JUAN PABLO II
DON Y MISTERIO
 

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VII
¡GRACIAS IGLESIA
QUE ESTÁS EN POLONIA!
 


En este testimonio jubilar tengo que expresar mi gratitud a toda la Iglesia polaca, en cuyo seno naci6 y maduró mi sacerdocio. Es una Iglesia con una herencia milenaria de fe; una Iglesia que ha engendrado a lo largo de los siglos numerosos santos y beatos, y está confiada al patrocinio de dos Santos Obispos y Mártires, Wojciech y Stanislaw. Es una Iglesia profundamente unida al pueblo y a su cultura; una Iglesia que siempre ha sostenido y defendido al pueblo, especialmente en los momentos trágicos de su historia. Es también una Iglesia que en este siglo ha sido duramente probada: ha tenido que sostener una lucha dramática por la supervivencia contra dos sistemas totalitarios: contra el régimen inspirado en la ideología nazi durante la segunda guerra mundial; y después, en los largos decenios de la posguerra, contra la dictadura comunista y su ateísmo militante.

De ambas pruebas ha salido victoriosa, gracias al sacrificio de obispos, sacerdotes y de numerosos laicos; gracias a la familia polaca "fuerte en Dios". Entre los obispos del período bélico he de mencionar la figura inquebrantable del Príncipe Metropolitano de Cracovia, Adam Stefan Sapieha, y entre los del período de la posguerra, la figura del siervo de Dios Cardenal Stefan Wyszynski. Es una Iglesia que ha defendido al hombre, su dignidad y sus derechos fundamentales, una Iglesia que ha luchado valientemente por el derecho de los fieles a profesar su fe. Una Iglesia extraordinariamente dinámica, a pesar de las dificultades y los obstáculos que se interponían en el camino.

En este intenso clima espiritual se fue desarrollando mi misi6n de sacerdote y de obispo. He podido conocer, por decirlo así, desde dentro, los dos sistemas totalitarios que han marcado trágicamente nuestro siglo: el nazismo de una parte, con los horrores de la guerra y de los campos de concentración, y el comunismo, de otra, con su régimen de opresión y de terror. Es fácil comprender mi sensibilidad por la dignidad de toda persona humana y por el respeto de sus derechos, empezando por el derecho a la vida. Es una sensibilidad que se formó en los primeros años de sacerdocio y se ha afianzado con el tiempo. Es fácil entender también mi preocupación por la familia y por la juventud: todo esto ha crecido en mí de forma orgánica gracias a aquellas dramáticas experiencias.

El presbiterio de Cracovia


En el quincuagésimo aniversario de mi ordenación sacerdotal me dirijo con el pensamiento de modo particular al presbiterio de la Iglesia de Cracovia, del cual he sido miembro como sacerdote y después cabeza como Arzobispo. Me vienen a la memoria tantas figuras eminentes de párrocos y vicarios. Sería demasiado largo mencionarlos a todos uno a uno. A muchos de ellos me unían y me unen vínculos de sincera amistad. Los ejemplos de su santidad y de su celo pastoral han sido para mí de gran edificación. Indudablemente han tenido una influencia profunda sobre mi sacerdocio. De ellos he aprendido qué quiere decir en concreto ser pastor.

Estoy profundamente convencido del papel decisivo que el presbiterio diocesano tiene en la vida personal de todo sacerdote. La comunidad de sacerdotes, basada en una verdadera fraternidad sacramental, constituye un ambiente de primera importancia para la formación espiritual y pastoral. El sacerdote, por principio, no puede prescindir de la misma. Le ayuda a crecer en la santidad y constituye un apoyo seguro en las dificultades. ¿Cómo no expresar, con ocasión de mi jubileo de oro, mi gratitud a los sacerdotes de la Archidiócesis de Cracovia por su contribución a mi sacerdocio?

El don de los laicos


Estos días pienso también en todos los laicos que el Señor me ha hecho encontrar en mi misión de sacerdote y de obispo. Han sido para mí un don singular, por el cual no ceso de dar gracias a la Providencia. Son tan numerosos que no es posible citarlos a todos por su nombre, pero los llevo a todos en el corazón, porque cada uno de ellos ha ofrecido su propia aportación a la realización de mi sacerdocio. En cierto modo me han indicado el camino, ayudándome a comprender mejor mi ministerio y a vivirlo en plenitud. Ciertamente, de los frecuentes contactos con los laicos siempre he sacado mucho provecho. Entre ellos había simples obreros, hombres dedicados a la cultura y al arte, grandes científicos. De estos encuentros han nacido cordiales amistades, muchas de las cuales perduran aún. Gracias a ellos mi acción pastoral se ha multiplicado, superando barreras y penetrando en ambientes que de otro modo hubieran sido muy difíciles de alcanzar.

En verdad, me ha acompañado siempre la profunda conciencia de la necesidad urgente del apostolado de los laicos en la Iglesia. Cuando el Concilio Vaticano II habló de la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo, pude experimentar una gran alegría: lo que el Concilio enseñaba respondía a las convicciones que habían guiado mi acción desde los primeros años de mi ministerio sacerdotal.
 


 

 

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Cap. 08      Cap. 09      Cap. 10      Apéndice      

Tomado del sitio de web del vaticano: www.vatican.va