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Con ocasión de la celebración XX aniversario del
Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC), deseo enviar a los Obispos,
así como a los sacerdotes, personas consagradas y fieles laicos de esa
querida nación, un afectuoso saludo, haciéndoles presente también mi
cercanía espiritual para impulsar sus tareas evangelizadoras.
La realidad humana está llena de acontecimientos que
estamos invitados a vivir como salvíficos, pues el tiempo y la historia
están poblados por la presencia divina que alienta y fortalece. Por eso,
cuando ustedes en este aniversario reflexionen sobre lo vivido, tendrán
que acercarse a esta realidad como camino de promesas y salvación, que
han de recorrer con paso cuidadoso y compasivo, para descubrir en las
experiencia los signos y las señales del Dios vivo que camina con
ustedes. Sí, que camina con todos los que viven en esa tierra, creyentes
y no creyentes, los cercanos y los lejanos, los que siembran y los que
desparraman, porque todos están invitados a la fiesta de la vida que el
Padre nos regala.
A este respecto, en esa reflexión de aniversario, sería
bueno recordar especialmente aquella palabras que mi predecesor, el Papa
Juan Pablo II, pronunció en su visita a esa tierra querida: «Que Cuba se
abra al mundo y el mundo se abra a Cuba», una apertura que exige
examinar primero cómo abrir el corazón y el entendimiento a las cosas de
Dios; cómo abrirse mutuamente quienes conviven, creyendo y confiando
unos en otros, aunque haya diferencias de modos de pensar o creencias; y
en fin, cómo abrirse al ámbito mundial, con los retos de sus
posibilidades y sus dificultades al mismo tiempo.
Sólo haciéndolo desde la mirada de Dios, una mirada
amorosa, se podrá llegar a la verdad de cada persona, de cada grupo y de
cuantos viven en una misma tierra. Mucho ha de ayudar en este camino
emprendido la experiencia de oración de cada cristiano, en el silencio y
la humildad del trabajo cotidiano, en la fidelidad a la fe profesada, en
el anuncio implícito o explícito del Evangelio. Y mucho ayudará también
el amor entrañable de la mayoría de los cubanos a la Madre de la Caridad
del Cobre, patrona de esa tierra desde hace tanto tiempo, que acompaña a
sus moradores con ternura de madre.
A ella encomiendo esos encuentros en torno al XX
aniversario del ENEC, para que su cercanía aliente la esperanza, y su
intercesión ante su divino Hijo obtenga el don del afianzamiento en la
fe en esa porción del Pueblo de Dios. Con estos sentimientos, imparto de
corazón a todos los participantes, así como a las diversas Comunidades
eclesiales de Cuba, la bendición apostólica.
Vaticano, 2 de febrero de 2006. |