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IX
SER SACERDOTE HOY
Cincuenta años de sacerdocio no son pocos. ¡Cuántas cosas han sucedido
en este medio siglo de historia! Han surgido nuevos problemas, nuevos
estilos de vida, nuevos desafíos. Viene espontáneo preguntarse: ¿qué
supone ser sacerdote hoy, en este escenario en continuo movimiento
mientras nos encaminamos hacia el tercer Milenio?
No hay duda de que el sacerdote, con toda la Iglesia, camina con su
tiempo, y es oyente atento y benévolo, pero a la vez crítico y
vigilante, de lo que madura en la historia. El Concilio ha mostrado como
es posible y necesaria una auténtica renovación, en plena fidelidad a la
Palabra de Dios y a la Tradición. Pero más allá de la debida renovación
pastoral, estoy convencido de que el sacerdote no ha de tener ningún
miedo de estar "fuera de su tiempo", porque el "hoy" humano de cada
sacerdote está insertado en el "hoy" de Cristo Redentor. La tarea más
grande para cada sacerdote en cualquier época es descubrir día a día
este "hoy" suyo sacerdotal en el "hoy" de Cristo, aquel "hoy" del que
habla la Carta a los Hebreos. Este "hoy" de Cristo está inmerso en toda
la historia, en el pasado y en el futuro del mundo, de cada hombre y de
cada sacerdote. "Ayer como hoy, Jesucristo es el mismo, y lo será
siempre'' (Hb 13,8). Así pues, si estamos inmersos con nuestro "hoy''
humano y sacerdotal en el "hoy" de Cristo, no hay peligro de quedarse en
el "ayer", retrasados... Cristo es la medida de todos los tiempos. En su
"hoy" divino-humano y sacerdotal se supera de raíz toda oposición -antes
tan discutida- entre el "tradicionalismo" y el "progresismo''.
Las aspiraciones profundas del hombre
Si se analizan las aspiraciones del hombre contemporáneo en relación con
el sacerdote se verá que, en el fondo, hay en el mismo una sola y gran
aspiración: tiene sed de Cristo. El resto -lo que necesita a nivel
económico, social y político- lo puede pedir a muchos otros. ¡Al
sacerdote se le pide Cristo! Y de él tiene derecho a esperarlo, ante
todo mediante el anuncio de la Palabra. Los presbíteros -enseña el
Concilio- "tienen como primer deber el anunciar a todos el Evangelio de
Dios'' (Presbyterorum Ordinis, 4). Pero el anuncio tiende a que el
hombre encuentre a Jesús, especialmente en el misterio eucarístico,
corazón palpitante de la Iglesia y de la vida sacerdotal. Es un
misterioso y formidable poder el que el sacerdote tiene en relación con
el Cuerpo eucarístico de Cristo. De este modo es el administrador del
bien más grande de la Redención porque da a los hombres el Redentor en
persona. Celebrar la Eucaristía es la misión más sublime y más sagrada
de todo presbítero. Y para mí, desde los primeros años de sacerdocio, la
celebración de la Eucaristía ha sido no sólo el deber más sagrado, sino
sobre todo la necesidad más profunda del alma.
Ministro de la misericordia
Como administrador del sacramento de la Reconciliación, el sacerdote
cumple el mandato de Cristo a los Apóstoles después de su resurrección:
"Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les
quedarán perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos''
(Jn 20, 22-23). ¡El sacerdote es testigo e instrumento de la
misericordia divina! ¡Qué importante es en su vida el servicio en el
confesionario! Precisamente en el confesionario se realiza del modo más
pleno su paternidad espiritual. En el confesionario cada sacerdote se
convierte en testigo de los grandes prodigios que la misericordia divina
obra en el alma que acepta la gracia de la conversión. Es necesario, no
obstante, que todo sacerdote al servicio de los hermanos en el
confesionario tenga él mismo la experiencia de esta misericordia de Dios
a través de la propia confesión periódica y de la dirección espiritual.
Administrador de los misterios divinos, el sacerdote es un especial
testigo del Invisible en el mundo. En efecto, es administrador de bienes
invisible e inconmensurables que pertenecen al orden espiritual y
sobrenatural.
Un hombre en contacto con Dios
Como administrador de tales bienes, el sacerdote está en permanente y
especial contacto con la santidad de Dios. "¡ Santo, Santo, Santo es el
Señor, Dios del universo! Los cielos y la tierra están llenos de tu
gloria''. La majestad de Dios es la majestad de la santidad. En el
sacerdocio el hombre es como elevado a la esfera de esta santidad, de
algún modo llega a las alturas en las que una vez fue introducido el
profeta Isaías. Y precisamente de esa visión profética se hace eco la
liturgia eucarística: Sanctus, Sanctus, Sanctus, Dominus Deus Sabaoth.
Pleni sunt caeli et terra gloria tua. Hosanna in excelsis.
Al mismo tiempo, el sacerdote vive todos los días, continuamente, el
descenso de esta santidad de Dios hacia el hombre: benedictus qui venit
in nomine Domini. Con estas palabras las multitudes de Jerusalén
aclamaban a Cristo que llegaba a la ciudad para ofrecer el sacrificio
por la redención del mundo. La santidad trascendente, de alguna manera
"fuera del mundo" llega a ser en Cristo la santidad "dentro del mundo".
Es la santidad del Misterio pascual.
Llamado a la santidad
En contacto continuo con la santidad de Dios, el sacerdote debe llegar a
ser él mismo santo. Su mismo ministerio lo compromete a una opción de
vida inspirada en el radicalismo evangélico. Esto explica que de un modo
especial deba vivir el espíritu de los consejos evangélicos de castidad,
pobreza y obediencia. En esta perspectiva se comprende también la
especial conveniencia del celibato. De aquí surge la particular
necesidad de la oración en su vida: la oración brota de la santidad de
Dios y al mismo tiempo es la respuesta a esta santidad. He escrito en
una ocasión: ''La oración hace al sacerdote y el sacerdote se hace a
través de la oración''. Sí, el sacerdote debe ser ante todo hombre de
oración, convencido de que el tiempo dedicado al encuentro íntimo con
Dios es siempre el mejor empleado, porque además de ayudarle a él, ayuda
a su trabajo apostólico. Si el Concilio Vaticano II habla de la vocación
universal a la santidad, en el caso del sacerdote es preciso hablar de
una especial vocación a la santidad. ¡Cristo tiene necesidad de
sacerdotes santos! ¡El mundo actual reclama sacerdotes santos! Solamente
un sacerdote santo puede ser, en un mundo cada vez mas secularizado,
testigo transparente de Cristo y de su Evangelio. Solamente así el
sacerdote puede ser guía de los hombres y maestro de santidad. Los
hombres, sobre todo los jóvenes, esperan un guía así. ¡El sacerdote
puede ser guía y maestro en la medida en que es un testigo auténtico!
La cura animarum
En mi ya larga experiencia, a través de situaciones tan diversas, me he
afianzado en la convicción de que sólo desde el terreno de la santidad
sacerdotal puede desarrollarse una pastoral eficaz, una verdadera "cura
animarum". El auténtico secreto de los éxitos pastorales no está en los
medios materiales, y menos aún en la "riqueza de medios''. Los frutos
duraderos de los esfuerzos pastorales nacen de la santidad del
sacerdote. ¡Este es su fundamento! Naturalmente son indispensables la
formación, el estudio y la actualización; en definitiva. una preparación
adecuada que capacite para percibir las urgencias y definir las
prioridades pastorales. Sin embargo, se podría afirmar que las
prioridades dependen también de las circunstancias, y que cada sacerdote
ha de precisarlas y vivirlas de acuerdo con su obispo y en armonía con
las orientaciones de la Iglesia universal. En mi vida he descubierto
estas prioridades en el apostolado de los laicos, de modo especial en la
pastoral familiar -campo en el que los mismos laicos me han ayudado
mucho-, en la atención a los jóvenes y en el diálogo intenso con el
mundo de la ciencia y de la cultura. Todo esto se ha reflejado en mi
actividad científica y literaria. Surgió así el estudio Amor y
responsabilidad y, entre otras cosas, una obra literaria: El taller del
orfebre, con el subtítulo Meditaciones sobre el sacramento del
matrimonio.
Una prioridad ineludible es hoy la atención preferencial a los pobres,
los marginados y los emigrantes. Para ellos el sacerdote debe ser
verdaderamente un "padre". Ciertamente los medios materiales son
indispensables, como los que nos ofrece la moderna tecnología. Sin
embargo, el secreto es siempre la santidad de vida del sacerdote que se
expresa en la oración y en la meditación, en el espíritu de sacrificio y
en el ardor misionero. Cuando pienso en los años de mi servicio pastoral
como sacerdote y como obispo, más me convenzo de lo verdadero y
fundamental que es esto.
Hombre de la Palabra
Me he referido ya al hecho de que para ser guía auténtico de la
comunidad, verdadero administrador de los misterios de Dios, el
sacerdote está llamado a ser hombre de la palabra de Dios, generoso e
incansable evangelizador. Hoy, frente a las tareas inmensas de la "nueva
evangelización'', se ve aún más esta urgencia.
Después de tantos años de ministerio de la Palabra, que especialmente
como Papa me han visto peregrino por todos los rincones del mundo, debo
dedicar algunas consideraciones a esta dimensión de la vida sacerdotal.
Una dimensión exigente, ya que los hombres de hoy esperan del sacerdote
antes que la palabra "anunciada" la palabra "vivida". El presbítero debe
"vivir de la Palabra''. Pero al mismo tiempo, se ha de esforzar por
estar también intelectualmente preparado para conocerla a fondo y
anunciarla eficazmente. En nuestra época, caracterizada por un alto
nivel de especialización en casi todos los sectores de la vida, la
formación intelectual es muy importante. Esta hace posible entablar un
diálogo intenso y creativo con el pensamiento contemporáneo. Los
estudios humanísticos y filosóficos y el conocimiento de la teología son
los caminos para alcanzar esta formación intelectual, que deberá ser
profundizada durante toda la vida. El estudio, para ser auténticamente
formativo, tiene necesidad de estar acompañado siempre por la oración,
la meditación, la súplica de los dones del Espíritu Santo: la sabiduría,
la inteligencia, el consejo, la fortaleza, la ciencia, la piedad y el
temor de Dios. Santo Tomás de Aquino explica como, con los dones del
Espíritu Santo, todo el organismo espiritual del hombre se hace sensible
a la luz de Dios, a la luz del conocimiento y también a la inspiración
del amor. La súplica de los dones del Espíritu Santo me ha acompañado
desde mi juventud y a ella sigo siendo fiel hasta ahora.
Profundización científica
Ciertamente, como enseña el mismo Santo Tomás, la "ciencia infusa", que
es fruto de una intervención especial del Espíritu Santo, no exime del
deber de procurarse la "ciencia adquirida".
Por lo que a mí respecta, como he dicho antes, inmediatamente después de
la ordenación sacerdotal fui enviado a Roma para perfeccionar los
estudios. Más tarde, por decisión de mi obispo, tuve que ocuparme de la
ciencia como profesor de ética en la Facultad teológica de Cracovia y en
la Universidad Católica de Lublin. Fruto de estos estudios fueron el
doctorado sobre San Juan de la Cruz y después la tesis sobre Max Scheler
para la enseñanza libre: más en concreto, sobre la aportación que su
sistema ético de tipo fenomenológico puede dar a la formación de la
teología moral. Debo verdaderamente mucho a este trabajo de
investigación. Sobre mi precedente formación aristotélico-tomista se
injertaba así el método fenomenológico, lo cual me ha permitido
emprender numerosos ensayos creativos en este campo. Pienso
especialmente en el libro "Persona y acción De este modo me he
introducido en la corriente contemporánea del personalismo filosófico,
cuyo estudio ha tenido repercusión en los frutos pastorales. A menudo
constato que muchas de las reflexiones maduradas en estos estudios me
ayudan durante los encuentros con las personas, individualmente o en los
encuentros con las multitudes de fieles con ocasión de los viajes
apostó1icos. Esta formación en el horizonte cultural del personalismo me
ha dado una conciencia más profunda de cómo cada uno es una persona
única e irrepetible, y considero que esto es muy importante para todo
sacerdote.
El diálogo con el pensamiento contemporáneo
Gracias a los encuentros y coloquios con naturalistas, físicos, biólogos
y también con historiadores, he aprendido a apreciar la importancia de
las otras ramas del saber relativas a las materias científicas, desde
las cuales se puede llegar a la verdad partiendo de perspectivas
diversas. Es preciso, pues, que el esplendor de la verdad -Veritatis
Splendor- las acompañe continuamente, permitiendo a los hombres
encontrarse, intercambiar las reflexiones y enriquecerse recíprocamente.
He traído conmigo desde Cracovia a Roma la tradición de encuentros
interdisciplinares periódicos, que tienen lugar de modo regular durante
el verano en Castel Gandolfo. Trato de ser fiel a esta buena costumbre.
"Labia sacerdotum scientiam custodiant..." (cf. Ml 2, 7). Me gusta
recordar estas palabras del profeta Malaquías, citadas en las Letanías a
Cristo Sacerdote y Víctima, porque tienen una especie de valor
programático para quien está llamado a ser ministro de la Palabra. Este
debe ser verdaderamente hombre de ciencia en el sentido más alto y
religioso del término. Debe poseer y transmitir la "ciencia de Dios" que
no es sólo un depósito de verdades doctrinales, sino experiencia
personal y viva del Misterio, en el sentido indicado por el Evangelio de
Juan en la gran oración sacerdotal: "Esta es la vida eterna: que te
conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado,
Jesucristo" (17, 3).
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