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CARTA APOSTÓLICA
IUVENUM PATRIS
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
EN EL CENTENARIO DE LA MUERTE
DE SAN JUAN BOSCO

A don Egidio Viganò,
rector mayor de la Sociedad de san Francisco de Sales,
en el centenario de la muerte de san Juan Bosco.

 

 

I. San Juan Bosco, amigo de los jóvenes

2. Juan Bosco murió en Turín, el 31 de enero de 1888. Durante sus casi 73 años de vida fue testigo de profundos y complejos cambios políticos, sociales y culturales: movimientos revolucionarios, guerras y éxodo de la población rural hacia la ciudad; son factores que influyeron en las condiciones de vida de la gente, sobre todo de los ámbitos más pobres. Hacinados en los alrededores urbanos, los pobres en general, y los jóvenes en particular, son objeto de explotación o víctimas del desempleo: durante su desarrollo humano, moral, religioso y profesional, se los sigue de manera insuficiente y muchas veces ni se les presta ningún género de atención. Sensibles a toda clase de cambios, los jóvenes viven con frecuencia inseguros y desorientados. Ante esta masa desarraigada, la educación tradicional no sabe qué hacer: por diversas razones, filántropos, educadores y eclesiásticos tratan de remediar las nuevas necesidades. Entre ellos sobresale, en Turín, Don Bosco por su clara inspiración cristiana, por su resuelta iniciativa y por la difusión rápida y amplia de su obra.

3. Juan Bosco se daba cuenta de que habla recibido una vocación especial y de que estaba asistido y como guiado directamente, en el cumplimiento de su misión, por el Señor y por la intervención materna de la Virgen María. Su respuesta fue tal, que la Iglesia lo ha propuesto oficialmente a los fieles como modelo de santidad. Cuando en la Pascua de 1934, al clausurar el Jubileo de la Redención, mi predecesor de inmortal memoria, Pío XI, lo incluía en el catálogo de los Santos, le tejió un elogio inolvidable.

Juanito, huérfano de padre en tierna edad, educado con profunda intuición humana y cristiana por su madre, recibe de la Providencia dones que lo hacen, desde sus primeros años, el amigo generoso y emprendedor de sus coetáneos. Su juventud presagia una misión educadora extraordinaria. De sacerdote, en un Turín que crece con fuerza, se pone en contacto directo con los jóvenes de las cárceles y con otras situaciones humanas dramáticas.

Dotado de una feliz intuición de la realidad y atento conocedor de la historia de la Iglesia, descubre en la enseñanza de tales situaciones y en la experiencia de otros apóstoles, —sobre todo San Felipe Neri y San Carlos Borromeo— la fórmula del "oratorio". Tal nombre le es singularmente querido: el oratorio va a caracterizar toda su obra; pero lo modela según una original perspectiva personal, adecuada al ambiente, a sus jóvenes y a cuanto necesitan. Como principal protector y modelo de sus colaboradores elige a San Francisco de Sales, el Santo del celo multiforme y de la bondad afable, demostrada sobre todo en la dulzura de trato.

4. La "obra de los oratorios" comienza en 1841 con una "sencilla catequesis" y se extiende progresivamente, para responder a situaciones y necesidades urgentes: residencia para alojar a quien no tiene casa, taller y escuela de artes y oficios para enseñar una profesión y capacitar para ganarse honradamente la vida, escuela humanística abierta al ideal vocacional, buena prensa, iniciativas y métodos recreativos propios de la época: teatro, banda de música, canto, excursiones...

La expresión: "me basta que seáis jóvenes para que os quiera con toda mi alma" [10] resume el sentir, y, más aún, la opción educadora fundamental del Santo: "Tengo prometido a Dios que incluso mi último aliento será para mis pobres jóvenes" [11]. Y, en verdad, por ellos desarrolla una actividad impresionante con la palabra, los escritos, las instituciones, los viajes y los contactos con personalidades civiles y religiosas; por ellos, sobre todo, demuestra una atención solícita a sus personas, para que en su amor de padre los jóvenes puedan ver el signo de otro amor más excelso.

El dinamismo de su amor se hace universal, y lo impulsa a escuchar la voz de naciones lejanas —hasta las misiones de allende el océano—, y realizar una evangelización que nunca está separada de una auténtica labor de promoción humana.

Según los mismos criterios y con idéntico espíritu, procura hallar también solución para los problemas de la juventud femenina. El Señor suscita a su lado una cofundadora: Santa María Dominica Mazzarello con un grupo de jóvenes compañeras ya dedicadas, en el ámbito de su parroquia, a la formación cristiana de las muchachas. Su actitud pedagógica arrastra a otros colaboradores: hombres y mujeres "consagrados" con votos estables, "cooperadores", que tienen los mismos ideales pedagógicos y apostólicos, e implica a sus "antiguos alumnos", a quienes insta a testimoniar y promover la educación que han recibido.

5. Tal espíritu de iniciativa es fruto de una interioridad profunda. Su talla de santo lo pone, con originalidad, entre los grandes fundadores de institutos religiosos en la Iglesia. Brilla por muchos aspectos: inicia una verdadera escuela de nueva y atrayente espiritualidad apostólica; promueve una devoción especial a María, Auxiliadora de los cristianos y Madre de la Iglesia: da testimonio de un leal y valiente sentido eclesial, demostrado en delicadas mediaciones en las entonces difíciles relaciones entre la Iglesia y el Estado; es apóstol realista y práctico, abierto a las aportaciones de los nuevos descubrimientos; es organizador celoso de misiones, con sensibilidad verdaderamente católica; es, de modo conspicuo, ejemplo de un amor de predilección a los jóvenes, en particular a los más necesitados, para bien de la Iglesia y de la sociedad; es maestro de una eficaz y genial praxis pedagógica, legada cual don preciado que hay que custodiar y desarrollar.

En esta Carta quiero considerar, sobre todo, que Don Bosco realiza su santidad personal en la educación, vivida con celo y corazón apostólico, y que simultáneamente sabe proponerla como meta concreta de su pedagogía. Precisamente tal intercambio entre educación y santidad es un aspecto característico de su figura: es educador santo, se inspira en un modelo santo —Francisco de Sales— es discípulo de un maestro espiritual santo —José Cafasso— y entre sus jóvenes sabe formar un alumno santo: Domingo Savio.

 

 

 

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Conclusión      Notas      

Tomado del sitio de web del vaticano: www.vatican.va