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 EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
POSTSINODAL
«ECCLESIA IN ASIA»
DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II

A LOS OBISPOS
A LOS PRESBÍTEROS
Y A LOS DIÁCONOS
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
Y A TODOS LOS FIELES LAICOS
SOBRE JESUCRISTO EL SALVADOR
Y SU MISIÓN DE AMOR
Y DE SERVICIO EN ASIA:
«PARA QUE TENGAN VIDA
Y LA TENGAN EN ABUNDANCIA» (Jn 10, 10)

 

INTRODUCCIÓN

 

Las maravillas del plan de Dios en Asia

1. La Iglesia en Asia canta las alabanzas del «Dios de la salvación» (Sal 68, 20) por haber elegido iniciar su plan salvífico en la tierra de Asia, mediante hombres y mujeres de ese continente. En efecto, fue en Asia donde Dios, desde el principio, reveló y realizó su proyecto de salvación. Guió a los patriarcas (cf. Gn 12) y llamó a Moisés para que condujera a su pueblo hacia la libertad (cf. Ex 3, 10). Al pueblo que había elegido para sí le habló a través de muchos profetas, jueces, reyes e intrépidas mujeres de fe. En la «plenitud de los tiempos» (Ga 4, 4), envió a su Hijo unigénito, Jesucristo, el Salvador, que se encarnó como asiático. La Iglesia en Asia, exultando por la bondad de los pueblos del continente, por las culturas y la vitalidad religiosa, y, al mismo tiempo, consciente de la unicidad del don de la fe recibida para el bien de todos, no puede dejar de proclamar: «Dad gracias al Señor, porque es bueno; porque es eterna su misericordia» (Sal 118, 1).

Dado que Jesús nació, vivió, murió y resucitó en Tierra Santa, esa pequeña porción de Asia occidental se ha convertido en tierra de promesa y de esperanza para todo el género humano. Jesús conoció y amó esa tierra, haciendo suyos la historia, los sufrimientos y las esperanzas de ese pueblo; amó a su gente, abrazando las tradiciones y la herencia judías. En efecto, Dios, ya desde la antigüedad, eligió a ese pueblo y a él se reveló como preparación para la venida del Salvador. Desde esa tierra, mediante la predicación del Evangelio, con la fuerza del Espíritu Santo, la Iglesia fue por doquier a «hacer discípulos a todas las gentes» (cf. Mt 28, 19). Juntamente con la comunidad eclesial, extendida por el mundo, la Iglesia en Asia atravesará el umbral del tercer milenio cristiano contemplando con estupor lo que Dios ha realizado desde el principio hasta hoy, y fortalecida por la convicción de que «como en el primer milenio la cruz fue plantada en Europa y en el segundo milenio en América y África, así en el tercer milenio se pueda recoger una gran cosecha de fe en este continente tan vasto y con tanta vitalidad» (1) .

La preparación para la Asamblea especial

2. En la carta apostólica Tertio millennio adveniente, tracé a la Iglesia, con vistas al tercer milenio del cristianismo, un programa centrado en los desafíos de la nueva evangelización. Un elemento importante de ese plan era la celebración de Sínodos continentales, a fin de que los obispos pudieran afrontar la tarea de la evangelización según las situaciones locales y las necesidades de cada continente. Esta serie de sínodos, vinculados por el tema común de la nueva evangelización, ha constituido una importante contribución a la preparación de la Iglesia para el gran jubileo del año 2000.

En esa misma carta, refiriéndome a la Asamblea especial para Asia del Sínodo de los obispos, afirmé que en esa parte del mundo «está más acentuado el tema del encuentro del cristianismo con las antiguas culturas y religiones locales. Éste es un gran desafío para la evangelización, dado que sistemas religiosos como el budismo o el hinduismo se presentan con un claro carácter soteriológico» (2) . Es realmente un misterio el hecho de que el Salvador del mundo, nacido en Asia, haya permanecido hasta ahora tan desconocido de los pueblos del continente asiático. El Sínodo ha brindado a la Iglesia que está en Asia una oportunidad providencial para reflexionar en ese misterio y para renovar su compromiso en el cumplimiento de la misión de dar a conocer mejor a todos a Jesucristo. Dos meses después de la publicación de la carta apostólica Tertio millennio adveniente, dirigiéndome a la sexta Asamblea plenaria de la Federación de las Conferencias episcopales de Asia, en Manila (Filipinas), durante las inolvidables celebraciones de la X Jornada mundial de la juventud, recordé a los obispos: «Si la Iglesia en Asia debe cumplir su destino providencial, la evangelización, como predicación alegre, paciente y progresiva de la muerte y resurrección salvífica de Jesucristo debe ser vuestra prioridad absoluta» (3).

A lo largo de la fase preparatoria se puso de manifiesto la respuesta positiva de los obispos y de las Iglesias particulares a la propuesta de una Asamblea especial para Asia del Sínodo de los obispos. En las diversas etapas, comunicaron sus deseos y opiniones con franqueza y profundo conocimiento del continente, plenamente conscientes del vínculo de comunión que los une a la Iglesia universal. En línea con la idea original de la carta Tertio millennio adveniente y siguiendo las propuestas del Consejo presinodal que había evaluado las opiniones de los obispos y de las Iglesias particulares en el continente asiático, elegí como tema del Sínodo: «Jesucristo, el Salvador, y su misión de amor y servicio en Asia: ispara que tengan vida y la tenga en abundanciala (Jn 10, 10)». Mediante esta particular formulación del tema, era mi deseo que el Sínodo «ilustrara y profundizara la verdad sobre Cristo como único Mediador entre Dios y los hombres y único Redentor del mundo, distinguiéndolo claramente de los fundadores de otras grandes religiones» (4). Mientras nos acercamos al gran jubileo, la Iglesia en Asia necesita ser capaz de proclamar con renovado vigor: Ecce natus est nobis Salvator mundi, «Nos ha nacido el Salvador del mundo»..., ¡ha nacido en Asia!

La celebración de la Asamblea especial

3. Por gracia de Dios, la Asamblea especial para Asia del Sínodo de los obispos se desarrolló del 18 de abril al 14 de mayo de 1998 en el Vaticano, después de las Asambleas para África (1994) y para América (1997), y antes de la Asamblea especial para Oceanía, que tuvo lugar a fines del año 1998. Durante casi un mes, los padres sinodales y los demás participantes, reunidos en torno al Sucesor de Pedro y compartiendo el don de la comunión jerárquica, dieron voz y rostro a la Iglesia en Asia. Sin lugar a dudas, se trató de un momento especial de gracia (5) . Anteriores reuniones de obispos de Asia habían contribuido a la preparación del Sínodo, haciendo posible un clima de intensa comunión eclesial y fraterna. A este respecto, fueron de especial importancia las precedentes asambleas plenarias y los seminarios organizados por la Federación de las Conferencias episcopales de Asia y por sus oficinas, que congregaron periódicamente a gran número de obispos de Asia, promoviendo entre ellos vínculos y lazos ministeriales. En algunos de esos encuentros tuve la dicha de participar, presidiendo a veces las solemnes celebraciones eucarísticas de apertura o clausura. En esas circunstancias, pude observar directamente el encuentro en el diálogo entre las Iglesias particulares, incluidas las Iglesias orientales, en las personas de sus pastores. Esas y otras asambleas regionales de los obispos de Asia sirvieron providencialmente para la preparación remota de la Asamblea sinodal.

La celebración efectiva del Sínodo mismo confirmó la importancia del diálogo como estilo característico de la vida de la Iglesia en Asia. Una intercomunicación sincera y honrada de experiencias, de ideas y de propuestas se manifestó como el camino para un genuino encuentro de almas, una comunión de mentes y corazones que, en el amor, respeta y trasciende las diferencias. Fue especialmente conmovedor el encuentro de las Iglesias nuevas con las antiguas, que se remontan hasta los Apóstoles. Experimentamos la alegría incomparable de ver a los pastores de las Iglesias particulares que están en Myanmar, Vietnam, Laos, Camboya, Mongolia, Siberia, y en las nuevas repúblicas de Asia central, sentados al lado de sus hermanos, que desde hacía mucho tiempo deseaban encontrarse y dialogar con ellos. Sin embargo, se sintió tristeza por el hecho de que los obispos de China continental no pudieron estar presentes. Su ausencia se transformó en un recuerdo constante de los sacrificios heroicos y de los sufrimientos que la Iglesia sigue afrontando en muchas partes de Asia.

El encuentro en el diálogo de los obispos con el Sucesor de Pedro, al que se le ha encomendado la misión de confirmar a los hermanos (cf. Lc 22, 32), sirvió para fortalecerlos en la fe y en la misión. Día tras día, el aula sinodal y las salas de reunión se llenaron de testimonios de fe profunda, de amor dispuesto al sacrificio, de esperanza inquebrantable, de compromiso que supera largas pruebas, de valentía perseverante y de perdón misericordioso. En las diversas exposiciones se manifestó de forma elocuente la verdad de las palabras de Jesús: «Yo estoy con vosotros todos los días» (Mt 28, 20). El Sínodo fue un momento de gracia, un encuentro con el Salvador, que sigue estando presente en su Iglesia mediante la fuerza del Espíritu Santo, experimentada en el diálogo fraterno de vida, de comunión y de misión.

Compartir los frutos de la Asamblea especial

4. Mediante esta exhortación postsinodal, deseo compartir con la Iglesia que está en Asia y en el mundo entero los frutos de la Asamblea especial. Este documento trata de ofrecer la riqueza del Sínodo, gran acontecimiento espiritual de comunión y colegialidad episcopal, que fue ante todo una memoria celebrativa de las raíces asiáticas del cristianismo. Los padres sinodales rememoraron la primera comunidad cristiana, la Iglesia primitiva, el pequeño rebaño de Jesús en ese inmenso continente (cf. Lc 12, 32). Asimismo, recordaron lo que la Iglesia recibió y escuchó desde los inicios (cf. Ap 3, 3) y, después de hacer memoria, celebraron «la inmensa bondad» de Dios (cf. Sal 145, 7), que nunca falla. El Sínodo fue también una ocasión para reconocer las antiguas tradiciones religiosas y civilizaciones, las profundas filosofías y la sabiduría que plasmaron la Asia actual. Por encima de todo, se puso de relieve que los pueblos mismos de Asia constituyen la verdadera riqueza del continente y la esperanza para el futuro. Durante el Sínodo, todos los que estábamos presentes fuimos testigos de un encuentro extraordinariamente rico en frutos entre las antiguas y las nuevas culturas y civilizaciones de Asia, admirables en sus diferencias y coincidencias, especialmente cuando símbolos, cantos, danzas y colores se reunieron con gran armonía en torno a la única Mesa del Señor en las liturgias eucarísticas de apertura y clausura.

El Sínodo no fue una celebración motivada por el orgullo por los resultados humanos conseguidos, sino un acontecimiento consciente de lo que el Altísimo ha hecho por la Iglesia que está en Asia (cf. Lc 1, 49). Recordando la humilde condición de la comunidad católica, así como la debilidad de sus miembros, el Sínodo fue también una llamada a la conversión, para que la Iglesia en Asia sea cada vez más digna de las gracias que Dios le ofrece continuamente.

Además de memoria y celebración, el Sínodo fue una ardiente afirmación de fe en Jesucristo Salvador. Dando gracias por el don de la fe, los padres sinodales no encontraron mejor modo de celebrarla que afirmarla en su integridad, reflexionando sobre ella en relación con los contextos en medio de los cuales debe ser proclamada y profesada actualmente en Asia. Frecuentemente subrayaron que la fe ya es proclamada con confianza y valentía en el continente, incluso en medio de grandes dificultades. En nombre de tantos millones de hombres y mujeres de Asia que no depositan su confianza en nadie fuera del Señor, los padres sinodales confesaron: «Nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6, 69). Frente a las múltiples cuestiones dolorosas relacionadas con el sufrimiento, la violencia, la discriminación y la pobreza, que afectan a la mayoría de los pueblos de Asia, oraron así: «Creo; ayuda a mi incredulidad» (Mc 9, 24).

En 1995 invité a los obispos de Asia, reunidos en Manila, a «abrir de par en par en Asia las puertas a Cristo» (6) . Los padres sinodales, confiando en el misterio de comunión con los innumerables y a menudo desconocidos mártires de la fe en Asia, y confirmados en la esperanza por la constante presencia del Espíritu Santo, llamaron valientemente a los discípulos de Cristo en Asia a un nuevo compromiso en la misión. Durante la Asamblea sinodal, los obispos y demás participantes dieron testimonio del carácter, del fuego espiritual y del celo que ciertamente convierten a Asia en tierra de una abundante cosecha en el próximo milenio.

 

CAPÍTULO I
EL CONTEXTO DE ASIA


Asia, lugar de nacimiento de Jesús y de la Iglesia

5. La encarnación del Hijo de Dios, que la Iglesia entera conmemorará en el gran jubileo del año 2000, tuvo lugar en un contexto histórico y geográfico muy concreto, que ejerció un importante influjo en la vida y en la misión del Redentor en cuanto hombre. «Dios asumió en Jesús de Nazaret las características propias de la naturaleza humana, incluida la ineludible pertenencia del hombre a un pueblo concreto y a una tierra determinada. (...) La concreción física de la tierra y de su emplazamiento geográfico está unida a la verdad de la carne humana asumida por el Verbo» (7) . Por consiguiente, conocer el mundo en el que el Salvador «vino a habitar entre nosotros» (cf. Jn 1, 14) es una clave importante para comprender de forma más precisa el plan del Padre eterno y la inmensidad de su amor a toda criatura: «Porque tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16).

Del mismo modo, la Iglesia vive y cumple su misión en circunstancias concretas de tiempo y espacio. Si el pueblo de Dios en Asia quiere responder, mediante la nueva evangelización, a la voluntad de Dios sobre él, debe tomar profunda conciencia de las complejas realidades de ese continente. Los padres sinodales subrayaron que la misión de amor y servicio de la Iglesia en Asia se halla condicionada por dos factores: en primer lugar, por la comprensión de sí misma como comunidad de los discípulos de Jesucristo, reunida en torno a sus pastores; y en segundo lugar, por las realidades sociales, políticas, religiosas, culturales y económicas muy diversas en el inmenso continente asiático (8) , examinadas detalladamente durante el Sínodo por cuantos viven diariamente en contacto con ellas. Lo que sigue es, en síntesis, el resultado de las reflexiones de los padres sinodales.

Realidades religiosas y culturales

6. Asia es el continente más vasto de la tierra y está habitado por cerca de dos tercios de la población mundial, mientras China e India juntas constituyen casi la mitad de la población total del globo. Lo que más impresiona del continente es la variedad de sus poblaciones, «herederas de antiguas culturas, religiones y tradiciones» (9) . No podemos por menos de quedar asombrados por la enorme cantidad de la población asiática y por el variado mosaico de sus numerosas culturas, lenguas, creencias y tradiciones, que abarcan una parte realmente notable de la historia y del patrimonio de la familia humana.

Asia es también la cuna de las mayores religiones del mundo, como el judaísmo, el cristianismo, el islamismo y el hinduismo. Es el lugar de nacimiento de muchas otras tradiciones espirituales, como el budismo, el taoísmo, el confucianismo, el zoroastrismo, el jainismo, el sijismo y el sintoísmo. Además, millones de personas siguen otras religiones tradicionales o tribales, con varios grados de ritos, estructuras y enseñanzas religiosas formales. La Iglesia siente un respeto muy profundo hacia estas tradiciones, y trata de entablar un diálogo sincero con sus seguidores. Los valores religiosos que esas tradiciones enseñan esperan su cumplimiento en Jesucristo.

Los pueblos de Asia se sienten orgullosos de sus valores religiosos y culturales típicos, como por ejemplo: el amor al silencio y a la contemplación, la sencillez, la armonía, el desapego, la no violencia, el espíritu de duro trabajo, de disciplina y de vida frugal, y la sed de conocimiento e investigación filosófica (10) . Aprecian mucho los valores del respeto a la vida, la compasión por todo ser vivo, la cercanía a la naturaleza, el respeto filial a los padres, a los ancianos y a los antepasados, y tienen un sentido de comunidad muy desarrollado (11) . De modo muy particular, consideran la familia como una fuente vital de fuerza, como una comunidad muy integrada, que posee un fuerte sentido de la solidaridad (12) . Los pueblos de Asia son conocidos por su espíritu de tolerancia religiosa y coexistencia pacífica. Sin negar la presencia de fuertes tensiones y violentos conflictos, se puede decir que Asia ha mostrado a menudo una notable capacidad de adaptación y una apertura natural al enriquecimiento recíproco de los pueblos, en la pluralidad de religiones y culturas. Además, a pesar del influjo de la modernización y la secularización, las religiones de Asia dan signos de gran vitalidad y capacidad de renovación, como se puede ver en los movimientos de reforma en el seno de los diversos grupos religiosos. Muchos, especialmente entre los jóvenes, sienten una profunda sed de valores espirituales, como lo demuestra el nacimiento de nuevos movimientos religiosos.

Todo esto indica una intuición espiritual innata y una sabiduría moral típica del alma asiática, que constituye el núcleo en torno al cual se edifica una creciente conciencia de «ser habitante de Asia». Esa conciencia se puede descubrir y afirmar en la complementariedad y en la armonía más bien que en la contraposición o en la oposición. En ese marco de complementariedad y armonía, la Iglesia puede comunicar el Evangelio de un modo que sea fiel tanto a su propia tradición como al alma asiática.

Realidades económicas y sociales

7. En el ámbito del desarrollo económico, las situaciones en el continente asiático son muy diversas y no pueden reducirse a clasificaciones simplificadoras. Algunos países están muy desarrollados; otros se están desarrollando mediante políticas económicas eficaces; y otros se encuentran aún en una gran pobreza, y ciertamente entre las naciones más pobres de la tierra. En el proceso de desarrollo, se están infiltrando el materialismo y el secularismo, especialmente en las áreas urbanas. Estas ideologías, que minan los valores tradicionales, sociales y religiosos, pueden producir incalculables daños a las culturas de Asia.

Los padres sinodales han hablado de los rápidos cambios que se están produciendo en el interior de las sociedades asiáticas y de los aspectos positivos y negativos de dichos cambios. Entre estos últimos se pueden citar el fenómeno del urbanismo y el formarse de enormes ciudades, a menudo con grandes áreas de miseria, donde prosperan el crimen organizado, el terrorismo, la prostitución y la explotación de los sectores más débiles de la sociedad. Otro de los fenómenos sociales más notables es la emigración, que expone a millones de personas a situaciones económica, cultural y moralmente difíciles. Las personas emigran dentro de Asia y desde Asia a otros continentes por muchas razones, entre las que se hallan la pobreza, la guerra y los conflictos étnicos, así como la negación de los derechos humanos y de las libertades fundamentales. La construcción de gigantescos complejos industriales es otra causa de la emigración interna o hacia el extranjero, con efectos destructores sobre la vida familiar y sobre los valores que la componen. También se mencionó la instalación de centrales nucleares, prestando mucha atención a los costes y a la eficiencia, pero muy poca a la seguridad de las personas y a la integridad del medio ambiente.

La realidad del turismo exige una atención particular. Aun tratándose de una industria legítima, con sus propios valores culturales y educativos, el turismo tiene en algunos casos un influjo devastador sobre la fisonomía moral y física de numerosos países asiáticos, que se manifiesta bajo forma de degradación de mujeres jóvenes y también de niños mediante la prostitución (13) . La atención pastoral a los emigrantes y a los turistas es difícil y compleja especialmente en Asia, donde faltan estructuras adecuadas para ese fin. La planificación pastoral en todos los niveles debe tener en cuenta estas realidades. Tampoco se debe descuidar a los emigrantes de las Iglesias católicas orientales, que necesitan atención pastoral según sus propias tradiciones (14) .

Varios países de Asia afrontan actualmente dificultades vinculadas con el crecimiento de la población, que «no es un simple problema demográfico o económico, sino sobre todo un problema moral» (15) . Es evidente que la cuestión de la población está íntimamente vinculada a la de la promoción humana, pero abundan falsas soluciones, que amenazan la dignidad y la inviolabilidad de la vida y constituyen un desafío especial para la Iglesia en Asia. En este punto, tal vez conviene recordar la contribución de la Iglesia a la defensa y la promoción de la vida a través de su compromiso en el campo de la salud, en el ámbito del desarrollo social y en la educación, con especial atención a los pobres. Fue muy oportuno el homenaje que se rindió a la madre Teresa de Calcuta, «conocida en el mundo entero por su amor y su solicitud desinteresada por los más pobres de entre los pobres» (16) . La madre Teresa es un icono del servicio a la vida que la Iglesia presta en Asia, en valiente contraste con las múltiples fuerzas oscuras que actúan en la sociedad.

Muchos padres sinodales subrayaron los influjos que desde el exterior se ejercen sobre las culturas asiáticas. Están apareciendo nuevas formas de conducta, que son resultado de una excesiva exposición a los medios de comunicación social y al estilo de literatura, música y películas que prolifera en el continente. Sin negar que los medios de comunicación social pueden ser un gran recurso para el bien (17) , no podemos por menos de considerar el impacto negativo que a menudo producen. A veces, los efectos benéficos pueden quedar anulados por el modo como controlan y usan dichos medios personas que actúan movidas por intereses políticos, económicos e ideológicos discutibles. Eso tiene como consecuencia que los aspectos negativos de las industrias de los medios de comunicación y de entretenimiento ponen en peligro los valores tradicionales, y en especial la sacralidad del matrimonio y la estabilidad de la familia. El efecto de imágenes de violencia, hedonismo, individualismo desenfrenado y materialismo «hiere, en su mismo corazón, las culturas asiáticas y el carácter religioso de las personas, de las familias y de sociedades enteras» (18) . Se trata de una situación que plantea un gran desafío a la Iglesia y al anuncio de su mensaje.

La persistente realidad de la pobreza y de la explotación de las personas es un dato urgente y preocupante. En Asia hay millones de personas oprimidas, que durante siglos han sido mantenidas económica, cultural y políticamente marginadas de la sociedad (19) . Reflexionando sobre la situación de la mujer en las sociedades asiáticas, los padres sinodales han notado que «aunque el despertar de la toma de conciencia de la mujer con respecto a su dignidad y derechos es uno de los signos más significativos de nuestro tiempo; su pobreza y su explotación siguen siendo un problema serio en toda Asia» (20) . El analfabetismo femenino es muy superior al masculino; y las niñas corren mayor peligro de ser abortadas o incluso de ser matadas inmediatamente después del nacimiento. Además, existen en toda Asia millones de personas indígenas o pertenecientes a tribus que viven en aislamiento social, cultural y político con respecto a la población dominante (21) . Fue motivo de consuelo escuchar de labios de los obispos presentes en el Sínodo que, en algunos casos, se presta cada vez mayor atención a estos problemas a nivel nacional, regional e internacional, y que la Iglesia se esfuerza activamente por afrontar esta seria situación.

Los padres sinodales afirmaron que la reflexión, necesariamente breve, sobre los aspectos de las realidades económicas y sociales de Asia no sería completa si no se reconociera también el enorme crecimiento económico de muchas sociedades asiáticas en los últimos decenios: está creciendo día a día una nueva generación de trabajadores especializados, de científicos y técnicos, y su elevado número hace presagiar un gran futuro para el desarrollo de Asia. Sin embargo, no todo es estable y sólido en este proceso: se ha demostrado con claridad en las recientes y amplias crisis financieras, que han afectado a muchos países del continente. El futuro de Asia sigue radicando en la cooperación, tanto en su interior como en relación con las naciones de otros continentes, pero siempre construyendo sobre lo que los mismos pueblos de Asia hacen en favor de su propio desarrollo.

Realidades políticas

8. La Iglesia necesita siempre comprender de modo exacto la situación política en los diversos países donde cumple su misión. Hoy, en Asia, el panorama político es sumamente complejo, con un vasto conjunto de ideologías que inspiran formas de gobierno que van desde la democracia hasta la teocracia. Por desgracia, existen aún dictaduras militares e ideologías ateas. Algunos países reconocen una religión oficial de Estado, que permite poca libertad de religión a las minorías y a los seguidores de otras religiones, y a veces ni siquiera la permite. Otros Estados, aunque no sean explícitamente teocráticos, tienen a las minorías como ciudadanos de segunda clase, con muy poco respeto a los derechos humanos fundamentales. En algunos lugares los cristianos son considerados traidores con respecto a su país (22) ; son perseguidos y se les niega su legítimo lugar en la sociedad. Los padres sinodales recordaron de modo especial al pueblo de China, y expresaron su ferviente deseo de que todos los católicos chinos puedan un día practicar su religión libremente y profesar abiertamente su plena comunión con la Sede de Pedro (23).

Aun apreciando los progresos que muchos países asiáticos están logrando bajo diversas formas de gobierno, los padres sinodales llamaron la atención también sobre la difundida corrupción que existe, en varios niveles, tanto en el Gobierno como en la sociedad (24) . Con demasiada frecuencia las personas se sienten incapaces de defenderse a sí mismas frente a los políticos corruptos, a las autoridades judiciales, a los administradores y burócratas. Pero en Asia cada vez se toma mayor conciencia de la capacidad del pueblo para cambiar estructuras injustas. Cada vez se reivindica más una mayor justicia social, mayor participación en el gobierno y en la vida económica, iguales oportunidades en el campo de la educación y una justa distribución de los recursos de la nación. Los ciudadanos están tomando cada vez mayor conciencia de su propia dignidad y de sus derechos humanos, y cada vez están más dispuestos a protegerlos. Grupos étnicos, sociales y culturales minoritarios, que desde hacía mucho tiempo no daban señales de vida, buscan caminos para convertirse en protagonistas de su propio desarrollo social. El Espíritu de Dios ayuda y sostiene los esfuerzos que realizan las personas para transformar la sociedad, a fin de que la búsqueda humana de una vida más abundante pueda realizarse de la manera querida por Dios (cf. Jn 10, 10).

La Iglesia en Asia: pasado y presente

9. La historia de la Iglesia en Asia es tan antigua como la Iglesia misma, dado que precisamente en Asia Jesús insufló en sus discípulos el Espíritu Santo y los envió hasta los confines de la tierra, para que proclamaran la buena nueva y congregaran la comunidad de creyentes. «Como el Padre me envió, así también os envío yo a vosotros» (Jn 20, 21; cf. Mt 28, 18-20; Mc 16, 15-18; Lc 24, 47; Hch 1, 8). Cumpliendo ese mandato del Señor, los Apóstoles predicaron la palabra y fundaron Iglesias. Conviene recordar algunos elementos de esta historia fascinante y compleja, que se desarrolló en Asia.

Desde Jerusalén, la Iglesia se difundió a Antioquía, a Roma y, más lejos aún, se extendió hasta Etiopía por el sur, hasta la Escisia por el norte y hasta la India por el este, adonde, según la tradición, santo Tomás apóstol llegó en el año 52 y fundó Iglesias en el sur del país. Durante los siglos III y IV fue extraordinario el espíritu misionero de la comunidad siria del este, que tenía su centro en Edesa. Las comunidades ascéticas de Siria representaron una fuerza fundamental de la evangelización en Asia desde el siglo III en adelante, y suministraron la energía espiritual de la Iglesia, especialmente durante los tiempos de persecución. Armenia fue la primera nación que abrazó el cristianismo al final del siglo III: ahora se está preparando para celebrar el XVII centenario de su bautismo. Al final del siglo V, el mensaje cristiano llegó a los reinos árabes, pero, por muchas razones, incluidas las divisiones entre los cristianos, el mensaje no arraigó en esos pueblos.

Mercaderes persas llevaron la buena nueva a China en el siglo V, y la primera iglesia cristiana se construyó al inicio del siglo VII. Durante la dinastía T'ang (618-907 después de Cristo), la Iglesia floreció a lo largo de casi dos siglos. La decadencia de la Iglesia china, que tenía gran vitalidad, al final del primer milenio, es uno de los capítulos más tristes de la historia del pueblo de Dios en el continente asiático.

En el siglo XIII, la buena nueva fue anunciada a los mongoles y a los turcos, y, una vez más, a los chinos, pero el cristianismo casi desapareció en esas regiones por una serie de causas, entre las que se pueden citar el nacimiento del islam, el aislamiento geográfico, la ausencia de una adecuada adaptación a las culturas locales, y, tal vez, sobre todo, la falta de preparación para encontrarse con las grandes religiones de Asia. Al final del siglo XIV se verificó una dramática disminución de la Iglesia en Asia, excepto en la comunidad aislada del sur de la India. La Iglesia en Asia debía esperar una nueva era de esfuerzos misioneros.

Los trabajos apostólicos de san Francisco Javier, la fundación de la Congregación de Propaganda Fide por obra del Papa Gregorio XV y las directrices impartidas a los misioneros para respetar y apreciar las culturas locales ayudaron, a lo largo de los siglos XVI y XVII, a lograr resultados más positivos. En el siglo XIX se produjo un despertar de la actividad misionera, y varias congregaciones religiosas se dedicaron totalmente a esta tarea. Se reorganizó Propaganda Fide; se puso mayor énfasis en la edificación de las Iglesias locales; actividades educativas y caritativas acompañaron a la predicación del Evangelio. Así, la buena nueva siguió llegando a un número de personas cada vez mayor, especialmente entre los pobres y los desvalidos, pero también, en algunos lugares, entre la élite social e intelectual. Se realizaron nuevos intentos de inculturación de la buena nueva, aunque no resultaron suficientes. A pesar de su plurisecular presencia y de sus esfuerzos apostólicos, la Iglesia en muchas partes se la consideraba aún extraña en Asia y, de hecho, a menudo en la mentalidad popular se la asociaba con las potencias coloniales.

Esa era la situación en vísperas del concilio Vaticano II. Sin embargo, gracias al impulso que dio el Concilio, la Iglesia comprendió mejor su misión y, de esa manera, se encendió una gran esperanza. La universalidad del plan salvífico de Dios, la naturaleza misionera de la Iglesia, y, en su interior, la responsabilidad de cada uno con respecto a las tareas tan fuertemente afirmadas en el decreto conciliar Ad gentes sobre la actividad misionera, constituyeron el marco de referencia de un nuevo compromiso. Durante la Asamblea especial, los padres testimoniaron el reciente crecimiento de la comunidad eclesial entre muchos y diversos pueblos en varias partes del continente, y al mismo tiempo lanzaron un llamamiento a nuevos esfuerzos misioneros en los próximos años, especialmente teniendo en cuenta que se están presentando nuevas posibilidades de anuncio del Evangelio en las regiones del Asia central, como por ejemplo en Siberia, o en los países que han logrado recientemente su independencia, como Kazakstán, Uzbekistán, Kirguistán, Tayikistán y Turkmenistán (25).

Un repaso de las comunidades católicas en Asia muestra una espléndida variedad por origen y desarrollo histórico, así como por las diversas tradiciones espirituales y litúrgicas de los diferentes ritos. Sin embargo, todas están unidas para proclamar la buena nueva de Jesucristo mediante el testimonio cristiano y las obras de caridad y solidaridad humana. Mientras algunas Iglesias particulares cumplen su misión en condiciones de paz y libertad, otras se encuentran en situaciones de violencia y conflicto, o se sienten amenazadas por varios grupos a causa de motivos religiosos u otras razones. En el variado mundo cultural de Asia, la Iglesia afronta retos filosóficos, teológicos y pastorales específicos, y su tarea resulta aún más difícil por el hecho de que constituye una minoría, con la única excepción de Filipinas, donde los católicos son mayoría.

En cualesquiera circunstancias, la Iglesia en Asia se encuentra insertada entre pueblos que muestran un intenso anhelo de Dios y sabe que ese anhelo puede ser plenamente satisfecho por Jesucristo, buena nueva de Dios para todas las naciones. Los padres sinodales expresaron su ardiente deseo de que esta exhortación apostólica postsinodal centrara su atención en ese anhelo e impulsara a la Iglesia en Asia a proclamar vigorosamente, con palabras y obras, que Jesucristo es el Salvador.

El Espíritu de Dios, que actúa siempre en la historia de la Iglesia en Asia, sigue guiándola, y los múltiples elementos positivos que se encuentran en las Iglesias locales, frecuentemente recordados en el Sínodo, fortalecen la esperanza de una «nueva primavera de vida cristiana» (26) . Una sólida razón de esperanza es el incremento de laicos más formados, entusiastas y llenos de Espíritu, cada vez más conscientes de su vocación específica dentro de la comunidad eclesial. Entre estos en especial son dignos de encomio los catequistas (27) . Además, los movimientos apostólicos y carismáticos son un don del Espíritu, dado que aportan nueva vida y vigor a la formación de los laicos, de las familias y de la juventud (28) . Por último, las asociaciones y los movimientos eclesiales que se dedican a la promoción de la dignidad humana y de la justicia hacen accesible y tangible la universalidad del mensaje evangélico de nuestra adopción como hijos de Dios (cf. Rm 8, 15-16).

Al mismo tiempo, hay Iglesias que viven en circunstancias dificilísimas y «están sufriendo intensas pruebas en la práctica de la fe» (29). Los padres sinodales se conmovieron por los relatos de testimonio heroico, perseverancia inquebrantable y crecimiento continuo de la Iglesia católica en China; por los esfuerzos de la Iglesia en Corea del sur para prestar asistencia al pueblo de Corea del norte; por la humilde firmeza de la comunidad católica en Vietnam; por el aislamiento de los cristianos en lugares como Laos y Myanmar, y por la difícil coexistencia con la mayoría en algunos Estados donde predominan los musulmanes (30) . El Sínodo prestó también atención especial a la situación de la Iglesia en Tierra Santa y en la ciudad santa de Jerusalén, «corazón del cristianismo» (31) , ciudad querida para todos los hijos de Abraham. Los padres sinodales expresaron la opinión de que la paz en la región, e incluso en el mundo, depende en gran medida de la reconciliación y de la paz por largo tiempo ausente en Jerusalén (32).

No puedo concluir esta breve visión panorámica de la situación de la Iglesia en Asia, necesariamente incompleta, sin mencionar a los santos y mártires de Asia, no sólo los declarados tales, sino también los que sólo Dios conoce. Su ejemplo es fuente de «riqueza espiritual y un gran medio de evangelización» (33). Con su silencio hablan de una forma aún más fuerte de la importancia de la santidad de vida y de que es preciso estar dispuestos a dar la vida por el Evangelio. Son los maestros y los protectores, la gloria de la Iglesia en Asia en su obra de evangelización. Juntamente con toda la Iglesia, pido al Señor que envíe aún más obreros a recoger la cosecha de almas, ya madura y abundante (cf. Mt 9, 37-38). A este respecto, deseo recordar lo que escribí en la encíclica Redemptoris missio: «Dios abre a la Iglesia horizontes de una humanidad más preparada para la siembra evangélica» (34). Veo que se abre un horizonte nuevo y prometedor en Asia, donde Jesús nació y donde comenzó el cristianismo.

CAPÍTULO II

JESÚS SALVADOR: UN DON PARA ASIA

 

El don de la fe

10. Mientras se desarrollaba la discusión sinodal sobre las complejas realidades de Asia, resultaba cada vez más evidente a todos que la contribución específica de la Iglesia a los pueblos del continente es la proclamación de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, el único Salvador de todos los pueblos (35) . Lo que distingue a la Iglesia de las demás comunidades religiosas es la fe en Jesucristo; y no puede guardar para sí esa preciosa luz de la fe bajo el celemín (cf. Mt 5, 15), dado que tiene como misión compartirla con todos. «La Iglesia quiere ofrecer la vida nueva que ha encontrado en Jesucristo a todos los pueblos de Asia, que buscan la plenitud de vida, para que puedan instaurar la misma comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo, con la fuerza del Espíritu Santo» (36) . Esta es la fe en Jesucristo que inspira la actividad evangelizadora de la Iglesia en Asia, a menudo realizada en circunstancias difíciles, e incluso peligrosas. Los padres sinodales han observado que proclamar a Jesucristo como único Salvador puede presentar dificultades particulares en sus culturas, dado que muchas religiones de Asia enseñan que ellas mismas son automanifestaciones divinas que proporcionan la salvación. Lejos de desalentar a los padres sinodales, los desafíos que se plantean a sus esfuerzos evangelizadores fueron un ulterior incentivo al compromiso de transmitir «la fe que la Iglesia en Asia ha heredado de los Apóstoles y mantiene juntamente con la Iglesia de todas las generaciones y lugares» (37) , convencidos de que «el corazón de la Iglesia en Asia permanecerá inquieto hasta que toda Asia encuentre descanso en la paz de Cristo, el Señor resucitado» (38).

La fe de la Iglesia en Jesucristo es un don recibido y un don que ha de compartirse; es el don mayor que la Iglesia puede ofrecer a Asia. Compartir la verdad de Jesucristo con los demás es el gran deber de todos los que han recibido el don de la fe. En la carta encíclica Redemptoris missio escribí que «la Iglesia, y en ella todo cristiano, no puede esconder ni conservar para sí esta novedad y riqueza, recibidas de la divina bondad para ser comunicadas a todos los hombres» (39) , y proseguí: «Quienes han sido incorporados a la Iglesia católica han de considerarse privilegiados y, por ello, más comprometidos a testimoniar la fe y la vida cristiana como servicio a los hermanos y respuesta debida a Dios» (40).

Profundamente convencidos de eso, los padres sinodales se mostraron igualmente conscientes de su responsabilidad personal de hacer propia la verdad eterna de Jesús mediante el estudio, la oración y la reflexión, a fin de llevar su fuerza y vitalidad a los desafíos presentes y futuros de la evangelización en Asia.

Jesucristo, el hombre-Dios que salva

11. Las Escrituras atestiguan que Jesús vivió una vida auténticamente humana. Ese Jesús que proclamamos como único Salvador caminó por la tierra como hombre-Dios, con una perfecta naturaleza humana. Nacido de Madre virgen en los humildes aledaños de Belén, precisó de cuidados como los demás niños, sufriendo también la situación de los refugiados, para huir de la ira de un gobernante cruel (cf. Mt 2, 13-15). Estuvo sujeto a padres humanos, que no siempre comprendieron su manera de actuar, pero en los cuales tuvo plena confianza y a los que obedeció con amor (cf. Lc 2, 41-52). Constantemente en oración, vivió en íntima relación con Dios, al que se dirigía llamándolo Abbá «Padre», desconcertando a cuantos lo escuchaban (cf. Jn 8, 34-59).

Estuvo cerca de los pobres, de los olvidados y de los humildes, definiéndolos realmente bienaventurados, porque Dios estaba con ellos. Se sentó a la mesa con los pecadores, asegurando que en la mesa del Padre había también un lugar reservado para ellos, si se alejaban de su camino de pecado para volver a él. Tocando a los impuros y dejándose tocar por ellos, les ayudó a comprender la cercanía de Dios. Lloró por una amigo muerto, devolvió vivo un hijo muerto a su madre viuda, acogió con benevolencia a los niños y lavó los pies de sus discípulos. La misericordia divina nunca fue tan inmediatamente accesible.

Enfermos, lisiados, ciegos, sordos y mudos recibieron de él la curación y el perdón. Eligió como sus compañeros y colaboradores más íntimos a un insólito grupo, en el que había pescadores y recaudadores de impuestos, zelotas y personas inexpertas en la Ley; había incluso algunas mujeres. Así se creó una nueva familia, bajo el acogedor y sorprendente amor del Padre. Jesús predicaba con sencillez, usando ejemplos tomados de la vida ordinaria para hablar del amor de Dios y de su reino; y las multitudes reconocían que hablaba con autoridad.

A pesar de todo, fue acusado de blasfemia, de violar la Ley sagrada. Lo consideraron un agitador público, que debía ser eliminado. Después de un proceso basado en falsos testimonios (cf. Mc 14, 56), fue condenado a morir en la cruz como un criminal; abandonado y humillado, pareció un fracasado. Fue apresuradamente sepultado en una tumba prestada. Pero, al tercer día después de su muerte, a pesar de la vigilancia de los guardias, ¡la tumba fue encontrada vacía! Jesús, resucitado de entre los muertos, se apareció seguidamente a los discípulos, antes de volver al Padre, del que había salido.

Con todos los cristianos, creemos que esta singular existencia, por una parte tan ordinaria y sencilla, y por otra tan admirable y envuelta en el misterio, introdujo en la historia humana el reino de Dios e «infundió su fuerza en todos los aspectos de la vida humana y de la sociedad, afligida por el pecado y la muerte» (41) . Mediante sus palabras y acciones, especialmente mediante su pasión, muerte y resurrección, Jesús cumplió la voluntad del Padre de reconciliar consigo a la humanidad, después de que el pecado original había introducido una ruptura en la relación entre el Creador y la creación. En la cruz tomó sobre sí el pecado del mundo: pasado, presente y futuro. San Pablo recuerda que estábamos muertos por nuestros pecados, y la muerte de Cristo nos devolvió la vida: «Dios nos vivificó juntamente con él y nos perdonó todos nuestros delitos. Canceló la nota de cargo que había contra nosotros, la de las prescripciones con sus cláusulas desfavorables» (Col 2, 13-14). De este modo, la salvación ha sido realizada de una vez para siempre. Jesús es nuestro Salvador, en el sentido pleno del término, porque sus palabras y obras, especialmente su resurrección de entre los muertos, lo han revelado como el Hijo de Dios, el Verbo preexistente, que reina para siempre como Señor y Mesías.

La persona y la misión del Hijo de Dios

12. El «escándalo» del cristianismo radica en creer que el Dios santísimo, omnipotente y omnisciente asumió nuestra naturaleza humana y soportó el sufrimiento y la muerte con el fin de ganar la salvación para todos los pueblos (cf. 1 Co 1, 23). La fe que hemos recibido afirma que Jesucristo reveló y realizó el plan del Padre de salvar al mundo y a la humanidad entera en virtud de «lo que él es» y de «lo que hace en razón de lo que él es». «Lo que él es» y «lo que hace» sólo cobran su pleno significado cuando se sitúan dentro del misterio de Dios uno y trino. Ha sido preocupación constante de mi pontificado recordar a los fieles la comunión de vida de la santísima Trinidad y la unidad de las tres Personas en el plan de la creación y de la redención. Las cartas encíclicas Redemptor hominis, Dives in misericordia y Dominum et vivificantem reflexionan respectivamente sobre el Hijo, sobre el Padre y sobre el Espíritu Santo, así como sobre sus papeles respectivos en el plan divino de la salvación. Sin embargo, no se puede aislar o separar a una Persona de las otras, dado que cada una se revela solamente dentro de la comunión de vida y acción de la Trinidad. La obra salvífica de Jesús tiene su origen en la comunión de la naturaleza divina, y a cuantos creen en él les abre el camino para entrar en íntima comunión con la Trinidad y entre ellos mismos en la Trinidad.

«Quien me ha visto a mí ha visto al Padre», afirma Jesús (Jn 14, 9). Sólo en Jesucristo reside corporalmente toda la plenitud de la divinidad (cf. Col 2, 9) y eso hace que sea la única y absoluta Palabra salvífica de Dios (cf. Hb 1, 1-4). Como Palabra definitiva del Padre, Jesús da a conocer a Dios y su voluntad salvífica del modo más perfecto posible. «Nadie va al Padre sino por mí», dice Jesús (Jn 14, 6). Él es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6), dado que, como él mismo explica, «el Padre, que permanece en mí, es el que realiza las obras» (Jn 14, 10). Sólo en la persona de Jesús la palabra de salvación de Dios aparece en su plenitud, introduciendo los últimos tiempos (cf. Hb 1, 1-2). Por eso, en los albores de la Iglesia Pedro podía proclamar que «en ningún otro hay salvación; no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hch 4, 12).

La misión del Salvador alcanzó su culmen en el misterio pascual. En la cruz, cuando extendió los brazos entre el cielo y la tierra como signo de alianza eterna (42) , Jesús se dirigió al Padre pidiéndole que perdonara los pecados de la humanidad: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34). Destruyó el pecado con la fuerza de su amor al Padre y a la humanidad. Tomó sobre sí las heridas infligidas por el pecado a la humanidad y ofreció la liberación de ellas mediante la conversión, cuyos primeros frutos se manifestaron claramente en el ladrón arrepentido, colgado en una cruz al lado de la suya (cf. Lc 23, 43). Sus últimas palabras fueron la declaración del hijo fiel: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46). Con este supremo acto de amor, puso toda su vida y su misión en las manos del Padre, que lo había enviado. Así restituyó al Padre toda la creación y la humanidad entera, para que la acogiera nuevamente con amor misericordioso.

Todo lo que el Hijo es y realizó fue acogido por el Padre, que así pudo ofrecerlo como don al mundo en el momento en que resucitó a Jesús de entre los muertos y lo hizo sentarse a su derecha, donde el pecado y la muerte ya no tienen ningún poder. En el sacrificio pascual de Jesús, el Padre ofrece de forma irrevocable al mundo la reconciliación y la plenitud de vida. Este don extraordinario sólo pudo ser ofrecido a través del Hijo amado, el único capaz de responder plenamente al amor del Padre, amor rechazado por el pecado. En Jesucristo, mediante la fuerza del Espíritu Santo, nosotros llegamos a conocer que Dios no está lejos, por encima o fuera del hombre, sino que, por el contrario, está muy cerca, más aún, está unido a cada persona y a toda la humanidad en cualquier circunstancia de la vida. Este es el mensaje que el cristianismo ofrece al mundo, mensaje de incomparable consuelo y esperanza para todos los creyentes.

Jesucristo, verdad del hombre

13. ¿Cómo puede la humanidad de Jesús y el inefable misterio de la encarnación del Hijo del Padre iluminar la condición humana? El Hijo de Dios encarnado no sólo revela completamente al Padre y su plan de salvación, sino también «revela plenamente el hombre al propio hombre» (43). Sus palabras y obras, y sobre todo su muerte y resurrección, revelan en profundidad lo que significa ser hombre. En Jesús el hombre puede por fin conocer la verdad sobre sí mismo. La vida perfectamente humana de Jesús, dedicada enteramente al amor y al servicio del Padre y de la humanidad, revela que la vocación de todo ser humano consiste en recibir y dar amor. En Jesús quedamos asombrados por la inagotable capacidad del corazón humano de amar a Dios y al hombre, incluso cuando eso puede implicar gran sufrimiento. Sobre todo en la cruz, Jesús anula el poder de la autodestructora resistencia al amor que nos infligió el pecado. Por su parte, el Padre responde haciendo de Jesús el primogénito de los que ha predestinado a reproducir la imagen de su Hijo (cf. Rm 8, 29). En ese momento, Jesús se convirtió, de una vez para siempre, en la revelación y la realización de una humanidad regenerada y renovada según el plan de Dios. Así pues, en Jesús descubrimos la grandeza y la dignidad de toda persona ante Dios, que creó el hombre a su imagen (cf. Gn 1, 26) y encontramos el origen de la nueva creación, de la que hemos llegado a formar parte mediante su gracia.

El concilio ecuménico Vaticano II enseñó que «el Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre» (44) . Los padres sinodales han visto en esta profunda intuición la fuente última de esperanza y fuerza para los habitantes de Asia en sus dificultades y en sus incertidumbres. Cuando hombres y mujeres responden con fe viva al ofrecimiento de amor de Dios, su presencia lleva amor y paz a todo corazón humano, transformándolo desde dentro. En la encíclica Redemptor hominis escribí que «la redención del mundo —ese misterio tremendo del amor, en el que la creación es renovada— es, en su raíz más profunda, la plenitud de la justicia en un corazón humano: en el corazón del Hijo primogénito, para que pueda hacerse justicia de los corazones de muchos hombres, los cuales, precisamente en el Hijo primogénito, han sido predestinados desde la eternidad a ser hijos de Dios y llamados a la gracia, llamados al amor» (45).

La misión de Jesús no sólo restableció la comunión entre Dios y la humanidad, sino que también instauró una nueva comunión entre los seres humanos, separados unos de otros a causa del pecado. Más allá de toda división, Jesús hace posible para todos vivir como hermanos y hermanas, reconociendo a un único Padre, que está en los cielos (cf. Mt 23, 9). En él se ha realizado una nueva armonía, en la que «ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Ga 3, 28). «Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad» (Ef 2, 14). En todo lo que dijo e hizo, Jesús fue la voz, las manos y los brazos del Padre, reuniendo a todos los hijos de Dios en una sola familia de amor; oró para que sus discípulos vivieran en comunión, de la misma manera que él vive en comunión con el Padre (cf. Jn 17, 11) y, entre sus últimas palabras, hemos escuchado que decía: «Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. (...) Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15, 9. 12). Enviado por el Dios de la comunión, Jesús estableció la comunión entre el cielo y la tierra en su persona, dado que es verdadero Dios y verdadero hombre. Nosotros creemos que «Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la plenitud, y reconciliar por él y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos» (Col 1, 19-20). La salvación puede encontrarse en la persona del Hijo de Dios hecho hombre y en la misión encomendada sólo a él como Hijo, una misión de servicio y amor para la vida de todos. Juntamente con la Iglesia en todo el mundo, la Iglesia en Asia proclama la verdad de la fe: «Hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos» (1 Tm 2, 5-6). 

La unicidad y la universalidad de la salvación en Jesús

14. Los padres sinodales recordaron que la Palabra preexistente, el Hijo unigénito y eterno de Dios, «ya estaba presente en la creación, en la historia y en todo ser humano que anhela el bien» (46). Mediante la Palabra, presente en el cosmos incluso antes de la Encarnación, el mundo recibió la existencia (cf. Jn 1, 1-4. 10; Col 1, 15-20). Pero como Palabra encarnada que vivió, murió y resucitó de entre los muertos, Jesucristo es proclamado ahora coronación de toda la creación, de toda la historia y de toda aspiración humana a la plenitud de la vida (47). Resucitado de entre los muertos, «está presente en todos y en la creación entera de un modo nuevo y misterioso» (48) . En él «los valores auténticos de toda tradición religiosa y cultural, como la misericordia y la sumisión a la voluntad de Dios, la compasión y la rectitud, la no violencia y la justicia, la piedad filial y la armonía con la creación, encuentran su coronación y su realización» (49). Desde el primer instante del tiempo hasta el último, Jesús es el único Mediador universal. También para cuantos no profesan explícitamente la fe en él como Salvador, la salvación llega a través de él como gracia, mediante la comunicación del Espíritu Santo.

Nosotros creemos que Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es el único Salvador, dado que sólo él, el Hijo, ha realizado el plan universal de la salvación. En efecto, como manifestación definitiva del misterio del amor del Padre hacia todos, Jesús es único y «es precisamente esta singularidad única de Cristo la que le confiere un significado absoluto y universal, por lo cual, mientras está en la historia, es el centro y el fin de la misma» (50).

Ninguna persona, ninguna nación, ninguna cultura es impermeable a la llamada de Jesús, que habla desde el corazón mismo de la condición humana. «Es su misma vida la que habla, su humanidad, su fidelidad a la verdad, su amor que abarca a todos. Habla, además, su muerte en la cruz, esto es, la insondable profundidad de su sufrimiento y de su abandono» (51) . Al contemplar su naturaleza humana, los pueblos de Asia encuentran la respuesta a sus interrogantes más profundos y la realización de sus esperanzas; encuentran su dignidad elevada y su desesperación vencida. Jesús es la buena nueva para los hombres y mujeres de todos los tiempos y lugares que buscan el sentido de su vida y la verdad de su misma humanidad.

CAPÍTULO III

EL ESPÍRITU SANTO: SEÑOR Y DADOR DE VIDA


El Espíritu de Dios en la creación y en la historia

15. Si es verdad que el significado salvífico de Jesús sólo se puede comprender en el marco de su revelación del plan de salvación de la Trinidad, de ahí se sigue que el Espíritu Santo pertenece intrínsecamente al misterio de Jesús y de la salvación que él nos ha traído. Los padres sinodales a menudo se refirieron al papel del Espíritu Santo en la historia de la salvación, advirtiendo de que una falsa separación entre el Redentor y el Espíritu Santo podría poner en peligro la misma verdad según la cual Cristo es el único Salvador de todos.

En la tradición cristiana, el Espíritu Santo siempre fue asociado a la vida y a su comunicación. El Credo niceno-constantinopolitano llama al Espíritu Santo «Señor y dador de vida». Por ello, no sorprende que muchas interpretaciones del relato de la creación en el libro del Génesis hayan reconocido al Espíritu Santo en el viento impetuoso que aleteaba sobre las aguas (cf. Gn 1, 2). Está presente desde el primer instante de la creación; desde la primera manifestación del amor de Dios Trinidad, y siempre está presente en el mundo como su fuerza que da vida (52) . Dado que la creación es el inicio de la historia, el Espíritu es, en cierto sentido, una fuerza escondida que actúa en la historia, que la guía por los caminos de la verdad y del bien.

La revelación de la persona del Espíritu Santo, que es el amor recíproco del Padre y del Hijo, es propia del Nuevo Testamento. En el pensamiento cristiano, es considerado la fuente de vida de todas las criaturas. La creación es la libre comunicación de amor de Dios, que, de la nada, llama a cada cosa a la existencia. Todo lo creado está lleno del incesante intercambio de amor que caracteriza la vida íntima de la Trinidad, es decir, está lleno de Espíritu Santo: «El Espíritu del Señor llena la tierra» (Sb 1, 7). La presencia del Espíritu en la creación engendra orden, armonía e interdependencia en todo lo que existe.

Los seres humanos, creados a imagen de Dios, se transforman de un modo nuevo en morada del Espíritu cuando son elevados a la dignidad de la adopción divina (cf. Ga 4, 5). Renacidos en el bautismo, experimentan la presencia y la fuerza del Espíritu no sólo como Autor de la vida, sino también como Aquel que purifica y salva, produciendo frutos de «amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Ga 5, 22-23). Estos frutos son el signo de que «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5). Cuando es acogido libremente, este amor convierte a los hombres y las mujeres en instrumentos visibles de la incesante actividad del Espíritu invisible en la creación y en la historia. Es ante todo esta nueva capacidad de dar y recibir amor la que testimonia la presencia interior y la fuerza del Espíritu Santo. Como consecuencia de la transformación y la renovación que produce en el corazón y en la mente de las personas, el Espíritu influye en las sociedades y en las culturas humanas (53) . «En efecto, el Espíritu se halla en el origen de los nobles ideales y de las iniciativas de bien de la humanidad en camino; "con admirable providencia guía el curso de los tiempos y renueva la faz de la tierra"» (54).

Siguiendo el itinerario del concilio Vaticano II, los padres del Sínodo prestaron atención a la acción múltiple y variada del Espíritu Santo, que siembra constantemente semillas de verdad entre todos los pueblos y en sus religiones, culturas y filosofías (55) . Eso significa que éstas son capaces de ayudar a las personas, de forma individual y colectiva, a actuar contra el mal y a servir a la vida y a todo lo que es bueno. Las fuerzas de la muerte aíslan entre sí a los pueblos, a las sociedades y a las comunidades religiosas, y engendran sospechas y rivalidades que llevan a conflictos. Al contrario, el Espíritu Santo sostiene a las personas en la mutua comprensión y aceptación. Así pues, con razón, el Sínodo vio en el Espíritu de Dios el agente primario del diálogo de la Iglesia con todos los pueblos, culturas y religiones.

El Espíritu Santo y la encarnación del Verbo

16. Bajo la guía del Espíritu Santo, la historia de la salvación se va desarrollando en el escenario del mundo, e incluso del cosmos, de acuerdo con el plan eterno del Padre. Este plan, iniciado por el Espíritu desde el origen de la creación, es revelado en el Antiguo Testamento, es realizado por la gracia de Jesucristo y es actuado en la nueva creación por este mismo Espíritu hasta que el Señor vuelva en la gloria al final de los tiempos (56). La encarnación del Hijo de Dios es la obra suprema del Espíritu Santo: «La concepción y el nacimiento de Jesucristo son la obra más grande realizada por el Espíritu Santo en la historia de la creación y de la salvación: la suprema gracia —“la gracia de la unión”— fuente de todas las demás gracias» (57). La Encarnación es el acontecimiento en el que Dios lleva a una nueva y definitiva unión consigo no sólo al hombre, sino también a la creación entera y toda la historia (58).

Jesús de Nazaret, Mesías y único Salvador, concebido en el seno de la Virgen María por el poder del Espíritu (cf. Lc 1, 35; Mt 1, 20), estuvo lleno de Espíritu Santo, que bajó sobre él en el momento del bautismo (cf. Mc 1, 10) y lo guió al desierto para fortalecerlo antes de su ministerio público (cf. Mc 1, 12; Lc 4, 1; Mt 4, 1). En la sinagoga de Nazaret, Jesús inició su ministerio profético aplicándose a sí mismo el oráculo de Isaías sobre la unción del Espíritu que lleva a la predicación de la buena nueva a los pobres, la libertad a los cautivos y un año de gracia del Señor (cf. Lc 4, 18-19). Por la fuerza del Espíritu, Jesús curaba a los enfermos y expulsaba a los demonios, como signo de que el reino de Dios había llegado (cf. Mt 12, 28). Después de resucitar de entre los muertos, donó el Espíritu Santo a los discípulos, a los que había prometido derramarlo en la Iglesia cuando volviera al Padre (cf. Jn 20, 22-23).

Todo esto muestra que la misión salvífica de Jesús lleva el sello inconfundible de la presencia del Espíritu: vida, vida nueva. Entre el envío del Hijo por parte del Padre y el envío del Espíritu por parte del Padre y del Hijo, existe un vínculo íntimo y vital (59). La acción del Espíritu en la creación y en la historia humana recibe un significado completamente nuevo en su acción en la vida y en la misión de Jesús. Las «semillas del Verbo» sembradas por el Espíritu preparan a la creación entera, a la historia y al hombre para la plena madurez en Cristo (60).

Los padres sinodales expresaron su preocupación con respecto a la tendencia a separar la actividad del Espíritu Santo de la de Jesús Salvador; y, respondiendo a su inquietud, repito lo que escribí en la encíclica Redemptoris missio: «(El Espíritu) no es, por consiguiente, algo alternativo a Cristo, ni viene a llenar una especie de vacío, como a veces se da por hipótesis que exista entre Cristo y el Logos. Todo lo que el Espíritu obra en los hombres y en la historia de los pueblos, así como en las culturas y religiones, tiene un papel de preparación evangélica, y no puede menos de referirse a Cristo, Verbo encarnado por obra del Espíritu, "para que, hombre perfecto, salvara a todos y recapitulara todas las cosas"» (61) .

Así pues, la presencia universal del Espíritu no puede servir de excusa para dejar de proclamar a Jesucristo explícitamente como el único Salvador. Al contrario, la presencia universal del Espíritu Santo es inseparable de la salvación universal en Jesús. La presencia del Espíritu en la creación y en la historia orienta hacia Jesucristo, en el que ambas son redimidas y llevadas a plenitud. La presencia y la acción del Espíritu, tanto en la Encarnación como en el momento culminante de Pentecostés, siempre tienden a Jesús y a la salvación que él nos trajo. Por este motivo, la presencia universal del Espíritu no puede separarse nunca de su acción dentro del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia (62

El Espíritu Santo y el Cuerpo de Cristo

17. El Espíritu Santo conserva firme el vínculo de comunión entre Jesús y su Iglesia. Habitando en ella como en un templo (cf. 1 Co 3, 16), el Espíritu la guía, ante todo, a la plenitud de la verdad sobre Jesús. También es él quien hace posible que la Iglesia continúe la misión de Jesús, dando en primer lugar testimonio de Jesús y realizando así lo que él mismo había prometido antes de su muerte y resurrección, es decir, que enviaría al Espíritu a los discípulos para que dieran testimonio de él (cf. Jn 15, 26-27). Así pues, la obra del Espíritu en la Iglesia consiste en atestiguar que los creyentes son hijos adoptivos de Dios, destinados a heredar la salvación, la prometida plena comunión con el Padre (cf. Rm 8, 15-17). El Espíritu, adornando a la Iglesia con diferentes dones y carismas, la hace crecer en la comunión como un solo cuerpo, compuesto por muchas partes diversas (cf. 1 Co 12, 4; Ef 4, 11-16). El Espíritu congrega en la unidad a todo tipo de personas, con sus respectivas costumbres, recursos y talentos, haciendo que la Iglesia sea signo de comunión de toda la humanidad bajo una sola cabeza, Cristo (63) . El Espíritu confiere a la Iglesia la forma de comunidad de testigos, que, con su fuerza, dan testimonio de Jesús Salvador (cf. Hch 1, 8) y, en este sentido, es el agente primario de la evangelización. De todo ello los padres sinodales pudieron concluir que, de la misma forma que el ministerio terreno de Jesús se desarrolló con la fuerza del Espíritu Santo, así también «este mismo Espíritu fue dado a la Iglesia en Pentecostés por el Padre y por el Hijo para cumplir la misión de amor y servicio de Jesús en Asia» (64).

El plan del Padre para la salvación del hombre no termina con la muerte y la resurrección de Cristo. Con el don del Espíritu de Cristo, los frutos de la misión salvífica se ofrecen a través de la Iglesia a todos los pueblos de todos los tiempos mediante el anuncio del Evangelio y el servicio y la promoción de la familia humana. Como enseña el concilio Vaticano€II, la Iglesia «se siente impulsada (...) por el Espíritu Santo a colaborar a que se lleve a cabo el plan de Dios, que constituyó a Cristo principio de salvación para todo el mundo» (65). Habiendo recibido del Espíritu la fuerza para realizar la salvación de Cristo en la tierra, la Iglesia es el germen del reino de Dios y espera con impaciencia su venida final. Su identidad y misión son inseparables del reino de Dios que Jesús anunció e inauguró mediante todo lo que hizo y dijo, principalmente mediante su muerte y resurrección. El Espíritu recuerda a la Iglesia que no existe para sí misma, sino para servir a Cristo y a la salvación del mundo en todo lo que es y hace. En la actual economía de la salvación, la actividad del Espíritu Santo en la creación, en la historia y en la Iglesia forma parte del plan eterno de la Trinidad con respecto a todo lo que existe.

El Espíritu Santo y la misión de la Iglesia en Asia

18. El Espíritu que actuaba en Asia en tiempos de los patriarcas y los profetas, y, de modo más poderoso, en la época de Jesús y de la Iglesia primitiva, ahora actúa sobre los cristianos de Asia, fortaleciendo su testimonio de fe entre los pueblos, las culturas y las religiones del continente. De la misma forma que el gran diálogo de amor entre Dios y el hombre fue preparado por el Espíritu Santo y se realizó en la tierra de Asia en el misterio de Cristo, así el diálogo entre el Salvador y los pueblos del continente prosigue hoy con la fuerza del mismo Espíritu, que sigue actuando en la Iglesia. En ese proceso, los obispos, los sacerdotes, los consagrados y los laicos, hombres y mujeres, desempeñan un papel esencial, recordando las palabras de Jesús, que son al mismo tiempo una promesa y un mandato: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8).

La Iglesia está convencida de que en lo más profundo del corazón de los hombres, de las culturas y de las religiones de Asia existe sed de «agua viva» (cf. Jn 4, 10-15), sed que el Espíritu mismo suscita y que sólo Jesús Salvador podrá saciar plenamente. Pide al Espíritu Santo que siga preparando a los pueblos de Asia para el diálogo salvífico con el Redentor de todos. Guiada por el Espíritu en la misión de servicio y amor, la Iglesia puede ofrecer un encuentro entre Jesucristo y los pueblos de Asia, en busca de la plenitud de la vida. Sólo en ese encuentro se puede encontrar el agua viva que salta para la vida eterna, es decir, el conocimiento del único verdadero Dios y de su enviado, Jesucristo (cf. Jn 17, 3).

La Iglesia sabe bien que únicamente podrá cumplir su misión si obedece a los impulsos del Espíritu Santo; comprometida a ser signo e instrumento genuino de la acción del Espíritu en las complejas realidades de Asia, debe saber discernir, en las diversas circunstancias del continente, la llamada del Espíritu a dar testimonio de Jesús Salvador de modos nuevos y eficaces. La plena verdad de Jesús y de la salvación que él nos ha conquistado es siempre un don y nunca el resultado de un esfuerzo humano. «El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo» (Rm 8, 16-17). Por eso, la Iglesia implora incesantemente: «¡Ven, Espíritu Santo! Llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor». Este es el fuego que Jesús ha traído a la tierra, y la Iglesia en Asia comparte su ardiente deseo de que ese fuego se encienda ahora (cf. Lc 12, 49). Con este intenso sentimiento, los padres sinodales trataron de discernir las principales áreas de misión que la Iglesia debe afrontar en Asia, mientras se prepara para cruzar el umbral del tercer milenio.

 CAPÍTULO IV

JESÚS SALVADOR: PROCLAMAR EL DON


El primado del anuncio

19. En vísperas del tercer milenio, la voz de Cristo resucitado resuena de nuevo en el corazón de todo cristiano: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 18-20). Con la certeza del infalible apoyo de Jesucristo y de la poderosa presencia del Espíritu, inmediatamente después de Pentecostés los Apóstoles se apresuraron a cumplir ese mandato: «Salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban» (Mc 16, 20), y lo que anunciaban se podía resumir con las palabras de san Pablo: «No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por amor de Jesús» (2 Co 4, 5). La Iglesia, bendecida con el don de la fe, después de dos mil años sigue yendo a todas partes para encontrarse con los pueblos del mundo, a fin de compartir con ellos la buena nueva de Cristo, como comunidad inflamada de celo misionero por hacer que Jesús sea conocido, amado y seguido.

No puede haber auténtica evangelización sin la proclamación explícita de que Jesús es el Señor. El concilio Vaticano II, y desde entonces el Magisterio, respondiendo a cierta confusión sobre la verdadera índole de la misión de la Iglesia, han subrayado repetidamente el primado de la proclamación de Jesucristo en cualquier actividad de evangelización. Al respecto, el Papa Pablo VI escribió explícitamente que «no hay evangelización verdadera mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino y el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios» (66). Es lo que han hecho generaciones de cristianos a lo largo de los siglos. Los padres sinodales recordaron, con comprensible orgullo, que «numerosas comunidades cristianas de Asia han conservado la fe en el decurso de los siglos, a pesar de grandes tribulaciones, y han permanecido fieles a esta herencia espiritual con perseverancia heroica. Este inmenso tesoro es para ellos fuente de gran alegría e impulso apostólico» (67).

Al mismo tiempo, los participantes en la Asamblea especial destacaron en numerosas ocasiones la necesidad de un nuevo empeño en el anuncio de Jesucristo precisamente en el continente donde comenzó esa proclamación hace dos mil años. El hecho de que tanta gente en ese continente no se haya encontrado nunca con la persona de Cristo de manera clara y consciente pone de relieve la urgencia de las palabras del apóstol san Pablo: «Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará. Pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique?» (Rm 10, 13-14). El gran desafío que la Iglesia tiene planteado ahora en Asia consiste en hallar la manera de compartir con nuestros hermanos y hermanas asiáticos lo que nosotros conservamos celosamente como don que contiene todos los demás dones, es decir, la buena nueva de Jesucristo.

Anunciar a Jesucristo en Asia

20. La Iglesia en Asia está muy bien dispuesta a cumplir el deber del anuncio, convencida de que «existe ya en las personas y en los pueblos, por la acción del Espíritu, una espera, aunque sea inconsciente, por conocer la verdad sobre Dios, sobre el hombre, sobre el camino que lleva a la liberación del pecado y de la muerte» (68). Esta insistencia en la proclamación no deriva de impulso sectario ni de afán de proselitismo ni de complejo de superioridad. La Iglesia evangeliza por obediencia al mandato de Cristo, consciente de que toda persona tiene el derecho de escuchar la buena nueva de Dios, que se revela y se da en Cristo (69) . Dar testimonio de Jesucristo es el servicio supremo que la Iglesia puede prestar a los pueblos de Asia, puesto que responde a su profunda búsqueda de Absoluto y revela las verdades y los valores que les garantizan el desarrollo humano integral.

La Iglesia, profundamente consciente de la complejidad de situaciones tan diferentes en Asia, y «actuando según la verdad en la caridad» (cf. Ef 4, 15), proclama la buena nueva con respeto y estima amorosa hacia los que la escuchan. Una proclamación que respeta los derechos de las conciencias no viola la libertad, dado que la fe exige siempre una respuesta libre por parte de la persona (70) . Pero el respeto no elimina la necesidad de la proclamación explícita del Evangelio en su integridad. Especialmente en el contexto de la gran variedad de culturas y religiones que hay en Asia, es preciso destacar que «ni el respeto ni la estima hacia esas religiones ni la complejidad de las cuestiones planteadas implican para la Iglesia una invitación a silenciar ante los no cristianos el anuncio de Jesucristo» (71). Durante mi visita a la India, en 1986, dije claramente que «el acercamiento de la Iglesia a otras religiones es de auténtico respeto (...). Este respeto es doble: respeto por el hombre en su búsqueda de respuestas a las preguntas más profundas de su vida, y respeto por la acción del Espíritu en el hombre» (72). Los padres sinodales reconocieron de buen grado la acción del Espíritu en las sociedades, en las culturas y en las religiones asiáticas, a través de la cual el Padre prepara el corazón de los pueblos de Asia con vistas a la plenitud de vida en Cristo (73).

A pesar de esto, incluso antes de las consultas que se realizaron en la preparación del Sínodo, muchos obispos de Asia advirtieron que existen dificultades para proclamar a Jesús como único Salvador. Durante la Asamblea, la situación fue descrita con los siguientes términos: «Algunos seguidores de las grandes religiones asiáticas no tienen dificultad en aceptar a Jesucristo como una manifestación de la divinidad y del Absoluto, o como un iniluminadoln, pero no lo acogen como única manifestación de la divinidad» (74). Efectivamente, el esfuerzo por compartir el don de la fe en Jesucristo como único Salvador entraña dificultades filosóficas, culturales y teológicas, especialmente a la luz de las creencias de las grandes religiones de Asia, estrechamente entrelazadas con valores culturales y visiones específicas del mundo.

Según la opinión de los padres sinodales, la dificultad se agrava por el hecho de que Jesús a menudo es considerado extraño en Asia. No deja de constituir una paradoja el hecho de que muchos habitantes de ese continente tiendan a ver a Jesús, que nació en tierra de Asia, como un occidental más bien que como un asiático. En el fondo, era inevitable que el anuncio del Evangelio por obra de misioneros occidentales sufriera el influjo de las culturas de donde provenían. Los padres sinodales consideraron que es preciso tener presente eso en la historia de la evangelización. Al mismo tiempo, aprovecharon la ocasión para «expresar su agradecimiento especialmente a todos los misioneros, hombres y mujeres, religiosos y laicos, extranjeros o autóctonos, que han llevado el mensaje de Jesucristo y el don de la fe. Particular gratitud merecen también todas las Iglesias hermanas que han enviado y siguen enviando misioneros a Asia» (75).

Los evangelizadores pueden tomar como punto de partida la experiencia de san Pablo, que entabló un diálogo con los valores filosóficos, culturales y religiosos de sus oyentes (cf. Hch 14, 13-17; 17, 22-31). También los concilios ecuménicos, al formular doctrinas vinculantes para la Iglesia, se vieron obligados a utilizar los recursos lingüísticos, filosóficos y culturales que tenían a su disposición; pero esos recursos han llegado a ser parte de la herencia de la Iglesia universal, pues han sido capaces de expresar la doctrina cristológica de un modo adecuado y universal. Forman parte de la herencia de la fe, que debe ser asimilada y compartida constantemente en el encuentro con las diversas culturas (76). Por tanto, la tarea de proclamar a Jesucristo de un modo que permita a los pueblos de Asia identificarse con él, permaneciendo fieles tanto a la doctrina teológica de la Iglesia como a sus propias raíces asiáticas, constituye un enorme desafío.

La presentación de Jesucristo como único Salvador exige usar una pedagogía que lleve a las personas, paso a paso, a la plena asimilación del misterio. Es evidente que la primera evangelización de los no cristianos y la posterior proclamación a creyentes deberán tener enfoques diversos. Por ejemplo, en la proclamación inicial, «la presentación de Jesucristo debería hacerse como la respuesta plena al anhelo expresado en las mitologías y en el folclore de los pueblos de Asia» (77) . En general, se han de preferir los métodos narrativos típicos de las culturas asiáticas. De hecho, la proclamación de Jesucristo se puede realizar de modo muy eficaz mediante la narración de su vida terrena, como hacen los evangelios. Las nociones ontológicas, que siempre deben presuponerse y expresarse al presentar a Jesús, pueden quedar enriquecidas por perspectivas más relacionales, históricas e incluso cósmicas. La Iglesia, como subrayaron los padres sinodales, debe estar abierta a los nuevos y sorprendentes modos de presentar hoy en Asia el rostro de Jesús (78).

El Sínodo recomendó que la catequesis sucesiva siga «una pedagogía evocativa que use la historia, las parábolas y los símbolos tan característicos de la metodología asiática en la enseñanza» (79) . El ministerio mismo de Jesús muestra claramente el valor del contacto personal, el cual exige que el evangelizador se interese por la situación del oyente, haciendo una proclamación adaptada a su grado de madurez, mediante formas y lenguajes adecuados. Desde esa perspectiva, los padres sinodales subrayaron muchas veces la necesidad de evangelizar de un modo que tenga en cuenta la sensibilidad de los pueblos asiáticos, sugiriendo imágenes de Jesús inteligibles a la mentalidad y a las culturas asiáticas, y, al mismo tiempo, fieles a la sagrada Escritura y a la Tradición. Entre ellas propusieron las siguientes: «Jesucristo, Maestro de sabiduría, el Médico, el Liberador, el Guía espiritual, el Iluminado, el Amigo compasivo de los pobres, el Buen Samaritano, el Buen Pastor, el Obediente» (80). Se podría presentar a Jesús como la Sabiduría encarnada de Dios, cuya gracia hace madurar las «semillas» de la Sabiduría divina ya presentes en la vida, en las religiones y en los pueblos de Asia (81) . Entre los muchos sufrimientos que afligen a los pueblos de Asia se podría anunciar muy bien a Jesucristo como Salvador «que da sentido a los que soportan dolor y sufrimiento indecible» (82).

La fe que la Iglesia ofrece como don a sus hijos e hijas de Asia no puede encerrarse dentro de los confines de la comprensión y de la expresión de criatura humana alguna, dado que los trasciende y realmente obliga a toda cultura a elevarse a nuevas alturas de comprensión y expresión. Pero, al mismo tiempo, los padres sinodales eran plenamente conscientes de la apremiante necesidad que tienen las Iglesias locales en Asia de presentar el misterio de Cristo a sus pueblos según los criterios culturales y los modos de pensar de ellos. También subrayaron que esa inculturación de la fe en el continente implica un redescubrimiento del rostro asiático de Jesús, y que es preciso hallar modos mediante los cuales las culturas asiáticas puedan captar el significado salvífico universal del misterio de Cristo y de su Iglesia (83) . Es necesario emular en nuestros días la penetrante comprensión de los pueblos y de las culturas que tuvieron hombres como Juan de Montecorvino, Mateo Ricci y Roberto de Nobili, por citar sólo algunos ejemplos.

El desafío de la inculturación

21. La cultura es el espacio vital dentro del cual se realiza el encuentro de la persona humana con el Evangelio. De la misma manera que una cultura es el resultado de la vida y la actividad de un grupo humano, las personas que pertenecen a ese grupo están formadas, en gran medida, por la cultura en la que viven. Al cambiar las personas y las sociedades, también cambia con ellas la cultura. Cuando ésta se transforma, transforma asimismo a las personas y las sociedades. Desde este punto de vista, resulta más claro que entre la evangelización y la inculturación existe una relación natural e íntima. Ciertamente, el Evangelio y la evangelización no se identifican con la cultura; más aún, son independientes de ella. Y, sin embargo, el reino de Dios llega a personas profundamente vinculadas a una cultura, y la construcción de ese reino no puede por menos de tomar prestados elementos de culturas humanas. Por eso, Pablo VI afirmó que la ruptura entre Evangelio y cultura es el drama de nuestro tiempo, con graves consecuencias tanto para la evangelización como para las culturas (84) .

En el proceso de encuentro con las diversas culturas del mundo, la Iglesia no sólo transmite sus verdades y valores, renovando las culturas desde dentro, sino que también saca de ellas los elementos positivos ya presentes. Este es el camino que deben seguir los evangelizadores al presentar la fe cristiana y al hacer que llegue a formar parte del bagaje cultural de un pueblo y, por otra parte, las diversas culturas, cuando son purificadas y renovadas a la luz del Evangelio, pueden llegar a ser expresiones verdaderas de la única fe cristiana. «Con la inculturación, la Iglesia se hace signo más comprensible de lo que es e instrumento más apto para la misión» (85). Esta interrelación con las culturas siempre ha formado parte de la peregrinación de la Iglesia en la historia, pero tiene una urgencia especial hoy, en la situación multiétnica, multirreligiosa y multicultural de Asia, donde el cristianismo muy a menudo es visto como extranjero.

Aquí conviene recordar lo que se dijo con mucha frecuencia en el Sínodo, o sea, que el Espíritu Santo es el agente principal de la inculturación de la fe cristiana en Asia (86). El mismo Espíritu que guía a la verdad completa hace posible un diálogo fecundo con los valores culturales y religiosos de diferentes pueblos, entre los cuales, en cierta medida, está presente, ofreciendo a los hombres y mujeres de corazón sincero la fuerza para superar el mal y el engaño del Maligno, y brindando a cada uno la posibilidad de formar parte del misterio pascual de un modo que sólo Dios conoce (87) . La presencia del Espíritu Santo hace que ese diálogo se realice en la verdad, con honradez, humildad y respeto (88). «Al ofrecer a otros la buena nueva de la redención, la Iglesia intenta comprender sus culturas. Intenta conocer la mente y el corazón de quienes la escuchan, sus valores y costumbres, sus problemas y dificultades, sus ilusiones y esperanzas. Cuando conoce y comprende estos diversos aspectos de la cultura puede empezar el diálogo de la salvación; puede ofrecer, respetuosamente pero con claridad y convicción, la buena nueva de la redención a todos aquellos que libremente quieran escucharla y responder» (89) . Por tanto, los pueblos de Asia que desean asimilar la fe cristiana pueden estar seguros de que sus esperanzas, expectativas, ansiedades y sufrimientos no sólo son abrazados por Jesús, sino que, además, se convierten en el verdadero punto en el que el don de la fe y la fuerza del Espíritu entran en lo más profundo de su vida.

Los pastores, en virtud de su carisma propio, tienen la misión de dirigir ese diálogo con discernimiento. Del mismo modo, los expertos en disciplinas sagradas o seculares desempeñan un papel importante en el proceso de inculturación. Pero el proceso debe implicar a todo el pueblo de Dios, dado que la vida de la Iglesia como tal debe hacer visible la fe anunciada y hecha propia. Para tener la seguridad de que eso se realice de la forma adecuada, los padres sinodales señalaron algunas áreas que requieren particular atención: la reflexión teológica, la liturgia, la formación de los sacerdotes y de los religiosos, la catequesis y la espiritualidad (90).

Áreas clave de inculturación

22. El Sínodo expresó su apoyo a los teólogos en la delicada tarea de desarrollar una teología inculturada, especialmente en el campo de la cristología (91). Los padres sinodales subrayaron que «esta manera de hacer teología debe promoverse con valentía, permaneciendo fieles a la Escritura y a la Tradición de la Iglesia, con sincera adhesión al Magisterio y con conocimiento de las situaciones pastorales» (92). También yo deseo invitar a los teólogos a actuar en comunión con los pastores y con los miembros del pueblo de Dios, que, en unidad y nunca separados los unos de los otros, «reflexionan sobre el genuino sentido de la fe que nunca conviene perder de vista» (93). El trabajo teológico siempre debe estar guiado por el respeto a la sensibilidad de los cristianos, de modo que, mediante un proceso gradual hacia formas inculturadas de la expresión de la fe, las personas no sean inducidas a confusión ni escandalizadas. En cualquier caso, la inculturación debe guiarse por la compatibilidad con el Evangelio y por la comunión con la fe de la Iglesia universal (94) , y debe promoverse en plena armonía con la Tradición de la Iglesia, teniendo como fin el fortalecimiento de la fe del pueblo. La prueba de que ha habido una verdadera inculturación es cuando los creyentes se comprometen más en la fe cristiana porque la perciben más claramente con los ojos de su propia cultura.

La liturgia es la fuente y la cumbre de toda la vida y la misión cristiana (95), y un medio fundamental de evangelización, especialmente en Asia, donde los seguidores de diversas religiones se sienten tan atraídos por el culto, las festividades religiosas y las devociones populares (96). La liturgia de las Iglesias orientales, en su mayor parte, ha sido inculturada con éxito a lo largo de siglos de interacción con la cultura de su entorno, mientras las Iglesias fundadas más recientemente necesitan lograr que se convierta en fuente aún mayor de alimento para sus fieles mediante un uso acertado y eficaz de elementos tomados de las culturas locales. A pesar de ello, la inculturación litúrgica exige mucho más que concentrarse en valores culturales tradiciones, símbolos y ritos. Es preciso tener presentes los cambios en la conciencia y en las actitudes causados por la aparición de culturas secularistas y consumistas que influyen en el sentido asiático del culto y de la oración; y, para una genuina inculturación litúrgica en Asia, tampoco se pueden olvidar las necesidades específicas de los pobres, los emigrantes, los refugiados, los jóvenes y las mujeres.

Las Conferencias episcopales nacionales o regionales deben trabajar en más estrecho contacto con la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, a fin de buscar modos eficaces de promover formas adecuadas de culto en el contexto de Asia (97) . Esa colaboración es esencial, porque la sagrada liturgia expresa y celebra la única fe profesada por todos y, dado que constituye la herencia de toda la Iglesia, no puede ser determinada por las Iglesias locales aisladas de la Iglesia universal.

Los padres sinodales insistieron particularmente en la importancia de la palabra bíblica al comunicar el mensaje de la salvación a los pueblos del continente, donde la transmisión oral es tan importante para preservar y comunicar la experiencia religiosa (98). Por tanto, es necesario desarrollar un apostolado bíblico eficaz a fin de asegurar que el texto sagrado se difunda más ampliamente y se use más intensamente con espíritu de oración entre los miembros de la Iglesia en Asia. Los padres sinodales destacaron la urgencia de tomarlo como base de cualquier anuncio misionero, catequesis, predicación y estilo de espiritualidad (99) . Asimismo, deben apoyarse y sostenerse los esfuerzos realizados para traducir a las lenguas locales la Biblia, mientras la formación bíblica debería considerarse un medio importante para educar en la fe a las personas y disponerlas a la tarea de la proclamación. Deberán incluirse cursos sobre la sagrada Escritura orientados a la pastoral, poniendo el acento en la aplicación de sus enseñanzas a las complejas realidades de Asia en los programas de formación para el clero, para los consagrados y para los laicos (100). Es necesario dar a conocer la sagrada Escritura también a los seguidores de otras religiones, dado que la palabra de Dios tiene una fuerza intrínseca para tocar el corazón del hombre, pues a través de ella el Espíritu de Dios revela el plan divino de la salvación para el mundo. Además, los estilos narrativos que se pueden apreciar en muchos libros de la Biblia son muy afines a los textos religiosos típicos de Asia (101).

Otro aspecto clave de la inculturación es la formación de los evangelizadores, de los que depende en gran medida su futuro. En el pasado, la formación ha seguido a menudo el estilo, los métodos y los programas mediados por Occidente. Aun apreciando el servicio que ha prestado ese tipo de formación, los padres sinodales consideraron como desarrollo positivo los esfuerzos realizados recientemente para adaptar la formación de los evangelizadores a los contextos culturales de Asia. Además de una sólida instrucción bíblica y patrística, los seminaristas deben adquirir un conocimiento articulado y seguro del patrimonio teológico y filosófico de la Iglesia, como subrayé en la encíclica Fides et ratio (102). Con esa preparación, podrán afrontar con acierto las tradiciones filosóficas y religiosas de Asia (103). Asimismo, los padres sinodales impulsaron a los profesores de seminarios y a sus colaboradores a tratar de comprender los elementos de espiritualidad y oración afines al alma asiática y a dejarse implicar más profundamente en la búsqueda de una vida más plena que realizan los pueblos de Asia (104). Para este fin, se puso énfasis particular en la necesidad de garantizar que el claustro de profesores de los seminarios tenga una formación adecuada (105). El Sínodo expresó también su solicitud por la formación de los hombres y mujeres consagrados, especificando claramente que su espiritualidad y su estilo de vida deben demostrar sensibilidad ante el patrimonio religioso y cultural de las personas entre las cuales viven y a las que sirven, siempre suponiendo el necesario discernimiento sobre lo que es acorde con el Evangelio y lo que no lo es (106). Además, dado que en la inculturación del Evangelio se ha de implicar todo el pueblo de Dios, es de suma importancia el papel de los laicos, pues a ellos corresponde en primer lugar la transformación de la sociedad, en colaboración con los obispos, los sacerdotes y los religiosos, infundiendo el «pensamiento de Cristo» en la mentalidad, en las costumbres, en las leyes y en las estructuras del mundo secular en el que viven (107). Una inculturación más amplia del Evangelio, en todos los niveles de la sociedad en Asia, dependerá en gran medida de la formación adecuada que las Iglesias locales sepan impartir a los laicos.

Vida cristiana como anuncio

23. Cuanto más fundada esté la comunidad cristiana en la experiencia de Dios que brota de una fe vivida, tanto más capaz será de anunciar de modo creíble a los demás la realización del reino de Dios en Jesucristo. Esto depende de la escucha fiel de la palabra de Dios, de la oración y la contemplación, de la celebración del misterio de Jesús en los sacramentos, ante todo en la Eucaristía, y del ejemplo de verdadera comunión de vida e integridad del amor. El centro de la Iglesia particular debe radicar en la contemplación de Jesucristo, Dios hecho hombre: la Iglesia debe tender constantemente a una unión más íntima con él, cuya misión continúa. La misión es acción contemplativa y contemplación activa. Por tanto, un misionero que no tenga una experiencia profunda de Dios en la oración y en la contemplación, tendrá poco influjo espiritual o poco éxito en el ministerio. Se trata de una reflexión que es fruto de mi propia experiencia sacerdotal y, como escribí en otro lugar, el contacto con representantes de las tradiciones espirituales no cristianas, especialmente de las asiáticas, me ha confirmado en la convicción de que el futuro de la misión depende en gran medida de la contemplación (108). En Asia, en la que coexisten grandes religiones, donde personas y pueblos enteros tienen sed de lo divino, la Iglesia está llamada a ser una Iglesia de oración, profundamente espiritual, aunque esté implicada en preocupaciones humanas y sociales inmediatas: cada cristiano necesita una auténtica espiritualidad misionera, hecha de oración y contemplación.

Una persona religiosa auténtica normalmente es respetada y seguida en Asia. La oración, el ayuno y las diversas formas de ascetismo son muy apreciados. Los seguidores de todas las religiones consideran la renuncia, el desapego, la humildad, la sencillez y el silencio como grandes valores. Para que la oración no quede separada de la promoción humana, los padres sinodales subrayaron que «la obra de justicia, de caridad y de compasión está íntimamente vinculada a una vida de auténtica oración y contemplación y, además, esa misma espiritualidad será la fuente de toda nuestra labor de evangelización» (109). Los padres sinodales, plenamente convencidos de la importancia de un testimonio auténtico en la evangelización de Asia, afirmaron: «Sólo podrán anunciar la buena nueva de Jesucristo los que se encuentren imbuidos e inspirados por el amor del Padre a sus hijos, manifestado en la persona de Jesucristo. Ese anuncio es una misión que necesita hombres y mujeres santos, que den a conocer y amar al Salvador mediante su vida. Sólo se puede encender un fuego con algo que esté ya encendido. De la misma manera, un anuncio eficaz de la buena nueva de la salvación en Asia únicamente se puede realizar si los obispos, los sacerdotes, los religiosos y los laicos están ellos mismos encendidos de amor a Cristo y arden de celo por darlo a conocer en un radio más amplio, por hacer que los demás lo amen más intensamente y lo sigan más de cerca» (110). Los cristianos que hablan de Cristo deben encarnar en su vida el mensaje que proclaman.

Sin embargo, a este respecto, es preciso prestar atención a una circunstancia particular en el contexto asiático. La Iglesia sabe que el testimonio silencioso de vida sigue siendo hoy el único modo de proclamar el reino de Dios en muchos lugares de Asia, donde la proclamación explícita está prohibida y no existe, o es muy reducida, la libertad religiosa. La Iglesia vive este tipo de testimonio de modo consciente, considerándolo su manera de «llevar su cruz» (cf. Lc 9, 23), aunque no se cansa de reclamar ante los gobiernos e impulsarlos a reconocer la libertad religiosa como derecho humano fundamental. Es significativo repetir, al respecto, las palabras del concilio Vaticano II: «La persona humana tiene derecho a la libertad religiosa. Esta libertad consiste en que todos los hombres deben estar libres de coacción, tanto por parte de personas particulares como de los grupos sociales y de cualquier poder humano, de modo que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a actuar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella, pública o privadamente, solo o asociado con otros, dentro de los debidos límites» (111). En algunos países asiáticos este principio aún debe ser reconocido y aplicado.

Por tanto, es evidente que el anuncio de Jesucristo en Asia presenta muchos aspectos complejos, tanto de contenido como de método. Los padres sinodales tenían profunda conciencia de que existe una legítima variedad de enfoques en la proclamación de Jesús, pero a condición de que se respete la fe en su integridad en el proceso de apropiación y participación de la misma. El Sínodo subrayó que «la evangelización es hoy una realidad rica y dinámica, con varios aspectos, como el testimonio, el diálogo, el anuncio, la catequesis, la conversión, el bautismo, la incorporación en la comunidad eclesial, la implantación de la Iglesia, la inculturación y el desarrollo integral del hombre. Algunos de estos elementos van juntos, mientras que otros son etapas o fases sucesivas del proceso total de evangelización» (112). Sin embargo, en toda la obra de evangelización, lo que se debe anunciar es la verdad completa de Jesucristo. Es legítimo y necesario subrayar algunos aspectos del inagotable misterio de Jesús al proponer gradualmente a Cristo a una persona, pero no se puede permitir ninguna componenda con respecto a la integridad de la fe. En definitiva, la aceptación de la fe por parte de una persona debe basarse en una comprensión cierta de la persona de Jesucristo, el Señor de todos, que «es el mismo ayer, hoy y siempre» (Hb 13, 8), como enseña la Iglesia en todo tiempo y lugar.


CAPÍTULO V

COMUNIÓN Y DIÁLOGO PARA LA MISIÓN


Comunión y misión van juntas

24. Por obediencia al eterno designio del Padre, la Iglesia, prevista desde los orígenes del mundo, preparada en el Antiguo Testamento, instituida por Jesucristo y hecha presente en el mundo por el Espíritu Santo el día de Pentecostés, «continúa su peregrinación en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios» (113), mientras avanza hacia la perfección en la gloria del cielo. Dado que Dios desea «que todo el género humano forme un único pueblo de Dios, se una en un único cuerpo de Cristo, se coedifique en un único templo del Espíritu Santo» (114), la Iglesia es en el mundo «el designio visible del amor de Dios por la humanidad, el sacramento de la salvación» (115). Así pues, no se la puede considerar simplemente como una organización social o una agencia de asistencia humanitaria. A pesar de que cuenta entre sus miembros con hombres y mujeres pecadores, debe ser considerada como el lugar privilegiado del encuentro entre Dios y el hombre, en el que Dios elige revelar el misterio de su vida íntima y realizar su plan de salvación del mundo.

El misterio del designio de amor de Dios se hace presente y activo en la comunidad de los hombres y mujeres que han sido sepultados con Cristo mediante el bautismo en la muerte, de forma que, como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, también ellos caminen en una vida nueva (cf. Rm 6, 4). En el centro del misterio de la Iglesia se halla el vínculo de comunión que une a Cristo-Esposo con todos los bautizados. A través de esta comunión viva y vivificante, «los cristianos ya no se pertenecen a sí mismos, sino que son propiedad de Cristo» (116) ; unidos al Hijo con el vínculo del amor del Espíritu, están unidos al Padre y de esta comunión fluye la comunión que comparten unos con otros mediante Cristo en el Espíritu Santo (117). Así pues, el primer fin de la Iglesia consiste en ser el sacramento de la unión íntima de la persona humana con Dios y, como la comunión de los hombres radica en esta unión con Dios, la Iglesia es también el sacramento de la unidad del género humano (118) , ya comenzada en ella; al mismo tiempo, es «signo e instrumento» de la plena realización de esta unidad, que aún está por venir (119).

La vida en Cristo tiene como requisito esencial que quien entra en comunión con el Señor dé fruto: «El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto» (Jn 15, 5). De tal manera es esto verdad, que la persona que no da fruto no permanece en la comunión: «Todo sarmiento que en mí no da fruto, (el Padre) lo corta» (Jn 15, 2). La comunión con Jesús, fuente de la comunión de los cristianos entre sí, es condición indispensable para dar fruto; y la comunión con los demás, don de Cristo y de su Espíritu, es el fruto más hermoso que los sarmientos pueden dar. En este sentido, comunión y misión están inseparablemente unidas, se hallan entrelazadas y se implican mutuamente, de tal forma que «la comunión representa a la vez la fuente y el fruto de la misión: la comunión es misionera y la misión es para la comunión» (120) . El concilio Vaticano II, utilizando la teología de la comunión, pudo describir a la Iglesia como el pueblo de Dios en peregrinación, al que, en cierto modo, todos los pueblos están vinculados (121). Sobre esta base, los padres sinodales subrayaron el vínculo misterioso que existe entre la Iglesia y los seguidores de otras religiones asiáticas, advirtiendo que «están relacionados con la Iglesia de modos y en grados diferentes» (122) . Entre pueblos, culturas y religiones tan diversos, «la vida de la Iglesia como comunión es de suma importancia» (123) . En efecto, el servicio de unidad de la Iglesia tiene una relevancia específica en Asia, donde hay muchas tensiones, divisiones y conflictos, causados por diferencias étnicas, sociales, culturales, lingüísticas, económicas y religiosas. En ese marco las Iglesias locales que están en Asia, en comunión con el Sucesor de Pedro, necesitan promover entre sí una comunión más profunda de mente y corazón, mediante una colaboración más estrecha. Asimismo, son vitales para la misión evangelizadora las relaciones con las demás Iglesias y comunidades eclesiales y con los seguidores de otras religiones (124). Por consiguiente, el Sínodo renovó el compromiso de la Iglesia en Asia con vistas a la tarea de promover tanto las relaciones ecuménicas como el diálogo interreligioso, consciente de que construir la unidad, trabajar por la reconciliación, entablar vínculos de solidaridad, promover el diálogo entre religiones y culturas, erradicar prejuicios y suscitar confianza entre los pueblos es esencial para la misión evangelizadora de la Iglesia en el continente. Todo ello exige de la comunidad católica un sincero examen de conciencia, valentía para la reconciliación y un renovado compromiso en favor del diálogo. En el umbral del tercer milenio, es evidente que la capacidad de la Iglesia de evangelizar requiere que se esfuerce a fondo por servir a la causa de la unidad en todas las dimensiones, dado que comunión y misión van unidas.

Comunión dentro de la Iglesia

25. Los obispos de la Asamblea especial para Asia, reunidos en torno al Sucesor de Pedro, orando y trabajando juntos, dieron una imagen concreta de lo que debe ser la comunión de la Iglesia en toda la rica diversidad de las Iglesias particulares que presiden en la caridad. También mi presencia en las Congregaciones generales del Sínodo fue una gran oportunidad para compartir las dificultades, las alegrías y las esperanzas de los obispos, y a la vez un ejercicio intenso y profundamente sentido de mi ministerio. Precisamente dentro de la perspectiva de la comunión eclesial la autoridad universal del Sucesor de Pedro resplandece con mayor claridad, más que como poder jurídico sobre las Iglesias locales, como primado pastoral al servicio de la unidad de la fe y de la vida dentro de todo el pueblo de Dios. Profundamente conscientes de que «el ministerio del Sucesor de Pedro tiene la función específica de garantizar y promover la unidad de la Iglesia» (