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VIII
¿QUIÉN ES EL SACERDOTE?
En este testimonio personal no puedo limitarme al recuerdo de los
acontecimientos y de las personas, sino que quisiera ir más allá para
fijar la mirada mas profundamente, como para escrutar el misterio que
desde hace cincuenta años me acompaña y me envuelve.
¿Qué significa ser sacerdote? Según San Pablo significa ante todo ser
administrador de los misterios de Dios: "servidores de Cristo y
administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que en fin de
cuentas se exige de los administradores es que sean fieles'' (1 Co 4,
1-2). La palabra "administrador" no puede ser sustituida por ninguna
otra. Está basada profundamente en el Evangelio: recuérdese la parábola
del administrador fiel y del infiel (cf. Lc 12, 41-48). El administrador
no es el propietario, sino aquel a quien el propietario confía sus
bienes para que los gestione con justicia y responsabilidad.
Precisamente por eso el sacerdote recibe de Cristo los bienes de la
salvación para distribuirlos debidamente entre las personas a las cuales
es enviado. Se trata de los bienes de la fe. El sacerdote, por tanto, es
el hombre de la palabra de Dios, el hombre del sacramento, el hombre del
"misterio de la fe''. Por medio de la fe accede a los bienes invisibles
que constituyen la herencia de la Redención del mundo llevada a cabo por
el Hijo de Dios. Nadie puede considerarse "propietario'' de estos
bienes. Todos somos sus destinatarios. El sacerdote, sin embargo, tiene
la tarea de administrarlos en virtud de lo que Cristo ha establecido.
Admirabile commercium!
La vocación sacerdotal es un misterio. Es el misterio de un "maravilloso
intercambio" -admirabile commercium- entre Dios y el hombre. Este ofrece
a Cristo su humanidad para que El pueda servirse de ella como
instrumento de salvación, casi haciendo de este hombre otro sí mismo. Si
no se percibe el misterio de este "intercambio" no se logra entender
como puede suceder que un joven, escuchando la palabra ''¡sígueme!'',
llegue a renunciar a todo por Cristo, en la certeza de que por este
camino su personalidad humana se realizará plenamente.
¿Hay en el mundo una realización más grande de nuestra humanidad que
poder representar cada día in persona Christi el Sacrificio redentor, el
mismo que Cristo llevó a cabo en la Cruz? En este Sacrificio, por una
parte, está presente del modo más profundo el mismo Misterio trinitario,
y por otra está como "recapitulado'' todo el universo creado (cf. Ef 1,
10). La Eucaristía se realiza también para ofrecer "sobre el altar de la
tierra entera el trabajo y el sufrimiento del mundo'', según una bella
expresión de Teilhard de Chardin. He ahí por qué, en la acción de
gracias después de la Santa Misa, se recita también el Cántico de los
tres jóvenes del Antiguo Testamento: Benedicite omnia opera Domini
Domino... En efecto, en la Eucaristía todas las criaturas visibles e
invisibles, y en particular el hombre, bendicen a Dios como Creador y
Padre y lo bendicen con las palabras y la acción de Cristo, Hijo de
Dios.
Sacerdote y Eucaristía
"Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has
ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a
pequeños (...) Nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es
el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar'' (Lc
10, 21-22). Estas palabras del Evangelio de San Lucas, introduciéndonos
en la intimidad del misterio de Cristo, nos permiten acercarnos también
al misterio de la Eucaristía. En ella el Hijo consustancial al Padre,
Aquel que sólo el Padre conoce, le ofrece el sacrificio de sí mismo por
la humanidad y por toda la creación. En la Eucaristía Cristo devuelve al
Padre todo lo que de El proviene. Se realiza así un profundo misterio de
justicia de la criatura hacia el Creador. Es preciso que el hombre de
honor al Creador ofreciendo, en una acción de gracias y de alabanza,
todo lo que de El ha recibido. El hombre no puede perder el sentido de
esta deuda, que solamente él, entre todas las otras realidades
terrestres, puede reconocer y saldar como criatura hecha a imagen y
semejanza de Dios. Al mismo tiempo, teniendo en cuenta sus límites de
criatura y el pecado que lo marca, el hombre no sería capaz de realizar
este acto de justicia hacia el Creador si Cristo mismo, Hijo
consustancial al Padre y verdadero hombre, no emprendiera esta
iniciativa eucarística.
El sacerdocio, desde sus raíces, es el sacerdocio de Cristo. Es El quien
ofrece a Dios Padre el sacrificio de sí mismo, de su carne y de su
sangre, y con su sacrificio justifica a los ojos del Padre a toda la
humanidad e indirectamente a toda la creación. El sacerdote, celebrando
cada día la Eucaristía, penetra en el corazón de este misterio. Por eso
la celebración de la Eucaristía es, para él, el momento más importante y
sagrado de la jornada y el centro de su vida.
In persona Christi
Las palabras que repetimos al final del Prefacio -"Bendito el que viene
en nombre del Señor...''- nos llevan a los acontecimientos dramáticos
del Domingo de Ramos. Cristo va a Jerusalén para afrontar el sacrificio
cruento del Viernes Santo. Pero el día anterior, durante la Ultima Cena,
instituye el sacramento de este sacrificio. Pronuncia sobre el pan y
sobre el vino las palabras de la consagración: "Esto es mi Cuerpo que
será entregado por vosotros (...) Este es el cáliz de mi Sangre, de la
nueva y eterna alianza, que será derramada por vosotros y por todos los
hombres para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración
mía''.
¿Qué "conmemoración"? Sabemos que a esta palabra hay que darle un
sentido fuerte, que va más allá del simple recuerdo histórico. Estamos
en el orden del "memorial" bíblico, que hace presente el acontecimiento
mismo. ¡Es memoria-presencia! El secreto de este prodigio es la acción
del Espíritu Santo, que el sacerdote invoca mientras extiende las manos
sobre los dones del pan y del vino: "Santifica estos dones con la
efusión de tu Espíritu de manera que sean para nosotros el Cuerpo y
Sangre de Jesucristo Nuestro Señor". Así pues, no sólo el sacerdote
recuerda los acontecimientos de la Pasión, Muerte y Resurrección de
Cristo, sino que el Espíritu Santo hace que estos se realicen sobre el
altar a través del ministerio del sacerdote. Este actúa verdaderamente
in persona Christi. Lo que Cristo ha realizado sobre el altar de la
Cruz, y que precedentemente ha establecido como sacramento en el
Cenáculo, el sacerdote lo renueva con la fuerza del Espíritu Santo. En
este momento el sacerdote está como envuelto por el poder del Espíritu
Santo y las palabras que dice adquieren la misma eficacia que las
pronunciadas por Cristo durante la Ultima Cena.
Mysterium fidei
Durante la Santa Misa, después de la transubstanciación, el sacerdote
pronuncia las palabras: Mysterium fidei, ¡Misterio de la fe! Son
palabras que se refieren obviamente a la Eucaristía. Sin embargo, en
cierto modo, conciernen también al sacerdocio. No hay Eucaristía sin
sacerdocio, como no hay sacerdocio sin Eucaristía. No sólo el sacerdocio
ministerial está estrechamente vinculado a la Eucaristía; también el
sacerdocio común de todos los bautizados tiene su raíz en este misterio.
A las palabras del celebrante los fieles responden: "Anunciamos tu
muerte, proclamamos tu resurrección, ven Señor Jesús''. Participando en
el Sacrificio eucarístico los fieles se convierten en testigos de Cristo
crucificado y resucitado, comprometiéndose a vivir su triple misión
-sacerdotal, profética y real- de la que están investidos desde el
Bautismo, como ha recordado el Concilio Vaticano II.
El sacerdote, como administrador de los ''misterios de Dios", está al
servicio del sacerdocio común de los fieles. Es él quien, anunciando la
Palabra y celebrando los sacramentos, especialmente la Eucaristía, hace
cada vez más consciente a todo el Pueblo de Dios su participación en el
sacerdocio de Cristo, y al mismo tiempo lo mueve a realizarla
plenamente. Cuando, después de la transubstanciación, resuena la
expresión: Mysterium fidei, todos son invitados a darse cuenta de la
particular densidad existencial de este anuncio, con referencia al
misterio de Cristo, de la Eucaristía y del Sacerdocio.
¿No encuentra aquí, tal vez, su motivación más profunda la misma
vocación sacerdotal? Una motivación que está totalmente presente en el
momento de la Ordenación, pero que espera ser interiorizada y
profundizada a lo largo de toda la existencia. Sólo así el sacerdote
puede descubrir en profundidad la gran riqueza que le ha sido confiada.
Cincuenta años después de mi Ordenación puedo decir que el sentido del
propio sacerdocio se redescubre cada día más en ese Mysterium fidei.
Esta es la magnitud del don del sacerdocio y es también la medida de la
respuesta que requiere tal don. ¡El don es siempre más grande! Y es
hermoso que sea así. Es hermoso que un hombre nunca pueda decir que ha
respondido plenamente al don. Es un don y también una tarea: ¡siempre!
Tener conciencia de esto es fundamental para vivir plenamente el propio
sacerdocio.
Cristo, Sacerdote y Víctima
A través de las Letanías que había costumbre de recitar en el seminario
de Cracovia, especialmente la víspera de la Ordenación presbiteral, he
tenido siempre presente la verdad sobre el sacerdocio de Cristo. Me
refiero a las Letanías a Cristo Sacerdote y Víctima. ¡Qué profundos
pensamientos provocaban en mí! En el sacrificio de la Cruz, representado
y actualizado en cada Eucaristía, Cristo se ofrece a sí mismo para la
salvación del mundo. Las invocaciones litánicas recorren los diversos
aspectos del misterio. Me recuerdan el simbolismo evocador de las
imágenes bíblicas que están entretejidas. Me vienen a los labios en
latín, como las he recitado en el seminario y después tantas veces en
los años sucesivos:
Iesu, Sacerdos et Victima,
Iesu, Sacerdos in aeternum secundum ordinem Melchisedech, ...
Iesu, Pontifex ex hominibus assumpte,
Iesu, Pontifex pro hominibus constitute, ...
Iesu, Pontifex futurorum bonorum, ...
Iesu, Pontifex fidelis et misericors, ...
Iesu, Pontifex qui dilexisti nos et lavisti nos a peccatis in sanguine
tuo, ...
Iesu, Pontifex qui tradidisti temetipsum Deo oblationem et hostiam, ...
Iesu, Hostia sancta et immaculata, ...
Iesu, Hostia in qua habemus fiduciam et accessum ad Deum, ...
Iesu, Hostia vivens in saecula saeculorum.
(EI texto completo de las Letanías se encuentra en el Apéndice)
¡Cuánta riqueza teológica hay en estas expresiones! Se trata de letanías
profundamente basadas en la Sagrada Escritura, sobre todo en la Carta a
los Hebreos. Es suficiente releer este pasaje: "Cristo como Sumo
Sacerdote de los bienes futuros, (...) penetró en el santuario una vez
para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con
su propia sangre, consiguiendo una redención eterna. Pues si la sangre
de machos cabríos y de toros (...) santifica con su aspersión a los
contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la
sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin
tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para
rendir culto a Dios vivo!" (Hb 9, 11-14). Cristo es sacerdote porque es
el Redentor del mundo. En el misterio de la Redención se inscribe el
sacerdocio de todos los presbíteros. Esta verdad sobre la Redención y
sobre el Redentor está enraizada en el centro mismo de mi conciencia, me
ha acompañado en todos estos años, ha impregnado todas mis experiencias
pastorales y me ha mostrado contenidos siempre nuevos.
En estos cincuenta años de vida sacerdotal me he dado cuenta de que la
Redención, el precio que debía pagarse por el pecado, lleva consigo
también un renovado descubrimiento, coma una "nueva creación", de todo
lo que ha sido creado: el redescubrimiento del hombre como persona, del
hombre creado por Dios varón y mujer, el redescubrimiento, en su verdad
profunda, de todas las obras del hombre, de su cultura y civilización,
de todas sus conquistas y actuaciones creativas. Después de mi elección
como Papa, mi primer impulso espiritual fue dirigirme a Cristo Redentor.
Nació así la Encíclica Redemptor hominis. Reflexionando sobre todo este
proceso veo cada vez mejor la íntima relación que hay entre el mensaje
de esta Encíclica y todo lo que se inscribe en el corazón del hombre por
la participación en el sacerdocio de Cristo.
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