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CARTA APOSTÓLICA
IUVENUM PATRIS
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
EN EL CENTENARIO DE LA MUERTE
DE SAN JUAN BOSCO

A don Egidio Viganò,
rector mayor de la Sociedad de san Francisco de Sales,
en el centenario de la muerte de san Juan Bosco.

 

 

III. Necesidad urgente de la educación cristiana hoy

14. La Iglesia se reconoce directamente interpelada por la demanda de la educación, porque es ahí donde se trata del hombre y "el hombre (es) el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión" [23]. Lo cual supone, evidentemente, verdadero amor de predilección a la juventud.

Ir a los jóvenes: tal es la primera y fundamental urgencia de la educación. "El Señor me ha enviado para los jóvenes". En esta aserción de San Juan Bosco descubrimos su opción apostólica de fondo, cuyo término son los jóvenes pobres, los de extracción popular, los más expuestos al peligro.

Es útil recordar las palabras admirables que Don Bosco decía a sus jóvenes y que constituyen la síntesis genuina de su opción de fondo: "Comprended que cuanto soy, lo soy totalmente para vosotros, día y noche, mañana y tarde, en cualquier momento. No tengo más preocupación que vuestro aprovechamiento moral, intelectual y físico" [24]. "Por vosotros estudio, por vosotros trabajo, para vosotros vivo y por vosotros estoy dispuesto incluso a dar mi vida" [25].

15. Juan Bosco llega a tan plena donación de sí mismo a los jóvenes, en medio de dificultades a veces extremas, gracias a una caridad singular e intensa, es decir, en virtud de una energía interior que une, de forma inseparable en él, amor a Dios y amor al prójimo. De esa manera logra una síntesis entre actividad evangelizadora y quehacer educador.

Su labor de evangelizar a los jóvenes no se limita a la catequesis, o a la liturgia, o a los actos religiosos que requieren ejercicio explícito de la fe y a ella conducen, sino que abarca todo el dilatado sector de la condición juvenil. Se coloca, pues, en el proceso de formación humana, consciente de las deficiencias, pero optimista en cuanto a la maduración progresiva y convencido de que la palabra del Evangelio debe sembrarse en la realidad del vivir cotidiano, a fin de lograr que los jóvenes se comprometan con generosidad en la vida. Dado que viven una edad peculiar para su educación, el mensaje salvífico del Evangelio los deberá sostener a lo largo del proceso de su educación, y la fe habrá de convertirse en elemento unificador e iluminante de su personalidad.

De ahí se siguen algunas orientaciones. El educador debe poseer una sensibilidad especial por los valores y las instituciones culturales, adquiriendo un conocimiento profundo de las ciencias humanas. De ese modo la competencia lograda será instrumento útil para llevar adelante un programa de evangelización eficaz. En segundo lugar, el educador tiene que seguir un itinerario pedagógico específico, que simultáneamente considera la dinámica evolutiva de las facultades humanas y suscita en los jóvenes las condiciones para una respuesta libre y gradual.

Procurará también ordenar todo el proceso de la educación a la finalidad religiosa de la salvación. Todo ello supone bastante más que insertar, en el camino de la educación, algunos momentos reservados a la instrucción religiosa y a la expresión cultural: lleva consigo la labor mucho más profunda de ayudar a que los educandos se abran a los valores absolutos e interpreten la vida y la historia desde la profundidad y las riquezas del misterio.

16. Así, pues, el educador debe tener percepción clara del fin último, ya que en el arte de la educación los objetivos desempeñan un papel determinante. Su visión incompleta o errónea, o bien su olvido, es causa de unilateralidad o desvío, además de ser signo de incompetencia.

"La civilización contemporánea intenta imponer al hombre —dije en la UNESCO— una serie de imperativos aparentes, que sus portavoces justifican recurriendo al principio del desarrollo y del progreso. Así, por ejemplo, en lugar del respeto a la vida, el 'imperativo' de desembarazarse de ella y destruirla; en lugar del amor, que es comunión responsable de personas, el 'imperativo' del máximo de placer sexual, al margen de todo sentido de responsabilidad; en lugar de la primacía de la verdad en las acciones, la 'primacía' del comportamiento de moda, de lo subjetivo y del éxito inmediato" [26].

En la Iglesia y en el mundo la visión de una educación completa, según aparece encarnada en Juan Bosco, es una pedagogía realista de la santidad. Hay que recuperar el verdadero concepto de "santidad", en cuanto elemento de la vida de todo creyente. La originalidad y audacia de la propuesta de una "santidad juvenil" es intrínseca al arte educador de este gran Santo que con razón puede definirse como "maestro de espiritualidad juvenil". Su secreto personal estuvo en no decepcionar las aspiraciones profundas de los jóvenes —necesidad de vida, de amor, de expansión, de alegría, de libertad, de futuro— y simultáneamente en llevarlos gradual y realísticamente a comprobar que sólo en la "vida de gracia", es decir, en la amistad con Cristo, se alcanzan en plenitud los ideales más auténticos.

Tal educación exige hoy dotar a los jóvenes de una conciencia crítica, que sepa percibir los valores auténticos y desenmascarar las hegemonías ideológicas que, sirviéndose de los medios de comunicación social, subyugan la opinión pública y esclavizan las mentes.

17. La educación, que según el método de San Juan Bosco favorece una original interacción entre evangelización y promoción humana, exige al corazón y a la mente del educador atenciones precisas: adquirir sensibilidad pedagógica, adoptar una actitud simultáneamente paterna y materna, esforzarse por evaluar cuanto acaece en el crecimiento del individuo y del grupo, según un proyecto de formación que una, con inteligencia y vigor, finalidad de la educación y voluntad de buscar los medios más idóneos para ella.

En la sociedad moderna los educadores deben prestar atención particular a los contenidos educativos históricamente más señalados, de carácter humano y social, que mejor enlazan con la gracia y las exigencias del Evangelio.

Quizá nunca como hoy, educar ha sido un imperativo simultáneamente vital y social, que lleva consigo toma de posición y voluntad decidida de formar personalidades maduras. Quizá nunca como hoy, el mundo ha necesitado individuos, familias y comunidades que hagan de la educación su razón de ser y se entreguen a ella como a finalidad primera, dedicándole todas sus energías y buscando colaboración y ayuda, a fin de experimentar y renovar con creatividad y sentido de responsabilidad nuevos procesos de educación. Ser educador hoy comporta una auténtica opción de vida, que debe reconocer y ayudar a cuantos tienen autoridad en las comunidades eclesiales y civiles.

18. La experiencia y la sabiduría pedagógica de la Iglesia reconoce un extraordinario significado educador a la familia, a la escuela, al trabajo y a las diversas formas de asociación y grupo. Es éste un tiempo en el que hay que relanzar las instituciones educativas y apelar al insustituible papel educador de la familia, que tuve ocasión de delinear en la Exhortación Apostólica Familiaris consortio, pues continúa siendo determinante para el bien y, por desgracia, a veces también para el mal, la educación —o la falta de educación— familiar y, por otro lado, continúa siendo imprescindible formar a las nuevas generaciones para que asuman desde el ambiente familiar la responsabilidad de interpretar lo cotidiano según la enseñanza perenne del Evangelio, sin descuidar las exigencias de la renovación necesaria.

El puesto central de la familia en la educación es actualmente uno de los problemas sociales y morales más graves. "¿Qué hacer —recordé en la UNESCO— para que la educación del hombre se realice sobre todo en la familia...? Las causas del éxito o fracaso en la formación del hombre por su familia se sitúan siempre a la vez en el interior mismo, del núcleo fundamentalmente creativo de la cultura, que es la familia, y también a un nivel superior, el de la competencia del Estado y de los órganos" [27].

Al lado del papel educador de la familia hay que subrayar el de la escuela, capaz de abrir horizontes más dilatados y universales. Según la visión de Juan Bosco, la escuela, además de fomentar el desarrollo de la dimensión cultural, social y profesional de los jóvenes, debe proporcionarles una eficaz estructura de valores y principios morales. De no ser así, resultaría imposible vivir y actuar de modo coherente, positivo y honrado en una sociedad que se caracteriza por la tensión y las situaciones conflictivas.

Forma igualmente parte de la gran herencia educativa del Santo piamontés, su atención preferente al mundo del trabajo, para el que hay que preparar solícitamente a los jóvenes. Es algo de que hoy se siente gran necesidad, a pesar de las profundas transformaciones de la sociedad. Compartimos con Don Bosco su preocupación de dar a las nuevas generaciones adecuada competencia profesional y técnica, tal como han testimoniado meritoriamente, a lo largo de más de cien años, las escuelas de artes y oficios y los talleres dirigidos, con pericia digna de encomio, por los salesianos coadjutores. Compartimos su interés en favorecer una educación cada vez más incisiva en la responsabilidad social, basada en una mayor dignidad personal [28], a la que la fe cristiana no sólo da legitimidad, sino que además proporciona energías de potencia incalculable.

Por último, hay que señalar la importancia dada por el Santo a las formas de asociación y grupo, donde crecen y se desarrollan el dinamismo y la iniciativa juvenil. Animando múltiples actividades, creaba ambientes de vida, de buen empleo del tiempo libre, de apostolado, de estudio, de oración, de alegría, de juego y de cultura, en los que los jóvenes podían estar juntos y crecer. Los grandes cambios de nuestro tiempo respecto al siglo XIX no eximen al educador de revisar situaciones y condiciones de vida, y dar el espacio necesario al espíritu de creatividad típico de los jóvenes.

19. Si, por otra parte, consideramos las necesidades de la juventud actual y recordamos el mensaje profético de San Juan Bosco, amigo de los jóvenes, es imposible olvidar que por encima — mejor, dentro— de cualquier estructura de educación, son imprescindibles los típicos momentos educativos del coloquio y del trato personal: si se utilizan correctamente, son ocasiones de verdadera dirección espiritual. Es lo que hacía el Santo ejerciendo con eficacia particular el ministerio del sacramento de la reconciliación. En un mundo tan fragmentado y lleno de mensajes opuestos, es verdadero regalo pedagógico dar al joven la posibilidad de conocer y elaborar su proyecto de vida, en busca del tesoro de su vocación personal, del que depende todo el planteamiento de su vida. Sería incompleta la labor educadora de quien opinara que basta satisfacer las necesidades —obviamente legítimas— de la profesión, de la cultura y del honesto esparcimiento, y no propusiera dentro de ellos, como levadura, las metas que Cristo brindó al joven del Evangelio y por las que incluso midió el gozo de la vida eterna o el amargor de la posesión egoísta (cf. Mt 19, 21 s.).

El educador quiere y forma de verdad a los jóvenes, cuando les propone ideales de vida que los trasciende y acepta caminar con ellos en la fatigosa maduración cotidiana de su opción.

 

 

 

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Conclusión      Notas      

Tomado del sitio de web del vaticano: www.vatican.va