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 EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
POSTSINODAL
«ECCLESIA IN ASIA»
DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II

A LOS OBISPOS
A LOS PRESBÍTEROS
Y A LOS DIÁCONOS
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
Y A TODOS LOS FIELES LAICOS
SOBRE JESUCRISTO EL SALVADOR
Y SU MISIÓN DE AMOR
Y DE SERVICIO EN ASIA:
«PARA QUE TENGAN VIDA
Y LA TENGAN EN ABUNDANCIA» (Jn 10, 10)

 

 

 CAPÍTULO IV

JESÚS SALVADOR: PROCLAMAR EL DON


El primado del anuncio

19. En vísperas del tercer milenio, la voz de Cristo resucitado resuena de nuevo en el corazón de todo cristiano: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 18-20). Con la certeza del infalible apoyo de Jesucristo y de la poderosa presencia del Espíritu, inmediatamente después de Pentecostés los Apóstoles se apresuraron a cumplir ese mandato: «Salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban» (Mc 16, 20), y lo que anunciaban se podía resumir con las palabras de san Pablo: «No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por amor de Jesús» (2 Co 4, 5). La Iglesia, bendecida con el don de la fe, después de dos mil años sigue yendo a todas partes para encontrarse con los pueblos del mundo, a fin de compartir con ellos la buena nueva de Cristo, como comunidad inflamada de celo misionero por hacer que Jesús sea conocido, amado y seguido.

No puede haber auténtica evangelización sin la proclamación explícita de que Jesús es el Señor. El concilio Vaticano II, y desde entonces el Magisterio, respondiendo a cierta confusión sobre la verdadera índole de la misión de la Iglesia, han subrayado repetidamente el primado de la proclamación de Jesucristo en cualquier actividad de evangelización. Al respecto, el Papa Pablo VI escribió explícitamente que «no hay evangelización verdadera mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino y el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios» (66). Es lo que han hecho generaciones de cristianos a lo largo de los siglos. Los padres sinodales recordaron, con comprensible orgullo, que «numerosas comunidades cristianas de Asia han conservado la fe en el decurso de los siglos, a pesar de grandes tribulaciones, y han permanecido fieles a esta herencia espiritual con perseverancia heroica. Este inmenso tesoro es para ellos fuente de gran alegría e impulso apostólico» (67).

Al mismo tiempo, los participantes en la Asamblea especial destacaron en numerosas ocasiones la necesidad de un nuevo empeño en el anuncio de Jesucristo precisamente en el continente donde comenzó esa proclamación hace dos mil años. El hecho de que tanta gente en ese continente no se haya encontrado nunca con la persona de Cristo de manera clara y consciente pone de relieve la urgencia de las palabras del apóstol san Pablo: «Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará. Pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique?» (Rm 10, 13-14). El gran desafío que la Iglesia tiene planteado ahora en Asia consiste en hallar la manera de compartir con nuestros hermanos y hermanas asiáticos lo que nosotros conservamos celosamente como don que contiene todos los demás dones, es decir, la buena nueva de Jesucristo.

Anunciar a Jesucristo en Asia

20. La Iglesia en Asia está muy bien dispuesta a cumplir el deber del anuncio, convencida de que «existe ya en las personas y en los pueblos, por la acción del Espíritu, una espera, aunque sea inconsciente, por conocer la verdad sobre Dios, sobre el hombre, sobre el camino que lleva a la liberación del pecado y de la muerte» (68). Esta insistencia en la proclamación no deriva de impulso sectario ni de afán de proselitismo ni de complejo de superioridad. La Iglesia evangeliza por obediencia al mandato de Cristo, consciente de que toda persona tiene el derecho de escuchar la buena nueva de Dios, que se revela y se da en Cristo (69) . Dar testimonio de Jesucristo es el servicio supremo que la Iglesia puede prestar a los pueblos de Asia, puesto que responde a su profunda búsqueda de Absoluto y revela las verdades y los valores que les garantizan el desarrollo humano integral.

La Iglesia, profundamente consciente de la complejidad de situaciones tan diferentes en Asia, y «actuando según la verdad en la caridad» (cf. Ef 4, 15), proclama la buena nueva con respeto y estima amorosa hacia los que la escuchan. Una proclamación que respeta los derechos de las conciencias no viola la libertad, dado que la fe exige siempre una respuesta libre por parte de la persona (70) . Pero el respeto no elimina la necesidad de la proclamación explícita del Evangelio en su integridad. Especialmente en el contexto de la gran variedad de culturas y religiones que hay en Asia, es preciso destacar que «ni el respeto ni la estima hacia esas religiones ni la complejidad de las cuestiones planteadas implican para la Iglesia una invitación a silenciar ante los no cristianos el anuncio de Jesucristo» (71). Durante mi visita a la India, en 1986, dije claramente que «el acercamiento de la Iglesia a otras religiones es de auténtico respeto (...). Este respeto es doble: respeto por el hombre en su búsqueda de respuestas a las preguntas más profundas de su vida, y respeto por la acción del Espíritu en el hombre» (72). Los padres sinodales reconocieron de buen grado la acción del Espíritu en las sociedades, en las culturas y en las religiones asiáticas, a través de la cual el Padre prepara el corazón de los pueblos de Asia con vistas a la plenitud de vida en Cristo (73).

A pesar de esto, incluso antes de las consultas que se realizaron en la preparación del Sínodo, muchos obispos de Asia advirtieron que existen dificultades para proclamar a Jesús como único Salvador. Durante la Asamblea, la situación fue descrita con los siguientes términos: «Algunos seguidores de las grandes religiones asiáticas no tienen dificultad en aceptar a Jesucristo como una manifestación de la divinidad y del Absoluto, o como un iniluminadoln, pero no lo acogen como única manifestación de la divinidad» (74). Efectivamente, el esfuerzo por compartir el don de la fe en Jesucristo como único Salvador entraña dificultades filosóficas, culturales y teológicas, especialmente a la luz de las creencias de las grandes religiones de Asia, estrechamente entrelazadas con valores culturales y visiones específicas del mundo.

Según la opinión de los padres sinodales, la dificultad se agrava por el hecho de que Jesús a menudo es considerado extraño en Asia. No deja de constituir una paradoja el hecho de que muchos habitantes de ese continente tiendan a ver a Jesús, que nació en tierra de Asia, como un occidental más bien que como un asiático. En el fondo, era inevitable que el anuncio del Evangelio por obra de misioneros occidentales sufriera el influjo de las culturas de donde provenían. Los padres sinodales consideraron que es preciso tener presente eso en la historia de la evangelización. Al mismo tiempo, aprovecharon la ocasión para «expresar su agradecimiento especialmente a todos los misioneros, hombres y mujeres, religiosos y laicos, extranjeros o autóctonos, que han llevado el mensaje de Jesucristo y el don de la fe. Particular gratitud merecen también todas las Iglesias hermanas que han enviado y siguen enviando misioneros a Asia» (75).

Los evangelizadores pueden tomar como punto de partida la experiencia de san Pablo, que entabló un diálogo con los valores filosóficos, culturales y religiosos de sus oyentes (cf. Hch 14, 13-17; 17, 22-31). También los concilios ecuménicos, al formular doctrinas vinculantes para la Iglesia, se vieron obligados a utilizar los recursos lingüísticos, filosóficos y culturales que tenían a su disposición; pero esos recursos han llegado a ser parte de la herencia de la Iglesia universal, pues han sido capaces de expresar la doctrina cristológica de un modo adecuado y universal. Forman parte de la herencia de la fe, que debe ser asimilada y compartida constantemente en el encuentro con las diversas culturas (76). Por tanto, la tarea de proclamar a Jesucristo de un modo que permita a los pueblos de Asia identificarse con él, permaneciendo fieles tanto a la doctrina teológica de la Iglesia como a sus propias raíces asiáticas, constituye un enorme desafío.

La presentación de Jesucristo como único Salvador exige usar una pedagogía que lleve a las personas, paso a paso, a la plena asimilación del misterio. Es evidente que la primera evangelización de los no cristianos y la posterior proclamación a creyentes deberán tener enfoques diversos. Por ejemplo, en la proclamación inicial, «la presentación de Jesucristo debería hacerse como la respuesta plena al anhelo expresado en las mitologías y en el folclore de los pueblos de Asia» (77) . En general, se han de preferir los métodos narrativos típicos de las culturas asiáticas. De hecho, la proclamación de Jesucristo se puede realizar de modo muy eficaz mediante la narración de su vida terrena, como hacen los evangelios. Las nociones ontológicas, que siempre deben presuponerse y expresarse al presentar a Jesús, pueden quedar enriquecidas por perspectivas más relacionales, históricas e incluso cósmicas. La Iglesia, como subrayaron los padres sinodales, debe estar abierta a los nuevos y sorprendentes modos de presentar hoy en Asia el rostro de Jesús (78).

El Sínodo recomendó que la catequesis sucesiva siga «una pedagogía evocativa que use la historia, las parábolas y los símbolos tan característicos de la metodología asiática en la enseñanza» (79) . El ministerio mismo de Jesús muestra claramente el valor del contacto personal, el cual exige que el evangelizador se interese por la situación del oyente, haciendo una proclamación adaptada a su grado de madurez, mediante formas y lenguajes adecuados. Desde esa perspectiva, los padres sinodales subrayaron muchas veces la necesidad de evangelizar de un modo que tenga en cuenta la sensibilidad de los pueblos asiáticos, sugiriendo imágenes de Jesús inteligibles a la mentalidad y a las culturas asiáticas, y, al mismo tiempo, fieles a la sagrada Escritura y a la Tradición. Entre ellas propusieron las siguientes: «Jesucristo, Maestro de sabiduría, el Médico, el Liberador, el Guía espiritual, el Iluminado, el Amigo compasivo de los pobres, el Buen Samaritano, el Buen Pastor, el Obediente» (80). Se podría presentar a Jesús como la Sabiduría encarnada de Dios, cuya gracia hace madurar las «semillas» de la Sabiduría divina ya presentes en la vida, en las religiones y en los pueblos de Asia (81) . Entre los muchos sufrimientos que afligen a los pueblos de Asia se podría anunciar muy bien a Jesucristo como Salvador «que da sentido a los que soportan dolor y sufrimiento indecible» (82).

La fe que la Iglesia ofrece como don a sus hijos e hijas de Asia no puede encerrarse dentro de los confines de la comprensión y de la expresión de criatura humana alguna, dado que los trasciende y realmente obliga a toda cultura a elevarse a nuevas alturas de comprensión y expresión. Pero, al mismo tiempo, los padres sinodales eran plenamente conscientes de la apremiante necesidad que tienen las Iglesias locales en Asia de presentar el misterio de Cristo a sus pueblos según los criterios culturales y los modos de pensar de ellos. También subrayaron que esa inculturación de la fe en el continente implica un redescubrimiento del rostro asiático de Jesús, y que es preciso hallar modos mediante los cuales las culturas asiáticas puedan captar el significado salvífico universal del misterio de Cristo y de su Iglesia (83) . Es necesario emular en nuestros días la penetrante comprensión de los pueblos y de las culturas que tuvieron hombres como Juan de Montecorvino, Mateo Ricci y Roberto de Nobili, por citar sólo algunos ejemplos.

El desafío de la inculturación

21. La cultura es el espacio vital dentro del cual se realiza el encuentro de la persona humana con el Evangelio. De la misma manera que una cultura es el resultado de la vida y la actividad de un grupo humano, las personas que pertenecen a ese grupo están formadas, en gran medida, por la cultura en la que viven. Al cambiar las personas y las sociedades, también cambia con ellas la cultura. Cuando ésta se transforma, transforma asimismo a las personas y las sociedades. Desde este punto de vista, resulta más claro que entre la evangelización y la inculturación existe una relación natural e íntima. Ciertamente, el Evangelio y la evangelización no se identifican con la cultura; más aún, son independientes de ella. Y, sin embargo, el reino de Dios llega a personas profundamente vinculadas a una cultura, y la construcción de ese reino no puede por menos de tomar prestados elementos de culturas humanas. Por eso, Pablo VI afirmó que la ruptura entre Evangelio y cultura es el drama de nuestro tiempo, con graves consecuencias tanto para la evangelización como para las culturas (84) .

En el proceso de encuentro con las diversas culturas del mundo, la Iglesia no sólo transmite sus verdades y valores, renovando las culturas desde dentro, sino que también saca de ellas los elementos positivos ya presentes. Este es el camino que deben seguir los evangelizadores al presentar la fe cristiana y al hacer que llegue a formar parte del bagaje cultural de un pueblo y, por otra parte, las diversas culturas, cuando son purificadas y renovadas a la luz del Evangelio, pueden llegar a ser expresiones verdaderas de la única fe cristiana. «Con la inculturación, la Iglesia se hace signo más comprensible de lo que es e instrumento más apto para la misión» (85). Esta interrelación con las culturas siempre ha formado parte de la peregrinación de la Iglesia en la historia, pero tiene una urgencia especial hoy, en la situación multiétnica, multirreligiosa y multicultural de Asia, donde el cristianismo muy a menudo es visto como extranjero.

Aquí conviene recordar lo que se dijo con mucha frecuencia en el Sínodo, o sea, que el Espíritu Santo es el agente principal de la inculturación de la fe cristiana en Asia (86). El mismo Espíritu que guía a la verdad completa hace posible un diálogo fecundo con los valores culturales y religiosos de diferentes pueblos, entre los cuales, en cierta medida, está presente, ofreciendo a los hombres y mujeres de corazón sincero la fuerza para superar el mal y el engaño del Maligno, y brindando a cada uno la posibilidad de formar parte del misterio pascual de un modo que sólo Dios conoce (87) . La presencia del Espíritu Santo hace que ese diálogo se realice en la verdad, con honradez, humildad y respeto (88). «Al ofrecer a otros la buena nueva de la redención, la Iglesia intenta comprender sus culturas. Intenta conocer la mente y el corazón de quienes la escuchan, sus valores y costumbres, sus problemas y dificultades, sus ilusiones y esperanzas. Cuando conoce y comprende estos diversos aspectos de la cultura puede empezar el diálogo de la salvación; puede ofrecer, respetuosamente pero con claridad y convicción, la buena nueva de la redención a todos aquellos que libremente quieran escucharla y responder» (89) . Por tanto, los pueblos de Asia que desean asimilar la fe cristiana pueden estar seguros de que sus esperanzas, expectativas, ansiedades y sufrimientos no sólo son abrazados por Jesús, sino que, además, se convierten en el verdadero punto en el que el don de la fe y la fuerza del Espíritu entran en lo más profundo de su vida.

Los pastores, en virtud de su carisma propio, tienen la misión de dirigir ese diálogo con discernimiento. Del mismo modo, los expertos en disciplinas sagradas o seculares desempeñan un papel importante en el proceso de inculturación. Pero el proceso debe implicar a todo el pueblo de Dios, dado que la vida de la Iglesia como tal debe hacer visible la fe anunciada y hecha propia. Para tener la seguridad de que eso se realice de la forma adecuada, los padres sinodales señalaron algunas áreas que requieren particular atención: la reflexión teológica, la liturgia, la formación de los sacerdotes y de los religiosos, la catequesis y la espiritualidad (90).

Áreas clave de inculturación

22. El Sínodo expresó su apoyo a los teólogos en la delicada tarea de desarrollar una teología inculturada, especialmente en el campo de la cristología (91). Los padres sinodales subrayaron que «esta manera de hacer teología debe promoverse con valentía, permaneciendo fieles a la Escritura y a la Tradición de la Iglesia, con sincera adhesión al Magisterio y con conocimiento de las situaciones pastorales» (92). También yo deseo invitar a los teólogos a actuar en comunión con los pastores y con los miembros del pueblo de Dios, que, en unidad y nunca separados los unos de los otros, «reflexionan sobre el genuino sentido de la fe que nunca conviene perder de vista» (93). El trabajo teológico siempre debe estar guiado por el respeto a la sensibilidad de los cristianos, de modo que, mediante un proceso gradual hacia formas inculturadas de la expresión de la fe, las personas no sean inducidas a confusión ni escandalizadas. En cualquier caso, la inculturación debe guiarse por la compatibilidad con el Evangelio y por la comunión con la fe de la Iglesia universal (94) , y debe promoverse en plena armonía con la Tradición de la Iglesia, teniendo como fin el fortalecimiento de la fe del pueblo. La prueba de que ha habido una verdadera inculturación es cuando los creyentes se comprometen más en la fe cristiana porque la perciben más claramente con los ojos de su propia cultura.

La liturgia es la fuente y la cumbre de toda la vida y la misión cristiana (95), y un medio fundamental de evangelización, especialmente en Asia, donde los seguidores de diversas religiones se sienten tan atraídos por el culto, las festividades religiosas y las devociones populares (96). La liturgia de las Iglesias orientales, en su mayor parte, ha sido inculturada con éxito a lo largo de siglos de interacción con la cultura de su entorno, mientras las Iglesias fundadas más recientemente necesitan lograr que se convierta en fuente aún mayor de alimento para sus fieles mediante un uso acertado y eficaz de elementos tomados de las culturas locales. A pesar de ello, la inculturación litúrgica exige mucho más que concentrarse en valores culturales tradiciones, símbolos y ritos. Es preciso tener presentes los cambios en la conciencia y en las actitudes causados por la aparición de culturas secularistas y consumistas que influyen en el sentido asiático del culto y de la oración; y, para una genuina inculturación litúrgica en Asia, tampoco se pueden olvidar las necesidades específicas de los pobres, los emigrantes, los refugiados, los jóvenes y las mujeres.

Las Conferencias episcopales nacionales o regionales deben trabajar en más estrecho contacto con la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, a fin de buscar modos eficaces de promover formas adecuadas de culto en el contexto de Asia (97) . Esa colaboración es esencial, porque la sagrada liturgia expresa y celebra la única fe profesada por todos y, dado que constituye la herencia de toda la Iglesia, no puede ser determinada por las Iglesias locales aisladas de la Iglesia universal.

Los padres sinodales insistieron particularmente en la importancia de la palabra bíblica al comunicar el mensaje de la salvación a los pueblos del continente, donde la transmisión oral es tan importante para preservar y comunicar la experiencia religiosa (98). Por tanto, es necesario desarrollar un apostolado bíblico eficaz a fin de asegurar que el texto sagrado se difunda más ampliamente y se use más intensamente con espíritu de oración entre los miembros de la Iglesia en Asia. Los padres sinodales destacaron la urgencia de tomarlo como base de cualquier anuncio misionero, catequesis, predicación y estilo de espiritualidad (99) . Asimismo, deben apoyarse y sostenerse los esfuerzos realizados para traducir a las lenguas locales la Biblia, mientras la formación bíblica debería considerarse un medio importante para educar en la fe a las personas y disponerlas a la tarea de la proclamación. Deberán incluirse cursos sobre la sagrada Escritura orientados a la pastoral, poniendo el acento en la aplicación de sus enseñanzas a las complejas realidades de Asia en los programas de formación para el clero, para los consagrados y para los laicos (100). Es necesario dar a conocer la sagrada Escritura también a los seguidores de otras religiones, dado que la palabra de Dios tiene una fuerza intrínseca para tocar el corazón del hombre, pues a través de ella el Espíritu de Dios revela el plan divino de la salvación para el mundo. Además, los estilos narrativos que se pueden apreciar en muchos libros de la Biblia son muy afines a los textos religiosos típicos de Asia (101).

Otro aspecto clave de la inculturación es la formación de los evangelizadores, de los que depende en gran medida su futuro. En el pasado, la formación ha seguido a menudo el estilo, los métodos y los programas mediados por Occidente. Aun apreciando el servicio que ha prestado ese tipo de formación, los padres sinodales consideraron como desarrollo positivo los esfuerzos realizados recientemente para adaptar la formación de los evangelizadores a los contextos culturales de Asia. Además de una sólida instrucción bíblica y patrística, los seminaristas deben adquirir un conocimiento articulado y seguro del patrimonio teológico y filosófico de la Iglesia, como subrayé en la encíclica Fides et ratio (102). Con esa preparación, podrán afrontar con acierto las tradiciones filosóficas y religiosas de Asia (103). Asimismo, los padres sinodales impulsaron a los profesores de seminarios y a sus colaboradores a tratar de comprender los elementos de espiritualidad y oración afines al alma asiática y a dejarse implicar más profundamente en la búsqueda de una vida más plena que realizan los pueblos de Asia (104). Para este fin, se puso énfasis particular en la necesidad de garantizar que el claustro de profesores de los seminarios tenga una formación adecuada (105). El Sínodo expresó también su solicitud por la formación de los hombres y mujeres consagrados, especificando claramente que su espiritualidad y su estilo de vida deben demostrar sensibilidad ante el patrimonio religioso y cultural de las personas entre las cuales viven y a las que sirven, siempre suponiendo el necesario discernimiento sobre lo que es acorde con el Evangelio y lo que no lo es (106). Además, dado que en la inculturación del Evangelio se ha de implicar todo el pueblo de Dios, es de suma importancia el papel de los laicos, pues a ellos corresponde en primer lugar la transformación de la sociedad, en colaboración con los obispos, los sacerdotes y los religiosos, infundiendo el «pensamiento de Cristo» en la mentalidad, en las costumbres, en las leyes y en las estructuras del mundo secular en el que viven (107). Una inculturación más amplia del Evangelio, en todos los niveles de la sociedad en Asia, dependerá en gran medida de la formación adecuada que las Iglesias locales sepan impartir a los laicos.

Vida cristiana como anuncio

23. Cuanto más fundada esté la comunidad cristiana en la experiencia de Dios que brota de una fe vivida, tanto más capaz será de anunciar de modo creíble a los demás la realización del reino de Dios en Jesucristo. Esto depende de la escucha fiel de la palabra de Dios, de la oración y la contemplación, de la celebración del misterio de Jesús en los sacramentos, ante todo en la Eucaristía, y del ejemplo de verdadera comunión de vida e integridad del amor. El centro de la Iglesia particular debe radicar en la contemplación de Jesucristo, Dios hecho hombre: la Iglesia debe tender constantemente a una unión más íntima con él, cuya misión continúa. La misión es acción contemplativa y contemplación activa. Por tanto, un misionero que no tenga una experiencia profunda de Dios en la oración y en la contemplación, tendrá poco influjo espiritual o poco éxito en el ministerio. Se trata de una reflexión que es fruto de mi propia experiencia sacerdotal y, como escribí en otro lugar, el contacto con representantes de las tradiciones espirituales no cristianas, especialmente de las asiáticas, me ha confirmado en la convicción de que el futuro de la misión depende en gran medida de la contemplación (108). En Asia, en la que coexisten grandes religiones, donde personas y pueblos enteros tienen sed de lo divino, la Iglesia está llamada a ser una Iglesia de oración, profundamente espiritual, aunque esté implicada en preocupaciones humanas y sociales inmediatas: cada cristiano necesita una auténtica espiritualidad misionera, hecha de oración y contemplación.

Una persona religiosa auténtica normalmente es respetada y seguida en Asia. La oración, el ayuno y las diversas formas de ascetismo son muy apreciados. Los seguidores de todas las religiones consideran la renuncia, el desapego, la humildad, la sencillez y el silencio como grandes valores. Para que la oración no quede separada de la promoción humana, los padres sinodales subrayaron que «la obra de justicia, de caridad y de compasión está íntimamente vinculada a una vida de auténtica oración y contemplación y, además, esa misma espiritualidad será la fuente de toda nuestra labor de evangelización» (109). Los padres sinodales, plenamente convencidos de la importancia de un testimonio auténtico en la evangelización de Asia, afirmaron: «Sólo podrán anunciar la buena nueva de Jesucristo los que se encuentren imbuidos e inspirados por el amor del Padre a sus hijos, manifestado en la persona de Jesucristo. Ese anuncio es una misión que necesita hombres y mujeres santos, que den a conocer y amar al Salvador mediante su vida. Sólo se puede encender un fuego con algo que esté ya encendido. De la misma manera, un anuncio eficaz de la buena nueva de la salvación en Asia únicamente se puede realizar si los obispos, los sacerdotes, los religiosos y los laicos están ellos mismos encendidos de amor a Cristo y arden de celo por darlo a conocer en un radio más amplio, por hacer que los demás lo amen más intensamente y lo sigan más de cerca» (110). Los cristianos que hablan de Cristo deben encarnar en su vida el mensaje que proclaman.

Sin embargo, a este respecto, es preciso prestar atención a una circunstancia particular en el contexto asiático. La Iglesia sabe que el testimonio silencioso de vida sigue siendo hoy el único modo de proclamar el reino de Dios en muchos lugares de Asia, donde la proclamación explícita está prohibida y no existe, o es muy reducida, la libertad religiosa. La Iglesia vive este tipo de testimonio de modo consciente, considerándolo su manera de «llevar su cruz» (cf. Lc 9, 23), aunque no se cansa de reclamar ante los gobiernos e impulsarlos a reconocer la libertad religiosa como derecho humano fundamental. Es significativo repetir, al respecto, las palabras del concilio Vaticano II: «La persona humana tiene derecho a la libertad religiosa. Esta libertad consiste en que todos los hombres deben estar libres de coacción, tanto por parte de personas particulares como de los grupos sociales y de cualquier poder humano, de modo que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a actuar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella, pública o privadamente, solo o asociado con otros, dentro de los debidos límites» (111). En algunos países asiáticos este principio aún debe ser reconocido y aplicado.

Por tanto, es evidente que el anuncio de Jesucristo en Asia presenta muchos aspectos complejos, tanto de contenido como de método. Los padres sinodales tenían profunda conciencia de que existe una legítima variedad de enfoques en la proclamación de Jesús, pero a condición de que se respete la fe en su integridad en el proceso de apropiación y participación de la misma. El Sínodo subrayó que «la evangelización es hoy una realidad rica y dinámica, con varios aspectos, como el testimonio, el diálogo, el anuncio, la catequesis, la conversión, el bautismo, la incorporación en la comunidad eclesial, la implantación de la Iglesia, la inculturación y el desarrollo integral del hombre. Algunos de estos elementos van juntos, mientras que otros son etapas o fases sucesivas del proceso total de evangelización» (112). Sin embargo, en toda la obra de evangelización, lo que se debe anunciar es la verdad completa de Jesucristo. Es legítimo y necesario subrayar algunos aspectos del inagotable misterio de Jesús al proponer gradualmente a Cristo a una persona, pero no se puede permitir ninguna componenda con respecto a la integridad de la fe. En definitiva, la aceptación de la fe por parte de una persona debe basarse en una comprensión cierta de la persona de Jesucristo, el Señor de todos, que «es el mismo ayer, hoy y siempre» (Hb 13, 8), como enseña la Iglesia en todo tiempo y lugar.


 

 

 

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Cap. 4      Cap. 5      Cap. 6      Cap. 7      

Conclusión      Notas      

Tomado del sitio de web del vaticano: www.vatican.va