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CARTA APOSTÓLICA
IUVENUM PATRIS
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
EN EL CENTENARIO DE LA MUERTE
DE SAN JUAN BOSCO

A don Egidio Viganò,
rector mayor de la Sociedad de san Francisco de Sales,
en el centenario de la muerte de san Juan Bosco.

 

 

 

 

Conclusión

20. En esta memoria centenaria de San Juan Bosco, "padre y maestro de la juventud", es posible afirmar con convicción y seguridad que la divina Providencia os invita a todos, miembros de la gran familia salesiana, así como también a los padres de familia y educadores, a reconocer más y más la ineludible necesidad de formar a los jóvenes a asumir con nuevo entusiasmo sus obligaciones y a cumplirlas con la entrega iluminada y generosa del Santo. Con esta intensa preocupación que nace de la gravedad del problema, me dirijo especialmente, entre los educadores, a los presbíteros dedicados al ministerio pastoral: para ellos principalmente resulta un desafío la formación de los jóvenes. Estoy persuadido —y de ello son testimonio las reuniones que constantemente tengo con jóvenes durante mis viajes pastorales— de que se registran muchos afanes e iniciativas para dar a los jóvenes una educación cristiana integral; sin embargo, no hay que olvidar que sobre todo en nuestros días los jóvenes están expuestos a provocaciones y peligros que no se daban en otros tiempos: la droga, la violencia, el terrorismo, la degradación de muchos espectáculos televisivos y cinematográficos, la pornografía en los escritos y en las imágenes. Todo lo cual exige que, en la acción pastoral, tenga prioridad la atención a los jóvenes mediante métodos apropiados y con oportunas iniciativas. Las ideas e intuiciones de San Juan Bosco pueden sugerir a los sacerdotes adecuadas formas de actuación. La importancia de la cuestión exige que, tras maduro examen, se tome conciencia de ello, ya que sobre esto seremos juzgados por el Señor. Los jóvenes han de constituir la principal solicitud de los sacerdotes. De los jóvenes depende el futuro de la Iglesia y de la sociedad.

Conozco muy bien, beneméritos educadores, las dificultades que encontráis y los desengaños que a veces sufrís. No os desaniméis en el extraordinario camino de amor que es la educación. Que os conforte ver la inagotable paciencia de Dios en su pedagogía con la humanidad, ejercicio incesante de paternidad que se reveló en la misión de Cristo —Maestro y Pastor— y en la presencia del Espíritu Santo, enviado a transformar el mundo.

La oculta y poderosa eficacia del Espíritu se dirige a hacer que la humanidad madure según el modelo de Cristo. Es el animador del nacimiento del hombre nuevo y del mundo nuevo (cf. Rom 8, 4-5). Así vuestra labor de educar se presenta como ministerio de colaboración con Dios, que ciertamente será fecunda.

Vuestro y nuestro Santo solía decir que "la educación es cosa de corazón" [29] y que debemos "lograr que Dios entre en el corazón de los jóvenes, no sólo por la puerta de la Iglesia, sino también por la de la clase y el taller" [30]. Precisamente en el corazón del hombre es donde se hace presente el Espíritu de verdad, como consolador y transformador: penetra incesantemente en la historia del mundo por el corazón del hombre. Como escribí en la Encíclica Dominum et Vivificantem, también "el camino de la Iglesia pasa a través del corazón del hombre"; más aún, ella "es el corazón de la humanidad": "con su corazón, que abarca todos los corazones humanos, pide 'justicia, paz y gozo en el Espíritu', en el que, según San Pablo, consiste el reino de Dios"[31]. Con vuestro trabajo, queridísimos educadores, estáis realizando un exquisito ejercicio de maternidad eclesial [32].

Tened siempre ante vuestros ojos a María Santísima, la más excelsa colaboradora del Espíritu Santo, dócil a sus inspiraciones y, por ello, hecha Madre de Cristo y Madre de la Iglesia. María continúa siendo, por los siglos, "una presencia materna, como indican las palabras de Cristo pronunciadas en la cruz: 'Mujer, ahí tienes a tu hijo; ahí tienes a tu madre" [33].

Que vuestros ojos miren siempre a la Santísima Virgen; escuchadla cuando dice: "Haced lo que os diga Jesús" (Jn 2, 5). Rezadle también, instándola a diario para que el Señor suscite constantemente almas generosas, que sepan decir que sí a la llamada vocacional.

A Ella os encomiendo y, con vosotros, encomiendo también a todo el mundo de los jóvenes, para que atraídos, animados y dirigidos por Ella, puedan conseguir, gracias a la mediación de vuestra labor educadora, la talla de hombres nuevos para un mundo nuevo: el mundo de Cristo, Maestro y Señor.

Nuestra bendición apostólica, prenda y anuncio de los bienes celestiales, así como testimonio de nuestra caridad, te conforte a ti y ayude y proteja a todos los miembros de la gran familia salesiana.

Roma, junto a San Pedro, 31 de enero, memoria de San Juan Bosco de 1988, año X de nuestro pontificado.

IOANNES PAULUS PP. II


 

 

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Tomado del sitio de web del vaticano: www.vatican.va