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CARTA APOSTÓLICA
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
A LOS RELIGIOSOS Y RELIGIOSAS DE AMÉRICA LATINA
CON MOTIVO DEL V CENTENARIO
DE LA EVANGELIZACIÓN DEL NUEVO MUNDO

 

 

II
LOS OBJETIVOS DEL PRESENTE:
VIDA CONSAGRADA Y COMUNIÓN ECLESIAL

Fidelidad al Concilio Vaticano

13. El Espíritu Santo, que «con la fuerza del Evangelio rejuvenece la Iglesia, la renueva incesantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo» [5], ha preparado providencialmente al Pueblo de Dios con las enseñanzas del Concilio Vaticano II para afrontar mejor su misión apostólica en el mundo de hoy, al final del segundo milenio, en medio de las nuevas y exigentes situaciones en que vivimos.

Es, pues, necesario que cuantos aman la verdad revelada y sienten la urgencia de la misión apostólica en el mundo actual vuelvan su mirada al Magisterio de la Iglesia y, siguiendo las enseñanzas conciliares, hagan una fiel lectura de las exigencias del Evangelio de Cristo para los tiempos presentes, sin dejarse desorientar por ideologías ajenas a la revelación.

El Concilio Vaticano II —sobre todo en la Constitución dogmática Lumen gentium— ha expuesto la doctrina sobre la Iglesia y nos ha invitado a contemplarla también como Pueblo de Dios que camina hacia la Jerusalén celestial [6]. Al mismo tiempo, ha puesto de relieve la naturaleza y estructura jerárquica de la Iglesia, como expresión de la sucesión apostólica que se da en ella, tal como la ha querido su divino Fundador [7].

El sacerdocio ministerial, en el seno de la constitución jerárquica de la Iglesia, lleva a cabo la obra santificadora, que se expresa también mediante una actitud de servicio que tiene a Cristo como modelo supremo, y que contribuye a mantener a la Iglesia entera en la comunión de fe, de culto y de vida. Los Obispos, como sucesores de los Apóstoles, ejercen también este ministerio por medio de la comunión recíproca y la colegialidad, bajo la potestad del Romano Pontífice, Sucesor de Pedro, que ha recibido el primado directamente de Cristo [8].

Sentido eclesial del pueblo de Dios

14. El Pueblo de Dios que vive en América Latina siente profundamente la comunión eclesial, la obediencia y el amor a sus Pastores, así como el afecto filial al Papa. Todo ello explica su fidelidad secular a la fe recibida y también su conciencia de ser parte activa de la Iglesia universal. Firme en sus creencias, ha resistido a los ataques del laicismo y ha dado pruebas heroicas, incluso con el martirio de no pocos de sus hijos.

La urgente llamada a la nueva evangelización del Continente tiene como objetivo que la fe se profundice y se encarne cada vez más en las conciencias y en la vida social. Por eso es necesario que los religiosos y religiosas mantengan incólume su fidelidad plena a las enseñanzas del Concilio Vaticano II y expresen con coherencia su comunión con los Pastores, como testimonio de una perfecta sintonía eclesial para edificación del Pueblo de Dios.

Dimensión de la vida consagrada

15. Precisamente este mismo Concilio ha querido encuadrar en el misterio de la Iglesia la vocación y la misión de los Institutos religiosos, así como la identidad de cada una de las personas consagradas, llamadas a la santidad.

La teología de la vida religiosa, expuesta en la constitución dogmática Lumen gentium y en el decreto Perfectae caritatis, así como en otros numerosos documentos del magisterio postconciliar, ha encontrado una acogida favorable en América Latina, que se ha manifestado también en realizaciones creativas. El mismo documento de Puebla se hizo eco de las tendencias positivas de la vida consagrada en América Latina dentro de la misión de la Iglesia, sobre todo, en la perspectiva de comunión y participación en la evangelización [9]. Sin embargo, por desgracia, no han faltado a este respecto desviaciones y actitudes demasiado radicales y unilaterales, que han llegado a empañar en algunas ocasiones el «sensus Ecclesiae».

No es mi intención reiterar aquí explícitamente las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia acerca de la vida consagrada, propuestas por el Concilio Vaticano II en los documentos que acabamos de mencionar. Estas enseñanzas conciliares han sido, durante los últimos veinticinco años, ampliamente desarrolladas por mis predecesores en numerosas alocuciones, mensajes, y en algunos documentos de especial importancia, como la Exhortación Apostólica del Papa Pablo VI Evangelica testificatio, del 29 de junio de 1971 [10]. Por mi parte, en el Año Santo de la Redención dirigí a todos los religiosos y religiosas del mundo la exhortación apostólica Redemptionis donum [11].

A este respecto, también la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica ha publicado una reciente Instrucción titulada: Orientaciones sobre la formación en los Institutos religiosos. Tanto este documento como los citados anteriormente ofrecen indicaciones muy precisas para la formación personal y la vida comunitaria de los religiosos y religiosas que, por su propia consagración, están plenamente comprometidos en la Iglesia y, en vuestro caso concreto, en la tarea permanente de evangelización en América Latina. En estos mismos documentos se van delineando la identidad y autenticidad de la vida consagrada y su dimensión eclesial. A ello quiero referirme pensando particularmente en vuestra labor como heraldos del Evangelio.

Seguimiento de Cristo y consagración religiosa

16. La identidad y autenticidad de la vida religiosa se caracteriza por el seguimiento de Cristo y la consagración a El mediante la profesión de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. Con ellos se expresa la total dedicación al Señor y la identificación con El en su entrega al Padre y a los hermanos. El seguimiento de Cristo mediante la vida consagrada supone una particular docilidad a la acción del Espíritu Santo, sin la cual la fidelidad a la propia vocación quedaría vacía de contenido.

Jesucristo, crucificado y resucitado, Señor de la vida y de la historia, tiene que ser el ideal vivo y perenne de todos los consagrados. De su palabra se vive, en su compañía se camina, de su presencia interior se goza, de su misión salvífica se participa. Su persona y su misterio son el anuncio y el testimonio esencial de vuestro apostolado. No pueden existir soledades cuando el llena el corazón y la vida. No deben existir dudas acerca de la propia identidad y misión cuando se anuncia, se comunica y se encarna su misterio y su presencia entre los hombres.

Todos los religiosos y religiosas deben renovar continuamente esta unión con Cristo, mediante la escucha de su palabra, la celebración de su misterio pascual en los sacramentos —especialmente los de la reconciliación y de la Eucaristía— así como con la oración asidua. Sólo así podréis ser auténticos evangelizadores, capaces de satisfacer las necesidades espirituales del pueblo de Dios, con un corazón compasivo de donde brotan los mismos sentimientos de Cristo.

Misterio pascual y consejo evangélicos

17. En efecto, los consejos evangélicos tienen una profunda dimensión pascual, ya que suponen una identificación con Cristo, con su muerte y resurrección. Por eso se deben vivir con la misma actitud de Cristo, el cual «se despojó de sí mismo» (kénosis), haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (cf. Flp 2, 5-8). Pero al mismo tiempo nos hacen participar del gozo de la nueva vida a la que estamos llamados, para así hacer en todo la voluntad salvífica del Padre. La profesión de los consejos evangélicos os constituye, pues, en testigos de la Resurrección del Señor y de la fuerza transformadora de su Espíritu de Pentecostés.

La entrega total de las personas consagradas implica, como en Jesús de Nazaret, una íntima relación entre los tres consejos evangélicos, de manera que el crecimiento y madurez en la vivencia de uno de ellos hace a los otros más fecundos; y, por el contrario, la falta de fidelidad a uno de ellos pone en peligro la solidez y autenticidad de los demás.

En verdad, no es auténticamente pobre, según el modelo y la medida de Cristo, quien no vive plenamente la castidad y la obediencia; ni es puro de corazón quien no práctica la pobreza y vive con gozo la voluntaria obediencia; ni es obediente al designio del Padre y a las exigencias del Reino quien no abraza, con corazón puro e indiviso, el desprendimiento de las cosas terrenas.

Con la donación total de la propia vida por amor a Dios, los religiosos y religiosas son testigos elocuentes de la primacía y perennidad del mensaje evangélico, que somete a juicio a los ídolos de este mundo: el poder, las riquezas, el placer. De este modo, manifiestan en sí mismos la madurez que se alcanza con el don de la propia libertad puesta al servicio exclusivo de Dios y de los hermanos.

Quiero recordaros, a este respecto, lo que escribí en la Encíclica Redemptor hominis, pensando precisamente en las personas consagradas: «Humanidad madura significa pleno uso del don de la libertad; que hemos obtenido del Creador, en el momento en que El ha llamado a la existencia al hombre hecho a su imagen y semejanza. Este don encuentra su plena realización en la entrega sin reservas de toda la persona humana concreta, en espíritu de amor nupcial a Cristo y, a través de Cristo, a todos aquellos a los que El envía, hombres o mujeres, que se han consagrado totalmente a El según los consejos evangélicos» [12].

Verdadera libertad y auténtica liberación

18. De esta humanidad madura de los religiosos y religiosas tiene hoy necesidad el Continente latinoamericano para anunciar a Jesucristo con la palabra y con la vida, para así construir una nueva humanidad según el espíritu de las bienaventuranzas.

La historia de estos quinientos años atestigua la fidelidad de tantos religiosos y religiosas que han contribuido a mantener vivo y a enriquecer el patrimonio de la primera evangelización. No hay que olvidar que todos aquellos que se han consagrado al servicio de Cristo mediante los consejos evangélicos y con el espíritu de las bienaventuranzas contribuyen eficazmente a la obra evangelizadora, apoyando la predicación de la palabra con la fuerza del propio testimonio.

Es importante, pues, que ese testimonio no se deforme bajo influencias e interpretaciones reductivas del Evangelio, que podrían afectar al genuino contenido de su mensaje y a la misma vida consagrada, con el peligro, sobre el cual ya nos advierte el Señor, de que la sal se desvirtúe y pierda su sabor (cf. Mt 5, 13).

En los últimos años, ante ciertas tendencias que presentaban una particular hermenéutica de la revelación, —con graves repercusiones en la vida y la misión de la Iglesia, e incluso en la misma vida religiosa, como es el caso de algunas teologías de la liberación— la Congregación para la Doctrina de la Fe ha emanado dos documentos, Libertatis nuntius (1984) y Libertatis conscientia (1986), para establecer las líneas maestras del pensamiento de la Iglesia sobre la verdadera libertad y la auténtica liberación según el Evangelio.

Estas dos Instrucciones no sólo son válidas en sí mismas, sino que se presentan además como realmente proféticas por haber contribuido a desenmascarar falaces utopías ideológicas y servilismos políticos que están en total desacuerdo con la doctrina y la misión de Cristo y de su Iglesia.

La palabra del Señor, que nos llama a la plena libertad de los hijos de Dios, sigue urgiéndonos a la fidelidad: «Si os mantenéis en mi palabra seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Jn 8, 31-31). Sólo Jesucristo libera. Sólo en su amor, experimentado y transmitido, se encuentra la auténtica liberación.

La opción preferencial por los pobres

19. En este contexto es necesario subrayar una vez más el justo significado de la opción preferencial, no exclusiva ni excluyente, en favor de los pobres, opción particularmente connatural a todos aquellos que viven el consejo evangélico de la pobreza y que están llamados a amar, acoger y servir a los pobres «con las entrañas de Jesucristo» [13].

Como ya hacía notar el documento de Puebla, la opción preferencial por los pobres ha sido un factor muy destacado en la vida religiosa latinoamericana durante los últimos tiempos [14]. Son muchos los religiosos y religiosas que viven esta opción preferencial con un auténtico espíritu evangélico, fuertemente motivados por las palabras del Señor y en coherencia con el espíritu de su propio Instituto. En efecto, los religiosos y las religiosas están presentes en los barrios marginados, entre los indígenas, junto a los ancianos y enfermos, en las innumerables situaciones de miseria que América Latina vive y sufre, como son las nuevas pobrezas que afectan sobre todo a los jóvenes, desde el alcoholismo a la droga. Por medio de los religiosos la Iglesia se hace servidora de los hermanos más necesitados, en cuyo rostro dolorido reconoce los rasgos sufrientes de Cristo, el Señor, que nos interpela y nos convoca al juicio definitivo, cuando seremos juzgados acerca del amor [15].

Virtudes teologales y vida consagrada

20. Sin embargo, se han dado casos en los que una interpretación errónea del problema de los pobres en clave marxista ha llevado a un falso concepto y a una praxis anómala de la opción por los pobres y del voto de pobreza, desvirtuado por falta de referencia a la pobreza de Cristo y desconectado de su medida que es la vida teologal. La vida consagrada tiene que estar, pues, firmemente afianzada en las virtudes teologales, para que la fe no ceda al espejismo de las ideologías; la esperanza cristiana no se confunda con las utopías; la caridad universal, que llega hasta el límite del amor a los enemigos, no sucumba ante la tentación de la violencia.

No han faltado casos en los que esta opción ha llevado a una politización de la vida consagrada, no exenta de opciones partidistas y violentas, con la instrumentalización de personas e instituciones religiosas para fines ajenos a la misión de la Iglesia.

Es necesario, pues, recordar lo dicho en la Instrucción Libertatis conscientia: «La opción preferencial por los pobres, lejos de ser un signo de particularismo o de sectarismo, manifiesta la universalidad del ser y de la misión de la Iglesia. Dicha opción no es exclusiva. Esta es la razón por la que la Iglesia no puede expresarla mediante categorías sociológicas e ideológicas reductivas, que harían de esta preferencia una opción partidista y de naturaleza conflictiva» [16].

¡La sal no debe perder su sabor! ¡La vida religiosa no puede dejar de ser testimonio vivo del «Reino de los cielos» prometido a los pobres! «Si la sal se desvirtúa —advierte Jesús— ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera» (Mt 5, 13). Puede suceder a veces que el Pueblo de Dios no siempre encuentre el deseado apoyo en las personas consagradas porque quizá no reflejan suficientemente en sus vidas el fuerte sentido de Dios que deberían transmitir.

Tales situaciones pueden ser ocasión de que muchas personas pobres y sencillas, —como por desgracia está ocurriendo— se conviertan en fácil presa de las sectas, en las que buscan un sentido religioso de la vida que quizá no encuentran en quienes se lo tendrían que ofrecer a manos llenas.

Promoción de la solidaridad social

21. Toda esta problemática, lejos de frenar el compromiso por la justicia y la libertad, indica que la Iglesia en América Latina, con la firme colaboración de los religiosos, debe esforzarse en comprender y realizar de una manera justa «la opción preferencial por los pobres».

La situación socioeconómica de algunas naciones latinoamericanas constituye un motivo de profunda preocupación. La Iglesia, plenamente conocedora de esta realidad, quiere iluminar con el evangelio y la doctrina social católica la conciencia de los ciudadanos. Ella misma, que con su acción evangelizadora favorece la promoción integral de las personas, se dirige a los laicos, y de modo especial a quienes están al frente de las diversas instancias públicas, para que sean promotores de una auténtica justicia social. A este respecto, la Iglesia ha puesto en marcha muchas instituciones en favor de los más necesitados, creando en ellas un clima de afectuosa acogida y abriéndoles el camino de la esperanza cristiana.

Para hacer frente a las muchas carencias que afectan a amplios sectores de la población, los Pastores de la Iglesia en América Latina cuentan con la inestimable cooperación de tantos religiosos y religiosas que realizáis el apostolado en ambientes tan variados. Por vuestra presencia entre la gente sois responsables de la animación de muchas comunidades eclesiales, y sobre todo de la formación religiosa y moral de los laicos, especialmente la educación cristiana de la juventud a través de la enseñanza y la catequesis.

En todos debéis despertar un recto sentido de la justicia social, inspirada en el amor fraterno, base indispensable para que cada país, en el ámbito del bien común, siga creciendo en paz y armonía, y alcance así un desarrollo cultural y económico asequible a todos. De este modo, el Continente de la esperanza se irá configurando como una verdadera comunidad de naciones hermanas.

Fortalecer los vínculos de la comunión eclesial

22. El Concilio Vaticano II ha puesto de relieve el profundo sentido eclesial de la vida consagrada, que tiene que manifestarse en una sincera comunión y colaboración con los Pastores de la Iglesia.

La historia de la primera evangelización ilustra abundantemente la aportación ofrecida por los religiosos en la implantación y consolidación de la jerarquía eclesiástica en el Continente latinoamericano. También hoy son numerosos los obispos de esa Iglesia, que han sido escogidos de entre los religiosos para este ministerio pastoral.

Las relaciones entre Obispos y religiosos son, en general, satisfactorias. Podría decirse que han recibido un favorable impulso con las orientaciones de la Santa Sede y gracias al buen entendimiento entre los organismos de comunión y de colaboración establecidos entre las diócesis y los Institutos religiosos [17]. No han faltado, sin embargo, en determinadas situaciones, algunas incomprensiones y fuertes contrastes que no responden a una verdadera eclesiología de comunión y perturban la paz y la concordia, influyendo negativamente en la tarea evangelizadora de la Iglesia.

El hecho de que los Institutos religiosos gocen de la justa autonomía de vida, de que habla el Código de Derecho Canónico [18], no ha de ser pretexto para una actividad apostólica al margen de la jerarquía o que ignore sus orientaciones pastorales. Sería ir contra la naturaleza misma de la Iglesia y de la vida consagrada reivindicar, por parte de los religiosos y de sus instituciones, una especie de paralelismo, traducido en una pastoral o en un magisterio paralelos. Sería también erróneo pensar que los religiosos, por su vocación eclesial, están investidos de una función profética, de la que carecerían los pastores de la Iglesia, contraponiendo así el carisma de la vida consagrada a la institución jerárquica, y el profetismo de los religiosos a la misión de los obispos o al mismo carácter profético de la vocación laical.

Estas tendencias o actitudes no encuentran justificación posible en una recta eclesiología de la vida religiosa. Más bien están en clara contradicción con la naturaleza misma de la vida consagrada, que es vida de comunión y de unidad. No responden tampoco al espíritu de los Fundadores que tuvieron siempre como criterio seguro «sentire Ecclesiam» y «sentire cum Ecclesia», actuando en perfecta comunión con sus Pastores; ni se encuadran en una recta concepción de la misión apostólica de los religiosos, que no puede ser otra que la construcción y extensión del Reino dentro de una perspectiva de unidad eclesial.

Cohesión afectiva y efectiva entre obispos y religiosos

23. El fomentar una sólida y orgánica cohesión afectiva y efectiva entre los religiosos y los Obispos es de primordial importancia en toda eclesiología de comunión que se inspire en la doctrina conciliar [19]. En efecto, la autonomía de los religiosos a que hemos aludido tiene como fundamento la obediencia de los mismos al Sumo Pontífice y a la Santa Sede, y como finalidad una mayor y más generosa cooperación en su solicitud por el bien de todas las Iglesias. Además, tal autonomía supone en todo caso la debida sumisión a los Obispos en el campo pastoral [20].

Ahora bien, la colaboración de los religiosos en la solicitud por todas las Iglesias no puede ejercerse sin la comunión orgánica con el ministerio pastoral de los Obispos y el acatamiento de sus disposiciones en lo que concierne al culto divino, a la evangelización y a la catequesis, según prescribe el derecho canónico.

Está claro, pues, que las iniciativas pastorales de los religiosos y de sus organismos de coordinación a nivel diocesano, nacional o supranacional, tienen que expresar sin ambigüedades ni reticencias una perfecta comunión con los Pastores de la Iglesia en sus respectivas instancias, ya que los Obispos son «doctores auténticos y testigos de la verdad divina y católica» y por eso les incumbe velar con toda responsabilidad por los religiosos «en lo que toca a la enseñanza de la doctrina de la fe, tanto en los centros que cultivan su estudio, como en la utilización de los medios para transmitirla», como son las publicaciones y las mismas casas editoriales [21].

Cuanto mayor sea el influjo que pueden tener los religiosos en la difusión de la doctrina, tanto más responsables tienen que ser en la transmisión integral de la verdad y en la comunión con la jerarquía, evitando toda posible desorientación de los fieles o deformación del mensaje revelado.

Ha de ser, pues, empeño de todos evitar cualquier distanciamiento entre los Obispos y los religiosos, lo cual puede acarrear grave daño a toda la obra evangelizadora. Por ello, pido a unos y otros que se estrechen cada vez más los vínculos de comunión y se fomente, con los medios oportunos, el mutuo conocimiento, el aprecio sincero y el testimonio de unidad; que los Obispos sepan valorar y promover, como es debido, el don inmenso de la vida consagrada, con toda su variedad de carismas, sin olvidar que ellos deben ser también promotores de la fidelidad a la vocación religiosa según el espíritu de cada Instituto [22]. Pido igualmente a los religiosos y religiosas, llamados a vivir en comunidad al servicio de la Iglesia, que se esfuercen por mantener viva la comunión y la colaboración con los Obispos, así como el necesario respeto de su autoridad pastoral.

Este espíritu de renovada comunión entre los Obispos y los religiosos en América Latina será uno de los temas de estudio y reflexión en la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que se prepara para 1992. Esto lo exige tanto el elevado número de religiosos y religiosas que viven en el Continente, como la indispensable presencia de sus carismas, instituciones y nuevas vocaciones, necesarias para la obra evangelizadora. Sin la aportación generosa de la vida consagrada no podrá realizarse la gran tarea de la renovada siembra del Evangelio.

 

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Conclusión      Notas      

Tomado del sitio de web del vaticano: www.vatican.va