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 EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
POSTSINODAL
«ECCLESIA IN ASIA»
DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II

A LOS OBISPOS
A LOS PRESBÍTEROS
Y A LOS DIÁCONOS
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
Y A TODOS LOS FIELES LAICOS
SOBRE JESUCRISTO EL SALVADOR
Y SU MISIÓN DE AMOR
Y DE SERVICIO EN ASIA:
«PARA QUE TENGAN VIDA
Y LA TENGAN EN ABUNDANCIA» (Jn 10, 10)

 

INTRODUCCIÓN

 

Las maravillas del plan de Dios en Asia

1. La Iglesia en Asia canta las alabanzas del «Dios de la salvación» (Sal 68, 20) por haber elegido iniciar su plan salvífico en la tierra de Asia, mediante hombres y mujeres de ese continente. En efecto, fue en Asia donde Dios, desde el principio, reveló y realizó su proyecto de salvación. Guió a los patriarcas (cf. Gn 12) y llamó a Moisés para que condujera a su pueblo hacia la libertad (cf. Ex 3, 10). Al pueblo que había elegido para sí le habló a través de muchos profetas, jueces, reyes e intrépidas mujeres de fe. En la «plenitud de los tiempos» (Ga 4, 4), envió a su Hijo unigénito, Jesucristo, el Salvador, que se encarnó como asiático. La Iglesia en Asia, exultando por la bondad de los pueblos del continente, por las culturas y la vitalidad religiosa, y, al mismo tiempo, consciente de la unicidad del don de la fe recibida para el bien de todos, no puede dejar de proclamar: «Dad gracias al Señor, porque es bueno; porque es eterna su misericordia» (Sal 118, 1).

Dado que Jesús nació, vivió, murió y resucitó en Tierra Santa, esa pequeña porción de Asia occidental se ha convertido en tierra de promesa y de esperanza para todo el género humano. Jesús conoció y amó esa tierra, haciendo suyos la historia, los sufrimientos y las esperanzas de ese pueblo; amó a su gente, abrazando las tradiciones y la herencia judías. En efecto, Dios, ya desde la antigüedad, eligió a ese pueblo y a él se reveló como preparación para la venida del Salvador. Desde esa tierra, mediante la predicación del Evangelio, con la fuerza del Espíritu Santo, la Iglesia fue por doquier a «hacer discípulos a todas las gentes» (cf. Mt 28, 19). Juntamente con la comunidad eclesial, extendida por el mundo, la Iglesia en Asia atravesará el umbral del tercer milenio cristiano contemplando con estupor lo que Dios ha realizado desde el principio hasta hoy, y fortalecida por la convicción de que «como en el primer milenio la cruz fue plantada en Europa y en el segundo milenio en América y África, así en el tercer milenio se pueda recoger una gran cosecha de fe en este continente tan vasto y con tanta vitalidad» (1) .

La preparación para la Asamblea especial

2. En la carta apostólica Tertio millennio adveniente, tracé a la Iglesia, con vistas al tercer milenio del cristianismo, un programa centrado en los desafíos de la nueva evangelización. Un elemento importante de ese plan era la celebración de Sínodos continentales, a fin de que los obispos pudieran afrontar la tarea de la evangelización según las situaciones locales y las necesidades de cada continente. Esta serie de sínodos, vinculados por el tema común de la nueva evangelización, ha constituido una importante contribución a la preparación de la Iglesia para el gran jubileo del año 2000.

En esa misma carta, refiriéndome a la Asamblea especial para Asia del Sínodo de los obispos, afirmé que en esa parte del mundo «está más acentuado el tema del encuentro del cristianismo con las antiguas culturas y religiones locales. Éste es un gran desafío para la evangelización, dado que sistemas religiosos como el budismo o el hinduismo se presentan con un claro carácter soteriológico» (2) . Es realmente un misterio el hecho de que el Salvador del mundo, nacido en Asia, haya permanecido hasta ahora tan desconocido de los pueblos del continente asiático. El Sínodo ha brindado a la Iglesia que está en Asia una oportunidad providencial para reflexionar en ese misterio y para renovar su compromiso en el cumplimiento de la misión de dar a conocer mejor a todos a Jesucristo. Dos meses después de la publicación de la carta apostólica Tertio millennio adveniente, dirigiéndome a la sexta Asamblea plenaria de la Federación de las Conferencias episcopales de Asia, en Manila (Filipinas), durante las inolvidables celebraciones de la X Jornada mundial de la juventud, recordé a los obispos: «Si la Iglesia en Asia debe cumplir su destino providencial, la evangelización, como predicación alegre, paciente y progresiva de la muerte y resurrección salvífica de Jesucristo debe ser vuestra prioridad absoluta» (3).

A lo largo de la fase preparatoria se puso de manifiesto la respuesta positiva de los obispos y de las Iglesias particulares a la propuesta de una Asamblea especial para Asia del Sínodo de los obispos. En las diversas etapas, comunicaron sus deseos y opiniones con franqueza y profundo conocimiento del continente, plenamente conscientes del vínculo de comunión que los une a la Iglesia universal. En línea con la idea original de la carta Tertio millennio adveniente y siguiendo las propuestas del Consejo presinodal que había evaluado las opiniones de los obispos y de las Iglesias particulares en el continente asiático, elegí como tema del Sínodo: «Jesucristo, el Salvador, y su misión de amor y servicio en Asia: ispara que tengan vida y la tenga en abundanciala (Jn 10, 10)». Mediante esta particular formulación del tema, era mi deseo que el Sínodo «ilustrara y profundizara la verdad sobre Cristo como único Mediador entre Dios y los hombres y único Redentor del mundo, distinguiéndolo claramente de los fundadores de otras grandes religiones» (4). Mientras nos acercamos al gran jubileo, la Iglesia en Asia necesita ser capaz de proclamar con renovado vigor: Ecce natus est nobis Salvator mundi, «Nos ha nacido el Salvador del mundo»..., ¡ha nacido en Asia!

La celebración de la Asamblea especial

3. Por gracia de Dios, la Asamblea especial para Asia del Sínodo de los obispos se desarrolló del 18 de abril al 14 de mayo de 1998 en el Vaticano, después de las Asambleas para África (1994) y para América (1997), y antes de la Asamblea especial para Oceanía, que tuvo lugar a fines del año 1998. Durante casi un mes, los padres sinodales y los demás participantes, reunidos en torno al Sucesor de Pedro y compartiendo el don de la comunión jerárquica, dieron voz y rostro a la Iglesia en Asia. Sin lugar a dudas, se trató de un momento especial de gracia (5) . Anteriores reuniones de obispos de Asia habían contribuido a la preparación del Sínodo, haciendo posible un clima de intensa comunión eclesial y fraterna. A este respecto, fueron de especial importancia las precedentes asambleas plenarias y los seminarios organizados por la Federación de las Conferencias episcopales de Asia y por sus oficinas, que congregaron periódicamente a gran número de obispos de Asia, promoviendo entre ellos vínculos y lazos ministeriales. En algunos de esos encuentros tuve la dicha de participar, presidiendo a veces las solemnes celebraciones eucarísticas de apertura o clausura. En esas circunstancias, pude observar directamente el encuentro en el diálogo entre las Iglesias particulares, incluidas las Iglesias orientales, en las personas de sus pastores. Esas y otras asambleas regionales de los obispos de Asia sirvieron providencialmente para la preparación remota de la Asamblea sinodal.

La celebración efectiva del Sínodo mismo confirmó la importancia del diálogo como estilo característico de la vida de la Iglesia en Asia. Una intercomunicación sincera y honrada de experiencias, de ideas y de propuestas se manifestó como el camino para un genuino encuentro de almas, una comunión de mentes y corazones que, en el amor, respeta y trasciende las diferencias. Fue especialmente conmovedor el encuentro de las Iglesias nuevas con las antiguas, que se remontan hasta los Apóstoles. Experimentamos la alegría incomparable de ver a los pastores de las Iglesias particulares que están en Myanmar, Vietnam, Laos, Camboya, Mongolia, Siberia, y en las nuevas repúblicas de Asia central, sentados al lado de sus hermanos, que desde hacía mucho tiempo deseaban encontrarse y dialogar con ellos. Sin embargo, se sintió tristeza por el hecho de que los obispos de China continental no pudieron estar presentes. Su ausencia se transformó en un recuerdo constante de los sacrificios heroicos y de los sufrimientos que la Iglesia sigue afrontando en muchas partes de Asia.

El encuentro en el diálogo de los obispos con el Sucesor de Pedro, al que se le ha encomendado la misión de confirmar a los hermanos (cf. Lc 22, 32), sirvió para fortalecerlos en la fe y en la misión. Día tras día, el aula sinodal y las salas de reunión se llenaron de testimonios de fe profunda, de amor dispuesto al sacrificio, de esperanza inquebrantable, de compromiso que supera largas pruebas, de valentía perseverante y de perdón misericordioso. En las diversas exposiciones se manifestó de forma elocuente la verdad de las palabras de Jesús: «Yo estoy con vosotros todos los días» (Mt 28, 20). El Sínodo fue un momento de gracia, un encuentro con el Salvador, que sigue estando presente en su Iglesia mediante la fuerza del Espíritu Santo, experimentada en el diálogo fraterno de vida, de comunión y de misión.

Compartir los frutos de la Asamblea especial

4. Mediante esta exhortación postsinodal, deseo compartir con la Iglesia que está en Asia y en el mundo entero los frutos de la Asamblea especial. Este documento trata de ofrecer la riqueza del Sínodo, gran acontecimiento espiritual de comunión y colegialidad episcopal, que fue ante todo una memoria celebrativa de las raíces asiáticas del cristianismo. Los padres sinodales rememoraron la primera comunidad cristiana, la Iglesia primitiva, el pequeño rebaño de Jesús en ese inmenso continente (cf. Lc 12, 32). Asimismo, recordaron lo que la Iglesia recibió y escuchó desde los inicios (cf. Ap 3, 3) y, después de hacer memoria, celebraron «la inmensa bondad» de Dios (cf. Sal 145, 7), que nunca falla. El Sínodo fue también una ocasión para reconocer las antiguas tradiciones religiosas y civilizaciones, las profundas filosofías y la sabiduría que plasmaron la Asia actual. Por encima de todo, se puso de relieve que los pueblos mismos de Asia constituyen la verdadera riqueza del continente y la esperanza para el futuro. Durante el Sínodo, todos los que estábamos presentes fuimos testigos de un encuentro extraordinariamente rico en frutos entre las antiguas y las nuevas culturas y civilizaciones de Asia, admirables en sus diferencias y coincidencias, especialmente cuando símbolos, cantos, danzas y colores se reunieron con gran armonía en torno a la única Mesa del Señor en las liturgias eucarísticas de apertura y clausura.

El Sínodo no fue una celebración motivada por el orgullo por los resultados humanos conseguidos, sino un acontecimiento consciente de lo que el Altísimo ha hecho por la Iglesia que está en Asia (cf. Lc 1, 49). Recordando la humilde condición de la comunidad católica, así como la debilidad de sus miembros, el Sínodo fue también una llamada a la conversión, para que la Iglesia en Asia sea cada vez más digna de las gracias que Dios le ofrece continuamente.

Además de memoria y celebración, el Sínodo fue una ardiente afirmación de fe en Jesucristo Salvador. Dando gracias por el don de la fe, los padres sinodales no encontraron mejor modo de celebrarla que afirmarla en su integridad, reflexionando sobre ella en relación con los contextos en medio de los cuales debe ser proclamada y profesada actualmente en Asia. Frecuentemente subrayaron que la fe ya es proclamada con confianza y valentía en el continente, incluso en medio de grandes dificultades. En nombre de tantos millones de hombres y mujeres de Asia que no depositan su confianza en nadie fuera del Señor, los padres sinodales confesaron: «Nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6, 69). Frente a las múltiples cuestiones dolorosas relacionadas con el sufrimiento, la violencia, la discriminación y la pobreza, que afectan a la mayoría de los pueblos de Asia, oraron así: «Creo; ayuda a mi incredulidad» (Mc 9, 24).

En 1995 invité a los obispos de Asia, reunidos en Manila, a «abrir de par en par en Asia las puertas a Cristo» (6) . Los padres sinodales, confiando en el misterio de comunión con los innumerables y a menudo desconocidos mártires de la fe en Asia, y confirmados en la esperanza por la constante presencia del Espíritu Santo, llamaron valientemente a los discípulos de Cristo en Asia a un nuevo compromiso en la misión. Durante la Asamblea sinodal, los obispos y demás participantes dieron testimonio del carácter, del fuego espiritual y del celo que ciertamente convierten a Asia en tierra de una abundante cosecha en el próximo milenio.

 

 

 

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Conclusión      Notas      

Tomado del sitio de web del vaticano: www.vatican.va