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La actual solemnidad del
Corpus Christi, que en el Vaticano y en
varias naciones ya se celebró el jueves pasado,
nos invita a contemplar el misterio supremo de
nuestra fe: la santísima Eucaristía, presencia
real de nuestro Señor Jesucristo en el
Sacramento del altar. Cada vez que el sacerdote
renueva el sacrificio eucarístico, en la oración
de consagración repite: "Esto es mi cuerpo...
Esta es mi sangre". Lo dice prestando la voz,
las manos y el corazón a Cristo, que ha querido
quedarse con nosotros y ser el corazón latente
de la Iglesia.
Pero también después de la
celebración de los divinos misterios el Señor
Jesús sigue vivo en el sagrario; por eso lo
alabamos especialmente con la adoración
eucarística, como recordé en la reciente
exhortación apostólica postsinodal
Sacramentum caritatis (cf. nn. 66-69). Más
aún, existe un vínculo intrínseco entre la
celebración y la adoración. En efecto, la santa
misa es en sí misma el mayor acto de adoración
de la Iglesia: "Nadie come de esta carne
—escribe san
Agustín—, sin antes adorarla" (Enarr. in Ps.
98, 9: CCL XXXIX, 1385). La
adoración fuera de la santa misa prolonga e
intensifica lo que ha acontecido en la
celebración litúrgica, y hace posible una
acogida verdadera y profunda de Cristo.
Hoy, además, en las comunidades
cristianas de todas las partes del mundo se
tiene la procesión eucarística, singular forma
de adoración pública de la Eucaristía,
enriquecida con hermosas y tradicionales
manifestaciones de devoción popular. Quisiera
aprovechar la oportunidad que me ofrece esta
solemnidad para recomendar vivamente a los
pastores y a todos los fieles la práctica de la
adoración eucarística. Expreso mi aprecio a los
institutos de vida consagrada, así como a las
asociaciones y cofradías que se dedican de modo
especial a la adoración eucarística: invitan a
todos a poner a Cristo en el centro de nuestra
vida personal y eclesial.
Asimismo, me alegra constatar
que muchos jóvenes están descubriendo la belleza
de la adoración, tanto personal como comunitaria.
Invito a los sacerdotes a estimular a los grupos
juveniles, y también a seguirlos, para que las
formas de adoración comunitaria sean siempre
apropiadas y dignas, con tiempos adecuados de
silencio y de escucha de la palabra de Dios. En
la vida actual, a menudo ruidosa y dispersiva,
es más importante que nunca recuperar la
capacidad de silencio interior y de recogimiento:
la adoración eucarística permite hacerlo no sólo
en torno al "yo", sino también en compañía del "Tú"
lleno de amor que es Jesucristo, "el Dios
cercano a nosotros".
Que la Virgen María, Mujer
eucarística, nos introduzca en el secreto de la
verdadera adoración. Su corazón, humilde y
sencillo, estaba siempre centrado en el misterio
de Jesús, en el que adoraba la presencia de Dios
y de su Amor redentor. Que por su intercesión
aumente en toda la Iglesia la fe en el Misterio
eucarístico, la alegría de participar en la
santa misa, especialmente en la del domingo, y
el deseo de testimoniar la inmensa caridad de
Cristo.
* * *
Después del Ángelus
Llamamiento en favor de
todas las personas secuestradas
Me llegan, por desgracia,
frecuentes peticiones de intervención en favor
de personas, entre las cuales también sacerdotes
católicos, secuestradas por diversos motivos y
en varias partes del mundo. Los llevo a todos en
mi corazón y los tengo presentes en mi oración,
pensando, entre otros, en el caso doloroso de
Colombia. Dirijo mi apremiante llamamiento a los
autores de esos hechos deplorables, a fin de que
tomen conciencia del mal realizado y liberen
cuanto antes a todos los prisioneros, para que
puedan volver a sus seres queridos. Encomiendo a
las víctimas a la protección materna de María
santísima, Madre de todos los hombres.
Saludo con afecto a los
peregrinos de lengua española. En particular al
grupo de ciudadanos de las siete parroquias del
Principado de Andorra, acompañados de sus
alcaldes, así como al grupo de estudiantes y
profesores del colegio San José, de Reus. En la
Eucaristía, sacramento de la caridad, Cristo nos
revela el amor infinito de Dios. Acudamos a la
Virgen María para que nos ayude y enseñe a
recibir, con un corazón cada vez más purificado
y agradecido, el don que Cristo nos hace de sí
mismo en este sacramento. ¡Feliz domingo! |