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CARTA APOSTÓLICA
AUGUSTINUM HIPPONENSEM
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
EN EL XVI CENTENARIO
DE LA CONVERSIÓN DE SAN AGUSTÍN

A los obispos,
sacerdotes,
familias religiosas
y fieles de toda la Iglesia católica
en el XVI centenario de la conversión
de san Agustín,
Obispo y Doctor de la Iglesia

 

 

 

I. La conversión

Conocemos el camino de su conversión por sus mismas obras, es decir, por las que escribió en la soledad de Casiciaco antes del bautismo [8], y sobre todo por sus célebres Confesiones, una obra que es al mismo tiempo autobiografía, filosofía, teología, mística y poesía, en la que hombres sedientos de verdad y conscientes de sus propios límites, se han encontrado y se siguen encontrando a sí mismos. Ya en su tiempo, el autor la consideraba como una de sus obras más conocidas. "¿Cuál de mis obras", escribe hacia al final de su vida, "pudo alcanzar una más amplia notoriedad y resultar más agradable que los libros de mis Confesiones?" [9]. La historia no ha desmentido nunca este juicio; al contrario, no ha hecho más que confirmarlo ampliamente. Todavía hoy las Confesiones de San Agustín son muy leídas y, como son muy ricas de introspección y de pasión religiosa, obran en profundidad, agitan y conmueven. Y no sólo a los creyentes. Aun aquellos que, aun cuando no tengan fe, por lo menos van buscando una certeza que les permita comprenderse a sí mismos, sus aspiraciones profundas y sus tormentos, sacan provecho de la lectura de esta obra. La conversión de San Agustín, condicionada por la necesidad de encontrar la verdad, tiene no poco que enseñar a los hombres de hoy, con tanta frecuencia perdidos y desorientados frente al gran problema de la vida.

Se sabe que esta conversión tuvo un camino particularísimo, porque no se trató de una conquista de la fe católica, sino de una reconquista. La había perdido convencido, al perderla, de que no abandonaba a Cristo, sino sólo a la Iglesia.

En efecto, había sido educado cristianamente por su madre [10], la piadosa y santa Mónica [11]. Como consecuencia de esta educación, Agustín permaneció siempre no sólo un creyente en Dios, en la Providencia y en la vida futura [12], sino también un creyente en Cristo, cuyo nombre "había bebido", como dice él, "con la leche materna" [13]. Tras volver a la fe de la Iglesia católica, dirá que había vuelto "a la religión que me había sido imbuida desde niño y que había penetrado hasta la médula de mi ser" [14]. Quien quiera comprender su evolución interior y un aspecto, tal vez el más profundo, de su personalidad y de su pensamiento, debe partir de esta constatación.

Al despertarse a los 19 años al amor de la sabiduría con la lectura del Hortensio de Cicerón —"Aquel libro, tengo que admitirlo, cambió mi modo de sentir... y me hizo desear ardientemente la sabiduría inmortal con increíble ardor de corazón" [15]—, amó profundamente y buscó siempre con todas las fibras de su alma la verdad. "¡Oh verdad, verdad, cómo suspiraba ya entonces por ti desde las fibras más íntimas de mi corazón!" [16].

No obstante este amor a la verdad, Agustín cayó en errores graves. Los estudiosos buscan las causas de esto y las encuentran en tres direcciones: en el planteamiento equivocado de las relaciones entre la razón y la fe, como si hubiera que escoger necesariamente entre una y otra; en el presunto contraste entre Cristo y la Iglesia, con la consiguiente persuasión de que para adherirse plenamente a Cristo hubiera que abandonar la Iglesia; y en el deseo de verse libre de la conciencia de pecado no mediante su remisión por obra de la gracia, sino mediante la negación de la responsabilidad humana del pecado mismo.

Así, pues, el primer error consistía en un cierto espíritu racionalista, en virtud del cual se persuadió de que "había que seguir no a los que mandan creer, sino a los que enseñan la verdad" [17]. Con este espíritu leyó las Sagradas Escrituras y se sintió rechazado por los misterios en ellas contenidos, misterios que hay que aceptar con humilde fe. Después, hablando a su pueblo acerca de este momento de su vida, le decía: "Yo que os hablo, estuve engañado un tiempo, cuando de joven me acerqué por primera vez a las Sagradas Escrituras. Me acerqué a ellas no con la piedad del que busca humildemente, sino con la presunción de quien quiere discutir... ¡Pobre de mí, que me creí apto para el vuelo, abandoné el nido y caí antes de poder volar!" [18].

Fue entonces cuando topó con los maniqueos, les escuchó y les siguió. Razón principal: la promesa "de dejar a un lado la terrible autoridad, conducir a Dios y librar de los errores a sus discípulos con la pura y simple razón" [19]. Y tal precisamente era como se mostraba Agustín, "deseoso de poseer y absorber la verdad auténtica y sin velos" con la sola fuerza de la razón [20].

Convencido después de largos años de estudios, especialmente de estudios filosóficos [21], de que le habían engañado, pero, por efecto de la propaganda maniquea, convencido siempre de que la verdad no estaba en la Iglesia católica [22], cayó en una profunda desilusión y perdió de hecho la esperanza de poder encontrar la verdad: "Los académicos mantuvieron durante mucho tiempo el timón de mi nave en medio de las olas" [23].

De esta peligrosa actitud lo sacó el mismo amor de la verdad que albergaba siempre dentro de su alma. Llegó a convencerse de que no es posible que el camino de la verdad esté cerrado a la mente humana; si no la encuentra, es porque ignora o desprecia el método para buscarla [24].

Animado por esta convicción, se dijo a sí mismo: "Ea, busquemos con mayor diligencia, en lugar de perder la esperanza" [25]. Y así, prosiguió en la búsqueda y esta vez, guiado por la gracia divina, que su madre imploraba con lágrimas [26], llegó felizmente al puerto.

Llegó a comprender que razón y fe son dos fuerzas destinadas a colaborar para conducir al hombre al conocimiento de la verdad [27], y que cada cual tiene un primado propio: la fe, temporal; la razón, absoluto —"por su importancia viene primero la razón, por orden de tiempo la autoridad (de la fe)" [28]—. Comprendió que la fe, para estar segura, requiere una autoridad divina, que esta autoridad no es más que la de Cristo, sumo Maestro —de esto Agustín no había dudado nunca [29]— y que la autoridad de Cristo se encuentra en las Sagradas Escrituras [30], garantizadas por la autoridad de la Iglesia católica [31].

Con la ayuda de los filósofos platónicos se libró de la concepción materialística del ser, que había absorbido del maniqueísmo: "Amonestado por aquellos escritos a que volviera a mí mismo, entré en lo íntimo de mi corazón bajo tu guía... Entré en él y divisé con el ojo de mi alma... por encima de mi inteligencia, una luz inmutable" [32] [33]. Esta luz inmutable fue la que le abrió los inmensos horizontes del espíritu y de Dios.

Comprendió que, a propósito de la grave cuestión del mal, que constituía su mayor tormento, la primera pregunta que hay que formularse no es de dónde procede el mal, sino en qué consiste [34], e intuyó que el mal no es una sustancia, sino una privación de bien: "Todo lo que existe es bien, y el mal, cuyo origen yo buscaba, no es una sustancia" [35]. Dios, pues —concluyó él— es el creador de todas las cosas y no existe sustancia alguna que no haya sido creada por Él [36].

Comprendió también, refiriéndose a su experiencia personal [37] —y éste fue su descubrimiento decisivo—, que el pecado tiene su origen en la voluntad del hombre, una voluntad libre e indefectible: "Yo era quien quería, yo quien no quería, yo, yo era" [38].

A este punto uno podría creer que había llegado al fin, y sin embargo no había llegado todavía; las asechanzas de nuevo error le envolvían. Fue la presunción de poder llegar a la posesión beatificante de la verdad con solas sus fuerzas naturales. Una experiencia personal que terminó mal lo disuadió [39]. Fue entonces cuando comprendió que una cosa es conocer la meta y otra muy diversa llegar a ella [40]. Para dar con la fuerza y el camino necesarios "me lancé con la mayor avidez, escribe él mismo, "sobre la venerable Escritura de tu Espíritu, y antes que nada sobre el Apóstol Pablo" [41]. En las Cartas de Pablo descubrió a Cristo maestro, como lo habla venerado siempre, pero también a Cristo redentor, Verbo encarnado, único mediador entre Dios y los hombres. Fue entonces cuando se le mostró en todo su esplendor "el rostro de la filosofía" [42]: era la filosofía de Pablo, que tiene por centro a Cristo, "poder y sabiduría de Dios" (1 Cor 1, 24), y que tiene otros centros: la fe, la humildad, la gracia; la "filosofía", que es al mismo tiempo sabiduría y gracia, en virtud de la cual se hace posible no sólo conocer la patria, sino también llegar a ella [43].

Una vez encontrado Cristo redentor, fuertemente abrazado a Él, Agustín había retornado al puerto de la fe católica, a la fe en la que su madre lo había educado: "Había oído hablar de la vida eterna desde niño, vida que se nos prometió mediante la humildad del Señor nuestro Dios, abajado hasta nuestra soberbia" [44]. El amor a la verdad, sostenido por la gracia divina, había triunfado de todos los errores.

Pero el camino no había terminado. En el ánimo de Agustín renacía un antiguo propósito, el de consagrarse por completo a la sabiduría, una vez que la había hallado, esto es, abandonar toda esperanza terrena para poseerla [45]. Ahora ya no podía aducir más excusas: la verdad por la que tanto había suspirado era finalmente cierta [46]. Y, sin embargo, todavía dudaba, buscando razones para no decidirse a hacerlo [47]. Las ligaduras que lo ataban a las esperanzas terrenas eran fuertes: los honores, el lucro, el matrimonio [48]; especialmente el matrimonio, dados los hábitos que había contraído [49].

No es que le estuviera prohibido casarse —esto lo sabía muy bien Agustín [50]—, lo que no quería era ser cristiano católico solamente de esta manera: renunciando al ideal acariciado de la familia y dedicándose con "toda" su alma al amor y a la posesión de la Sabiduría. A tomar esta decisión, que correspondía a sus aspiraciones más íntimas pero que estaba en pugna con los hábitos más arraigados, lo estimulaba el ejemplo de Antonio y demás monjes, ejemplo que se iba difundiendo incluso en Occidente y que él conoció un poco fortuitamente [51]. Con gran rubor se preguntaba a sí mismo: "¿No podrás tú hacer lo que hicieron estos jóvenes y estas jóvenes?" [52]. De ello se originó un drama interior, profundo y lacerante, que la gracia divina condujo a buen desenlace [53].

He aquí cómo narra Agustín a su madre esta serena pero fuerte determinación: "Fuimos donde mi madre y le revelamos la decisión que habíamos tomado. Ella se alegró. Le contamos el desenvolvimiento de los hechos. Se alegró y triunfó. Y empezó a bendecirte porque tú puedes hacer más de lo que pedimos y comprendemos (Ef 3, 20). Veía que le habías concedido, con relación a mí, más de lo que te había pedido con todos sus gemidos y sus lágrimas conmovedoras. De hecho, me volviste a Ti tan absolutamente, que ya no buscaba ni esposa, ni carrera en este mundo" [54].

A partir de aquel momento comenzaba para Agustín una vida nueva, terminó el año escolar —estaban cercanas las vacaciones de la vendimia [55]—; se retiró a la soledad de Casiciaco [56]; al final de las vacaciones renunció al profesorado [57], regresó a Milán a principios del 387, se inscribió entre los catecúmenos y en la noche del Sábado Santo —23/24 de abril— fue bautizado por el obispo Ambrosio, de cuya predicación había aprendido tanto. "Recibimos el bautismo y se disipó de nosotros la inquietud de la vida pasada. Aquellos días no me hartaba de considerar con dulzura admirable tus profundos designios sobre la salvación del género humano". Y añade, manifestando la íntima conmoción de su alma: "Cuántas lágrimas derramé oyendo los acentos de tus himnos y cánticos, que resonaban dulcemente en tu Iglesia" [58].

Después del bautismo el único deseo de Agustín fue el de encontrar un lugar apropiado para poder vivir en compañía con sus amigos según el "santo propósito" de servir al Señor [59]. Lo encontró en África, en Tagaste, su pueblo natal donde llegó después de la muerte de su madre en Ostia Tiberina [60], y la estancia de algunos meses en Roma dedicados a estudiar el movimiento monástico [61]. Ya en Tagaste, "renunció a sus bienes y, en compañía de aquellos que le seguían, vivían para Dios en ayunos, plegarias, obras buenas, meditando día y noche en la ley del Señor". El amante apasionado de la verdad quería dedicar su vida al ascetismo, a la contemplación, al apostolado intelectual. De hecho, su primer biógrafo añade: "Y de las verdades que Dios revelaba a su inteligencia hacía participar a presentes y ausentes, instruyéndoles con discursos y con libros" [62]. En Tagaste escribió numerosos libros, como había hecho en Roma, Milán y Casiciaco.

Después de tres años viajó a Hipona con la intención de buscar un lugar donde fundar un monasterio y para encontrarse con un amigo que esperaba ganar para la vida monástica. En cambio, lo que encontró, sin quererlo, fue el sacerdocio [63], pero no renunció a sus ideales: pidió y se le concedió fundar un monasterio: el monasterium laicorum, en el que vivió y del que salieron muchos sacerdotes y muchos obispos para toda África [64]. Al cabo de cinco años le hicieron obispo y transformó la casa episcopal en monasterio: el monasterium clericorum. El ideal concebido en el momento de su conversión no lo abandonó ya más, ni siquiera cuando le hicieron sacerdote y obispo. Escribió incluso una regla ad servos Dei, que ha tenido y sigue teniendo un papel tan importante en la historia de la vida religiosa occidental [65].

 

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Cap. 5      Cap. 6      Notas      

Tomado del sitio de web del vaticano: www.vatican.va