Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles
Miércoles 19 de noviembre de 2003
Cristo, siervo de Dios
1. La liturgia de las Vísperas incluye, además de los
salmos, algunos cánticos bíblicos. El que se acaba de proclamar es, ciertamente,
uno de los más significativos y de los que encierran mayor densidad teológica.
Se trata de un himno insertado en el capítulo segundo de la carta de san Pablo a
los cristianos de Filipos, la ciudad griega que fue la primera etapa del anuncio
misionero del Apóstol en Europa. Se suele considerar que este cántico es una
expresión de la liturgia cristiana de los orígenes, y para nuestra generación es
una alegría poderse asociar, después de dos milenios, a la oración de la Iglesia
apostólica.
Este cántico revela una doble trayectoria vertical, un movimiento, primero en
descenso y, luego, en ascenso. En efecto, por un lado, está el abajamiento
humillante del Hijo de Dios cuando, en la Encarnación, se hace hombre por amor a
los hombres. Cae en la kénosis, es decir, en el "vaciamiento" de su
gloria divina, llevado hasta la muerte en cruz, el suplicio de los esclavos, que
lo ha convertido en el último de los hombres, haciéndolo auténtico hermano de la
humanidad sufriente, pecadora y repudiada.
2. Por otro lado, está la elevación triunfal, que se realiza en la Pascua,
cuando Cristo es restablecido por el Padre en el esplendor de la divinidad y es
celebrado como Señor por todo el cosmos y por todos los hombres ya redimidos.
Nos encontramos ante una grandiosa relectura del misterio de Cristo, sobre todo
del Cristo pascual. San Pablo, además de proclamar la resurrección (cf. 1 Co
15, 3-5), recurre también a la definición de la Pascua de Cristo
como "exaltación", "elevación" y "glorificación".
Así pues, desde el horizonte luminoso de la trascendencia divina, el Hijo de
Dios cruzó la distancia infinita que existe entre el Creador y la criatura. No
hizo alarde "de su categoría de Dios", que le corresponde por naturaleza y no
por usurpación: no quiso conservar celosamente esa prerrogativa como un tesoro
ni usarla en beneficio propio. Antes bien, Cristo "se despojó", "se rebajó",
tomando la condición de esclavo, pobre, débil, destinado a la muerte infamante
de la crucifixión. Precisamente de esta suprema humillación parte el gran
movimiento de elevación descrito en la segunda parte del himno paulino (cf.
Flp 2, 9-11).
3. Dios, ahora, "exalta" a su Hijo concediéndole un "nombre" glorioso, que, en
el lenguaje bíblico, indica la persona misma y su dignidad. Pues bien, este
"nombre" es Kyrios, "Señor", el nombre sagrado del Dios bíblico, aplicado
ahora a Cristo resucitado. Este nombre pone en actitud de adoración a todo el
universo, descrito según la división tripartita: el cielo, la tierra y el
abismo.
De este modo, el Cristo glorioso se presenta, al final del himno, como el
Pantokrátor, es decir, el Señor omnipotente que destaca triunfante en los
ábsides de las basílicas paleocristianas y bizantinas. Lleva aún los signos de
la pasión, o sea, de su verdadera humanidad, pero ahora se manifiesta en el
esplendor de su divinidad. Cristo, cercano a nosotros en el sufrimiento y en la
muerte, ahora nos atrae hacia sí en la gloria, bendiciéndonos y haciéndonos
partícipes de su eternidad.
4. Concluyamos nuestra reflexión sobre el himno paulino con palabras de san
Ambrosio, que a menudo utiliza la imagen de Cristo que "se despojó de su rango",
humillándose y anonadándose (exinanivit semetipsum) en la encarnación y
en la ofrenda de sí mismo en la cruz.
En particular, en el Comentario al salmo 118, el obispo de Milán afirma:
"Cristo, colgado del árbol de la cruz... fue herido con la lanza, y de su
costado brotó sangre y agua, más dulces que cualquier ungüento, víctima
agradable a Dios, que difunde por todo el mundo el perfume de la
santificación... Entonces Jesús, atravesado, esparció el perfume del perdón de
los pecados y de la redención. En efecto, siendo el Verbo, al hacerse hombre se
rebajó; siendo rico, se hizo pobre, para enriquecernos con su miseria (cf. 2
Co 8, 9); era poderoso, y se mostró tan débil, que Herodes lo despreciaba y
se burlaba de él; tenía poder para sacudir la tierra, y estaba atado a aquel
árbol; envolvía el cielo en tinieblas, ponía en cruz al mundo, pero estaba
clavado en la cruz; inclinaba la cabeza, y de ella salía el Verbo; se había
anonadado, pero lo llenaba todo. Descendió Dios, ascendió el hombre; el Verbo se
hizo carne, para que la carne pudiera reivindicar para sí el trono del Verbo a
la diestra de Dios; todo él era una llaga, pero de esa llaga salía ungüento;
parecía innoble, pero en él se reconocía a Dios" (III, 8, SAEMO IX, Milán-Roma
1987, pp. 131-133).
Saludos
Queridos hermanos y hermanas, saludo cordialmente a los visitantes de lengua
española, en especial a los sacerdotes latinoamericanos que realizan un curso de
espiritualidad misionera, a las Siervas de María Ministras de los Enfermos, así
como al club Atlético de Madrid y a los demás grupos de América Latina. Cristo
resucitado nos invita a todos a seguirle en la gloria eterna. Muchas gracias.
(En croata) Saludo y
bendigo a los fieles de la parroquia de Santa Teresa del Niño Jesús, en Rijeka,
así como al coro Zvon, de Dobrinj, y al coro cívico de Krk. Que la peregrinación
a las tumbas de los Apóstoles san Pedro y san Pablo os impulse a dar un
testimonio cada vez mayor del Evangelio en la familia y en la sociedad.
(En italiano)
El próximo viernes 21 de noviembre, memoria litúrgica de la Presentación de
María santísima en el templo, se celebra la Jornada de oración por las monjas
de clausura. Deseo asegurar mi especial cercanía y la de toda la comunidad
eclesial a estas hermanas nuestras, a las que el Señor llama a la vida
contemplativa. Al mismo tiempo, renuevo la invitación a todos los creyentes para
que presten a los conventos de clausura la necesaria ayuda espiritual y
material. En efecto, tenemos una gran deuda con estas personas, que se consagran
totalmente a la oración incesante por la Iglesia y por el mundo.
Saludo, por último a los jóvenes, a los enfermos y a los recién
casados. Queridos jóvenes, poned a Jesús en el centro de vuestra
vida, y de él recibiréis luz para todas vuestras opciones. Queridos enfermos,
encomendaos a Cristo y comprenderéis el valor redentor del sufrimiento
vivido en unión con él. Y vosotros, queridos recién casados, poned al
Señor en el centro de vuestra familia, para participar en la construcción de su
reino de justicia, de amor y de paz.
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