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 EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
POSTSINODAL
«ECCLESIA IN ASIA»
DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II

A LOS OBISPOS
A LOS PRESBÍTEROS
Y A LOS DIÁCONOS
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
Y A TODOS LOS FIELES LAICOS
SOBRE JESUCRISTO EL SALVADOR
Y SU MISIÓN DE AMOR
Y DE SERVICIO EN ASIA:
«PARA QUE TENGAN VIDA
Y LA TENGAN EN ABUNDANCIA» (Jn 10, 10)

 

 

CAPÍTULO III

EL ESPÍRITU SANTO: SEÑOR Y DADOR DE VIDA


El Espíritu de Dios en la creación y en la historia

15. Si es verdad que el significado salvífico de Jesús sólo se puede comprender en el marco de su revelación del plan de salvación de la Trinidad, de ahí se sigue que el Espíritu Santo pertenece intrínsecamente al misterio de Jesús y de la salvación que él nos ha traído. Los padres sinodales a menudo se refirieron al papel del Espíritu Santo en la historia de la salvación, advirtiendo de que una falsa separación entre el Redentor y el Espíritu Santo podría poner en peligro la misma verdad según la cual Cristo es el único Salvador de todos.

En la tradición cristiana, el Espíritu Santo siempre fue asociado a la vida y a su comunicación. El Credo niceno-constantinopolitano llama al Espíritu Santo «Señor y dador de vida». Por ello, no sorprende que muchas interpretaciones del relato de la creación en el libro del Génesis hayan reconocido al Espíritu Santo en el viento impetuoso que aleteaba sobre las aguas (cf. Gn 1, 2). Está presente desde el primer instante de la creación; desde la primera manifestación del amor de Dios Trinidad, y siempre está presente en el mundo como su fuerza que da vida (52) . Dado que la creación es el inicio de la historia, el Espíritu es, en cierto sentido, una fuerza escondida que actúa en la historia, que la guía por los caminos de la verdad y del bien.

La revelación de la persona del Espíritu Santo, que es el amor recíproco del Padre y del Hijo, es propia del Nuevo Testamento. En el pensamiento cristiano, es considerado la fuente de vida de todas las criaturas. La creación es la libre comunicación de amor de Dios, que, de la nada, llama a cada cosa a la existencia. Todo lo creado está lleno del incesante intercambio de amor que caracteriza la vida íntima de la Trinidad, es decir, está lleno de Espíritu Santo: «El Espíritu del Señor llena la tierra» (Sb 1, 7). La presencia del Espíritu en la creación engendra orden, armonía e interdependencia en todo lo que existe.

Los seres humanos, creados a imagen de Dios, se transforman de un modo nuevo en morada del Espíritu cuando son elevados a la dignidad de la adopción divina (cf. Ga 4, 5). Renacidos en el bautismo, experimentan la presencia y la fuerza del Espíritu no sólo como Autor de la vida, sino también como Aquel que purifica y salva, produciendo frutos de «amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Ga 5, 22-23). Estos frutos son el signo de que «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5). Cuando es acogido libremente, este amor convierte a los hombres y las mujeres en instrumentos visibles de la incesante actividad del Espíritu invisible en la creación y en la historia. Es ante todo esta nueva capacidad de dar y recibir amor la que testimonia la presencia interior y la fuerza del Espíritu Santo. Como consecuencia de la transformación y la renovación que produce en el corazón y en la mente de las personas, el Espíritu influye en las sociedades y en las culturas humanas (53) . «En efecto, el Espíritu se halla en el origen de los nobles ideales y de las iniciativas de bien de la humanidad en camino; "con admirable providencia guía el curso de los tiempos y renueva la faz de la tierra"» (54).

Siguiendo el itinerario del concilio Vaticano II, los padres del Sínodo prestaron atención a la acción múltiple y variada del Espíritu Santo, que siembra constantemente semillas de verdad entre todos los pueblos y en sus religiones, culturas y filosofías (55) . Eso significa que éstas son capaces de ayudar a las personas, de forma individual y colectiva, a actuar contra el mal y a servir a la vida y a todo lo que es bueno. Las fuerzas de la muerte aíslan entre sí a los pueblos, a las sociedades y a las comunidades religiosas, y engendran sospechas y rivalidades que llevan a conflictos. Al contrario, el Espíritu Santo sostiene a las personas en la mutua comprensión y aceptación. Así pues, con razón, el Sínodo vio en el Espíritu de Dios el agente primario del diálogo de la Iglesia con todos los pueblos, culturas y religiones.

El Espíritu Santo y la encarnación del Verbo

16. Bajo la guía del Espíritu Santo, la historia de la salvación se va desarrollando en el escenario del mundo, e incluso del cosmos, de acuerdo con el plan eterno del Padre. Este plan, iniciado por el Espíritu desde el origen de la creación, es revelado en el Antiguo Testamento, es realizado por la gracia de Jesucristo y es actuado en la nueva creación por este mismo Espíritu hasta que el Señor vuelva en la gloria al final de los tiempos (56). La encarnación del Hijo de Dios es la obra suprema del Espíritu Santo: «La concepción y el nacimiento de Jesucristo son la obra más grande realizada por el Espíritu Santo en la historia de la creación y de la salvación: la suprema gracia —“la gracia de la unión”— fuente de todas las demás gracias» (57). La Encarnación es el acontecimiento en el que Dios lleva a una nueva y definitiva unión consigo no sólo al hombre, sino también a la creación entera y toda la historia (58).

Jesús de Nazaret, Mesías y único Salvador, concebido en el seno de la Virgen María por el poder del Espíritu (cf. Lc 1, 35; Mt 1, 20), estuvo lleno de Espíritu Santo, que bajó sobre él en el momento del bautismo (cf. Mc 1, 10) y lo guió al desierto para fortalecerlo antes de su ministerio público (cf. Mc 1, 12; Lc 4, 1; Mt 4, 1). En la sinagoga de Nazaret, Jesús inició su ministerio profético aplicándose a sí mismo el oráculo de Isaías sobre la unción del Espíritu que lleva a la predicación de la buena nueva a los pobres, la libertad a los cautivos y un año de gracia del Señor (cf. Lc 4, 18-19). Por la fuerza del Espíritu, Jesús curaba a los enfermos y expulsaba a los demonios, como signo de que el reino de Dios había llegado (cf. Mt 12, 28). Después de resucitar de entre los muertos, donó el Espíritu Santo a los discípulos, a los que había prometido derramarlo en la Iglesia cuando volviera al Padre (cf. Jn 20, 22-23).

Todo esto muestra que la misión salvífica de Jesús lleva el sello inconfundible de la presencia del Espíritu: vida, vida nueva. Entre el envío del Hijo por parte del Padre y el envío del Espíritu por parte del Padre y del Hijo, existe un vínculo íntimo y vital (59). La acción del Espíritu en la creación y en la historia humana recibe un significado completamente nuevo en su acción en la vida y en la misión de Jesús. Las «semillas del Verbo» sembradas por el Espíritu preparan a la creación entera, a la historia y al hombre para la plena madurez en Cristo (60).

Los padres sinodales expresaron su preocupación con respecto a la tendencia a separar la actividad del Espíritu Santo de la de Jesús Salvador; y, respondiendo a su inquietud, repito lo que escribí en la encíclica Redemptoris missio: «(El Espíritu) no es, por consiguiente, algo alternativo a Cristo, ni viene a llenar una especie de vacío, como a veces se da por hipótesis que exista entre Cristo y el Logos. Todo lo que el Espíritu obra en los hombres y en la historia de los pueblos, así como en las culturas y religiones, tiene un papel de preparación evangélica, y no puede menos de referirse a Cristo, Verbo encarnado por obra del Espíritu, "para que, hombre perfecto, salvara a todos y recapitulara todas las cosas"» (61) .

Así pues, la presencia universal del Espíritu no puede servir de excusa para dejar de proclamar a Jesucristo explícitamente como el único Salvador. Al contrario, la presencia universal del Espíritu Santo es inseparable de la salvación universal en Jesús. La presencia del Espíritu en la creación y en la historia orienta hacia Jesucristo, en el que ambas son redimidas y llevadas a plenitud. La presencia y la acción del Espíritu, tanto en la Encarnación como en el momento culminante de Pentecostés, siempre tienden a Jesús y a la salvación que él nos trajo. Por este motivo, la presencia universal del Espíritu no puede separarse nunca de su acción dentro del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia (62

El Espíritu Santo y el Cuerpo de Cristo

17. El Espíritu Santo conserva firme el vínculo de comunión entre Jesús y su Iglesia. Habitando en ella como en un templo (cf. 1 Co 3, 16), el Espíritu la guía, ante todo, a la plenitud de la verdad sobre Jesús. También es él quien hace posible que la Iglesia continúe la misión de Jesús, dando en primer lugar testimonio de Jesús y realizando así lo que él mismo había prometido antes de su muerte y resurrección, es decir, que enviaría al Espíritu a los discípulos para que dieran testimonio de él (cf. Jn 15, 26-27). Así pues, la obra del Espíritu en la Iglesia consiste en atestiguar que los creyentes son hijos adoptivos de Dios, destinados a heredar la salvación, la prometida plena comunión con el Padre (cf. Rm 8, 15-17). El Espíritu, adornando a la Iglesia con diferentes dones y carismas, la hace crecer en la comunión como un solo cuerpo, compuesto por muchas partes diversas (cf. 1 Co 12, 4; Ef 4, 11-16). El Espíritu congrega en la unidad a todo tipo de personas, con sus respectivas costumbres, recursos y talentos, haciendo que la Iglesia sea signo de comunión de toda la humanidad bajo una sola cabeza, Cristo (63) . El Espíritu confiere a la Iglesia la forma de comunidad de testigos, que, con su fuerza, dan testimonio de Jesús Salvador (cf. Hch 1, 8) y, en este sentido, es el agente primario de la evangelización. De todo ello los padres sinodales pudieron concluir que, de la misma forma que el ministerio terreno de Jesús se desarrolló con la fuerza del Espíritu Santo, así también «este mismo Espíritu fue dado a la Iglesia en Pentecostés por el Padre y por el Hijo para cumplir la misión de amor y servicio de Jesús en Asia» (64).

El plan del Padre para la salvación del hombre no termina con la muerte y la resurrección de Cristo. Con el don del Espíritu de Cristo, los frutos de la misión salvífica se ofrecen a través de la Iglesia a todos los pueblos de todos los tiempos mediante el anuncio del Evangelio y el servicio y la promoción de la familia humana. Como enseña el concilio Vaticano€II, la Iglesia «se siente impulsada (...) por el Espíritu Santo a colaborar a que se lleve a cabo el plan de Dios, que constituyó a Cristo principio de salvación para todo el mundo» (65). Habiendo recibido del Espíritu la fuerza para realizar la salvación de Cristo en la tierra, la Iglesia es el germen del reino de Dios y espera con impaciencia su venida final. Su identidad y misión son inseparables del reino de Dios que Jesús anunció e inauguró mediante todo lo que hizo y dijo, principalmente mediante su muerte y resurrección. El Espíritu recuerda a la Iglesia que no existe para sí misma, sino para servir a Cristo y a la salvación del mundo en todo lo que es y hace. En la actual economía de la salvación, la actividad del Espíritu Santo en la creación, en la historia y en la Iglesia forma parte del plan eterno de la Trinidad con respecto a todo lo que existe.

El Espíritu Santo y la misión de la Iglesia en Asia

18. El Espíritu que actuaba en Asia en tiempos de los patriarcas y los profetas, y, de modo más poderoso, en la época de Jesús y de la Iglesia primitiva, ahora actúa sobre los cristianos de Asia, fortaleciendo su testimonio de fe entre los pueblos, las culturas y las religiones del continente. De la misma forma que el gran diálogo de amor entre Dios y el hombre fue preparado por el Espíritu Santo y se realizó en la tierra de Asia en el misterio de Cristo, así el diálogo entre el Salvador y los pueblos del continente prosigue hoy con la fuerza del mismo Espíritu, que sigue actuando en la Iglesia. En ese proceso, los obispos, los sacerdotes, los consagrados y los laicos, hombres y mujeres, desempeñan un papel esencial, recordando las palabras de Jesús, que son al mismo tiempo una promesa y un mandato: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8).

La Iglesia está convencida de que en lo más profundo del corazón de los hombres, de las culturas y de las religiones de Asia existe sed de «agua viva» (cf. Jn 4, 10-15), sed que el Espíritu mismo suscita y que sólo Jesús Salvador podrá saciar plenamente. Pide al Espíritu Santo que siga preparando a los pueblos de Asia para el diálogo salvífico con el Redentor de todos. Guiada por el Espíritu en la misión de servicio y amor, la Iglesia puede ofrecer un encuentro entre Jesucristo y los pueblos de Asia, en busca de la plenitud de la vida. Sólo en ese encuentro se puede encontrar el agua viva que salta para la vida eterna, es decir, el conocimiento del único verdadero Dios y de su enviado, Jesucristo (cf. Jn 17, 3).

La Iglesia sabe bien que únicamente podrá cumplir su misión si obedece a los impulsos del Espíritu Santo; comprometida a ser signo e instrumento genuino de la acción del Espíritu en las complejas realidades de Asia, debe saber discernir, en las diversas circunstancias del continente, la llamada del Espíritu a dar testimonio de Jesús Salvador de modos nuevos y eficaces. La plena verdad de Jesús y de la salvación que él nos ha conquistado es siempre un don y nunca el resultado de un esfuerzo humano. «El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo» (Rm 8, 16-17). Por eso, la Iglesia implora incesantemente: «¡Ven, Espíritu Santo! Llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor». Este es el fuego que Jesús ha traído a la tierra, y la Iglesia en Asia comparte su ardiente deseo de que ese fuego se encienda ahora (cf. Lc 12, 49). Con este intenso sentimiento, los padres sinodales trataron de discernir las principales áreas de misión que la Iglesia debe afrontar en Asia, mientras se prepara para cruzar el umbral del tercer milenio.

 

 

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Introducción      Cap. 1      Cap. 2      Cap. 3      

Cap. 4      Cap. 5      Cap. 6      Cap. 7      

Conclusión      Notas      

Tomado del sitio de web del vaticano: www.vatican.va