, 2.
(6). Cf. Const. dogm. Dei Filius, sobre la fe católica,
III: DS 3008.
(7). Ibíd., cap. IV: DS 3015; citado también en Conc.
Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium
et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 59.
(8). Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina
Revelación, 2.
(9). Cart. ap. Tertio millennio adveniente (10 de
noviembre de 1994), 10: AAS 87
(1995), 11.
(10). N. 4.
(11). N. 8.
(12). N. 22.
(13). Cf. Conc. Ecum. Vat.
II, Const. dogm. Dei Verbum,
sobre la divina Revelación, 4.
(14). Ibíd., 5.
(15). El Concilio Vaticano
I, al cual se refiere la afirmación mencionada, enseña que la obediencia
de la fe exige el compromiso de la inteligencia y de la voluntad: «
Dependiendo el hombre totalmente de Dios como de su creador y señor, y
estando la razón humana enteramente sujeta a la Verdad increada; cuando
Dios revela, estamos obligados a prestarle por la fe plena obediencia de
entendimiento y voluntad » (Const. dogm. Dei Filius, sobre la fe católica,
III; DS 3008).
(16). Secuencia de la solemnidad del
Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.
(17). Pensées, 789 (ed. L. Brunschvicg).
(18). Conc. Ecum. Vat. II,
Const. past. Gaudium et spes
sobre la Iglesia en el mundo actual, 22.
(19). Cf. Conc. Ecum. Vat.
II, Const. dogm. Dei Verbum,
sobre la divina Revelación, 2.
(20). Proemio y nn 1. 15: PL 158, 223-224.226; 235.
(21). De vera religione, XXXIX, 72: CCL 32, 234.
(22). « Ut te semper
desiderando quaererent et inveniendo quiescerent »: Missale Romanum.
(23). Aristóteles, Metafísica, I, 1.
(24). Confesiones, X, 23, 33: CCL 27, 173.
(25). N. 34: AAS 85 (1993), 1161.
(26). Cf. Carta ap. Salvifici doloris (11 de febrero
de 1984), 9: AAS 76 (1984),
209-210.
(27). Cf. Conc. Ecum. Vat.
II, Declaración Nostra aetate,
sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, 2.
(28). Este es un argumento
que sigo desde hace mucho tiempo y que he expuesto en diversas ocasiones:
« ¿Qué es el hombre y de qué sirve? ¿qué tiene de bueno y qué de malo? (Si 18, 8) [...]. Estos
interrogantes están en el corazón de cada hombre, como lo demuestra muy
bien el genio poético de todos los tiempos y de todos los pueblos, el
cual, como profecía de la humanidad propone continuamente la “pregunta
seria” que hace al hombre verdaderamente tal. Esos interrogantes expresan
la urgencia de encontrar un por qué a la existencia, a cada uno de sus
instantes, a las etapas importantes y decisivas, así como a sus momentos
más comunes. En estas cuestiones aparece un testimonio de la racionalidad
profunda del existir humano, puesto que la inteligencia y la voluntad del
hombre se ven solicitadas en ellas a buscar libremente la solución capaz
de ofrecer un sentido pleno a la vida. Por tanto, estos interrogantes son
la expresión más alta de la naturaleza del hombre: en consecuencia, la
respuesta a ellos expresa la profundidad de su compromiso con la propia
existencia. Especialmente, cuando se indaga el “por qué de las cosas” con
totalidad en la búsqueda de la respuesta última y más exhaustiva, entonces
la razón humana toca su culmen y se abre a la religiosidad. En efecto, la
religiosidad representa la expresión más elevada de la persona humana,
porque es el culmen de su naturaleza racional. Brota de la aspiración
profunda del hombre a la verdad y está en la base de la búsqueda libre y
personal que el hombre realiza sobre lo divino »: Audiencia General, 19 de
octubre de 1983, 1-2: Insegnamenti
VI, 2 (1983), 814-815.
(29). « [Galileo] declaró
explícitamente que las dos verdades, la de la fe y la de la ciencia, no
pueden contradecirse jamás. “La Escritura santa y la naturaleza, al
provenir ambas del Verbo divino, la primera en cuanto dictada por el
Espíritu Santo, y la segunda en cuanto ejecutora fidelísima de las órdenes
de Dios”, según escribió en la carta al P. Benedetto Castelli el 21 de
diciembre de 1613. El Concilio Vaticano II no se expresa de modo
diferente; incluso emplea expresiones semejantes cuando enseña: “La
investigación metódica en todos los campos del saber, si está realizada de
forma auténticamente científica y conforme a las normas morales, nunca
será realmente contraria a la fe, porque las realidades profanas y las de
la fe tienen origen en un mismo Dios” (Gaudium et spes, 36). En su
investigación científica Galileo siente la presencia del Creador que le
estimula, prepara y ayuda a sus intuiciones, actuando en lo más hondo de
su espíritu ». Juan Pablo II, Discurso a la Pontificia Academia de
las Ciencias, 10 de noviembre de 1979: Insegnamenti, II, 2 (1979),
1111-1112.
(30). Cf. Conc. Ecum. Vat.
II, Const. dogm. Dei Verbum,
sobre la divina Revelación, 4.
(31). Orígenes, Contra Celso, 3, 55: SC 136, 130.
(32). Diálogo con Trifón, 8, 1: PG 6, 492.
(33). Stromata I, 18, 90,1: SC 30, 115.
(34). Cf. ibíd., I, 16, 80, 5: SC 30, 108.
(35). Ibíd., I, 5, 28, 1: SC 30, 65.
(36). Ibíd., VI, 7, 55, 1-2: PG 9, 277.
(37). Ibíd., I, 20, 100, 1: SC 30, 124.
(38). S. Agustín, Confesiones VI, 5, 7: CCL 27, 77-78.
(39). Cf. ibíd., VII, 9, 13-14: CCL 27, 101-102.
(40). De praescriptione haereticorum,
VII, 9: SC 46, 98. « Quid ergo
Athenis et Hierosolymis? Quid academiae et ecclesiae? ».
(41). Cf. Congregación para
la Educación Católica, Instr. sobre el estudio de los Padres de la Iglesia
en la formación sacerdotal (10 de noviembre de 1989), 25: AAS 82 (1990), 617-618.
(42). S. Anselmo, Prosologio, 1: PL 158, 226.
(43). Id., Monologio, 64: PL 158, 210.
(44). Cf. Summa contra Gentiles, I, VII.
(45). Cf. Summa Theologiae, I, 1, 8 ad 2: «
Cum enim gratia non tollat naturam sed perficiat ».
(46). Cf. Discurso a los participantes en el IX
Congreso Tomista Internacional (29 de septiembre de 1990): Insegnamenti, XIII, 2 (1990),
770-771.
(47). Carta ap. Lumen Ecclesiae (20 noviembre
1974), 8: AAS 66 (1974), 680.
(48). Cf. I, 1, 6: «
Praeterea, haec doctrina per studium acquiritur. Sapientia autem per
infusionem habetur, unde inter septem dona Spiritus Sancti connumeratur ».
(49). Ibíd., II, II, 45, 1 ad 2; cf.
también II, II, 45, 2.
(50). Ibíd., I, II, 109, 1 ad 1, que
retoma la conocida expresión del Ambrosiastro, In prima Cor 12,3 : PL 17, 258.
(51). León XIII, Enc. Æterni Patris (4 de agosto de
1879): ASS 11 (1878-1879), 109.
(52). Pablo VI, Carta ap.
Lumen Ecclesiae (20 de
noviembre de 1974), 8: AAS 66
(1974), 683.
(53). Enc. Redemptor hominis (4 de marzo de
1979), 15: AAS 71 (1979), 286.
(54). Cf. Pío XII, Enc. Humani generis (12 de agosto de
1950): AAS 42 (1950), 566.
(55). Cf. Conc. Ecum Vat.
I, Const. dogm. Pastor
Aeternus, sobre la Iglesia de Cristo, DS 3070; Conc. Ecum. Vat. II,
Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 25 c.
(56). Cf. Sínodo de
Constantinopla, DS 403.
(57). Cf. Concilio de
Toledo I, DS 205; Concilio de
Braga I, DS 459-460; Sixto V,
Bula Coeli et terrae Creator (5
de enero de 1586): Bullarium
Romanum 4/4, Romae 1747, 176-179; Urbano VIII, Inscrutabilis iudiciorum (1 de
abril de 1631): Bullarium Romanum
6/1, Romae 1758, 268-270.
(58). Cf. Conc. Ecum.
Vienense, Decr. Fidei
catholicae, DS 902; Conc.
Ecum. Laterano V, Bula Apostolici
regiminis, DS 1440.
(59). Cf. Theses a Ludovico Eugenio Bautain
iussu sui Episcopi subscriptae (8 de septiembre de 1840), DS 2751-2756; Theses a Ludovico Eugenio Bautain ex
mandato S. Cong. Episcoporum et
Religiosorum subscriptae (26 de abril de 1844), DS 2765-2769.
(60). Cf. S. Congr.
Indicis, Decr. Theses contra
traditionalismum Augustini Bonnetty (11 de junio de 1855), DS 2811-2814.
(61). Cf. Pío IX, Breve Eximiam tuam (15 de junio de
1857), DS 2828-2831; Breve Gravissimas inter (11 de diciembre
de 1862), DS 2850-2861.
(62). Cf. S. Congr. del
Santo Oficio, Decr. Errores
ontologistarum (18 de septiembre de 1861), DS 2841-2847.
(63). Cf. Conc. Ecum. Vat.
I, Const. dogm. Dei Filius,
sobre la fe católica, II: DS
3004; y can. 2.1: DS 3026.
(64). Ibíd., IV: DS 3015; citado en Conc. Ecum.
Vat. II, Const. past. Gaudium et
spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 59.
(65). Conc. Ecum. Vat. I,
Const. dogm. Dei Filius, sobre
la fe católica, IV: DS 3017.
(66). Cf. Enc. Pascendi dominici gregis (8 de
septiembre de 1907): AAS 40
(1907), 596-597.
(67). Cf. Pío XI, Enc. Divini Redemptoris (19 de marzo de
1937): AAS 29 (1937), 65-106.
(68). Enc. Humani generis (12 de agosto de
1950): AAS 42 (1950), 562-563.
(69). Ibíd., l.c., 563-564.
(70). Cf. Const. ap. Pastor Bonus, (28 de junio de
1988, art. 48-49:AAS 80 (1988),
873; Congr. para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum veritatis, sobre la vocación
eclesial del teólogo (24 de mayo de 1990), 18: AAS 82 (1990), 1558.
(71). Cf. Instr. Libertatis nuntius, sobre algunos
aspectos de la « teología de la liberación » (6 de agosto de 1984), VII-X:
AAS 76 (1984), 890-903.
(72). El Concilio Vaticano
I con palabras claras y firmes había ya condenado estos errores, afirmando
de una parte que « esta fe [...] la Iglesia católica profesa que es una
virtud sobrenatural por la que, con inspiración y ayuda de la gracia de
Dios, creemos ser verdadero lo que por Él ha sido revelado, no por la
intrínseca verdad de las cosas, percibida por la luz natural de la razón,
sino por la autoridad del mismo Dios que revela, el cual no puede ni
engañarse ni engañarnos »: Const. dogm. Dei Filius, sobre la fe católica,
III: DS 3008, y can. 3,2: DS 3032. Por otra parte, el
Concilio declaraba que la razón nunca « se vuelve idónea para entender
(los misterios) totalmente, a la manera de las verdades que constituyen su
propio objeto »: ibíd., IV: DS 3016. De aquí sacaba la
conclusión práctica: « No sólo se prohibe a todos los fieles cristianos
defender como legítimas conclusiones de la ciencia las opiniones que se
reconocen como contrarias a la doctrina de la fe, sobre todo si han sido
reprobadas por la Iglesia, sino que están absolutamente obligados a
tenerlas más bien por errores que ostentan la falaz apariencia de la
verdad »: ibíd., IV: DS 3018.
(73). Cf. nn. 9-10.
(74). Ibíd., 10.
(75). Ibíd., 21.
(76). Cf. ibíd., 10.
(77). Cf. Enc. Humani generis (12 de agosto de
1950): AAS 42 (1950), 565-567;
571-573.
(78). Cf. Enc. Æterni Patris (4 de agosto de
1879): ASS 11 (1878-1879),
97-115.
(79). Ibíd., l.c., 109.
(80). Cf. nn. 14-15.
(81). Cf. ibíd., 20-21.
(82). Ibíd., 22; cf. Enc. Redemptor hominis (4 de marzo de
1979), 8: AAS 71 (1979),
271-272.
(83). Decr. Optatam totius, sobre la formación
sacerdotal, 15.
(84). Cf. Const. ap. Sapientia christiana (15 de abril
de 1979), arts. 79-80: AAS 71
(1979), 495-496; Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis (25 de marzo
de 1992), 52: AAS 84 (1992),
750-751. Véanse también algunos comentarios sobre la filosofía de Santo
Tomás: Discurso al Pontificio
Ateneo Internacional Angelicum (17 de noviembre de 1979): Insegnamenti II, 2 (1979),
1177-1189; Discurso a los
participantes en el VIII Congreso Tomista Internacional (13 de
septiembre de 1980): Insegnamenti
III, 2 (1980), 604-615; Discurso a los participantes en el
Congreso Internacional de la Sociedad « Santo Tomás » sobre la doctrina
del alma en S. Tomás (4 de enero de 1986): Insegnamenti IX, 1 (1986), 18-24.
Además, S. Congr. para la Educación Católica, Ratio fundamentalis institutionis
sacerdotalis (6 de enero de 1970), 70-75: AAS 62 (1970), 366-368; Decr. Sacra Theologia (20 de enero de
1972): AAS 64 (1972), 583-586.
(85). Cf. Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia
en el mundo actual, 57 y 62.
(86). Cf. ibíd., 44.
(87). Cf. Conc. Ecum.
Lateranense V, Bula Apostolici
regimini sollicitudo, Sesión: VIII, Conc. Oecum. Decreta, 1991, 605-606.
(88). Cf. Conc. Ecum. Vat.
II, Const. dogm. Dei Verbum,
sobre la divina Revelación, 10.
(89). S. Tomás de Aquino,
Summa Theologiae, II-II, 5, 3
ad 2.
(90). « La búsqueda de las
condiciones en las que el hombre se plantea a sí mismo sus primeros
interrogantes fundamentales sobre el sentido de la vida, sobre el fin que
quiere darle y sobre lo que le espera después de la muerte, constituye
para la teología fundamental el preámbulo necesario para que, también hoy,
la fe muestre plenamente el camino a una razón que busca sinceramente la
verdad ». Juan Pablo II, Carta a
los participantes en el Congreso internacional de Teología Fundamental a
125 años de la « Dei Filius » (30 de septiembre de 1995), 4: L'Osservatore Romano, ed. semanal
en lengua española, 13 de octubre de 1995, p. 2.
(91). Ibíd.
(92). Cf. Conc. Ecum. Vat.
II, Const. past. Gaudium et
spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 15; Decr. Ad gentes, sobre la actividad
misionera de la Iglesia, 22.
(93). S. Tomás de Aquino,
De Caelo, 1, 22.
(94). Cf. Conc. Ecum. Vat.
II, Const. past. Gaudium et
spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 53-59.
(95). S. Agustín, De praedestinatione sanctorum, 2,
5: PL 44, 963.
(96). Id., De fide, spe et caritate, 7: CCL 64, 61.
(97). Cf. Conc. Ecum.
Calcedonense, Symbolum,
Definitio: DS 302.
(98). Cf. Enc. Redemptor hominis (4 de marzo de
1979), 15: AAS 71 (1979),
286-289.
(99). Cf. por ejemplo S.
Tomás de Aquino, Summa
Theologiae, I, 16,1; S. Buenaventura, Coll. in Hex., 3, 8, 1.
(100). Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia
en el mundo actual, 15.
(101). Enc. Veritatis splendor (6 de agosto de
1993), 57-61: AAS 85 (1993),
1179-1182.
(102). Cf. Conc. Ecum. Vat.
I, Const. dogm. Dei Filius,
sobre la fe católica, IV: DS
3016.
(103). Cf. Conc. Ecum.
Lateranense IV, De errore abbatis
Ioachim, II: DS 806.
(104). Cf. Conc. Ecum. Vat.
II, Const. dogm. Dei Verbum,
sobre la divina Revelación, 24; Decr. Optatam totius, sobre la formación
sacerdotal, 16.
(105). Cf. Enc. Evangelium vitae (25 de marzo de
1995), 69: AAS 87 (1995), 481.
(106). En este mismo
sentido escribía en mi primera Encíclica, comentando la expresión de san
Juan: « « Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres » (8, 32). Estas
palabras encierran una exigencia fundamental y al mismo tiempo una
advertencia: la exigencia de una relación honesta con respecto a la
verdad, como condición de una auténtica libertad; y la advertencia,
además, de que se evite cualquier libertad aparente, cualquier libertad
superficial y unilateral, cualquier libertad que no profundiza en toda la
verdad sobre el hombre y sobre el mundo. También hoy, después de dos mil
años, Cristo aparece a nosotros como Aquél que trae al hombre la libertad
basada sobre la verdad, como Aquél que libera al hombre de lo que limita,
disminuye y casi destruye esta libertad en sus mismas raíces, en el alma
del hombre, en su corazón, en su conciencia »: Redemptor hominis, (4 de marzo de
1979), 12: AAS 71 (1979),
280-281.
(107). Discurso en la inauguración del
Concilio (11 de octubre de 1962): AAS 54 (1962), 792.
(108). Congr. para la
Doctrina de la Fe, Instr. Donum
veritatis, sobre la vocación eclesial del teólogo (24 de mayo de
1990), 7-8: AAS 82 (1990),
1552-1553.
(109). He escrito en la
Encíclica Dominum et
vivificantem, comentando Jn
16, 12-13: « Jesús presenta el Paráclito, el Espíritu de la verdad,
como el que “enseñará” y “recordará”, como el que “dará testimonio” de él;
luego dice: “Os guiará hasta la verdad completa”. Este “guiar hasta la
verdad completa”, con referencia a lo que dice a los apóstoles “pero ahora
no podéis con ello”, está necesariamente relacionado con el anonadamiento de Cristo por
medio de la pasión y muerte de Cruz, que entonces, cuando pronunciaba
estas palabras, era inminente. Después, sin embargo, resulta claro que
aquel “guiar hasta la verdad completa” se refiere también, además del escándalo de la cruz, a todo lo
que Cristo “hizo y enseñó” (Hch
1, 1). En efecto, el misterio
de Cristo en su globalidad exige la fe, ya que ésta introduce
oportunamente al hombre en la realidad del misterio revelado. El “guiar
hasta la verdad completa” se realiza, pues, en la fe y mediante la fe, lo
cual es obra del Espíritu de la verdad y fruto de su acción en el hombre.
El Espíritu Santo debe ser en esto la guía suprema del hombre y la luz del
espíritu humano », 6: AAS 78
(1986), 815-816.
(110). Cf. Conc. Ecum. Vat.
II, Const. dogm. Dei Verbum,
sobre la divina Revelación, 13.
(111). Cf. Pontificia
Comisión Bíblica, Instr. sobre la verdad histórica de los Evangelios (21
de abril de 1964): AAS 56
(1964), 713.
(112). « Es evidente que la
Iglesia no puede ligarse a ningún sistema filosófico efímero; pero las
nociones y los términos que los doctores católicos, con general
aprobación, han ido reuniendo durante varios siglos para llegar a obtener
algún conocimiento del dogma, no se fundan, sin duda en cimientos
deleznables. Se fundan realmente en principios y nociones deducidas del
verdadero conocimiento de las cosas creadas; deducción realizada a la luz
de la verdad revelada, que, por medio de la Iglesia, iluminaba, como una
estrella, la mente humana. Pero no hay que extrañarse que algunas de estas
nociones hayan sido no sólo empleadas, sino también aprobadas por los
concilios ecuménicos, de tal suerte que no es lícito apartarse de ellas »:
Enc. Humani generis (12 de
agosto de 1950): AAS 42 (1950),
566-567; cf. Comisión Teológica Internacional, Doc. Interpretationis problema (octubre
1989): Ench. Vat. 11, nn.
2717-2811.
(113). « En cuanto al
significado mismo de las fórmulas dogmáticas, éste es siempre verdadero y
coherente en la Iglesia, incluso cuando es principalmente aclarado y
comprendido mejor. Por tanto, los fieles deben evitar la opinión que
considera que las fórmulas dogmáticas (o cualquier tipo de ellas) no
pueden manifestar la verdad de manera determinada, sino sólo sus
aproximaciones cambiantes que son, en cierto modo, deformaciones y
alteraciones de la misma »: S. Congr. para la Doctrina de la Fe, Decl. Mysterium Ecclesiae, acerca de la
defensa de la doctrina sobre la Iglesia, (24 de junio de 1973), 5: AAS 65 (1973), 403.
(114). Cf. Congr. S.
Officii, Decr. Lamentabili (3
de julio de 1907), 26: ASS 40
(1907), 473.
(115). Cf. Discurso al Pontificio Ateneo «
Angelicum » (17 de noviembre de 1979), 6: Insegnamenti, II, 2 (1979),
1183-1185.
(116). N. 32: AAS 85 (1993), 1159-1160.
(117). Cf. Exhort. ap. Catechesi tradendae (16 de octubre
de 1979), 30: AAS 71 (1979),
1302-1303; Congr. para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum veritatis, sobre la vocación
eclesial del teólogo (24 de mayo de 1990), 7: AAS 82 (1990), 1552-1553.
(118). Cf. Exhort. ap. Catechesi tradendae (16 de octubre
de 1979), 30: AAS 71 (1979),
1302-1303.
(119). Cf. ibíd., 22, l.c., 1295-1296.
(120). Cf. ibíd., 7, l.c., 1282.
(121). Cf. ibíd., 59, l.c., 1325.
(122). Conc. Ecum. Vat. I,
Const. dogm. Dei Filius sobre
la fe católica, IV: DS 3019.
(123). « Nadie, pues, puede
hacer de la teología una especie de colección de los propios conceptos
personales; sino que cada uno debe ser consciente de permanecer en
estrecha unión con esta misión de enseñar la verdad, de la que es
responsable la Iglesia ». Enc. Redemptor hominis (4 de marzo de
1979), 19: AAS 71 (1979), 308.
(124). Cf. Conc. Ecum. Vat.
II, Decl. Dignitatis humanae,
sobre la libertad religiosa, 1-3.
(125). Cf. Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 de
diciembre de 1975), 20: AAS 68
(1976), 18-19.
(126). Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia
en el mundo actual, 92.
(127). Cf. ibíd., 10.
(128). Prologus, 4: Opera omnia,
Florencia 1981, t. V, 296.
(129). Cf. Decr. Optatam totius, sobre la formación
sacerdotal, 15.
(130). Cf. Const. ap. Sapientia christiana (15 de abril
de 1979), art. 67-68: ASS 71
(1979), 491-492.
(131). Discurso con ocasión del VI centenario
de fundación de la Universidad Jaguellónica (8 de junio de 1997), 4:
L'Osservatore Romano, Ed.
semanal en lengua española, 27 de junio de 1997, 10-11.
(132). « 'e noerà tes
pìsteos tràpeza »: Homilía en honor
de Santa María Madre de Dios, del pseudo Epifanio: PG 43, 493.
|