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CARTA APOSTÓLICA
PATRES ECCLESIAE
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
CON OCASIÓN DEL XVI CENTENARIO
DE LA MUERTE DE SAN BASILIO

 

 

 

II. Vida y ministerio de San Basilio

Llamado "el Grande" entre los Padres griegos, los textos litúrgicos bizantinos invocan a San Basilio como "faro de piedad" y "luminaria" de la Iglesia. En efecto, iluminó a la Iglesia y la sigue iluminando, no menos por la "pureza de su vida" que por la excelencia de su doctrina. Porque la primera y mayor enseñanza de los santos es siempre su propia vida.

Nacido en una familia de santos, Basilio tuvo también el privilegio de una educación selecta, impartida por los más famosos maestros de Constantinopla y de Atenas.

Pero a él le parecía que su vida había comenzado realmente sólo cuando, de una forma completa y determinante, pudo conocer a Cristo como su Señor; es decir, cuando arrastrado irresistiblemente hacia Él, se apartó radicalmente de todas las cosas —actitud que inculcaría en sus enseñanzas— [5] y se hizo su discípulo.

Emprendió entonces el seguimiento de Cristo, conformando sólo a Él su conducta, mirando y escuchando únicamente a Él [6], considerándole, en todo y por todo, su único «soberano, rey, médico y maestro de verdad" [7].

De ahí que, sin dudarlo un momento, abandonó los estudios que con tanta dedicación había realizado y con los que había atesorado tanta ciencia [8]; porque habiendo decidido servir solamente a Dios, no quiso conocer otra cosa que a Cristo [9] y consideró vanidad cualquier sabiduría que no fuera la de la cruz. Al final de su vida, él mismo evocaba el acontecimiento de su conversión con estas palabras: "Habiendo desaprovechado un tiempo en vanidades, perdiendo casi toda mi juventud en un trabajo inútil al que me aplicaba para aprender las enseñanzas de una sabiduría que aparecía vana a los ojos de Dios [10], por fin un día, como si despertase de un sueño profundo, volví mis ojos a la admirable luz de la verdad del Evangelio y me di cuenta de lo inútil que resulta la sabiduría de los príncipes de este mundo, que son perecederos [11]. Y desde entonces, lamentando grandemente mi miserable vida, decidí disciplinar mis sentidos" [12].

Y lloró sobre su vida anterior, aunque —según testimonio de San Gregorio Nacianceno, que fue condiscípulo suyo—, había sido humanamente ejemplar [13] ; pero no por ello la dejó de considerar "miserable", al no estar dedicada total, íntegra y exclusivamente a Dios, que es el único Señor.

Con irrefrenable impaciencia, interrumpió aquellos estudios y, abandonando a los maestros de la ciencia helénica, "atravesó muchas tierras y mares" [14], en busca de otros maestros que, considerados "necios" y pobres, ejercían en lugares desiertos una sabiduría bien distinta.

Comenzó así a aprender cosas que jamás habían llegado al corazón del hombre [15]; verdades que ni oradores ni filósofos habrían podido jamás enseñarle [16]. Y en esta sabiduría nueva creció de día en día, en un maravilloso itinerario de gracia, mediante la oración la mortificación, el ejercicio de la caridad y la constante meditación de las Sagradas Escrituras y de la doctrina de los Santos Padres [17].

Y muy pronto fue llamado al ministerio.

Pero también en el servicio de las almas supo, con sabio equilibrio, hacer compatible la infatigable predicación con largos momentos de soledad dedicados a la oración. Juzgaba, en efecto, que esto era absolutamente necesario para la "purificación del alma" [18] y, consiguientemente, para que el anuncio de la Palabra de Dios pudiese siempre ser confirmado con un "evidente ejemplo" de vida [19].

Así se convirtió en Pastor y al mismo tiempo fue monje, en el auténtico sentido de la palabra; más aún, está considerado como uno de los más grandes monjes-pastores de la Iglesia. Una figura singularmente perfecta de obispo y un ejemplar promotor y legislador de la vida monástica.

Basado en su personal experiencia, Basilio contribuyó grandemente a la formación de comunidades de cristianos totalmente consagrados al "divino servicio" [20] y se impuso la obligación y tarea de sostenerlas y visitarlas frecuentemente [21]. Para su propia edificación y la de esas comunidades, establecía con ellas admirables coloquios, muchos de los cuales, gracias a Dios, han llegado hasta nosotros en sus escritos [22]. De esos escritos se valieron después no pocos legisladores de la vida monástica, entre ellos, muy especialmente, el propio San Benito, que considera a Basilio como su maestro [23]. Y en esos escritos —conocidos directa o indirectamente— se inspiraron también la mayor parte de cuantos, tanto en Oriente como en Occidente, abrazaron la vida monástica.

Tal es la razón por la que muchos opinan que esa institución tan importante en toda la Iglesia como es la vida monástica quedó establecida, para todos los siglos, principalmente por San Basilio o que, al menos, la naturaleza de la misma no habría quedado tan propiamente definida sin su decisiva aportación.

Basilio tuvo que sufrir mucho a causa de los males que atormentaban, en aquellas horas difíciles, al Pueblo de Dios [24]. Los denunció con franqueza y, con gran lucidez y amor, señalaba sus causas, aprestándose valientemente a emprender una amplia obra reformadora. Una obra —perseguible, por otra parte en todo tiempo y renovable en toda generación— que tendía a llevar nuevamente la Iglesia del Señor, "por la que Cristo murió y sobre la cual derramó abundantemente los dones de su Espíritu" [25], a su forma primitiva; es decir, a aquella normativa imagen, hermosa y pura, que nos transmitieron la Palabra de Cristo y los Hechos de los Apóstoles. ¡Cuántas veces recordaba Basilio, con ardorosa y eficaz intención aquellos tiempos en que "la muchedumbre de creyentes formaba un solo corazón y una sola alma"! [26].

Su actividad de reformador abarcaba a la vez, con armonía y gran acierto, todos los aspectos y ámbitos de la vida cristiana.

El obispo, por la naturaleza misma de su ministerio, es ante todo pontífice de su pueblo; y el Pueblo de Dios es, ante todo, un pueblo sacerdotal.

Por tanto, un obispo verdaderamente solícito del bien de la Iglesia no puede olvidar en modo alguno la liturgia, su sagrada fuerza y riqueza, su hermosura, su "verdad".

Más aún; en la actividad pastoral, la preocupación por la liturgia ocupa lógicamente el primer lugar y debe estar realmente por encima de todo; porque, como recuerda el Concilio Vaticano II, "la liturgia es como la cumbre a la que tiende toda la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde emana toda su virtud" [27], de forma que "ninguna otra acción de la Iglesia, con el mismo título y en el mismo grado, iguala su eficacia" [28].

Todas estas admirables cosas las entendió perfectamente San Basilio, y así, el "legislador de monjes" [29], supo ser al mismo tiempo excelente "recopilador de preces" [30].

Entre todas las obras que compuso en este campo, nos queda, como herencia valiosísima para la Iglesia de todos los tiempos la anáfora que legítimamente lleva su nombre: la gran oración eucarística que, refundida y enriquecida por él, sigue siendo la más hermosa entre las mejores preces litúrgicas.

Y no sólo eso; sino que la misma ordenación fundamental de la oración salmódica tuvo en él uno de sus mayores inspiradores y artífices [31]. Y así, gracias sobre todo al impulso que le dio Basilio, la salmodia —"incienso espiritual", respiro y consuelo para el Pueblo de Dios— [32] fue amorosamente acogida por los fieles de su Iglesia y la practicaban los jóvenes y los adultos, los doctos y los indoctos [33]. Como refiere el propio San Basilio: "Entre nosotros el pueblo se levanta de noche para dirigirse a la casa de oración... y transcurre la noche alternando los salmos con otras preces" [34]. Los salmos, que en las Iglesias retumbaban como truenos [35], se oían también resonar en las casas y en las calles [36].

Basilio amó con gran celo a la Iglesia [37]; y, sabiendo que su virginidad era su propia fe, custodiaba con gran vigilancia la integridad de esa fe.

Por eso, tuvo que combatir y supo hacerlo valientemente, no contra los hombres, sino contra toda adulteración de la Palabra de Dios [38], contra toda falsificación de la verdad, toda tergiversación del depósito santo [39], transmitido por los Padres. Pero su ímpetu no llevaba violencia, sino fuerza amorosa; sus advertencias no eran arrogantes, sino llenas de manso amor.

Y así, desde el principio hasta el final de su ministerio se esforzó en procurar que se conservara intacto el sentido de la fórmula de Nicea referente a la divinidad de Cristo "de la misma naturaleza" que el Padre [40]; e igualmente luchó para que no se disminuyera la gloria del Espíritu que, "formando parte de la Trinidad y siendo de su misma divina y beata naturaleza" [41], debe ser nombrado y conglorificado con el Padre y el Hijo [42].

Con firmeza y exponiéndose personalmente a gravísimos peligros, vigiló y combatió también por la libertad de la Iglesia. Como verdadero obispo, no dudaba en enfrentarse a los poderes públicos para defender su propio derecho y el del Pueblo de Dios a profesar la verdad y obedecer al Evangelio [43]. San Gregorio Nacianceno, que narra un episodio importante de esta lucha, hace notar atinadamente que el secreto de la fuerza de Basilio residía únicamente en la misma sencillez de su predicación en la claridad de su testimonio, en la inerme majestad de su dignidad sacerdotal [44].

No menor severidad que contra las herejías y los tiranos, demostró Basilio contra los equívocos y abusos dentro de la propia Iglesia; especialmente contra la mundanización y el apego a los bienes de la tierra.

A ello le movía, como en todo, el mismo amor a la verdad y al Evangelio; en fin de cuentas, y aunque en modo diverso, era siempre el Evangelio lo que se negaba y rechazaba, tanto con el error de los heresiarcas, como con el egoísmo de los ricos.

Son memorables, a tal respecto, y continúan siendo ejemplares, los textos de algunos de sus sermones: "Vende lo que tienes y dalo a los pobres [45]... porque, aunque no hayas matado a nadie, ni cometido adulterio, ni robado, ni levantado falsos testimonios, de nada te sirve eso si no cumples también lo demás: sólo así podrás entrar en el reino de Dios" [46]. Porque todo el que quiere, según el mandamiento de Dios, amar al prójimo como a sí mismo [47], "no debe poseer más cosas que las que posee su prójimo" [48].

Y todavía con mayor vehemencia exhortaba, en tiempo de carestía, a "no mostrarse más crueles que las bestias... apropiándose de las cosas comunes y teniendo para uno solo lo que es de todos" [49].

Esta actitud radical suya, desconcertante y hermosísima a la vez, es también una exhortación a la Iglesia de todos los tiempos, para que abrace seriamente el Evangelio.

De ese Evangelio, que manda amar y servir a los pobres, dio siempre testimonio Basilio, no sólo con su palabra, sino con grandes obras de caridad; como fue la construcción, en los alrededores de Cesarea, de un gigantesco asilo para necesitados [50]; una auténtica ciudad de la misericordia que de él tomó el nombre de Basiliada [51], verdadero testimonio también del único mensaje evangélico.

Ese mismo amor a Cristo y a su Evangelio hizo que San Basilio sufriera grandemente por las divisiones de la Iglesia y que, con insistente perseverancia, esperando contra toda esperanza, se preocupara por lograr una comunión más eficaz y manifiesta con todas las Iglesias [52].

Porque realmente la discordia de los cristianos es lo que oscurece la propia verdad del Evangelio y lacera el Corazón de Cristo [53]. La división de los creyentes contradice la potencia del único bautismo [54], que nos hace una sola cosa en Cristo e incluso una sola mística persona [55]; contradice la soberanía de Cristo, Rey único al que todos deben estar sujetos por igual; contradice, en fin, la autoridad y la fuerza unificadora de la Palabra de Dios, que sigue siendo la única ley a la que todos los creyentes deben concordemente obedecer [56].

La división de las Iglesias es, por tanto, un hecho tan clara y directamente anticristológico y antibíblico que, según San Basilio, el único camino para recomponer la unidad es la conversión de todos a Cristo y a su Palabra [57].

Así, pues, en el múltiple ejercicio de su ministerio, Basilio se hizo lo que él mismo aconsejaba a todos los predicadores de la Palabra de Dios: "apóstol y ministro de Cristo, dispensador de los misterios de Dios, heraldo del Reino, modelo y norma de piedad, ojo del Cuerpo de la Iglesia, Pastor de las ovejas de Cristo, médico compasivo, padre nutricio, cooperador de Dios, agricultor de Dios, edificador del templo de Dios" [58].

En esa actividad y en esa lucha —áspera, dolorosa, ininterrumpida— Basilio ofreció su vida [59] y se consumó en holocausto.

Murió a la edad de cincuenta años, consumido por las fatigas y la vida ascética.

 

 

 

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Cap. 1      Cap. 2      Cap. 3      Conclusión      

Notas      

Tomado del sitio de web del vaticano: www.vatican.va