|
INTRODUCCIÓN
Permanece vivo en mi
recuerdo el encuentro gozoso que, por iniciativa de la Congregación para
el Clero, tuvo lugar en el Vaticano en el otoño del pasado año (27 de
octubre de 1995), para celebrar el trigésimo aniversario del Decreto
conciliar Presbyterorum Ordinis. En el ambiente festivo de aquella
asamblea diversos sacerdotes hablaron de su vocación, y también yo
ofrecí mi propio testimonio. Me pareció hermoso y fructífero que, entre
sacerdotes, ante el pueblo de Dios, se ofreciera este servicio de
edificación recíproca.
Las palabras que pronuncié en aquella circunstancia tuvieron un eco may
grande. A raíz de ello, desde varias partes se me pidió con insistencia
que volviera a tratar, de un modo más amplio, el tema de mi vocación,
con ocasión del Jubileo sacerdotal.
Confieso que la propuesta, al principio, suscitó en mí alguna
resistencia comprensible. Pero después me sentí como obligado a aceptar
la invitación, viendo en ello un aspecto del servicio propio del
ministerio petrino. Movido por algunas preguntas del Dr. Gian Franco
Svidercoschi que han hecho de hilo conductor, me he dejado llevar con
libertad por la ola de recuerdos, sin ninguna pretensión estrictamente
documental.
Todo lo que digo aquí, más allá de los acontecimientos históricos,
pertenece a mis raíces más profundas, a mi experiencia más íntima. Lo
recuerdo ante todo para dar gracias al Señor: "Misericordias Domini in
aetemum cantabo!" Lo ofrezco a los sacerdotes y al pueblo de Dios como
testimonio de amor.
|