|
V
ROMA
Noviembre pasaba de prisa: era ya el tiempo de partir hacia Roma. Cuando
llegó el día establecido, subí al tren con gran emoción. Conmigo estaba
Stanislaw Starowieyski, un compañero más joven que yo, que debía
realizar todo el curso teológico en Roma. Por primera vez salía de las
fronteras de mi Patria. Miraba desde la ventanilla del tren en marcha
ciudades que conocía únicamente por los libros de geografía. Vi por
primera vez Praga, Nuremberg, Estrasburgo y París, donde nos detuvimos
siendo huéspedes del Seminario Polaco en la "Rue des lrlandais''.
Reemprendimos pronto el viaje, porque el tiempo apremiaba y llegamos a
Roma los últimas días de noviembre. Aquí aprovechamos inicialmente la
hospitalidad de los Padres Palotinos. Recuerdo que el primer domingo
después de la llegada me acerqué, junto con Stanislaw Starowieyski, a la
Basílica de San Pedro para asistir a la solemne veneración de un nuevo
Beato por parte del Papa. Vi desde lejos la figura de Pío XII, llevado
en la silla gestatoria. La participación del Papa en una Beatificación
se limitaba entonces a la recitación de la oración al nuevo Beato,
mientras que el rito propiamente dicho era presidido en la mañana por
uno de los cardenales. Esta tradición se cambio a partir de Maximiliano
María Kolbe, cuando en octubre de 1971 Pablo VI ofició personalmente el
rito de Beatificación del mártir polaco de Auschwitz, durante una Santa
Misa concelebrada con el Cardenal Wyszynski y con los obispos polacos,
en la cual yo también tuve el gozo de participar.
"Aprender Roma"
No podré olvidar nunca la sensación de mis primeros días "romanos"
cuando en 1946 empecé a conocer la Ciudad Eterna. Me inscribí en el
"biennium ad lauream" en el Angelicum. Era Decano de la Facultad de
Teología el P. Ciappi, O.P., futuro teólogo de la Casa Pontificia y
cardenal.
El P. Karol Kozlowski, Rector del Seminario de Cracovia, me había dicho
muchas veces que, para quien tiene la suerte de poderse formar en la
capital del Cristianismo, más aún que los estudios (¡un doctorado en
teología se puede conseguir también fuera!) es importante aprender Roma
misma. Traté de seguir su consejo. Llegué a Roma con un vivo deseo de
visitar la Ciudad Eterna, empezando por las Catacumbas. Y así fue. Con
los amigos del Colegio Belga, donde habitaba, tuve la oportunidad de
recorrer sistemáticamente la Ciudad con la guía de conocedores expertos
de sus monumentos y de su historia. Con ocasión de las vacaciones de
Navidad y de Pascua pudimos acercarnos a otras ciudades italianas.
Recuerdo las primeras vacaciones cuando, guiándonos por el libro del
escritor danés Joergensen, fuimos a visitar los lugares vinculados a la
vida de San Francisco.
De todos modos, el centro de nuestra experiencia era siempre Roma. Cada
día desde el Colegio Belga, en vía del Quirinale 26, iba al Angelicum
para las clases, parándome durante el camino en la iglesia de los
Jesuitas de San Andrés del Quirinale, donde se encuentran las reliquias
de San Estanislao de Kostka, que vivió en el noviciado contiguo y allí
terminó su vida. Recuerdo que entre los que visitaban la tumba había
muchos seminaristas del Germanicum, que se reconocían fácilmente por sus
características sotanas rojas. En el corazón del Cristianismo y a la luz
de los santos, las nacionalidades también se encontraban, como
prefigurando, más allá de la tragedia bélica que tanto nos había
marcado, un mundo sin divisiones.
Perspectivas pastorales
Mi sacerdocio y mi formación teológica y pastoral se enmarcaban así
desde el comienzo en la experiencia romana. Los dos años de estudios,
concluidos en 1948 con el doctorado, fueron años de intenso "aprender
Roma''. El Colegio Belga contribuía a enraizar mi sacerdocio, día tras
día, en la experiencia de la capital del Cristianismo. En efecto, me
permitía entrar en contacto con ciertas formas de vanguardia del
apostolado, que en aquella época iban desarrollándose en la Iglesia.
Pienso sobre todo en el encuentro con el P. Jozef Cardijn, fundador de
la JOC y futuro cardenal, que venía de vez en cuando al Colegio para
encontrarse con nosotros, sacerdotes estudiantes, y hablarnos de aquella
particular experiencia humana que es la fatiga física. Para ella yo
estaba, en cierta medida, preparado debido al trabajo desarrollado en la
cantera y en la sección del depurador de agua de la fábrica Solvay. En
Roma tuve la posibilidad de descubrir más a fondo cómo el sacerdocio
está vinculado a la pastoral y al apostolado de los laicos. Entre el
servicio sacerdotal y el apostolado laical existe una estrecha relación,
más aún, una coordinación recíproca. Reflexionando sobre estos
planteamientos pastorales, descubría cada vez de forma más clara el
sentido y el valor del sacerdocio ministerial mismo.
El horizonte europeo
La experiencia vivida en el Colegio Belga se amplió, a continuación,
gracias a un contacto directo no sólo con la nación belga, sino también
con la francesa y la holandesa. Con el consentimiento del Cardenal
Sapieha, durante las vacaciones veraniegas de 1947 el P. Stanislaw
Starowieyski y yo pudimos visitar aquellos países. Me abría así a un
horizonte europeo más amplio. En París, donde residí en el Seminario
Polaco, pude conocer de cerca la experiencia de los sacerdotes obreros,
la problemática tratada en el libro de los Padres Henri Godin e Yvan
Daniel La France, pays de mission? y la pastoral de las misiones en la
periferia de París, sobre todo en la parroquia dirigida por el P.
Michonneau. Estas experiencias, en el primer y segundo año de
sacerdocio, tuvieron para mí un enorme interés.
En Holanda, gracias a la ayuda de mis compañeros, y especialmente de los
padres del fallecido P. Alfred Delmé, pude pasar con Stanislaw
Starowieyski unos diez días. Me impresionó la sólida organización de la
Iglesia y de la pastoral en aquel País, con estructuras activas y
comunidades eclesiales vivas. Descubría así cada vez mejor, desde puntos
de vista diversos y complementarios, la Europa occidental, la Europa de
la posguerra, la Europa de las maravillosas catedrales góticas y, al
mismo tiempo, la Europa amenazada por el proceso de secularización.
Percibía el desafío que todo ello representaba para la Iglesia, llamada
a hacer frente al peligro que conllevaba mediante nuevas formas de
pastoral, abiertas a una presencia más amplia del laicado.
Entre los emigrantes
La mayor parte de aquellas vacaciones veraniegas las pasé, sin embargo,
en Bélgica. Durante el mes de septiembre estuve al frente de la misión
católica polaca, entre los mineros, en las cercanías de Charleroi. Fue
una experiencia muy fructífera. Por primera vez visité una mina de
carbón y pude conocer de cerca el pesado trabajo de los mineros.
Visitaba las familias de los emigrantes polacos y me reunía con la
juventud y los niños, acogido siempre con benevolencia y cordialidad,
como cuando estaba en la Solvay.
La figura de San Juan María Vianney
En el camino de regreso de Bélgica a Roma, tuve la suerte de detenerme
en Ars. Era al final del mes de octubre de 1947, el domingo de Cristo
Rey. Con gran emoción visité la vieja iglesita donde San Juan María
Vianney confesaba, enseñaba el catecismo y predicaba sus homilías. Fue
para mí una experiencia inolvidable. Desde los años del seminario había
quedado impresionado por la figura del Cura de Ars, sobre todo por la
lectura de su biografía escrita por Mons. Trochu. San Juan María Vianney
sorprende en especial porque en él se manifiesta el poder de la gracia
que actúa en la pobreza de los medios humanos. Me impresionaba
profundamente, en particular, su heroico servicio en el confesionario.
Este humilde sacerdote que confesaba mas de diez horas al día, comiendo
poco y dedicando al descanso apenas unas horas, había logrado, en un
difícil período histórico, provocar una especie de revolución espiritual
en Francia y fuera de ella. Millares de personas pasaban por Ars y se
arrodillaban en su confesionario. En medio del laicismo y del
anticlericalismo del siglo XIX, su testimonio constituye un
acontecimiento verdaderamente revolucionario.
Del encuentro con su figura llegué a la convicción de que el sacerdote
realiza una parte esencial de su misión en el confesionario, por medio
de aquel voluntario "hacerse prisionero del confesionario". Muchas
veces, confesando en Niegowic, en mi primera parroquia, y después en
Cracovia, volvía con el pensamiento a esta experiencia inolvidable. He
procurado mantener siempre el vínculo con el confesionario tanto durante
los trabajos científicos en Cracovia, confesando sobre todo en la
Basílica de la Asunción de la Santísima Virgen María, como ahora en
Roma, aunque sea de modo casi simbólico, volviendo cada año al
confesionario el Viernes Santo en la Basílica de San Pedro.
Un "gracias" sincero
No puedo terminar estas consideraciones sin expresar un cordial
agradecimiento a todos los componentes del Colegio Belga de Roma, a los
Superiores y a los compañeros de entonces, muchos de los cuales ya han
fallecido; en particular al Rector, P. Maximilien de Furstenberg, que
después fue cardenal. ¿¡Cómo no recordar que, durante el cónclave, en
1978, el Cardenal de Furstenberg, en un determinado momento, me dijo
estas significativas palabras: Dominus adest et vocat te. Era como una
misteriosa alusión a la culminación de su trabajo formativo, come Rector
del Colegio Belga, en favor de mi sacerdocio.
El regreso a Polonia
A principios de julio de 1948 defendí la tesis doctoral en el Angelicum
e inmediatamente después me puse en camino de regreso a Polonia. He
aludido antes a que en los dos años de permanencia en la Ciudad Eterna
había "aprendido" intensamente Roma: la Roma de las catacumbas, la Roma
de los mártires, la Roma de Pedro y Pablo, la Roma de los confesores.
Vuelvo a menudo a aquellos años con la memoria llena de emoción. Al
regresar llevaba conmigo no sólo un mayor bagaje de cultura teológica,
sino también. la consolidación de mi sacerdocio y la profundización de
mi visión de la Iglesia. Aquel período de intenso estudio junto a las
Tumbas de los Apóstoles me había dado tanto desde todos los puntos de
vista.
Ciertamente podría añadir muchos otros detalles acerca de esta
experiencia decisiva. Prefiero, sin embargo, resumirlo todo diciendo que
gracias a Roma mi sacerdocio se había enriquecido con una dimensión
europea y universal. Regresaba de Roma a Cracovia con el sentido de la
universalidad de la misión sacerdotal, que sería magistralmente
expresado por el Concilio Vaticano II, sobre todo en la Constitución
dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium. No sólo el obispo, sino
también cada sacerdote debe vivir la solicitud por toda la Iglesia y
sentirse, de algún modo, responsable de ella.
|