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III
INFLUENCIAS
EN MI VOCACIÓN
He hablado ampliamente del ambiente del seminario porque éste fue
ciertamente el que tuvo mayor incidencia en mi vocación sacerdotal. Sin
embargo, dirigiendo la mirada hacia un horizonte más amplio, veo con
claridad que, desde tantos otros ambientes y personas, he recibido
influjos positivos, por medio de los cuales Dios me ha hecho oír su voz.
La familia
La preparación para el sacerdocio, recibida en el seminario, fue de
algún modo precedida por la que me ofrecieron mis padres con su vida y
su ejemplo en familia. Mi reconocimiento es sobre todo para mi padre,
que enviudó muy pronto. No había recibido aún la Primera Comunión cuando
perdí a mi madre: apenas tenía 9 años. Por eso, no tengo conciencia
clara de la contribución, seguramente grande, que ella dio a mi
educación religiosa. Después de su muerte y, a continuación, después de
la muerte de mi hermano mayor, quedé solo con mi padre que era un hombre
profundamente religioso. Podía observar cotidianamente su vida, que era
muy austera. Era militar de profesión y, cuando enviudó, su vida fue de
constante oración. Sucedía a veces que me despertaba de noche y
encontraba a mi padre arrodillado, igual que lo veía siempre en la
iglesia parroquial. Entre nosotros no se hablaba de vocación al
sacerdocio, pero su ejemplo fue para mí en cierto modo el primer
seminario, una especie de seminario doméstico.
La fábrica Solvay Después, pasados los años de la primera juventud, la
cantera de piedra y el depurador del agua en la fábrica de bicarbonato
en Borek Falecki se convirtieron para mí en seminario. No se trataba ya
únicamente del pre-seminario, como en Wadowice. La fábrica fue para mí,
en aquella etapa de mi vida, un verdadero seminario, aunque clandestino.
Había comenzado a trabajar en la cantera en septiembre de 1940; un año
después pasé al depurador de agua en la fábrica. Fue en aquellos años
cuando maduró mi decisión definitiva. En otoño de 1942 comencé los
estudios en el seminario clandestino como ex alumno de filología polaca,
siendo obrero en la Solvay. No me daba cuenta de la importancia que todo
ello tendría para mí. Únicamente más tarde, ya sacerdote, durante los
estudios en Roma, conociendo a través de mis compañeros del Colegio
Belga el problema de los sacerdotes obreros y el movimiento de la
Juventud Obrera Católica (JOC), comprendí que lo que había llegado a ser
tan importante para la Iglesia y para el sacerdocio en Occidente -el
contacto con el mundo del trabajo- yo lo había ya adquirido en mi
experiencia de vida.
En realidad, mi experiencia no fue la de "sacerdote obrero" sino de
"seminarista-obrero". Por el trabajo manual sabía bien lo que
significaba el cansancio físico. Encontraba cada día gente que realizaba
duros trabajos. Conocí su ambiente, sus familias, sus intereses, su
valor humano y su dignidad. Personalmente noté mucha cordialidad por su
parte. Sabían que yo era estudiante y sabían también que, en cuanto las
circunstancias lo permitieran, volvería a los estudios. Nunca vi
hostilidad por ese motivo. No les molestaba que llevase los libros al
trabajo. Decían: "Nosotros estaremos atentos: tu lee". Esto sucedía
sobre todo durante los turnos de noche. Decían frecuentemente:
"Descansa, nosotros estaremos de guardia".
Hice amistad con muchos obreros. A veces me invitaban a su casa.
Después, como sacerdote y como obispo, bauticé a sus hijos y nietos,
bendije sus matrimonios y oficié los funerales de muchos de ellos. Tuve
oportunidad de conocer cuántos sentimientos religiosos había en ellos y
cuanta sabiduría de vida. Estos contactos, como he dicho, siguieron
siendo muy estrechos incluso cuando acabó la ocupación alemana y también
después, prácticamente hasta mi elección como Obispo de Roma. Algunos
duran todavía por medio de correspondencia.
La parroquia de Debniki: los Salesianos
Debo nuevamente volver atrás, al período anterior a la entrada en el
seminario. En efecto, no puedo omitir el recuerdo de un ambiente y, en
éste, de un personaje de quien recibí verdaderamente mucho en ese
período. El ambiente era el de mi parroquia, dedicada a San Estanislao
de Kostka, en Debniki, Cracovia. La parroquia estaba dirigida por los
Padres Salesianos, los cuales un día fueron deportados por los nazis a
un campo de concentración. Únicamente quedaron un viejo párroco y el
inspector provincial, pues todos los demás fueron internados en Dachau.
Creo que el ambiente salesiano ha tenido un papel importante en el
proceso de formación de mi vocación.
En el ámbito de la parroquia había una persona que se distinguía sobre
las demás: me refiero a Jan Tyranowski. Era empleado de profesión,
aunque había decidido trabajar en la sastrería de su padre. Afirmaba que
su trabajo de sastre le hacía más fácil la vida interior. Era un hombre
de una espiritualidad particularmente profunda. Los Padres Salesianos,
que en aquel período difícil habían reemprendido con valentía la
animación de la pastoral juvenil, le encargaron la tarea de establecer
contactos con los jóvenes del círculo del llamado "Rosario vivo''. Jan
Tyranowski llevó a cabo esta tarea no ciñéndose únicamente al aspecto
organizativo, sino preocupándose también de la formación espiritual de
los jóvenes que entraban en contacto con él. Aprendí así los métodos
elementales de autoformación que se vieron después confirmados y
desarrollados en el proceso educativo del seminario. Tyranowski, que se
estaba formando en los escritos de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa
de Ávila, me introdujo en la lectura, extraordinaria para mi edad, de
sus obras.
Los Padres Carmelitas
Esto acrecentó en mí el interés por la espiritualidad carmelitana. En
Cracovia, en la calle Rakowicka, había un monasterio de Padres
Carmelitas Descalzos. Tenía contactos con ellos y una vez hice allí mis
Ejercicios Espirituales, con la ayuda del P. Leonardo de la Dolorosa.
Durante un cierto tiempo consideré la posibilidad de entrar en el
Carmelo. Las dudas fueron resueltas por el Arzobispo Cardenal Sapieha,
quien -con el estilo que lo caracterizaba- dijo escuetamente: "Es
preciso acabar antes lo que se ha comenzado''. Y así fue.
El P. Kazimierz Figlewicz
Durante aquellos años mi confesor y guía espiritual fue el P. Kazimierz
Figlewicz. Me encontré con él la primera vez cuando cursaba el primer
año de instituto en Wadowice. El P. Figlewicz, que era vicario de la
parroquia de Wadowice, nos enseñaba religión. Gracias a él me acerqué a
la parroquia, fui monaguillo y en cierto modo organicé el grupo de
monaguillos. Cuando dejó Wadowice para ir a la catedral del Wawel,
continué manteniendo contacto con él. Recuerdo que, durante el quinto
curso del instituto, me invitó a Cracovia para participar en el Triduum
Sacrum, que empezaba con el llamado "Oficio de Tinieblas" en la tarde
del Miércoles Santo. Fue ésta una experiencia que dejó en mí una huella
profunda.
Cuando, después del examen final, me trasladé con mi padre a Cracovia,
intensifiqué la relación con el P. Figlewicz, que ejercía el cargo de
vicecustodio de la catedral. Iba a confesarme con él y, durante la
ocupación alemana, muchas veces lo visitaba.
Aquel 1 de septiembre de 1939 no se borrará nunca de mi recuerdo: era el
primer viernes de mes. Había ido a Wawel para confesarme. La catedral
estaba vacía. Fue, quizás, la última vez que pude entrar libremente en
el templo. Después fue cerrado. El castillo real de Wawel se convirtió
en la sede del Gobernador General Hans Frank. El P. Figlewicz era el
único sacerdote que podía celebrar la Santa Misa, dos veces por semana,
en la catedral cerrada y bajo la vigilancia de policías alemanes. En
aquellos tiempos difíciles fue aún más claro lo que significaban para él
la catedral, las tumbas reales, el altar de San Estanislao, obispo y
mártir. El P. Figlewicz fue hasta la muerte fiel custodio de aquel
particular santuario de la Iglesia y de la Nación, inculcándome un amor
grande por el templo del Wawel, que un día llegaría a ser mi catedral
episcopal.
El 1de noviembre de 1946 fui ordenado sacerdote. El día siguiente, en la
"Primera Santa Misa" celebrada en la catedral, en la cripta de San
Leonardo, el P. Figlewicz, estaba a mi lado y me hacía de asistente. El
piadoso Prelado falleció hace algunos años. Sólo el Señor puede
compensarlo por todo el bien que de él recibí.
La "trayectoria mariana"
Naturalmente, al referirme a los orígenes de mi vocación sacerdotal, no
puedo olvidar la trayectoria mariana. La veneración a la Madre de Dios
en su forma tradicional me viene de la familia y de la parroquia de
Wadowice. Recuerdo, en la iglesia parroquial, una capilla lateral
dedicada a la Madre del Perpetuo Socorro a la cual por la mañana, antes
del comienzo de las clases, acudían los estudiantes del instituto.
También, al acabar las clases, en las horas de la tarde, iban muchos
estudiantes para rezar a la Virgen.
Además, en Wadowice, había sobre la colina un monasterio carmelita, cuya
fundación se remontaba a los tiempos de San Rafael Kalinowski. Muchos
habitantes de Wadowice acudían allí, y esto tenía su reflejo en la
difundida devoción al escapulario de la Virgen del Carmen. También yo lo
recibí, creo que cuando tenía diez años, y aún lo llevo. Se iba a los
Carmelitas también para las confesiones. De ese modo, tanto en la
iglesia parroquial, como en la del Carmen, se formó mi devoción mariana
durante los años de la infancia y de la adolescencia hasta la superación
del examen final.
Cuando me encontraba en Cracovia, en el barrio Debniki, entré en el
grupo del "Rosario vivo'', en la parroquia salesiana. Allí se veneraba
de modo especial a María Auxiliadora. En Debniki, en el período en el
que iba tomando fuerza mi vocación sacerdotal, gracias también al
mencionado influjo de Jan Tyranowski, mi manera de entender el culto a
la Madre de Dios experimentó un cierto cambio. Estaba ya convencido de
que Maria nos lleva a Cristo, pero en aquel período empecé a entender
que también Cristo nos lleva a su Madre. Hubo un momento en el cual me
cuestioné de alguna manera mi culto a María, considerando que éste, si
se hace excesivo, acaba por comprometer la supremacía del culto debido a
Cristo. Me ayudó entonces el libro de San Luis María Grignion de
Montfort titulado "Tratado de la verdadera devoción a la Santísima
Virgen''. En él encontré la respuesta a mis dudas. Efectivamente, María
nos acerca a Cristo, con tal de que se viva su misterio en Cristo. El
tratado de San Luis María Grignion de Montfort puede cansar un poco por
su estilo un tanto enfático y barroco, pero la esencia de las verdades
teológicas que contiene es incontestable. El autor es un teólogo
notable. Su pensamiento mariológico está basado en el Misterio
trinitario y en la verdad de la Encarnación del Verbo de Dios.
Comprendí entonces por qué la Iglesia reza el Ángelus tres veces al día.
Entendí lo cruciales que son las palabras de esta oración: "El Ángel del
Señor anunció a María. Y Ella concibió por obra del Espíritu Santo... He
aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra... Y el Verbo
se hizo carne y habitó entre nosotros..." ¡Son palabras verdaderamente
decisivas! Expresan el núcleo central del acontecimiento más grande que
ha tenido lugar en la historia de la humanidad. Esto explica el origen
del Totus Tuus. La expresión deriva de San Luis María Grignion de
Montfort. Es la abreviatura de la forma más completa de la consagración
a la Madre de Dios, que dice: Totus tuus ego sum et omnia mea Tua sunt.
Accipio Te in mea omnia. Praebe mihi cor Tuum, Maria.
De ese modo, gracias a San Luis, empecé a descubrir todas las riquezas
de la devoción mariana, desde una perspectiva en cierto sentido nueva.
Por ejemplo, cuando era niño escuchaba "Las Horas de la Inmaculada
Concepción de la Santísima Virgen María'', cantadas en la iglesia
parroquial, pero sólo después me di cuenta de la riqueza teológica y
bíblica que contenían. Lo mismo sucedió con los cantos populares, por
ejemplo con los cantos navideños polacos y las Lamentaciones sobre la
Pasión de Jesucristo en Cuaresma, entre las cuales ocupa un lugar
especial el diálogo del alma con la Madre Dolorosa.
Sobre la base de estas experiencias espirituales fue perfilándose el
itinerario de oración v contemplación que orientó mis pasos en el camino
hacia el sacerdocio, y después en todas las vicisitudes sucesivas hasta
el día de hoy. Este itinerario desde niño, y más aún como sacerdote y
como obispo, me llevaba frecuentemente por los senderos marianos de
Kalwaria Zebrzydowska. Kalwaria es el principal santuario mariano de la
Archidiócesis de Cracovia. Iba allí con frecuencia y caminaba en
solitario por aquellas sendas presentando en la oración al Señor los
diferentes problemas de la Iglesia, sobre todo en el difícil período que
se vivía bajo el comunismo. Mirando hacia atrás constato como "todo está
relacionado'': hoy como ayer nos encontramos con la misma intensidad en
los rayos del mismo misterio.
El Santo Fray Alberto
Me pregunto a veces qué papel ha desempeñado en mi vocación la figura
del Santo Fray Alberto. Adam Chmielowski -éste era su nombre- no era
sacerdote. Todos en Polonia saben quien fue. En el período de mi interés
por el teatro rapsódico y por el arte, la figura de este hombre
valiente, que había tomado parte en la "insurrección de enero" (1863)
perdiendo una pierna durante los combates, tenía para mí una atracción
espiritual particular. Como es sabido, Fray Alberto era pintor: había
realizado sus estudios en Munich. El patrimonio artístico que dejó
muestra que tenía un gran talento. Sin embargo, en un cierto momento de
su vida este hombre rompe con el arte porque comprende que Dios lo llama
a tareas más importantes. Conociendo el ambiente de los pobres de
Cracovia, cuyo lugar de encuentro era el dormitorio público, llamado
también "lugar de la calefacción'', en la calle Krakowska, Adam
Chmielowski decide convertirse en uno de ellos, no como el limosnero que
llega desde fuera para distribuir dones, sino como uno que se da a sí
mismo para servir a los desheredados.
Este fascinante ejemplo de sacrificio suscita muchos seguidores.
Alrededor de Fray Alberto se reúnen hombres y mujeres. Nacen así dos
Congregaciones, que se dedican a los más pobres. Todo esto sucedió en
los comienzos de nuestro siglo, en el período anterior a la primera
guerra mundial
Fray Alberto no pudo ver el momento en el que Polonia conquistó su
independencia. Murió en Navidad de 1916. Sin embargo, su obra sobrevivió
convirtiéndose en expresión de las tradiciones polacas de radicalismo
evangélico, siguiendo las huellas de San Francisco de Asís y de San Juan
de la Cruz.
En la historia de la espiritualidad polaca Fray Alberto ocupa un lugar
especial. Para mí su figura fue determinante, porque encontré en él un
particular apoyo espiritual y un ejemplo en mi alejamiento del arte, de
la literatura y del teatro, por la elección radical de la vocación al
sacerdocio. Una de las alegrías más grandes que he tenido como Papa ha
sido la de elevar al honor de los altares a este pobrecito de Cracovia
con hábito gris, primero con la beatificación en Blonie Krakowskie
durante el viaje a Polonia del año 1983, y después con la canonización
en Roma en el mes de noviembre del memorable año 1989. Muchos autores de
la literatura polaca han inmortalizado la figura de Fray Alberto. Entre
las diversas obras artísticas, novelas y dramas, es digna de ser
mencionada la monografía que le dedicó el P. Konstanty Michalski.
También yo, siendo joven sacerdote, en la época en que era coadjutor en
la iglesia de San Florián de Cracovia, le dediqué una obra dramática
llamada "El Hermano de nuestro Dios", saldando así la gran deuda de
gratitud que había contraído con él.
Experiencia de guerra
La maduración definitiva de mi vocación sacerdotal, como he dicho, tuvo
lugar en el período de la segunda guerra mundial, durante la ocupación
nazi. ¿Fue una simple coincidencia temporal? o ¿había un nexo más
profundo entre lo que maduraba dentro de mí y el contexto histórico? Es
difícil responder a tal pregunta. Es cierto que en los planes de Dios
nada es casual. Lo que puedo afirmar es que la tragedia de la guerra dio
un tinte particular al proceso de maduración de mi opción de vida. Me
ayudó a percibir desde una nueva perspectiva el valor y la importancia
de la vocación. Ante la difusión del mal y las atrocidades de la guerra
era cada vez más claro para mí el sentido del sacerdocio y de su misión
en el mundo.
El estallido de la guerra me alejó de los estudios y del ambiente
universitario. En aquel período perdí a mí padre, la última persona que
me quedaba de los familiares más íntimos. También esto suponía,
objetivamente, un proceso de alejamiento de mis proyectos precedentes;
en cierto modo era como desarraigarse del suelo en el cual hasta ese
momento había crecido mi humanidad.
Pero no se trataba de un proceso únicamente negativo. En efecto, en mi
conciencia contemporáneamente se manifestaba cada vez más una luz: el
Señor quiere que yo sea sacerdote. Un día lo percibí con mucha claridad:
era como una iluminación interior que traía consigo la alegría y la
seguridad de una nueva vocación. Y esta conciencia me llenó de gran paz
interior.
Esto ocurría durante los terribles acontecimientos que iban
desarrollándose a mi alrededor en Cracovia, en Polonia, en Europa y en
el mundo. Compartí directamente sólo una pequeña parte de cuanto mis
compatriotas experimentaron desde 1939. Pienso, de modo particular, en
mis coetáneos del instituto de Wadowice, amigos míos muy queridos, entre
los cuales había varios judíos. Algunos eligieron el servicio militar en
el año 1938. Parece que el primero que murió en la guerra fue el más
joven de la clase. Después conocí sólo a grandes rasgos la suerte de
otros caídos en varios frentes, o muertos en campos de concentración, o
enviados a combatir en Tobruk y en Montecassino, o deportados a los
territorios de la Unión Soviética: a Rusia y Kazakistán. Supe estas
noticias primero de forma gradual, y después de manera más completa en
Wadowice, en el año 1948, con ocasión de la reunión de mis compañeros en
el décimo aniversario del examen final.
Se me ahorró mucho del grande y horrendo theatrum de la segunda guerra
mundial. Cada día hubiera podido ser detenido en casa, en la cantera o
en la fábrica para ser llevado a un campo de concentración. A veces me
preguntaba: si tantos coetáneos pierden la vida, ¿por que yo no? Hoy sé
que no fue una casualidad. En el contexto del gran mal de la guerra, en
mi vida personal todo llevaba hacia el bien que era la vocación. No
puedo olvidar el bien recibido en aquel difícil período de las personas
que el Señor ponía en mi camino, tanto de mi familia como conocidos y
compañeros.
El sacrificio de los sacerdotes polacos
Surge aquí otra singular e importante dimensión de mi vocación. Los años
de la ocupación alemana en Occidente y de la soviética en Oriente
supusieron un enorme número de detenciones y deportaciones de sacerdotes
polacos hacia los campos de concentración. Sólo en Dachau fueron
internados casi tres mil. Hubo otros campos, como por ejemplo el de
Auschwitz, donde ofreció la vida por Cristo el primer sacerdote
canonizado después de la guerra, San Maximiliano María Kolbe, el
franciscano de Niepokalanów. Entre los prisioneros de Dachau se
encontraba el Obispo de Wloclawek, Mons. Michal Kozal, que he tenido la
dicha de beatificar en Varsovia en 1987. Después de la guerra algunos de
entre los sacerdotes ex prisioneros de los campos de concentración
fueron elevados a la dignidad episcopal. Actualmente viven aún los
Arzobispos Kazimierz Majdanski y Adam Kozlowiecki y el Obispo Ignacy
Jez, los tres últimos Prelados testigos de lo que fueron los campos de
exterminio. Ellos saben bien lo que aquella experiencia significó en la
vida de tantos sacerdotes. Para completar el cuadro, es preciso añadir
también a los sacerdotes alemanes de aquella misma época que
experimentaron la misma suerte en los lager. He tenido el honor de
beatificar a algunos de ellos: primero al P. Rupert Mayer de Munich, y
después, durante el reciente viaje apostólico a Alemania, a Mons.
Bernhard Lichtenberg, párroco de la Catedral de Berlín, y al P. Karl
Leisner de la diócesis de Munster. Este último, ordenado sacerdote en el
campo de concentración en 1944, después de su ordenación pudo celebrar
sólo una Santa Misa.
Merece un recuerdo especial el martirologio de los sacerdotes en los
lager de Siberia y en otros lugares del territorio de la Unión
Soviética. Entre los muchos que allí fueron recluidos quisiera recordar
la figura del P. Tadeusz Fedorowicz, muy conocido en Polonia, al cual
personalmente debo mucho como director espiritual. El P Fedorowicz,
joven sacerdote de la archidiócesis de Leópolis, se había presentado
espontáneamente a su arzobispo para pedirle el poder acompañar a un
grupo de polacos deportados al Este. El Arzobispo Twardowski le concedió
el permiso y pudo desarrollar su misión entre los connacionales
dispersos en los territorios de la Unión Soviética y sobre todo en
Kazakistán. Recientemente ha descrito en un interesante libro estos
trágicos hechos.
Lo que he dicho a propósito de los campos de concentración no constituye
sino una parte, dramática, de esta especie de "apocalipsis'' de nuestro
siglo. Lo he hecho para subrayar cómo mi sacerdocio, ya desde su
nacimiento, ha estado inscrito en el gran sacrificio de tantos hombres y
mujeres de mi generación. La Providencia me ha ahorrado las experiencias
más penosas; por eso es aún más grande mi sentimiento de deuda hacia las
personas conocidas, así como también hacia aquellas más numerosas que
desconozco, sin diferencia de nación o de lengua, que con su sacrificio
sobre el gran altar de la historia han contribuido a la realización de
mi vocación sacerdotal. De algún modo me han introducido en este camino,
mostrándome en la dimensión del sacrificio la verdad más profunda y
esencial del sacerdocio de Cristo.
La bondad experimentada entre las asperezas de la guerra
Decía antes que durante los años difíciles de la guerra recibí mucho
bien de la gente. Pienso de modo particular en una familia, más aún, en
muchas familias que conocí durante la ocupación. Con Juliusz Kydrynski
trabajé primero en las canteras de piedra y después en la fábrica
Solvay. Estábamos en el grupo de obreros-estudiantes al que pertenecían
también Wojciech Zukrowski, su hermano menor Antoni y Wieslaw
Kaczmarczyk. Conocí a Juliusz Kydrynski antes de comenzar la guerra,
cursando el primer año de Filología polaca. Durante la guerra esta
relación de amistad se intensificó. Conocí también a su madre, que había
enviudado, a la hermana y al hermano menor. La familia Kydrynski me
colmó de cuidados y de afecto cuando el 18 de febrero de 1941 perdí a mi
padre. Recuerdo perfectamente aquel día: al volver del trabajo encontré
a mi padre muerto. En aquel momento la amistad de los Kydrynski fue para
mí de gran apoyo. La amistad se extendió después a otras familias, en
particular a la de los señores Szkocki, residentes en la calle Ksiecia
Józefa. Empecé a estudiar francés gracias a la Señora Jadwiga Lewaj, que
habitaba en la casa de ellos. Zofia Pozniak, hija mayor de los señores
Szkocki, cuyo marido se encontraba en un campo de prisioneros, nos
invitaba a conciertos organizados en casa. De ese modo el período oscuro
de la guerra y de la ocupación fue iluminado por la luz de la belleza
que se irradia desde la música y la poesía. Esto sucedía antes de mi
decisión de entrar en el seminario.
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