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CONSTITUCION APOSTOLICA DEL SUMO PONTIFICE JUAN
PABLO II INTRODUCCION 1. NACIDA DEL CORAZON de la Iglesia, la Universidad Católica se
inserta en el curso de la tradición que remonta al origen mismo de la
Universidad como institución, y se ha revelado siempre como un centro
incomparable de creatividad y de irradiación del saber para el bien de la
humanidad. Por su vocación la Universitas magistrorum et scholarium
se consagra a la investigación, a la enseñanza y a la formación
de los estudiantes, libremente reunidos con sus maestros animados todos por el
mismo amor del saber (1). Ella comparte con todas las demás Universidades
aquel gaudium de veritate, tan caro a San Agustín, esto es, el
gozo de buscar la verdad, de descubrirla y de comunicarla (2) en todos los campos
del conocimiento. Su tarea privilegiada es la de «unificar existencialmente
en el trabajo intelectual dos órdenes de realidades que muy a menudo se
tiende a oponer como si fuesen antitéticas: la búsqueda de la
verdad y la certeza de conocer ya la fuente de la verdad» (3). 2. Durante muchos años yo mismo viví la benéfica
experiencia, que me enriqueció interiormente, de aquello que es propio de
la vida universitaria: la ardiente búsqueda de la verdad y su transmisión
desinteresada a los jóvenes y a todos aquellos que aprenden a razonar con
rigor, para obrar con rectitud y para servir mejor a la sociedad. Deseo, por tanto, compartir con todos mi profunda estima por la Universidad
Católica, y expresar mi vivo aprecio por el esfuerzo que en ella se viene
realizando en los diversos campos del conocimiento. En particular, deseo
manifestar mi alegría por los múltiples encuentros que el Señor
me ha concedido tener, en el transcurso de mis viajes apostólicos, con
las Comunidades universitarias de los distintos continentes. Ellas son para mí
el signo vivo y prometedor de la fecundidad de la inteligencia cristiana en el
corazón de cada cultura. Ellas me dan una fundada esperanza de un nuevo
florecimiento de la cultura cristiana en el contexto múltiple y rico de
nuestro tiempo cambiante, el cual se encuentra ciertamente frente a serios
retos, pero también es portador de grandes promesas bajo la acción
del Espíritu de verdad y de amor. Quiero expresar también aprecio y gratitud a tantos profesores católicos
comprometidos en Universidades no Católicas. Su tarea como académicos
y científicos, vivida en la perspectiva de la luz cristiana, debe
considerarse sumamente valiosa para el bien de la Universidad en la que enseñan.
Su presencia, en efecto, es un estímulo constante para la búsqueda
desinteresada de la verdad y de la sabiduría que viene de lo Alto. 3. Desde el comienzo de mi pontificado, ha sido mi propósito
compartir estas ideas y sentimientos con mis colaboradores más
inmediatos, que son los Cardenales, con la Congregación para la Educación
Católica, así como también con las mujeres y los hombres de
cultura de todo el mundo. En efecto, el diálogo de la Iglesia con la
cultura de nuestro tiempo es el sector vital, en el que «se juega el
destino de la Iglesia y del mundo en este final del siglo XX» (4). No hay,
en efecto, más que una cultura: la humana, la del hombre y para el
hombre (5). Y la Iglesia, experta en humanidad, según expresión de
mi predecesor Pablo VI hablando a la ONU (6), investiga, gracias a sus
Universidades Católicas y a su patrimonio humanístico y científico,
los misterios del hombre y del mundo explicándolos a la luz de la
Revelación. 4. Es un honor y una responsabilidad de la Universidad Católica
consagrarse sin reservas a la causa de la verdad. Es ésta su
manera de servir, al mismo tiempo, a la dignidad del hombre y a la causa de la
Iglesia, que tiene «la íntima convicción de que la verdad es
su verdadera aliada ... y que el saber y la razón son fieles servidores
de la fe» (7). Sin descuidar en modo alguno la adquisición de
conocimientos útiles, la Universidad Católica se distingue por su
libre búsqueda de toda la verdad acerca de la naturaleza, del hombre y de
Dios. Nuestra época, en efecto, tiene necesidad urgente de esta forma de
servicio desinteresado que es el de proclamar el sentido de la verdad,
valor fundamental sin el cual desaparecen la libertad, la justicia y la dignidad
del hombre. Por una especie de humanismo universal la Universidad Católica
se dedica por entero a la búsqueda de todos los aspectos de la verdad en
sus relaciones esenciales con la Verdad suprema, que es Dios. Por lo cual, ella,
sin temor alguno, antes bien con entusiasmo trabaja en todos los campos del
saber, consciente de ser precedida por Aquel que es «Camino, Verdad y Vida» (8),
el Logos, cuyo Espíritu de inteligencia y de amor da a la persona
humana la capacidad de encontrar con su inteligencia la realidad última
que es su principio y su fin, y es el único capaz de dar en plenitud
aquella Sabiduría, sin la cual el futuro del mundo estaría en
peligro. 5. Es en el contexto de la búsqueda desinteresada de la verdad que la
relación entre fe y cultura encuentra su sentido y significado. «Intellege
ut credas; crede ut intellegas»: esta invitación de San Agustín (9)
vale también para la Universidad Católica, llamada a explorar
audazmente las riquezas de la Revelación y de la naturaleza, para que el
esfuerzo conjunto de la inteligencia y de la fe permita a los hombres alcanzar
la medida plena de su humanidad, creada a imagen y semejanza de Dios, renovada más
admirablemente todavía, después del pecado, en Cristo, y llamada a
brillar en la luz del Espíritu. 6. La Universidad Católica, por el encuentro que establece entre la
insondable riqueza del mensaje salvífico del Evangelio y la pluralidad e
infinidad de campos del saber en los que la encarna, permite a la Iglesia
establecer un diálogo de fecundidad incomparable con todos los hombres de
cualquier cultura. El hombre, en efecto, vive una vida digna gracias a la
cultura y, si encuentra su plenitud en Cristo, no hay duda que el Evangelio,
abarcándolo y renovándolo en todas sus dimensiones, es fecundo
también para la cultura, de la que el hombre mismo vive. 7. En el mundo de hoy, caracterizado por unos progresos tan rápidos
en la ciencia y en la tecnología, las tareas de la Universidad Católica
asumen una importancia y una urgencia cada vez mayores. De hecho, los
descubrimientos científicos y tecnológicos, si por una parte
conllevan un enorme crecimiento económico e industrial, por otra imponen
ineludiblemente la necesaria correspondiente búsqueda del significado,
con el fin de garantizar que los nuevos descubrimientos sean usados para el auténtico
bien de cada persona y del conjunto de la sociedad humana. Si es responsabilidad
de toda Universidad buscar este significado, la Universidad Católica está
llamada de modo especial a responder a esta exigencia; su inspiración
cristiana le permite incluir en su búsqueda, la dimensión moral,
espiritual y religiosa, y valorar las conquistas de la ciencia y de la tecnología
en la perspectiva total de la persona humana. En este contexto, las Universidades Católicas están llamadas a
una continua renovación, tanto por el hecho de ser universidad, como por
el hecho de ser católica. En efecto, «está en juego el significado
de la investigación científica y de la tecnología, de
la convivencia social, de la cultura, pero, más profundamente todavía,
está en juego el significado mismo del hombre» (10). Tal
renovación exige la clara conciencia de que, por su carácter católico,
la Universidad goza de una mayor capacidad para la búsqueda desinteresada
de la verdad; búsqueda, pues, que no está subordinada ni
condicionada por intereses particulares de ningún género. 8. Habiendo dedicado ya a las Universidades y Facultades eclesiásticas
la Constitución Apostólica Sapientia Christiana, (11) me ha
parecido un deber proponer a las Universidades Católicas un documento de
referencia análogo, que sea para ellas como la «magna charta»,
enriquecida por la experiencia tan amplia y fecunda de la Iglesia en el sector
universitario, y abierta a las realizaciones prometedoras del porvenir, el cual
exige audaz creatividad y al mismo tiempo rigurosa fidelidad. 9. El presente documento va dirigido especialmente a los dirigentes de las
Universidades Católicas, a las Comunidades académicas respectivas,
a todos aquellos que se interesen por ellas, particularmente a los Obispos, a
las Congregaciones Religiosas y a las Instituciones eclesiales y a los numerosos
laicos comprometidos en la gran misión de la enseñanza superior.
La finalidad es hacer que se logre «una presencia, por así decir, pública,
continua y universal del pensamiento cristiano en todo esfuerzo tendiente a
promover la cultura superior y, también, a formar a todos los estudiantes
de manera que lleguen a ser hombres insignes por el saber, preparados para
desempeñar funciones de responsabilidad en la sociedad y a testimoniar su
fe ante el mundo» (12). 10. Además de las Universidades Católicas, me dirijo también
a las numerosas Instituciones Católicas de estudios superiores. Según
su naturaleza y objetivos propios, ellas tienen en común alguna o todas
las características de una Universidad y ofrecen una particular
contribución a la Iglesia y a la sociedad, sea mediante la investigación
sea mediante la educación o la preparación profesional. Si bien
este documento se refiere específicamente a la Universidad Católica,
también pretende abarcar a todas las Instituciones Católicas de
enseñanza superior, comprometidas en la transmisión del mensaje
del Evangelio de Cristo a los espíritus y a las culturas. Es, por tanto, con gran confianza y esperanza que invito a todas las
Universidades Católicas a perseverar en su insustituible tarea. Su misión
aparece cada vez más necesaria para el encuentro de la Iglesia con el
desarrollo de las ciencias y con las culturas de nuestro tiempo. Junto con todos los hermanos Obispos, que comparten conmigo las tareas
pastorales, deseo manifestaros mi profunda convicción de que la
Universidad Católica es sin duda alguna uno de los mejores instrumentos
que la Iglesia ofrece a nuestra época, que está en busca de
certeza y sabiduría. Teniendo la misión de llevar la Buena Nueva a
todos los hombres, la Iglesia nunca debe dejar de interesarse por esta Institución.
Las Universidades Católicas, en efecto, con la investigación y la
enseñanza, ayudan a la Iglesia a encontrar de un modo adecuado a los
tiempos modernos los tesoros antiguos y nuevos de la cultura, «nova et
vetera», según la palabra de Jesús (13). 11. Me dirijo, en fin, a toda la Iglesia, convencido de que las
Universidades Católicas son necesarias para su crecimiento y para el
desarrollo de la cultura cristiana y del progreso. Por esto, toda la Comunidad
eclesial es invitada a prestar su apoyo a las Instituciones Católicas de
enseñanza superior y a asistirlas en su proceso de crecimiento y renovación.
Ella es invitada especialmente a tutelar los derechos y la libertad de estas
Instituciones en la sociedad civil, a ofrecerles apoyo económico, sobre
todo en aquellos Países que tienen más urgente necesidad de él
y a contribuir al establecimiento de nuevas Universidades Católicas, allí
donde sean necesarias. Espero que estas disposiciones, fundadas en la enseñanza del Concilio
Vaticano II y en las normas del Código de Derecho Canónico,
permitan a las Universidades Católicas y a los demás Institutos de
Estudios Superiores cumplir su imprescindible misión en el nuevo Adviento
de gracia que se abre con el nuevo Milenio. |
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| Tomado del sitio de web del vaticano: www.vatican.va | |
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