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 EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
POSTSINODAL
«ECCLESIA IN ASIA»
DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II

A LOS OBISPOS
A LOS PRESBÍTEROS
Y A LOS DIÁCONOS
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
Y A TODOS LOS FIELES LAICOS
SOBRE JESUCRISTO EL SALVADOR
Y SU MISIÓN DE AMOR
Y DE SERVICIO EN ASIA:
«PARA QUE TENGAN VIDA
Y LA TENGAN EN ABUNDANCIA» (Jn 10, 10)

 

 

CAPÍTULO II

JESÚS SALVADOR: UN DON PARA ASIA

 

El don de la fe

10. Mientras se desarrollaba la discusión sinodal sobre las complejas realidades de Asia, resultaba cada vez más evidente a todos que la contribución específica de la Iglesia a los pueblos del continente es la proclamación de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, el único Salvador de todos los pueblos (35) . Lo que distingue a la Iglesia de las demás comunidades religiosas es la fe en Jesucristo; y no puede guardar para sí esa preciosa luz de la fe bajo el celemín (cf. Mt 5, 15), dado que tiene como misión compartirla con todos. «La Iglesia quiere ofrecer la vida nueva que ha encontrado en Jesucristo a todos los pueblos de Asia, que buscan la plenitud de vida, para que puedan instaurar la misma comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo, con la fuerza del Espíritu Santo» (36) . Esta es la fe en Jesucristo que inspira la actividad evangelizadora de la Iglesia en Asia, a menudo realizada en circunstancias difíciles, e incluso peligrosas. Los padres sinodales han observado que proclamar a Jesucristo como único Salvador puede presentar dificultades particulares en sus culturas, dado que muchas religiones de Asia enseñan que ellas mismas son automanifestaciones divinas que proporcionan la salvación. Lejos de desalentar a los padres sinodales, los desafíos que se plantean a sus esfuerzos evangelizadores fueron un ulterior incentivo al compromiso de transmitir «la fe que la Iglesia en Asia ha heredado de los Apóstoles y mantiene juntamente con la Iglesia de todas las generaciones y lugares» (37) , convencidos de que «el corazón de la Iglesia en Asia permanecerá inquieto hasta que toda Asia encuentre descanso en la paz de Cristo, el Señor resucitado» (38).

La fe de la Iglesia en Jesucristo es un don recibido y un don que ha de compartirse; es el don mayor que la Iglesia puede ofrecer a Asia. Compartir la verdad de Jesucristo con los demás es el gran deber de todos los que han recibido el don de la fe. En la carta encíclica Redemptoris missio escribí que «la Iglesia, y en ella todo cristiano, no puede esconder ni conservar para sí esta novedad y riqueza, recibidas de la divina bondad para ser comunicadas a todos los hombres» (39) , y proseguí: «Quienes han sido incorporados a la Iglesia católica han de considerarse privilegiados y, por ello, más comprometidos a testimoniar la fe y la vida cristiana como servicio a los hermanos y respuesta debida a Dios» (40).

Profundamente convencidos de eso, los padres sinodales se mostraron igualmente conscientes de su responsabilidad personal de hacer propia la verdad eterna de Jesús mediante el estudio, la oración y la reflexión, a fin de llevar su fuerza y vitalidad a los desafíos presentes y futuros de la evangelización en Asia.

Jesucristo, el hombre-Dios que salva

11. Las Escrituras atestiguan que Jesús vivió una vida auténticamente humana. Ese Jesús que proclamamos como único Salvador caminó por la tierra como hombre-Dios, con una perfecta naturaleza humana. Nacido de Madre virgen en los humildes aledaños de Belén, precisó de cuidados como los demás niños, sufriendo también la situación de los refugiados, para huir de la ira de un gobernante cruel (cf. Mt 2, 13-15). Estuvo sujeto a padres humanos, que no siempre comprendieron su manera de actuar, pero en los cuales tuvo plena confianza y a los que obedeció con amor (cf. Lc 2, 41-52). Constantemente en oración, vivió en íntima relación con Dios, al que se dirigía llamándolo Abbá «Padre», desconcertando a cuantos lo escuchaban (cf. Jn 8, 34-59).

Estuvo cerca de los pobres, de los olvidados y de los humildes, definiéndolos realmente bienaventurados, porque Dios estaba con ellos. Se sentó a la mesa con los pecadores, asegurando que en la mesa del Padre había también un lugar reservado para ellos, si se alejaban de su camino de pecado para volver a él. Tocando a los impuros y dejándose tocar por ellos, les ayudó a comprender la cercanía de Dios. Lloró por una amigo muerto, devolvió vivo un hijo muerto a su madre viuda, acogió con benevolencia a los niños y lavó los pies de sus discípulos. La misericordia divina nunca fue tan inmediatamente accesible.

Enfermos, lisiados, ciegos, sordos y mudos recibieron de él la curación y el perdón. Eligió como sus compañeros y colaboradores más íntimos a un insólito grupo, en el que había pescadores y recaudadores de impuestos, zelotas y personas inexpertas en la Ley; había incluso algunas mujeres. Así se creó una nueva familia, bajo el acogedor y sorprendente amor del Padre. Jesús predicaba con sencillez, usando ejemplos tomados de la vida ordinaria para hablar del amor de Dios y de su reino; y las multitudes reconocían que hablaba con autoridad.

A pesar de todo, fue acusado de blasfemia, de violar la Ley sagrada. Lo consideraron un agitador público, que debía ser eliminado. Después de un proceso basado en falsos testimonios (cf. Mc 14, 56), fue condenado a morir en la cruz como un criminal; abandonado y humillado, pareció un fracasado. Fue apresuradamente sepultado en una tumba prestada. Pero, al tercer día después de su muerte, a pesar de la vigilancia de los guardias, ¡la tumba fue encontrada vacía! Jesús, resucitado de entre los muertos, se apareció seguidamente a los discípulos, antes de volver al Padre, del que había salido.

Con todos los cristianos, creemos que esta singular existencia, por una parte tan ordinaria y sencilla, y por otra tan admirable y envuelta en el misterio, introdujo en la historia humana el reino de Dios e «infundió su fuerza en todos los aspectos de la vida humana y de la sociedad, afligida por el pecado y la muerte» (41) . Mediante sus palabras y acciones, especialmente mediante su pasión, muerte y resurrección, Jesús cumplió la voluntad del Padre de reconciliar consigo a la humanidad, después de que el pecado original había introducido una ruptura en la relación entre el Creador y la creación. En la cruz tomó sobre sí el pecado del mundo: pasado, presente y futuro. San Pablo recuerda que estábamos muertos por nuestros pecados, y la muerte de Cristo nos devolvió la vida: «Dios nos vivificó juntamente con él y nos perdonó todos nuestros delitos. Canceló la nota de cargo que había contra nosotros, la de las prescripciones con sus cláusulas desfavorables» (Col 2, 13-14). De este modo, la salvación ha sido realizada de una vez para siempre. Jesús es nuestro Salvador, en el sentido pleno del término, porque sus palabras y obras, especialmente su resurrección de entre los muertos, lo han revelado como el Hijo de Dios, el Verbo preexistente, que reina para siempre como Señor y Mesías.

La persona y la misión del Hijo de Dios

12. El «escándalo» del cristianismo radica en creer que el Dios santísimo, omnipotente y omnisciente asumió nuestra naturaleza humana y soportó el sufrimiento y la muerte con el fin de ganar la salvación para todos los pueblos (cf. 1 Co 1, 23). La fe que hemos recibido afirma que Jesucristo reveló y realizó el plan del Padre de salvar al mundo y a la humanidad entera en virtud de «lo que él es» y de «lo que hace en razón de lo que él es». «Lo que él es» y «lo que hace» sólo cobran su pleno significado cuando se sitúan dentro del misterio de Dios uno y trino. Ha sido preocupación constante de mi pontificado recordar a los fieles la comunión de vida de la santísima Trinidad y la unidad de las tres Personas en el plan de la creación y de la redención. Las cartas encíclicas Redemptor hominis, Dives in misericordia y Dominum et vivificantem reflexionan respectivamente sobre el Hijo, sobre el Padre y sobre el Espíritu Santo, así como sobre sus papeles respectivos en el plan divino de la salvación. Sin embargo, no se puede aislar o separar a una Persona de las otras, dado que cada una se revela solamente dentro de la comunión de vida y acción de la Trinidad. La obra salvífica de Jesús tiene su origen en la comunión de la naturaleza divina, y a cuantos creen en él les abre el camino para entrar en íntima comunión con la Trinidad y entre ellos mismos en la Trinidad.

«Quien me ha visto a mí ha visto al Padre», afirma Jesús (Jn 14, 9). Sólo en Jesucristo reside corporalmente toda la plenitud de la divinidad (cf. Col 2, 9) y eso hace que sea la única y absoluta Palabra salvífica de Dios (cf. Hb 1, 1-4). Como Palabra definitiva del Padre, Jesús da a conocer a Dios y su voluntad salvífica del modo más perfecto posible. «Nadie va al Padre sino por mí», dice Jesús (Jn 14, 6). Él es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6), dado que, como él mismo explica, «el Padre, que permanece en mí, es el que realiza las obras» (Jn 14, 10). Sólo en la persona de Jesús la palabra de salvación de Dios aparece en su plenitud, introduciendo los últimos tiempos (cf. Hb 1, 1-2). Por eso, en los albores de la Iglesia Pedro podía proclamar que «en ningún otro hay salvación; no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hch 4, 12).

La misión del Salvador alcanzó su culmen en el misterio pascual. En la cruz, cuando extendió los brazos entre el cielo y la tierra como signo de alianza eterna (42) , Jesús se dirigió al Padre pidiéndole que perdonara los pecados de la humanidad: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34). Destruyó el pecado con la fuerza de su amor al Padre y a la humanidad. Tomó sobre sí las heridas infligidas por el pecado a la humanidad y ofreció la liberación de ellas mediante la conversión, cuyos primeros frutos se manifestaron claramente en el ladrón arrepentido, colgado en una cruz al lado de la suya (cf. Lc 23, 43). Sus últimas palabras fueron la declaración del hijo fiel: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46). Con este supremo acto de amor, puso toda su vida y su misión en las manos del Padre, que lo había enviado. Así restituyó al Padre toda la creación y la humanidad entera, para que la acogiera nuevamente con amor misericordioso.

Todo lo que el Hijo es y realizó fue acogido por el Padre, que así pudo ofrecerlo como don al mundo en el momento en que resucitó a Jesús de entre los muertos y lo hizo sentarse a su derecha, donde el pecado y la muerte ya no tienen ningún poder. En el sacrificio pascual de Jesús, el Padre ofrece de forma irrevocable al mundo la reconciliación y la plenitud de vida. Este don extraordinario sólo pudo ser ofrecido a través del Hijo amado, el único capaz de responder plenamente al amor del Padre, amor rechazado por el pecado. En Jesucristo, mediante la fuerza del Espíritu Santo, nosotros llegamos a conocer que Dios no está lejos, por encima o fuera del hombre, sino que, por el contrario, está muy cerca, más aún, está unido a cada persona y a toda la humanidad en cualquier circunstancia de la vida. Este es el mensaje que el cristianismo ofrece al mundo, mensaje de incomparable consuelo y esperanza para todos los creyentes.

Jesucristo, verdad del hombre

13. ¿Cómo puede la humanidad de Jesús y el inefable misterio de la encarnación del Hijo del Padre iluminar la condición humana? El Hijo de Dios encarnado no sólo revela completamente al Padre y su plan de salvación, sino también «revela plenamente el hombre al propio hombre» (43). Sus palabras y obras, y sobre todo su muerte y resurrección, revelan en profundidad lo que significa ser hombre. En Jesús el hombre puede por fin conocer la verdad sobre sí mismo. La vida perfectamente humana de Jesús, dedicada enteramente al amor y al servicio del Padre y de la humanidad, revela que la vocación de todo ser humano consiste en recibir y dar amor. En Jesús quedamos asombrados por la inagotable capacidad del corazón humano de amar a Dios y al hombre, incluso cuando eso puede implicar gran sufrimiento. Sobre todo en la cruz, Jesús anula el poder de la autodestructora resistencia al amor que nos infligió el pecado. Por su parte, el Padre responde haciendo de Jesús el primogénito de los que ha predestinado a reproducir la imagen de su Hijo (cf. Rm 8, 29). En ese momento, Jesús se convirtió, de una vez para siempre, en la revelación y la realización de una humanidad regenerada y renovada según el plan de Dios. Así pues, en Jesús descubrimos la grandeza y la dignidad de toda persona ante Dios, que creó el hombre a su imagen (cf. Gn 1, 26) y encontramos el origen de la nueva creación, de la que hemos llegado a formar parte mediante su gracia.

El concilio ecuménico Vaticano II enseñó que «el Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre» (44) . Los padres sinodales han visto en esta profunda intuición la fuente última de esperanza y fuerza para los habitantes de Asia en sus dificultades y en sus incertidumbres. Cuando hombres y mujeres responden con fe viva al ofrecimiento de amor de Dios, su presencia lleva amor y paz a todo corazón humano, transformándolo desde dentro. En la encíclica Redemptor hominis escribí que «la redención del mundo —ese misterio tremendo del amor, en el que la creación es renovada— es, en su raíz más profunda, la plenitud de la justicia en un corazón humano: en el corazón del Hijo primogénito, para que pueda hacerse justicia de los corazones de muchos hombres, los cuales, precisamente en el Hijo primogénito, han sido predestinados desde la eternidad a ser hijos de Dios y llamados a la gracia, llamados al amor» (45).

La misión de Jesús no sólo restableció la comunión entre Dios y la humanidad, sino que también instauró una nueva comunión entre los seres humanos, separados unos de otros a causa del pecado. Más allá de toda división, Jesús hace posible para todos vivir como hermanos y hermanas, reconociendo a un único Padre, que está en los cielos (cf. Mt 23, 9). En él se ha realizado una nueva armonía, en la que «ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Ga 3, 28). «Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad» (Ef 2, 14). En todo lo que dijo e hizo, Jesús fue la voz, las manos y los brazos del Padre, reuniendo a todos los hijos de Dios en una sola familia de amor; oró para que sus discípulos vivieran en comunión, de la misma manera que él vive en comunión con el Padre (cf. Jn 17, 11) y, entre sus últimas palabras, hemos escuchado que decía: «Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. (...) Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15, 9. 12). Enviado por el Dios de la comunión, Jesús estableció la comunión entre el cielo y la tierra en su persona, dado que es verdadero Dios y verdadero hombre. Nosotros creemos que «Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la plenitud, y reconciliar por él y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos» (Col 1, 19-20). La salvación puede encontrarse en la persona del Hijo de Dios hecho hombre y en la misión encomendada sólo a él como Hijo, una misión de servicio y amor para la vida de todos. Juntamente con la Iglesia en todo el mundo, la Iglesia en Asia proclama la verdad de la fe: «Hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos» (1 Tm 2, 5-6). 

La unicidad y la universalidad de la salvación en Jesús

14. Los padres sinodales recordaron que la Palabra preexistente, el Hijo unigénito y eterno de Dios, «ya estaba presente en la creación, en la historia y en todo ser humano que anhela el bien» (46). Mediante la Palabra, presente en el cosmos incluso antes de la Encarnación, el mundo recibió la existencia (cf. Jn 1, 1-4. 10; Col 1, 15-20). Pero como Palabra encarnada que vivió, murió y resucitó de entre los muertos, Jesucristo es proclamado ahora coronación de toda la creación, de toda la historia y de toda aspiración humana a la plenitud de la vida (47). Resucitado de entre los muertos, «está presente en todos y en la creación entera de un modo nuevo y misterioso» (48) . En él «los valores auténticos de toda tradición religiosa y cultural, como la misericordia y la sumisión a la voluntad de Dios, la compasión y la rectitud, la no violencia y la justicia, la piedad filial y la armonía con la creación, encuentran su coronación y su realización» (49). Desde el primer instante del tiempo hasta el último, Jesús es el único Mediador universal. También para cuantos no profesan explícitamente la fe en él como Salvador, la salvación llega a través de él como gracia, mediante la comunicación del Espíritu Santo.

Nosotros creemos que Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es el único Salvador, dado que sólo él, el Hijo, ha realizado el plan universal de la salvación. En efecto, como manifestación definitiva del misterio del amor del Padre hacia todos, Jesús es único y «es precisamente esta singularidad única de Cristo la que le confiere un significado absoluto y universal, por lo cual, mientras está en la historia, es el centro y el fin de la misma» (50).

Ninguna persona, ninguna nación, ninguna cultura es impermeable a la llamada de Jesús, que habla desde el corazón mismo de la condición humana. «Es su misma vida la que habla, su humanidad, su fidelidad a la verdad, su amor que abarca a todos. Habla, además, su muerte en la cruz, esto es, la insondable profundidad de su sufrimiento y de su abandono» (51) . Al contemplar su naturaleza humana, los pueblos de Asia encuentran la respuesta a sus interrogantes más profundos y la realización de sus esperanzas; encuentran su dignidad elevada y su desesperación vencida. Jesús es la buena nueva para los hombres y mujeres de todos los tiempos y lugares que buscan el sentido de su vida y la verdad de su misma humanidad.

 

 

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Introducción      Cap. 1      Cap. 2      Cap. 3      

Cap. 4      Cap. 5      Cap. 6      Cap. 7      

Conclusión      Notas      

Tomado del sitio de web del vaticano: www.vatican.va