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 EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
POSTSINODAL
«ECCLESIA IN ASIA»
DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II

A LOS OBISPOS
A LOS PRESBÍTEROS
Y A LOS DIÁCONOS
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
Y A TODOS LOS FIELES LAICOS
SOBRE JESUCRISTO EL SALVADOR
Y SU MISIÓN DE AMOR
Y DE SERVICIO EN ASIA:
«PARA QUE TENGAN VIDA
Y LA TENGAN EN ABUNDANCIA» (Jn 10, 10)

 

 


CAPÍTULO V

COMUNIÓN Y DIÁLOGO PARA LA MISIÓN


Comunión y misión van juntas

24. Por obediencia al eterno designio del Padre, la Iglesia, prevista desde los orígenes del mundo, preparada en el Antiguo Testamento, instituida por Jesucristo y hecha presente en el mundo por el Espíritu Santo el día de Pentecostés, «continúa su peregrinación en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios» (113), mientras avanza hacia la perfección en la gloria del cielo. Dado que Dios desea «que todo el género humano forme un único pueblo de Dios, se una en un único cuerpo de Cristo, se coedifique en un único templo del Espíritu Santo» (114), la Iglesia es en el mundo «el designio visible del amor de Dios por la humanidad, el sacramento de la salvación» (115). Así pues, no se la puede considerar simplemente como una organización social o una agencia de asistencia humanitaria. A pesar de que cuenta entre sus miembros con hombres y mujeres pecadores, debe ser considerada como el lugar privilegiado del encuentro entre Dios y el hombre, en el que Dios elige revelar el misterio de su vida íntima y realizar su plan de salvación del mundo.

El misterio del designio de amor de Dios se hace presente y activo en la comunidad de los hombres y mujeres que han sido sepultados con Cristo mediante el bautismo en la muerte, de forma que, como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, también ellos caminen en una vida nueva (cf. Rm 6, 4). En el centro del misterio de la Iglesia se halla el vínculo de comunión que une a Cristo-Esposo con todos los bautizados. A través de esta comunión viva y vivificante, «los cristianos ya no se pertenecen a sí mismos, sino que son propiedad de Cristo» (116) ; unidos al Hijo con el vínculo del amor del Espíritu, están unidos al Padre y de esta comunión fluye la comunión que comparten unos con otros mediante Cristo en el Espíritu Santo (117). Así pues, el primer fin de la Iglesia consiste en ser el sacramento de la unión íntima de la persona humana con Dios y, como la comunión de los hombres radica en esta unión con Dios, la Iglesia es también el sacramento de la unidad del género humano (118) , ya comenzada en ella; al mismo tiempo, es «signo e instrumento» de la plena realización de esta unidad, que aún está por venir (119).

La vida en Cristo tiene como requisito esencial que quien entra en comunión con el Señor dé fruto: «El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto» (Jn 15, 5). De tal manera es esto verdad, que la persona que no da fruto no permanece en la comunión: «Todo sarmiento que en mí no da fruto, (el Padre) lo corta» (Jn 15, 2). La comunión con Jesús, fuente de la comunión de los cristianos entre sí, es condición indispensable para dar fruto; y la comunión con los demás, don de Cristo y de su Espíritu, es el fruto más hermoso que los sarmientos pueden dar. En este sentido, comunión y misión están inseparablemente unidas, se hallan entrelazadas y se implican mutuamente, de tal forma que «la comunión representa a la vez la fuente y el fruto de la misión: la comunión es misionera y la misión es para la comunión» (120) . El concilio Vaticano II, utilizando la teología de la comunión, pudo describir a la Iglesia como el pueblo de Dios en peregrinación, al que, en cierto modo, todos los pueblos están vinculados (121). Sobre esta base, los padres sinodales subrayaron el vínculo misterioso que existe entre la Iglesia y los seguidores de otras religiones asiáticas, advirtiendo que «están relacionados con la Iglesia de modos y en grados diferentes» (122) . Entre pueblos, culturas y religiones tan diversos, «la vida de la Iglesia como comunión es de suma importancia» (123) . En efecto, el servicio de unidad de la Iglesia tiene una relevancia específica en Asia, donde hay muchas tensiones, divisiones y conflictos, causados por diferencias étnicas, sociales, culturales, lingüísticas, económicas y religiosas. En ese marco las Iglesias locales que están en Asia, en comunión con el Sucesor de Pedro, necesitan promover entre sí una comunión más profunda de mente y corazón, mediante una colaboración más estrecha. Asimismo, son vitales para la misión evangelizadora las relaciones con las demás Iglesias y comunidades eclesiales y con los seguidores de otras religiones (124). Por consiguiente, el Sínodo renovó el compromiso de la Iglesia en Asia con vistas a la tarea de promover tanto las relaciones ecuménicas como el diálogo interreligioso, consciente de que construir la unidad, trabajar por la reconciliación, entablar vínculos de solidaridad, promover el diálogo entre religiones y culturas, erradicar prejuicios y suscitar confianza entre los pueblos es esencial para la misión evangelizadora de la Iglesia en el continente. Todo ello exige de la comunidad católica un sincero examen de conciencia, valentía para la reconciliación y un renovado compromiso en favor del diálogo. En el umbral del tercer milenio, es evidente que la capacidad de la Iglesia de evangelizar requiere que se esfuerce a fondo por servir a la causa de la unidad en todas las dimensiones, dado que comunión y misión van unidas.

Comunión dentro de la Iglesia

25. Los obispos de la Asamblea especial para Asia, reunidos en torno al Sucesor de Pedro, orando y trabajando juntos, dieron una imagen concreta de lo que debe ser la comunión de la Iglesia en toda la rica diversidad de las Iglesias particulares que presiden en la caridad. También mi presencia en las Congregaciones generales del Sínodo fue una gran oportunidad para compartir las dificultades, las alegrías y las esperanzas de los obispos, y a la vez un ejercicio intenso y profundamente sentido de mi ministerio. Precisamente dentro de la perspectiva de la comunión eclesial la autoridad universal del Sucesor de Pedro resplandece con mayor claridad, más que como poder jurídico sobre las Iglesias locales, como primado pastoral al servicio de la unidad de la fe y de la vida dentro de todo el pueblo de Dios. Profundamente conscientes de que «el ministerio del Sucesor de Pedro tiene la función específica de garantizar y promover la unidad de la Iglesia» (125) , los padres sinodales reconocieron con aprecio el servicio que los dicasterios de la Curia romana y el servicio diplomático de la Santa Sede prestan a las Iglesias locales, con espíritu de comunión y colegialidad (126). Dimensión esencial de este servicio es el respeto y la sensibilidad que estos íntimos colaboradores del Sucesor de Pedro muestran hacia la legítima diversidad de las Iglesias locales y la variedad de culturas y pueblos con los que entran en contacto.

Cada Iglesia particular debe fundarse en el testimonio de la comunión eclesial, que constituye la naturaleza misma de la Iglesia. Los padres sinodales prefirieron describir la diócesis como una comunión de comunidades reunidas en torno al pastor, donde el clero, los consagrados y los laicos están comprometidos en un «diálogo de vida y de corazón» (127) sostenido por la gracia del Espíritu Santo. Y es en primer lugar en la diócesis donde la visión de una comunión de comunidades puede realizarse en medio de las complejas realidades sociales, políticas, religiosas, culturales y económicas de Asia. La comunión eclesial implica que cada Iglesia local se convierta en lo que los padres sinodales llamaron una «Iglesia participativa», es decir, una Iglesia en la que cada uno viva su vocación propia y cumpla su función. Con el fin de edificar la «comunión para la misión» y la «misión de comunión», debe reconocerse, desarrollarse y utilizarse de forma eficaz el carisma singular de cada miembro (128). En particular, es necesario promover una mayor implicación de los laicos y de las personas consagradas en la programación pastoral y en el proceso de toma de decisiones mediante estructuras de participación, como los consejos pastorales y las asambleas parroquiales (129).

En cada diócesis la parroquia sigue siendo el lugar ordinario donde los fieles se reúnen para crecer en la fe, para vivir el misterio de la comunión eclesial y para participar en la misión de la Iglesia. Por eso, los padres sinodales invitaron apremiantemente a los párrocos a idear modos nuevos y eficaces de guiar pastoralmente a los fieles, de forma que todos, especialmente los pobres, se sientan realmente parte de la parroquia y de todo el pueblo de Dios. La programación pastoral juntamente con los laicos debería ser habitual en todas las parroquias (130). Asimismo, el Sínodo destacó que «la parroquia debería ofrecer a los jóvenes más oportunidades de amistad y comunión mediante actividades de apostolado juvenil organizado y asociaciones de jóvenes» (131). Nadie debería quedar excluido a priori, por razón de su condición social, económica, política, cultural o educativa, de participar plenamente en la vida y en la misión de la parroquia; y, de la misma forma que todo seguidor de Cristo tiene un don que ofrecer a la comunidad, la comunidad debería estar dispuesta a recibir el don de cada uno y a beneficiarse de él.

En ese contexto y refiriéndose a su propia experiencia pastoral, los padres sinodales subrayaron el valor de las comunidades eclesiales de base como un modo eficaz de promover la comunión y la participación en las parroquias y en las diócesis, y también una auténtica fuerza para la evangelización (132). Estos pequeños grupos ayudan a los fieles a vivir como comunidades que creen, oran y se aman como los primeros cristianos (cf. Hch 2, 44-47; 4, 32-35). Tienden a ayudar a sus miembros a vivir el Evangelio con espíritu de amor fraterno y de servicio, y por eso son un sólido punto de partida para construir una nueva sociedad, que sea expresión de la civilización del amor. Junto con el Sínodo, exhorto a la Iglesia en Asia, donde sea posible, a considerar a esas comunidades de base como un instrumento útil para la actividad evangelizadora de la Iglesia. Al mismo tiempo, serán eficaces si, como escribió Pablo VI, viven en unión con la Iglesia particular y universal, en sincera comunión con los pastores y el Magisterio, con un compromiso en favor de la obra misionera y sin caer en aislamientos o en explotación ideológica (133) . La presencia de esas pequeñas comunidades no hace inútiles las instituciones y las estructuras establecidas, que la Iglesia sigue necesitando para cumplir su misión.

El Sínodo reconoció también el papel de los movimientos de renovación en la edificación de la comunión, cuando ofrecen la oportunidad de una experiencia de Dios más profunda a través de la fe y los sacramentos, e impulsan a la conversión de vida (134). A los pastores corresponde la responsabilidad de guiar, acompañar y apoyar a esos grupos, de forma que se integren en la vida y en la misión de la parroquia y de la diócesis. Quienes formen parte de asociaciones o movimientos deberían apoyar a la Iglesia local y no presentarse como alternativas a las estructuras diocesanas y a la vida parroquial. La comunión crece mucho más firmemente cuando los responsables locales de esos movimientos actúan juntamente con los pastores con espíritu de caridad para el bien de todos (cf. 1 Co 1, 13).

Solidaridad entre las Iglesias

26. Esta comunión «ad intra» contribuye a la solidaridad entre las Iglesias particulares. La atención a las necesidades locales es legítima e indispensable, pero la comunión exige que las Iglesias particulares permanezcan abiertas unas con respecto a las otras y colaboren entre sí, para que en su diversidad conserven y manifiesten claramente el vínculo de comunión con la Iglesia universal. La comunión requiere mutua comprensión y coordinación de esfuerzos con vistas a la misión, sin perjuicio de la autonomía y los derechos de las Iglesias según las respectivas tradiciones teológicas, litúrgicas y espirituales. Sin embargo, la historia demuestra que a menudo las divisiones han herido la comunión de las Iglesias en Asia. A lo largo de los siglos, a veces las relaciones entre las Iglesias particulares de jurisdicciones eclesiásticas, tradiciones litúrgicas y métodos misioneros diferentes han sido tensas o difíciles. Los obispos presentes en el Sínodo reconocieron que, por desgracia, también hoy, en Asia, tanto en el interior de las Iglesias particulares, como entre sí, existen a veces divisiones vinculadas a menudo a diferencias rituales, lingüísticas, étnicas, ideológicas o de casta. Algunas heridas han cicatrizado, al menos en parte, pero todavía no están totalmente curadas.

Reconociendo que donde la comunión está debilitada suele sufrir el testimonio de la Iglesia y el trabajo misionero, los padres propusieron iniciativas concretas para fortalecer las relaciones entre las Iglesias particulares en Asia. Además de las necesarias expresiones espirituales de apoyo y aliento, sugirieron una distribución más equitativa de los sacerdotes, una solidaridad económica más eficaz, intercambios culturales y teológicos, y mayores oportunidades de hermanamiento entre diócesis (135).

Asociaciones regionales y continentales de obispos, en particular el Consejo de los patriarcas católicos de Oriente Medio y la Federación de las Conferencias episcopales de Asia, han contribuido a promover la unidad entre las Iglesias particulares y han proporcionado un lugar de encuentro para la colaboración con el fin de resolver problemas pastorales. Del mismo modo, existen muchos centros de teología, de espiritualidad y de actividad pastoral en Asia que promueven la comunión y la colaboración práctica (136). Todos tienen la responsabilidad de hacer que estas prometedoras iniciativas se desarrollen aún más para el bien de la Iglesia y de la sociedad en Asia.

Las Iglesias orientales católicas

27. La situación de las Iglesias orientales católicas, principalmente de Oriente Medio y de la India, merece una atención especial. Desde los tiempos apostólicos han conservado una valiosa herencia espiritual, litúrgica y teológica. Sus ritos y sus tradiciones, nacidos como fruto de una profunda inculturación de la fe en muchos países de Asia, merecen el mayor respeto. Junto con los padres sinodales, pido a todos que reconozcan las legítimas tradiciones y la libertad de esas Iglesias en materias de disciplina y litúrgicas, a tenor del Código de cánones de las Iglesias orientales (137). A la luz de las enseñanzas del concilio Vaticano II, existe urgente necesidad de superar los temores y las incomprensiones que parecen surgir de vez en cuando entre las Iglesias orientales católicas y la Iglesia latina, así como entre esas mismas Iglesias, especialmente por lo que atañe a la atención pastoral de los fieles, incluso fuera de sus territorios propios (138). Los creyentes, como hijos de la única Iglesia, renacidos a una nueva vida en Cristo, están llamados a afrontar cualquier dificultad con espíritu de comunión de mente, confianza e inquebrantable caridad. No hay que permitir que los conflictos engendren divisiones; es preciso afrontarlos con espíritu de verdad y respeto, dado que no puede haber ningún bien si no procede del amor (139).

Estas venerables Iglesias están implicadas directamente en el diálogo ecuménico con las Iglesias ortodoxas hermanas, y los padres sinodales las han invitado a proseguir por ese camino (140). También han tenido valiosas experiencias de diálogo interreligioso, especialmente con el islam, y eso puede ayudar a las demás Iglesias en Asia y en otros lugares. Es evidente que las Iglesias orientales católicas tienen una gran riqueza de tradiciones y experiencias que pueden ser fuente de grandes beneficios para toda la Iglesia.

Compartir las esperanzas y los sufrimientos

28. Los padres sinodales también eran conscientes de la necesidad de una comunión y colaboración efectivas con las Iglesias particulares presentes en los territorios asiáticos de la ex Unión Soviética, que se están reconstituyendo en medio de las difíciles circunstancias que han heredado de un tormentoso período de la historia. La Iglesia las acompaña con la oración, compartiendo sus sufrimientos y sus nuevas esperanzas. Exhorto a toda la Iglesia a prestarles apoyo moral, espiritual y material, poniendo a su disposición también personas ordenadas y no ordenadas, pues son realmente necesarias para ayudar a esas comunidades en la tarea de compartir el amor de Dios revelado en Cristo con los pueblos de esas tierras (141).

En muchas partes de Asia, nuestros hermanos y hermanas siguen viviendo la fe entre restricciones o con una total privación de libertad. Con respecto a estos miembros sufrientes de la Iglesia, los padres sinodales expresaron especial preocupación y solicitud. Juntamente con los obispos de Asia, exhorto a los hermanos y hermanas de esas Iglesias que viven en circunstancias difíciles a unir sus sufrimientos a los del Señor crucificado, dado que tanto nosotros como ellos sabemos que sólo la cruz, cuando se lleva con fe y amor, es camino hacia la resurrección y la vida nueva para la humanidad. Aliento a las diferentes Conferencias episcopales nacionales en Asia a establecer una oficina para ayudar a esas Iglesias; por mi parte, aseguro la continua cercanía y solicitud de la Santa Sede a cuantos sufren persecución por la fe en Cristo (142). Invito a los Gobiernos y a los responsables de las naciones a adoptar y poner en práctica políticas que garanticen la libertad religiosa para todos los ciudadanos.

En diversas ocasiones los padres sinodales dirigieron su mirada hacia la Iglesia católica que está en la China continental y oraron para que pronto llegue el día en que nuestros amadísimos hermanos y hermanas chinos gocen de libertad para practicar su fe en plena comunión con la Sede de Pedro y la Iglesia universal. A vosotros, queridos hermanos y hermanas chinos, os dirijo esta ferviente exhortación: no permitáis nunca que las dificultades y las lágrimas disminuyan vuestra adhesión a Cristo y vuestro compromiso en favor de vuestra gran nación (143). El Sínodo expresó también una cordial solidaridad con la Iglesia católica que está en Corea y manifestó su apoyo a «los esfuerzos (de los católicos) por ofrecer asistencia al pueblo de Corea del norte, privado de los medios indispensables de supervivencia, y por contribuir a la reconciliación entre esos dos países, formados por un único pueblo, con una única lengua y una única herencia cultural» (144).

Del mismo modo, el pensamiento del Sínodo se dirigió a menudo a la Iglesia de Jerusalén, que ocupa un lugar especial en el corazón de todos los cristianos. Las palabras del profeta Isaías sin duda encuentran eco en el corazón de millones de creyentes de todo el mundo, para los que Jerusalén ocupa un lugar único y muy amado: «Alegraos con Jerusalén, y regocijaos con ella todos los que la amáis. Llenaos de alegría con ella todos los que con ella hacíais duelo; de modo que os alimentéis hasta hartaros del seno de sus consuelos» (Is 66, 10-11). Jerusalén, ciudad de la reconciliación de los hombres con Dios y entre sí, ha sido con demasiada frecuencia escenario de conflictos y división. Los padres sinodales exhortaron a las Iglesias particulares a mostrar solidaridad con la Iglesia que está en Jerusalén, compartiendo sus sufrimientos, orando por ella y colaborando con ella para servir a la paz, a la justicia y a la reconciliación entre los dos pueblos y las tres religiones presentes en la ciudad santa (145). Renuevo el llamamiento que he hecho en repetidas ocasiones a los líderes políticos y religiosos, así como a todas las personas de buena voluntad, a buscar caminos para asegurar la paz y la integridad de Jerusalén. Como escribí en otra ocasión, tengo el ardiente deseo de ir en peregrinación religiosa, como mi predecesor Pablo VI, para orar en la ciudad santa donde Jesucristo vivió, murió y resucitó, y a visitar el lugar desde el cual, con la fuerza del Espíritu Santo, los Apóstoles partieron para proclamar el evangelio de Jesucristo al mundo (146).

Una misión de diálogo

29. El tema común de varios Sínodos «continentales», que han contribuido a la preparación de la Iglesia para el gran jubileo del año 2000, es el de la nueva evangelización. Una nueva época de anuncio del Evangelio es esencial no sólo porque, después de dos mil años, gran parte de la familia humana aún no reconoce a Cristo, sino también porque la situación en que la Iglesia y el mundo se encuentran, en el umbral del nuevo milenio, plantea particulares desafíos a la fe religiosa y a las verdades morales que derivan de ella. Existe una tendencia casi generalizada a construir el progreso y la prosperidad sin referencias a Dios, y a reducir la dimensión religiosa de la persona a la esfera privada. La sociedad, separada de las verdades más fundamentales que atañen al hombre, y específicamente su relación con el Creador y con la redención realizada por Cristo en el Espíritu Santo, sólo puede perder cada vez más las verdaderas fuentes de la vida, el amor y la felicidad. Este siglo violento, que está a punto de llegar a su fin, da un terrible testimonio de lo que puede suceder cuando se abandonan la verdad y la bondad por el afán de poder y por la afirmación de sí mismos en perjuicio de los demás. La nueva evangelización, como invitación a la conversión, a la gracia y a la sabiduría, es la única esperanza auténtica para un mundo mejor y para un futuro más luminoso. La cuestión no consiste en si la Iglesia tiene algo esencial que decir a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, sino más bien si lo puede decir con claridad y de modo convincente.

Durante el concilio Vaticano II, mi predecesor el Papa Pablo VI declaró, en la carta encíclica Ecclesiam suam, que la cuestión de la relación entre la Iglesia y el mundo moderno era una de las preocupaciones más importantes de nuestro tiempo, y escribió que «su presencia y su urgencia son tales, que constituyen un peso en nuestro espíritu, un estímulo, casi una vocación» (147). Desde el Concilio hasta hoy, la Iglesia ha demostrado con coherencia que quiere entablar esa relación con espíritu de diálogo. Sin embargo, el deseo de diálogo no es simplemente una estrategia para una coexistencia pacífica entre los pueblos; más bien, es parte esencial de la misión de la Iglesia, ya que hunde sus raíces en el diálogo amoroso de salvación que el Padre mantiene con la humanidad, en el Hijo, con la fuerza del Espíritu Santo. La Iglesia sólo puede cumplir su misión de un modo que corresponda a la manera en que Dios actuó en Jesucristo, que se hizo hombre, compartió la vida humana y habló un lenguaje humano para comunicar su mensaje salvífico. Este diálogo que la Iglesia propone se funda en la lógica de la Encarnación. Por tanto, solamente una auténtica y desinteresada solidaridad impulsa a la Iglesia al diálogo con los hombres y mujeres de Asia que buscan la verdad en el amor.

La Iglesia, sacramento de la unidad del género humano, no puede por menos de entrar en diálogo con todos los pueblos, en todos los tiempos y lugares. Por la misión que ha recibido, sale al encuentro de los pueblos del mundo, convencida de que es «un pequeño rebaño» dentro de la inmensa multitud de la humanidad (cf. Lc 12, 32), pero también de que es levadura en la masa del mundo (cf. Mt 13, 33). Los esfuerzos por comprometerse en el diálogo se dirigen ante todo hacia quienes comparten la fe en Jesucristo, Señor y Salvador, y luego se extienden, más allá del mundo cristiano, hasta los seguidores de las demás tradiciones religiosas, sobre la base del anhelo religioso presente en todo corazón humano. Así pues, el diálogo ecuménico y el interreligioso constituyen para la Iglesia una auténtica vocación.

El diálogo ecuménico

30. El diálogo ecuménico es un desafío y una llamada a la conversión para toda la Iglesia, especialmente para la Iglesia en Asia, donde los habitantes esperan que los cristianos den un signo más claro de unidad. Es preciso restablecer la comunión entre los que con fe han aceptado a Jesucristo como Señor, para que todos los pueblos puedan reunirse por la gracia de Dios. Jesús mismo oró por la unidad visible de sus discípulos y no deja de estimularlos a ella, para que el mundo crea que el Padre lo envió (cf. Jn 17, 21) (148). Pero la voluntad del Señor de que su Iglesia sea una, exige una respuesta completa y valiente de sus discípulos.

En Asia, precisamente donde el número de los cristianos es proporcionalmente escaso, la división hace que la actividad misionera resulte aún más difícil. Los padres sinodales constataron que «el escándalo de una cristiandad dividida es un gran obstáculo para la evangelización en Asia» (149). En efecto, los que en Asia buscan la armonía y la unidad a través de sus religiones y culturas consideran la división entre los cristianos como un antitestimonio de Jesucristo. Por eso, la Iglesia católica en Asia se siente particularmente impulsada a promover la unidad con los demás cristianos, consciente de que la búsqueda de la comunión plena requiere de cada uno caridad, discernimiento, valentía y esperanza. «El ecumenismo, para ser auténtico y fecundo, exige, además, por parte de los fieles católicos, algunas disposiciones fundamentales. Ante todo, la caridad, con una mirada llena de simpatía y un vivo deseo de cooperar, donde sea posible, con los hermanos de las demás Iglesias o comunidades eclesiales. En segundo lugar, la fidelidad a la Iglesia católica, sin desconocer ni negar las faltas manifestadas por el comportamiento de algunos de sus miembros. En tercer lugar, el espíritu de discernimiento, para apreciar lo que es bueno y digno de elogio. Por último, se requiere una sincera voluntad de purificación y renovación» (150).

Los padres sinodales, aunque reconocieron las dificultades que todavía existen en las relaciones entre los cristianos, que implican no sólo prejuicios heredados del pasado sino también creencias arraigadas en profundas convicciones que afectan a la conciencia (151), pusieron de relieve los signos de la mejoría de las relaciones entre algunas Iglesias y comunidades cristianas en Asia. Por ejemplo, católicos y ortodoxos reconocen a menudo una unidad cultural entre ellos, un sentido de participación de elementos importantes de una tradición eclesial común. Esto constituye una sólida base para un diálogo ecuménico fructuoso que pueda proseguir también en el próximo milenio, y que —como esperamos y pedimos a Dios— al final ponga fin a las divisiones del milenio que está a punto de concluir.

En el ámbito práctico, el Sínodo propuso que las Conferencias episcopales de Asia inviten a las demás Iglesias cristianas a unirse en un camino de oración y consultas para crear nuevos organismos y asociaciones ecuménicos con vistas a la promoción de la unidad de los cristianos. Ayudará también la sugerencia del Sínodo de que la Semana de oración por la unidad de los cristianos se celebre con más provecho. Es conveniente que los obispos instituyan y presidan centros ecuménicos de oración y diálogo; asimismo, es necesario incluir en el currículo de los seminarios, de las casas de formación y de las instituciones educativas, una formación adecuada con vistas al diálogo ecuménico.

El diálogo interreligioso

31. En la carta apostólica Tertio millennio adveniente indiqué que la cercanía de un nuevo milenio brinda una gran oportunidad para el diálogo interreligioso y para encuentros con los líderes de las grandes religiones del mundo (152). El concilio Vaticano II encomendó a toda la Iglesia, como un deber y un desafío, la tarea de llevar a cabo los contactos, el diálogo y la cooperación con los seguidores de las demás religiones. Los principios para la búsqueda de una relación positiva con las demás tradiciones religiosas se hallan enunciados en la declaración conciliar Nostra aetate, promulgada el 28 de octubre de 1965. Es la carta magna del diálogo interreligioso para nuestros tiempos. Desde el punto de vista cristiano, el diálogo interreligioso es mucho más que un modo de promover el conocimiento y el enriquecimiento recíprocos; es parte de la misión evangelizadora de la Iglesia, una expresión de la misión ad gentes (153). Los cristianos aportan a este diálogo la firme convicción de que la plenitud de la salvación proviene sólo de Cristo y que la comunidad de la Iglesia a la que pertenecen es el medio ordinario de salvación (154) . Repito aquí lo que escribí a la V Asamblea plenaria de la Federación de las Conferencias episcopales de Asia: «Aunque la Iglesia reconoce con gusto cuanto hay de verdadero y santo en las tradiciones religiosas del budismo, el hinduismo y el islam, reflejos de la verdad que ilumina a todos los hombres, sigue en pie su deber y su determinación de proclamar sin titubeos a Jesucristo, que es isel camino, la verdad y la vidald (Jn 14, 6; cf. Nostra aetate, 2). (...) El hecho de que los seguidores de otras religiones puedan recibir la gracia de Dios y ser salvados por Cristo independientemente de los medios ordinarios que él ha establecido, no anula la llamada a la fe y al bautismo, que Dios quiere para todos los pueblos» (155).

Con respecto al proceso del diálogo, en la carta encíclica Redemptoris missio escribí: «No debe darse ningún tipo de abdicación ni de irenismo, sino el testimonio recíproco para un progreso común en el camino de búsqueda y experiencia religiosa y, al mismo tiempo, para superar prejuicios, intolerancias y malentendidos» (156). Sólo quienes poseen una fe cristiana madura y convencida están preparados para participar en un auténtico diálogo interreligioso. «Únicamente los cristianos profundamente inmersos en el misterio de Cristo y felices en su comunidad de fe pueden, sin riesgo inútil y con esperanza de frutos positivos, participar en el diálogo interreligioso» (157). Por eso, es importante que la Iglesia en Asia proporcione modelos correctos de diálogo interreligioso (evangelización en el diálogo y diálogo para la evangelización) y una preparación adecuada para los que están implicados en él.

Después de subrayar la necesidad de una sólida fe en Cristo con vistas al diálogo interreligioso, los padres sinodales hablaron de la necesidad de un diálogo de vida y de corazón. Los seguidores de Cristo deben tener un corazón humilde y cordial como el del Maestro, nunca soberbio ni condescendiente, cuando participan en el diálogo con los demás (cf. Mt 11, 29). «Las relaciones interreligiosas se desarrollan mucho mejor en un marco de apertura a otros creyentes, voluntad de escucha y deseo de respetar y comprender a los demás en sus diferencias. Por eso, es indispensable el amor a los demás. Eso debería llevar a la colaboración, a la armonía y al enriquecimiento mutuo (158).

Para orientar a los que están comprometidos en ese proceso, el Sínodo sugirió que se elabore un directorio para el diálogo interreligioso (159). Mientras la Iglesia busca nuevos caminos de encuentro con otras religiones, deseo recordar algunas formas de diálogo que ya están dando buenos resultados: los intercambios académicos entre expertos en las diversas tradiciones religiosas o representantes de éstas, la acción común en favor del desarrollo humano integral y la defensa de los valores humanos y religiosos (160). Deseo reafirmar la importancia que tiene, en el proceso del diálogo, revitalizar la oración y la contemplación. Las personas de vida consagrada pueden contribuir de modo significativo al diálogo interreligioso, testimoniando la vitalidad de las grandes tradiciones cristianas de ascetismo y misticismo (161).

El memorable encuentro de Asís, ciudad de san Francisco, el 27 de octubre de 1986, entre la Iglesia católica y los representantes de las demás religiones mundiales demuestra que los hombres y mujeres de religión, sin abandonar sus respectivas tradiciones, pueden comprometerse en la oración y trabajar por la paz y el bien de la humanidad (162). La Iglesia debe seguir esforzándose por preservar y promover en todos los niveles este espíritu de encuentro y colaboración con las demás religiones.

La comunión y el diálogo son dos aspectos esenciales de la misión de la Iglesia: tienen su modelo infinitamente trascendente en el misterio de la Trinidad, de la que procede toda misión y a la que debe volver. Uno de los grandes dones «de cumpleaños» que los miembros de la Iglesia, especialmente los pastores, pueden ofrecer al Señor de la historia en el 2000° aniversario de la Encarnación es el fortalecimiento del espíritu de unidad y comunión en todos los niveles de la vida eclesial, un «santo orgullo» en la fidelidad constante de la Iglesia a lo que ha recibido, una nueva confianza en la gracia y en la misión perennes que la envían entre los pueblos del mundo como testigo del amor y de la misericordia salvíficos de Dios. Sólo si el pueblo de Dios reconoce el don que ha recibido en Cristo, será capaz de comunicarlo a los demás mediante el anuncio y el diálogo.

 

 

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Introducción      Cap. 1      Cap. 2      Cap. 3      

Cap. 4      Cap. 5      Cap. 6      Cap. 7      

Conclusión      Notas      

Tomado del sitio de web del vaticano: www.vatican.va