|
Hace ocho siglos, la
ciudad de Asís difícilmente habría
podido imaginar el papel que la
Providencia le asignaba, un papel que
hoy la convierte en una ciudad tan
famosa en el mundo, un verdadero "lugar
del alma". Le dio este carácter el
acontecimiento que tuvo lugar aquí y que
le imprimió un signo indeleble. Me
refiero a la conversión del joven
Francisco, que después de veinticinco
años de vida mediocre y soñadora,
centrada en la búsqueda de alegrías y
éxitos mundanos, se abrió a la gracia,
volvió a entrar en sí mismo y
gradualmente reconoció en Cristo el
ideal de su vida. Mi peregrinación de
hoy a Asís quiere recordar aquel
acontecimiento, para revivir su
significado y su alcance.
Me he detenido con
particular emoción en la iglesita de San
Damián, en la que san Francisco escuchó
del Crucifijo estas palabras
programáticas: "Ve, Francisco, y repara
mi casa (2 Cel I, 6, 10: FF
593). Era una misión que comenzaba con
la plena conversión de su corazón, para
transformarse después en levadura
evangélica distribuida a manos llenas en
la Iglesia y en la sociedad.
En Rivotorto he visto el
lugar donde, según la tradición, estaban
relegados aquellos leprosos a quienes el
santo se acercó con misericordia,
iniciando así su vida de penitente, y
también el santuario donde se evoca la
pobre morada de san Francisco y de sus
primeros hermanos. He pasado por la
basílica de Santa Clara, la "plantita"
de san Francisco, y esta tarde, después
de la visita a la catedral de Asís, iré
a la Porciúncula, desde donde san
Francisco guió, a la sombra de María,
los pasos de su fraternidad en expansión,
y donde exhaló su último suspiro. Allí
me encontraré con los jóvenes, para que
el joven Francisco, convertido a Cristo,
hable a su corazón.
En este momento, desde
la basílica de San Francisco, donde
descansan sus restos mortales, deseo
hacer mías sobre todo sus palabras de
alabanza: "Altísimo, Omnipotente, buen
Señor, tuyas son la alabanza, la gloria
y el honor y toda bendición" (Cántico
del hermano sol 1: FF 263).
San Francisco de Asís es un gran
educador de nuestra fe y de nuestra
alabanza. Al enamorarse de Jesucristo,
encontró el rostro de Dios-Amor, y se
convirtió en su cantor apasionado, como
verdadero "juglar de Dios". A la luz de
las bienaventuranzas evangélicas se
comprende la bondad con que supo vivir
las relaciones con los demás,
presentándose a todos con humildad y
haciéndose testigo y constructor de paz.
Desde esta ciudad de la
paz deseo enviar un saludo a los
exponentes de las demás confesiones
cristianas y de las otras religiones,
que en
1986 aceptaron la invitación de mi
venerado predecesor a vivir aquí, en la
patria de san Francisco, una Jornada
mundial de oración por la paz.
Considero mi deber
dirigir desde aquí un apremiante y
urgente llamamiento para que cesen todos
los conflictos armados que ensangrientan
la tierra, para que callen las armas y
por doquier el odio ceda al amor, la
ofensa al perdón y la discordia a la
unión. Sentimos espiritualmente
presentes aquí a todos los que lloran,
sufren y mueren a causa de la guerra y
de sus trágicas consecuencias, en
cualquier parte del mundo. Nuestro pensamiento
va particularmente a Tierra Santa, tan
amada por san Francisco, a Irak, a
Líbano, a todo el Oriente Próximo. Las
poblaciones de esos países sufren, desde
hace demasiado tiempo, los horrores de
los combates, del terrorismo, de la
violencia ciega; la falsa esperanza de
que con la fuerza se puedan resolver los
conflictos; y la negativa a escuchar las
razones de los demás y de hacerles
justicia. Sólo un diálogo responsable y
sincero, sostenido por el apoyo generoso
de la comunidad internacional, podrá
poner fin a tanto dolor y dar de nuevo
vida y dignidad a personas,
instituciones y pueblos.
San Francisco, hombre de
paz, nos obtenga del Señor que sean cada
vez más los que aceptan convertirse en "instrumentos
de su paz", a través de miles de
pequeños gestos de la vida diaria; que a
cuantos desempeñan papeles de
responsabilidad los impulsen un amor
apasionado por la paz y una voluntad
inquebrantable de alcanzarla, eligiendo
medios adecuados para obtenerla.
La Virgen santísima, a
quien el Poverello amó con
ternura y cantó con palabras inspiradas,
nos ayude a descubrir el secreto de la
paz en el milagro de amor que se realizó
en su seno con la encarnación del Hijo
de Dios. |