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A LOS HERMANOS
EN EL SACERDOCIO
Al concluir este testimonio sobre mi vocación sacerdotal, deseo
dirigirme a todos los Hermanos en el sacerdocio: ¡a todos sin excepción!
Lo hago con las palabras de San Pedro: "Hermanos, poned el mayor empeño
en afianzar vuestra vocación y vuestra elección. Obrando así nunca
caeréis" (2 Pe I, 10). ¡Amad vuestro sacerdocio! ¡Sed fieles hasta el
final! Sabed ver en él aquel tesoro evangélico por el cual vale la pena
darlo todo (cf. Mt 13, 44).
De modo particular me dirijo a aquellos de entre vosotros que viven un
período de dificultad o incluso de crisis de su vocación. Quisiera que
este testimonio personal mío -testimonio de sacerdote y de Obispo de
Roma, que celebra las Bodas de Oro de la Ordenación- fuese para vosotros
una ayuda y una invitación a la fidelidad. He escrito esto pensando en
cada uno de vosotros, abrazándoos a todos con la oración.
Pupilla oculi
He pensado también en tantos jóvenes seminaristas que se preparan al
sacerdocio. ¡Cuantas veces un obispo va con la mente y el corazón al
seminario! Este es el primer objeto de sus preocupaciones. Se suele
decir que el seminario es para un obispo la "pupila de sus ojos". El
hombre defiende las pupilas de sus ojos porque le permiten ver. Así, en
cierto modo, el obispo ve su Iglesia a través del seminario, porque de
las vocaciones sacerdotales depende gran parte de la vida eclesial. La
gracia de numerosas y santas vocaciones sacerdotales le permite mirar
con confianza el futuro de su misión.
Digo esto basándome en los muchos años de mi experiencia episcopal. Fui
nombrado obispo doce años después de mi Ordenación sacerdotal: buena
parte de estos cincuenta años ha estado precisamente marcada por la
preocupación por las vocaciones. La alegría del obispo es grande cuando
el Señor da vocaciones a su Iglesia; su falta, por el contrario, provoca
preocupación e inquietud. El Señor Jesús ha comparado esta preocupación
a la del segador: "La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al
Dueño de la mies que envíe obreros a su mies" (Mt 9, 37).
Deo gratias!
No puedo terminar estas reflexiones, en el año de mis Bodas de Oro
sacerdotales sin expresar al Señor de la mies la más profunda gratitud
por el don de la vocación, por la gracia del sacerdocio, por las
vocaciones sacerdotales en todo el mundo. Lo hago en unión con todos los
obispos, que comparten la misma preocupación por las vocaciones y
sienten la misma alegría cuando aumenta su número. Gracias a Dios, está
en vías de superación una cierta crisis de vocaciones sacerdotales en la
Iglesia. Cada nuevo sacerdote trae consigo una bendición especial:
"Bendito el que viene en nombre del Señor''. En efecto, es Cristo mismo
quien viene en cada sacerdote. Si San Cipriano ha dicho que el cristiano
es "otro Cristo" -Christianus alter Christus-, con mayor razón se puede
decir: Sacerdos alter Christus.
Que Dios mantenga en los sacerdotes una conciencia agradecida y
coherente del don recibido, y suscite en muchos jóvenes una respuesta
pronta y generosa a su llamada a entregarse sin reservas por la causa
del Evangelio. De ello se beneficiarán los hombres y mujeres de nuestro
tiempo, tan necesitados de sentido y de esperanza. De ello se alegrará
la comunidad cristiana, que podrá afrontar con confianza las incógnitas
y desafíos del tercer Milenio que ya está a las puertas.
Que la Virgen María acoja este testimonio mío como una ofrenda filial,
para gloria de la Santísima Trinidad. Que la haga fecunda en el corazón
de los hermanos en el sacerdocio y de tantos hijos de la Iglesia. Que
haga de ella una semilla de fraternidad también para quienes, aun sin
compartir la misma fe, me hacen con frecuencia el don de su escucha y
del diálogo sincero.
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