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En el mes de septiembre de 2002, al acercarse la fecha de su 75° cumpleaños, venerado y querido hermano, mi amado predecesor el siervo de Dios Juan
Pablo II le pidió que continuara en el cargo de primer colaborador suyo, al que lo había llamado al inicio como pro-secretario de Estado, el 1 de diciembre de 1990, y
sucesivamente, el 29 de junio de 1991, como secretario de Estado.
Cuando el Señor quiso que me tocara a mí asumir el mandato de
Pastor supremo del pueblo de Dios, consideré conveniente pedirle, señor cardenal, que siguiera prestándome su ayuda como mi colaborador directo, compartiendo las
solicitudes diarias del gobierno de la Iglesia universal; por eso, lo confirmé en el cargo de secretario de Estado, tarea que ha realizado hasta hoy con entrega generosa y competencia.
Como anticipé el pasado 22 de junio, hoy, 15 de septiembre, le sucede en ese cargo el eminentísimo señor cardenal Tarcisio Bertone, arzobispo emérito de Génova.
En esta circunstancia tan significativa siento en mi interior la necesidad de renovarle mi más viva gratitud por la fidelidad, la iluminada competencia,
la entrega y el amor con que ha trabajado por el bien de la Iglesia al lado de varios Sucesores del apóstol san Pedro. Pienso en las diversas etapas del largo e intenso servicio que ha
prestado a la Sede apostólica desde el año 1961, bajo el pontificado del beato Juan XXIII: primero en las representaciones pontificias en Ecuador, Uruguay y Chile, y luego
en el Consejo para los Asuntos públicos de la Iglesia. Nombrado, seguidamente, nuncio apostólico en Chile, después de años de no fácil pero prudente y valiente acción
diplomática y pastoral en esa querida nación, fue llamado al Vaticano como secretario del Consejo para los Asuntos públicos de la Iglesia, que mientras tanto tomó el nombre de Sección
para las Relaciones con los Estados de la Secretaría de Estado.
A finales de 1990, al ser elevado al cargo más alto de la Secretaría de
Estado, su colaboración al lado de mi inolvidable predecesor se hizo más estrecha y comprometida, y prosiguió a lo largo de tres lustros, hasta que el amado Juan Pablo II
falleció, el 2 de abril del año pasado.
Sucesivamente, en estos primeros meses de mi pontificado, también yo he podido apreciar personalmente las dotes
de su corazón de pastor totalmente dedicado al servicio de la Sede apostólica. Le agradezco en particular la entrega con que ha seguido el trabajo diario de la Secretaría de Estado y
de las representaciones pontificias en los diversos países del mundo, así como la solicitud que ha manifestado hacia todo su personal.
En el momento en que deja en manos de su sucesor esa responsabilidad, además de expresarle mi gratitud, también me hago intérprete de la de todos los que a lo largo
de los años lo han conocido y han admirado la sensatez, la prudente sabiduría y el celo incansable con que, sin escatimar energías, ha cumplido su misión, buscando únicamente el
bien supremo de la Iglesia.
La Santa Sede seguirá beneficiándose de su aportación también en el futuro, y también por esto le doy las gracias,
pues usted actuará con el mismo entusiasmo y la misma generosidad en el importante oficio de decano del Colegio cardenalicio y como miembro de varios dicasterios de la Curia
romana y de la Gobernación del Estado de la Ciudad del Vaticano.
Que el Señor, a quien encomiendo hoy todos los anhelos de su corazón
sacerdotal, lo fortalezca y sostenga en los próximos años, dándole salud física e infundiendo en su alma alegría y serenidad. Que vele sobre usted de modo muy especial la
santísima Virgen María, Madre de la Iglesia y Reina de los ángeles.
Que lo acompañe también la constante seguridad de mi estima y mi
afecto, a la vez que, como prenda de abundantes recompensas divinas y de mi cercanía fraterna, le imparto de corazón la bendición apostólica, que de buen grado extiendo a todo el
personal de la Secretaría de Estado, así como a sus demás seres queridos. Castelgandolfo, 15 de septiembre de 2006,
segundo año de mi pontificado
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