Documento entero

 

CARTA APOSTÓLICA
AUGUSTINUM HIPPONENSEM
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
EN EL XVI CENTENARIO
DE LA CONVERSIÓN DE SAN AGUSTÍN

A los obispos,
sacerdotes,
familias religiosas
y fieles de toda la Iglesia católica
en el XVI centenario de la conversión
de san Agustín,
Obispo y Doctor de la Iglesia

 

 

III. El Pastor

No será inoportuno dedicar un recuerdo a la acción pastoral de este obispo a quien nadie encontrará dificultad de catalogar entre los más grandes Pastores de la Iglesia. También esta acción tuvo origen en su conversión, pues de ella nació el propósito de servir a Dios solamente. "Ya no amo más que a Ti... y a Ti solo quiero servir..." [230]. Cuando después se dio cuenta de que este servicio debía extenderse a la acción pastoral; no duda en aceptarla; con humildad, con temor, con pena, pero la acepta por obedecer a Dios y a la Iglesia [231].

Tres fueron los campos de esta acción, campos que se fueron ampliando como tres círculos concéntricos: la Iglesia local de Hipona, no grande pero inquieta y necesitada; la Iglesia africana, miserablemente dividida entre católicos y donatistas; la Iglesia universal, combatida por el paganismo y por el maniqueísmo, y agitadas por movimientos heréticos.

El se sintió en todo siervo de la Iglesia —"siervo de los siervos de Cristo" [232]—, sacando de este presupuesto todas las consecuencias, incluso las más atrevidas, como la de exponer su vida por los fieles [233]. Efectivamente, pedía al Señor poder amarles hasta el punto de estar dispuesto a morir por ellos, "o en la realidad o en la disposición" [234]. Estaba convencido de que quien, puesto al frente del pueblo, no tuviera esta disposición, más que obispo se parecía "al espantapájaros que está en la viña" [235]. No quiere verse salvo sin sus fieles [236] y está preparado a cualquier sacrificio con tal de poder llevar de nuevo a los descarriados al camino de la verdad [237]. En un momento de extremo peligro a causa de la invasión de los Vándalos, enseña a los sacerdotes a permanecer en medio de sus fieles, incluso con peligro de la propia vida [238]. Con otras palabras, quiere que obispos y sacerdotes sirvan a los fieles como Cristo les sirvió. "¿En qué sentido es servidor quien preside? En el mismo sentido en que fue siervo el Señor" [239]. Este fue su programa.

En su diócesis, de la que no se alejó nunca sino por necesidad [240], fue asiduo en la predicación —predicaba el sábado y el domingo y con frecuencia durante toda la semana [241]—, en la catequesis [242], en la "audientia episcopi", a veces durante toda la jornada, olvidándose hasta de comer [243], en el cuidado de los pobres [244], en la formación del clero [245], en la guía de los monjes, muchos de los cuales fueron llamados al sacerdocio y al episcopado [246], y de los monasterios de las "sanctimoniales" [247]. Al morir "dejó a la Iglesia un clero muy numeroso, así como también monasterios de hombres y de mujeres repletos de personas consagradas a la continencia bajo la obediencia de sus superiores, además de bibliotecas..." [248].

Trabajó igualmente sin descanso en favor de la Iglesia africana: se prestó a la predicación dondequiera que le llamaran [249], estuvo presente en los numerosos Concilios regionales, no obstante las dificultades del viaje, se dedicó con inteligencia, asiduidad y pasión a terminar con el cisma donatista que dividía en dos a aquella Iglesia. Fue ésta su gran tarea, pero también, en vista del éxito obtenido, su gran mérito. Ilustró con numerosas obras la historia y la doctrina del donatismo, propuso la doctrina católica sobre la naturaleza de los sacramentos y de la Iglesia, promovió una conferencia ecuménica entre obispos católicos y donatistas, la animó con su presencia, propuso y obtuvo que se eliminaran todos los obstáculos que se oponían a la reunificación, incluido el de la eventual renuncia de los obispos donatistas al episcopado [250], divulgó las conclusiones de dicha conferencia [251] y preparó para un éxito definitivo el proceso de pacificación [252]. Perseguido a muerte, una vez salió indemne de las manos de los "circumceliones" donatistas porque el guía se equivocó de camino [253].

Para la Iglesia universal compuso muchas obras, escribió numerosas cartas, y en favor de la misma sostuvo innumerables controversias. Los maniqueos, los pelagianos, los arrianos y los paganos fueron el objeto de su preocupación pastoral en defensa de la fe católica. Trabajó infatigablemente de día y de noche [254]. En los últimos años de su vida todavía dictaba de noche una obra y, cuando estaba libre, otra de día [255]. Al morir, a los 76 años, dejó incompletas tres. Son ellas el testimonio más elocuente de su continua laboriosidad y de su insuperable amor a la Iglesia.

 

 

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

 

Introducción      Cap. 1      Cap. 2      Cap. 3      

Cap. 4      Conclusión      Notas      

Tomado del sitio de web del vaticano: www.vatican.va