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I
EN LOS COMIENZOS...
¡EL MISTERIO!
¿Cuál es la historia de mi vocación sacerdotal? La conoce sobre todo
Dios. En su dimensión más profunda, toda vocación sacerdotal es un gran
misterio, es un don que supera infinitamente al hombre. Cada uno de
nosotros sacerdotes lo experimenta claramente durante toda la vida. Ante
la grandeza de este don sentimos cuan indignos somos de ello.
La vocación es el misterio de la elección divina: "No me habéis elegido
vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado
para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca" (Jn 15,
16). "Y nadie se arroga tal dignidad, sino el llamado por Dios, lo mismo
que Aarón'' (Hb 5, 4). "Antes de haberte formado yo en el seno materno,
te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado: yo profeta de las
naciones te constituí" (Jr 1, 5). Estas palabras inspiradas estremecen
profundamente toda alma sacerdotal.
Por eso, cuando en las más diversas circunstancias -por ejemplo, con
ocasión de los Jubileos sacerdotales- hablamos del sacerdocio y damos
testimonio del mismo, debemos hacerlo con gran humildad, conscientes de
que Dios "nos ha llamado con una vocación santa, no por nuestras obras,
sino por su propia determinación y por su gracia" (2 Tm 1, 9). Al mismo
tiempo, nos damos cuenta de que las palabras humanas no son capaces de
abarcar la magnitud del misterio que el sacerdocio tiene en sí mismo.
Esta premisa me parece indispensable para que se pueda comprender de
modo justo lo que voy a decir sobre mi camino hacia el sacerdocio.
Las primeras señales de la vocación
El Arzobispo Metropolitano de Cracovia, Príncipe Adam Stefan Sapieha,
visitó la parroquia de Wadowice cuando yo era estudiante en el
instituto. Mi profesor de religión, P. Edward Zacher, me encargó darle
la bienvenida. Así, tuve entonces la primera ocasión de encontrarme
frente a aquel hombre tan venerado por todos. Sé que, después de mi
discurso, el Arzobispo preguntó al profesor de religión qué facultad
elegiría yo al terminar el instituto. El P. Zacher respondió: "Estudiará
filología polaca". El Prelado comentó: "Lástima que no sea teología".
En ese período de mi vida la vocación sacerdotal no estaba aún madura, a
pesar de que a mi alrededor eran muchos los que creían que debía entrar
en el seminario. Y tal vez alguno pudo pensar que, si un joven con tan
claras inclinaciones religiosas no entraba en el seminario, era señal de
que otros amores o aspiraciones estaban en juego. En efecto, en la
escuela tenía muchas compañeras y, comprometido como estaba en el
círculo teatral escolar, no faltaban diversas posibilidades de
encuentros con chicos y chicas. Sin embargo, el problema no era ese. En
aquel tiempo estaba fascinado sobre todo por la literatura, en
particular por la dramática, y por el teatro. A este último me había
iniciado Mieczyslaw Kotlarczyk, profesor de lengua polaca, mayor que yo
en edad. El era un verdadero pionero del teatro de aficionados y tenía
grandes ambiciones de un repertorio de calidad.
Los estudios en la Universidad Jaghellonica
En mayo de 1938, superado el examen final de los estudios en el
instituto, me inscribí en la Universidad Jaghellonica para realizar los
cursos de Filología polaca. Por este motivo me trasladé, junto con mi
padre, desde Wadowice a Cracovia. Nos instalamos en la calle Tyniecka
10, en el barrio de Debniki. La casa pertenecía a los parientes de mi
madre. Comencé los estudios en la Facultad de Filosofía de la
Universidad Jaghellonica, siguiendo los cursos de Filología polaca, pero
sólo logré acabar el primer año, porque el 1de septiembre de 1939
estalló la segunda guerra mundial.
A propósito de los estudios, deseo subrayar que mi elección de la
filología polaca estaba motivada por una clara predisposición hacia la
literatura. Sin embargo, ya durante el primer año, atrajo mi atención el
estudio de la lengua misma. Estudiábamos la gramática descriptiva del
polaco moderno y al mismo tiempo la evolución histórica de la lengua,
con un particular interés por el viejo tronco eslavo. Esto me introdujo
en horizontes completamente nuevos, por no decir en el misterio mismo de
la palabra.
La palabra, antes de ser pronunciada en el escenario, vive en la
historia del hombre como dimensión fundamental de su experiencia
espiritual. En última instancia, remite al insondable misterio de Dios
mismo. El redescubrir la palabra a través de los estudios literarios y
lingüísticos, me acercaba al misterio de la Palabra, de esa Palabra a la
cual nos referimos cada día en la oración del Ángelus: ''La Palabra se
hizo carne, y puso su Morada entre nosotros'' (Jn 1, 14). Comprendí más
tarde que los estudios de filología polaca preparaban en mí el terreno
para otro tipo de intereses y de estudios. Predisponían mi ánimo para
acercarme a la filosofía y a la teología.
El estallido de la segunda guerra mundial
Pero volvamos al 1 de septiembre de 1939. El estallido de la guerra
cambió de modo radical la marcha de mi vida. Verdaderamente los
profesores de la Universidad Jaghellonica intentaron comenzar de todos
modos el nuevo año académico, pero las clases duraron sólo hasta el 6 de
noviembre de 1939. En ese día las autoridades alemanas convocaron a
todos los profesores a una asamblea que acabó con la deportación de
aquellos respetables hombres de ciencia al campo de concentración de
Sachsenhausen. Acababa así en mi vida el período de los estudios de
filología polaca y comenzaba la fase de la ocupación alemana, durante la
cual al principio intenté leer y escribir mucho. Precisamente a esa
época se remontan mis primeros trabajos literarios.
Para evitar la deportación a trabajos forzados en Alemania, en el otoño
de 1940 empecé a trabajar como obrero en una cantera de piedra vinculada
a la fábrica química Solvay. Estaba situada en Zakrzówek, a casi media
hora de mi casa de Debniki, e iba andando hasta allí cada día. En
aquella cantera escribí una poesía. Releyéndola después de tantos años,
la encuentro aún particularmente expresiva de aquella singular
experiencia:
"Escucha bien, escucha los golpes del martillo, la sacudida, el ritmo.
El ruido te permite sentir dentro la fuerza, la intensidad del golpe.
Escucha bien, escucha, eléctrica corriente de río penetrante que corta
hasta las piedras,
y entenderás conmigo que toda la grandeza del trabajo bien hecho es
grandeza del hombre...''
(La cantera: I; Materia, I)
Estaba presente cuando, durante el estallido de una carga de dinamita,
las piedras golpearon a un obrero y lo mataron. Quedé profundamente
desconcertado:
"Levantaron el cuerpo, en silencio avanzaban.
Abatidos, sentían en todos el agravio..."
(La cantera: IV; En memoria de un compañero de trabajo, 2.3)
Los responsables de la cantera, que eran polacos, trataban de evitarnos
a los estudiantes los trabajos más pesados. A mí, por ejemplo, me
asignaron el encargo de ayudante del llamado barrenero, de nombre
Franciszek Labus. Lo recuerdo porque, algunas veces, se dirigía a mí con
palabras de este tipo: "Karol, tu deberías ser sacerdote. Cantarás bien,
porque tienes una voz bonita y estarás bien..." Lo decía con toda
sencillez, expresando de ese modo un convencimiento muy difundido en la
sociedad sobre la condición del sacerdote. Las palabras del viejo obrero
se me han quedado grabadas en la memoria.
El teatro de la palabra viva
En aquella época estuve en contacto con el teatro de la palabra viva,
que Mieczyslaw Kotlarczyk había fundado y continuaba animando en la
clandestinidad. La dedicación al teatro fue favorecida al principio por
el hecho de haber hospedado en mi casa a Kotlarczyk y a su mujer Sofía,
que habían logrado pasar de Wadowice a Cracovia, al territorio del
"Gobierno General". Vivíamos juntos. Yo trabajaba como obrero, él
primero como tranviario y después como empleado en una oficina.
Compartiendo la misma casa, podíamos no sólo continuar con nuestras
conversaciones sobre el teatro, sino incluso realizar actuaciones
concretas, que tenían precisamente el carácter de teatro de la palabra.
Era un teatro muy sencillo. La parte escénica y decorativa estaba
reducida al mínimo; la actuación consistía esencialmente en la
recitación del texto poético.
Las representaciones tenían lugar ante un grupo reducido de conocidos e
invitados, que demostraban un interés específico por la literatura y
eran, de algún modo, "iniciados". Era indispensable mantener el secreto
sobre estos encuentros teatrales, pues de lo contrario se corría el
riesgo de graves sanciones por parte de las autoridades de la ocupación,
sin excluir la deportación a los campos de concentración. He de admitir
que toda aquella experiencia teatral ha quedado profundamente grabada en
mi espíritu, a pesar de que en un cierto momento de mi vida me di cuenta
de que, en realidad, no era esa mi vocación.
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