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IV
¡SACERDOTE!
Mi ordenación tuvo lugar en un día insólito para este tipo de
celebraciones: fue el 1 de noviembre, solemnidad de Todos los Santos,
cuando la liturgia de la Iglesia se dedica totalmente a celebrar el
misterio de la comunión de los Santos y se prepara a conmemorar a los
fieles difuntos. El Arzobispo eligió ese día porque yo debía partir
hacia Roma para proseguir los estudios. Fui ordenado sólo, en la capilla
privada de los Arzobispos de Cracovia. Mis compañeros serían ordenados
el año siguiente, en el Domingo de Ramos.
Había sido ordenado subdiácono y diácono en octubre. Fue un lunes de
intensa oración, marcado por los Ejercicios Espirituales con los que me
preparé a recibir las Ordenes Sagradas: seis días de Ejercicios antes
del subdiaconado, y después tres y seis días antes del diaconado y del
presbiterado respectivamente. Los últimos Ejercicios los hice solo en la
capilla del seminario. El día de Todos los Santos me presenté por la
mañana en la residencia de los Arzobispos de Cracovia, en la calle
Franciszkanska 3, para recibir la Ordenación sacerdotal. Asistieron a la
ceremonia un pequeño grupo de parientes y amigos.
Recuerdo de un hermano en la vocación sacerdotal
El lugar de mi Ordenación, como he dicho, fue la capilla privada de los
Arzobispos de Cracovia. Recuerdo que durante la ocupación iba allí con
frecuencia por la mañana para ayudar en la Santa Misa al Príncipe
Metropolitano. Recuerdo también que durante un cierto período venía
conmigo otro seminarista clandestino, Jerzy Zachuta. Un día él no se
presentó. Cuando después de la Misa fui a su casa, en Ludwinów, en
Debniki, supe que durante la noche había sido detenido por la Gestapo.
Inmediatamente después, su apellido apareció en la lista de polacos
destinados a ser fusilados. Habiendo sido ordenado en aquella misma
capilla que nos había visto juntos tantas veces, recordaba a este
hermano en la vocación sacerdotal al cual Cristo había unido de otro
modo al misterio de su muerte y resurrección.
"Veni, Creator Spiritus!"
Me veo así, en aquella capilla durante el canto del Veni, Creator
Spiritus y de las Letanías de los Santos, mientras, extendido en forma
de Cruz en el suelo, esperaba el momento de la imposición de las manos.
¡Un momento emocionante! Después he tenido ocasión de presidir como
Obispo y como Papa este rito. Hay algo de impresionante en la postración
de los ordenandos: es el símbolo de su total sumisión ante la majestad
de Dios y a la vez de su total disponibilidad a la acción del Espíritu
Santo, que desciende sobre ellos como artífice de su consagración. Veni,
Creator Spiritus, mentes tuorum visita, imple superna gratia quae Tu
creasti pectora. Al igual que en la Santa Misa el Espíritu Santo es el
autor de la transubstanciación del pan y del vino en el Cuerpo y la
Sangre de Cristo, así en el sacramento del Orden es el artífice de la
consagración sacerdotal o episcopal. El obispo, que confiere el
sacramento del Orden, es el dispensador humano del misterio divino. La
imposición de las manos es continuación del gesto ya practicado en la
Iglesia primitiva para indicar el don del Espíritu Santo en vista de una
misión determinada (cf. Hch 6, 6; 8, 17; 13, 3). Pablo lo utiliza con su
discípulo Timoteo (cf. 2 Tm 1, 6; 1 Tm 4, 14.) y el gesto queda en la
Iglesia (cf. 1 Tm 5, 22) como signo eficaz de la presencia operante del
Espíritu Santo en el sacramento del Orden.
El suelo
Quien se dispone a recibir la sagrada Ordenación se postra totalmente y
apoya la frente sobre el suelo del templo, manifestando así su completa
disponibilidad para asumir el ministerio que le es confiado. Este rito
ha marcado profundamente mi existencia sacerdotal. Añas más tarde, en la
Basílica de San Pedro -estábamos al principio del Concilio- recordando
el momento de la Ordenación sacerdotal, escribí una poesía de la cual
quiero citar aquí un fragmento:
"Eres tú, Pedro. Quieres ser aquí el Suelo sobre el que caminan los
otros... para llegar allá donde guías sus pasos...Quieres ser Aquél que
sostiene los pasos, como la roca sostiene el caminar ruidoso de un
rebaño: Roca es también el suelo de un templo gigantesco. Y el pasto es
la Cruz''.
(Iglesia: Los Pastores y las Fuentes. Basílica de San Pedro, otoño de
1962: 11.X - 8.XII, El Suelo)
Al escribir estas palabras pensaba tanto en Pedro como en toda la
realidad del sacerdocio ministerial, tratando de subrayar el profundo
significado de esta postración litúrgica. En ese yacer por tierra en
forma de Cruz antes de la Ordenación, acogiendo en la propia vida -como
Pedro- la Cruz de Cristo y haciéndose con el Apóstol "suelo" para los
hermanos, está el sentido más profundo de toda la espiritualidad
sacerdotal.
La "primera Misa"
Habiendo sido ordenado sacerdote en la fiesta de Todos los Santos,
celebré la "primera Misa" el día de los fieles difuntos, el 2 de
noviembre de 1946. En este día cada sacerdote puede celebrar para
provecho de los fieles tres Santas Misas. Mi "primera" Misa tuvo por
tanto -por así decir- un carácter triple. Fue una experiencia de
especial intensidad. Celebré las tres Santas Misas en la cripta de San
Leonardo, que ocupa, en la catedral del Wawel, en Cracovia, la parte
anterior de la llamada cátedra episcopal de Herman. Actualmente la
cripta forma parte del complejo subterráneo donde se encuentran las
tumbas reales. Al elegirla como el lugar de mis primeras Misas quise
expresar un vínculo espiritual particular con los que reposan en esa
catedral que, por su misma historia, es un monumento sin igual. Está
impregnada, más que cualquier otro templo de Polonia, de significado
histórico y teológico. Reposan en ella los reyes polacos, empezando por
Wladyslaw Lokietek. En la catedral del Wawel eran coronados los reyes y
en ella eran también sepultados. Quien visita ese templo se encuentra
cara a cara con la historia de la Nación.
Precisamente por esto, como he dicho, elegí celebrar mis primeras Misas
en la cripta de San Leonardo. Quería destacar mi particular vínculo
espiritual con la historia de Polonia, de la cual la colina del Wawel
representa casi una síntesis emblemática. Pero no sólo eso. Había, en
esa elección, una especial dimensión teológica. Como he dicho, fui
ordenado el día anterior, en la Solemnidad de Todos los Santos, cuando
la Iglesia expresa litúrgicamente la verdad de la Comunión de los Santos
-Communio Sanctorum-. Los Santos son aquellos que, habiendo acogido en
la fe el misterio pascual de Cristo, esperan ahora la resurrección
final.
También las personas, cuyos restos reposan en los sarcófagos de la
catedral del Wawel, esperan allí la resurrección. Toda la catedral
parece repetir las palabras del Símbolo de los Apóstoles: "Creo en la
resurrección de los muertos y en la vida eterna''. Esta verdad de fe
ilumina la historia de las Naciones. Aquellas personas son como "los
grandes espíritus" que guían la Nación a través de los siglos. No se
encuentran allí solamente soberanos junto con sus esposas, u obispos y
cardenales; también hay poetas, grandes maestros de la palabra, que han
tenido una importancia enorme para mi formación cristiana y patriótica.
Fueron pocos los participantes en aquellas primeras Misas celebradas
sobre la colina del Wawel. Recuerdo que, entre otros, estaba presente mi
madrina Maria Wiadrowska, hermana mayor de mi madre. Me asistía en el
altar Mieczyslaw Malinski, que hacía presente de algún modo el ambiente
y la persona de Jan Tyranowski, ya entonces gravemente enfermo.
Después, como sacerdote y como obispo, he visitado siempre con gran
emoción la cripta de San Leonardo. ¡Cuánto hubiera deseado poder
celebrar allí la Santa Misa con ocasión del quincuagésimo aniversario de
mi Ordenación sacerdotal!
Entre el pueblo de Dios
Después hubo otras "primeras Misas'': en la iglesia parroquial de San
Estanislao de Kostka en Debniki y, el domingo siguiente, en la iglesia
de la Presentación de la Madre de Dios en Wadowice. Celebré también una
Misa en la confesión de San Estanislao, en la catedral del Wawel, para
los amigos del teatro rapsódico y para la organización clandestina
"Unia" (Unión), a la cual estuve vinculado durante la ocupación.
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