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CARTA APOSTÓLICA
AUGUSTINUM HIPPONENSEM
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
EN EL XVI CENTENARIO
DE LA CONVERSIÓN DE SAN AGUSTÍN

A los obispos,
sacerdotes,
familias religiosas
y fieles de toda la Iglesia católica
en el XVI centenario de la conversión
de san Agustín,
Obispo y Doctor de la Iglesia

 

 

IV. Agustín a los hombres de hoy

A este hombre extraordinario queremos preguntarle, antes de terminar, qué tiene que decir a los hombres de hoy. Pienso que tenga realmente mucho que decir, tanto con su ejemplo como con sus enseñanzas.

A quien busca la verdad le enseña que no pierda la esperanza de encontrarla. Lo enseña con su ejemplo —él la encontró después de muchos años de laboriosa búsqueda— y con su actividad literaria, cuyo programa fija en la primera carta que escribió después de su conversión. "A mí me parece que hay que conducir de nuevo a los hombres... a la esperanza de encontrar la verdad" [256]. Y así, enseña a buscarla "con humildad, desinterés y diligencia" [257], a superar: el escepticismo mediante el retorno a sí mismo, donde habita la verdad [258]; el materialismo, que impide a la mente percibir su unión indisoluble con las realidades inteligibles [259]; el racionalismo, que, al rechazar la colaboración de la fe, se pone en condición de no entender el "misterio" del hombre [260].

A los teólogos, que justamente se afanan por comprender mejor el contenido de la fe, deja Agustín el patrimonio inmenso de su pensamiento, siempre válido en su conjunto, y especialmente el método teológico al que se mantuvo firmemente fiel. Sabemos que este método suponía la adhesión plena a la autoridad de la fe, una en su origen —la autoridad de Cristo [261]—, se manifiesta a través de la Escritura, la Tradición y la Iglesia; el ardiente deseo de comprender la propia fe —"aspira mucho a comprender" [262], dice a los demás y se aplica a sí mismo [263]—; el sentido profundo del misterio— "es mejor la ignorancia fiel", exclama Agustín, "que la ciencia temeraria" [264]—; la seguridad convencida de que la doctrina cristiana viene de Dios y tiene por lo mismo una propia originalidad que no sólo hay que conservar en su integridad —es ésta la "virginidad" de la fe, de la que él hablaba—, sino que debe servir también como medida para juzgar filosofías conformes o contrarias a ella [265].

Se sabe cuánto amaba Agustín la Escritura, cuyo origen divino exalta [266], así como también su inerrancia [267], su profundidad y riqueza inagotable [268], y cuánto la estudiaba. Pero él estudia y quiere que se estudie toda la Escritura, que se ponga de relieve su verdadero pensamiento o, como él dice, su "corazón" [269], poniéndola, cuando sea preciso, de acuerdo consigo misma [270]. A estos dos presupuestos los considera leyes fundamentales para entenderla. Por esto la lee en la Iglesia, teniendo en cuenta la Tradición, cuyas propiedades [271] y fuerza obligatoria [272] pone de relieve. Es célebre su expresión: "Yo no creería en el Evangelio si no me indujera a ello la autoridad de la Iglesia católica" [273].

En las controversias que nacen en torno a la interpretación de la Escritura recomienda que se discuta "con santa humildad, con paz católica, con caridad cristiana" [274], "hasta que la verdad salga a flote, verdad que Dios ha puesto en la cátedra de la unidad" [275]. Entonces se podrá constatar cómo la controversia no surgió inútilmente, puesto que se ha convertido en "ocasión de aprender" [276], ocasionando un progreso en la inteligencia de la fe.

Hablando un poco más a propósito sobre las enseñanzas de Agustín a los hombres de hoy, a los pensadores les recuerda el doble objeto de toda investigación que debe ocupar la mente humana: Dios y el hombre. "¿Qué quieres conocer?", se pregunta a sí mismo. Y responde: "Dios y el hombre". "¿Nada más? Absolutamente nada más" [277]. Frente al triste espectáculo del mal, recuerda a los pensadores además que tengan fe en el triunfo final del bien, esto es, de aquella Ciudad "donde la victoria es verdad, la dignidad santidad, la paz felicidad y la vida eternidad" [278].

A los hombres de ciencia les invita también a reconocer en las cosas creadas las huellas de Dios [279] y a descubrir en la armonía del universo las "razones seminales" que Dios ha depositado en ellas [280]. Finalmente, a los hombres que tienen en sus manos los destinos de los pueblos les recomienda que amen sobre todo la paz [281] y que la promuevan no con la lucha, sino con los métodos pacíficos, porque, escribe él sabiamente, "es título de gloria más grande matar la guerra con la palabra que los hombres con la espada, y procurar o bien mantener la paz con la paz, no con la guerra" [282].

Para terminar, voy a dedicar una palabra a los jóvenes, a quienes Agustín amó mucho como profesor antes de su conversión [283], y como Pastor, después [284]. Él les recuerda su gran trinomio: verdad, amor, libertad; tres bienes supremos que se dan juntos. Y les invita a amar la belleza, él que fue un gran enamorado de ella [285]. No sólo la belleza de los cuerpos, que podría hacer olvidar la del espíritu [286], ni sólo la belleza del arte [287], sino la belleza interior de la virtud [288], y sobre todo la belleza eterna de Dios, de la que provienen la belleza de los cuerpos, del arte y de la virtud. De Dios, que es "la belleza de toda belleza" [289], "fundamento, principio y ordenador del bien y de la belleza de todos los seres que son buenos y bellos" [290]. Agustín, recordando los años anteriores a su conversión, se lamenta amargamente de haber amado tarde esta "belleza tan antigua y tan nueva" [291], y quiere que los jóvenes no le sigan en esto, sino que, amándola siempre y por encima de todo, conserven perpetuamente en ella el esplendor interior de su juventud [292].

 

 

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Tomado del sitio de web del vaticano: www.vatican.va