DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A VARIOS GRUPOS DE PEREGRINOS

Lunes 26 de octubre de 1998
 

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Ayer celebramos la solemne beatificación de Ceferino Agostini, Antonio de Santa Ana Galvão, Faustino Míguez y Teodora Guerin: tres sacerdotes y una virgen, todos fundadores de comunidades de vida consagrada. Con gran alegría os acojo hoy a vosotros, que habéis venido de diversas partes del mundo para participar en este jubiloso acontecimiento.

Saludo cordialmente a los que han venido en peregrinación para la beatificación de don Ceferino Agostini, en especial al obispo de Verona y a los demás obispos presentes. Deseo alentar afectuosamente a la congregación de las ursulinas Hijas de María, que se alegran por la elevación al honor de los altares de su fundador.

En un ambiente lleno de dificultades materiales y espirituales, en la periferia de Verona, su ciudad natal, don Ceferino Agostini trabajó con todo esmero por favorecer la recuperación humana y cristiana de las generaciones jóvenes; puso en marcha iniciativas de carácter eclesial y social para ayudar a los pobres y a los más necesitados; y dirigió con gran dedicación la escuela de la doctrina cristiana.

Su celo estaba sostenido por una oración asidua, especialmente ante el santísimo Sacramento. El diálogo constante con Dios le proporcionaba la energía para su intenso apostolado. Ojalá que sus enseñanzas y su vida inspiren a cuantos hoy lo veneran como beato.

2. Con gran satisfacción saludo ahora a los numerosos peregrinos brasileños que han venido a Roma para participar en la solemne beatificación del primer beato nacido en tierra brasileña, fray Antonio de Santa Ana Galvão, también conocido como fray Galvão. Guaratinguetá, su ciudad natal, debe sentirse muy feliz porque un hijo suyo ha sido elevado al honor de los altares. En el hogar del beato fray Galvão, la familia se reunía todas las noches ante la imagen de santa Ana para orar; de allí brotó su solicitud por los más pobres, que acudían a su casa; años más tarde, atraería a millares de afligidos, enfermos y esclavos, en busca de consuelo y de luz, hasta el punto de que era conocido como «el hombre de la paz y la caridad».

Pidamos a Dios que, con el ejemplo del beato fray Galvão, la fiel observancia de su consagración religiosa y sacerdotal sirva de estímulo para un nuevo florecimiento de vocaciones sacerdotales y religiosas, tan urgente en la Tierra de la Santa Cruz. Y que esta fe, acompañada por las obras de caridad que transformaron al beato fray Galvão en dulzura de Dios, aumente en los hijos de Dios la paz y la justicia que únicamente germinan en una sociedad fraterna y reconciliada.

3. Con gusto acojo hoy a los peregrinos que, acompañados por sus obispos, han venido hasta Roma desde Galicia, cuna del nuevo beato Faustino Míguez, y desde las demás tierras de España, América Latina y África, donde las Hijas de la Divina Pastora desarrollan el ideal educativo de su fundador.

El padre Faustino, sencillo y observador, descubrió pronto al Dios amigo que lo necesitaba para forjar el corazón de los jóvenes y mitigar el dolor de los enfermos. Hijo ejemplar de la Escuela Pía, todo su quehacer apostólico y educativo estuvo impulsado por la pedagogía del amor. La humildad fue su virtud predilecta. Rechazó en su larga vida todo tipo de distinciones, ya que sólo deseaba «vivir oculto para morir ignorado». Fuerte en la adversidad y firme en la obediencia, esperó contra toda esperanza, sabiendo que Dios saca bienes de los males.

Queridos hermanos y hermanas, el testimonio extraordinario de este consagrado es una invitación a todos, y de modo especial a las religiosas calasancias, a amar profundamente la labor educativa como irrenunciable servicio eclesial al Evangelio y como un bien para la sociedad.

4. Queridos hermanos y hermanas, doy mi cordial bienvenida a los numerosos peregrinos de lengua inglesa que han venido con ocasión de la beatificación de la madre Teodora Guerin. En particular, dirijo un saludo a los obispos presentes y a las Hermanas de la Providencia. La madre Teodora recuerda a los hombres y mujeres de hoy que busquen la serenidad y el consuelo en el corazón de Jesús y que obtengan fuerza en la oración. También la sociedad de hoy necesita la entrega, la sabiduría y el amor generoso que su vida y obra irradian. Os invito a honrarla imitándola. Que, por intercesión de la beata Teodora Guerin, avancéis siempre en presencia de Dios, busquéis su voluntad y soportéis con valentía todas las pruebas que él permita en vuestra vida.

Me alegra acoger a los peregrinos de lengua francesa que han venido para tomar parte en la ceremonia de beatificación de la madre Teodora Guerin. Ojalá que la Iglesia en Francia y en los países francófonos imite su confianza absoluta en la Providencia para seguir anunciando el Evangelio.

5. Os saludo cordialmente, queridos peregrinos que habéis venido a Roma con ocasión del décimo aniversario del motu proprio «Ecclesia Dei», para reafirmar y renovar vuestra fe en Cristo y vuestra fidelidad a la Iglesia. Queridos amigos, vuestra presencia ante «el Sucesor de Pedro, al que corresponde en primer lugar velar por la unidad de la Iglesia » (constitución dogmática Pastor aeternus del concilio Vaticano I) es muy significativa.

La Iglesia, para conservar el tesoro que Jesús le ha confiado, decididamente orientada hacia el futuro, tiene el deber de reflexionar continuamente en su vínculo con la Tradición que nos viene del Señor a través de los Apóstoles, tal como se ha formado en el decurso de la historia. De acuerdo con el espíritu de conversión de la carta apostólica Tertio millennio adveniente (cf. nn. 14, 32, 34 y 50), exhorto a todos los católicos a realizar gestos de unidad y a renovar su adhesión a la Iglesia, para que la legítima diversidad y las diferentes sensibilidades, dignas de respeto, no los separen unos de otros, sino que los impulsen a anunciar juntos el Evangelio; así, estimulados por el Espíritu, que hace que los diversos carismas contribuyan a la unidad, todos podrán glorificar al Señor y se proclamará la salvación a todas las naciones.

Ojalá que todos los miembros de la Iglesia sigan siendo herederos de la fe recibida de los Apóstoles, digna y fielmente celebrada en los santos misterios, con fervor y belleza, para recibir en mayor grado la gracia (cf. concilio ecuménico de Trento, sesión VII, 3 de marzo de 1547, Decreto sobre los sacramentos) y vivir una relación íntima y profunda con la santísima Trinidad. Confirmando el bien fundado de la reforma litúrgica solicitada por el concilio Vaticano II y realizada por el Papa Pablo VI, la Iglesia da así un signo de comprensión a las personas «vinculadas a algunas formas litúrgicas y disciplinares anteriores» (motu proprio «Ecclesia Dei», 5). En esta perspectiva se debe leer y aplicar el motu proprio «Ecclesia Dei»; ojalá que todo se viva según el espíritu del concilio Vaticano II, en plena armonía con la Tradición, buscando la unidad en la caridad y la fidelidad a la verdad.

«Gracias a la acción del mismo Espíritu Santo, por la que todo el rebaño de Cristo se mantiene y progresa en la unidad de la fe» (Lumen gentium, 25), el Sucesor de Pedro y los obispos, sucesores de los Apóstoles, enseñan el misterio cristiano; de modo muy peculiar, los obispos, reunidos en concilios ecuménicos, cum Petro et sub Petro, confirman y refuerzan la doctrina de la Iglesia, fiel heredera de la Tradición que existe ya desde hace más de veinte siglos como realidad viva que progresa, dando nuevo impulso a toda la comunidad eclesial. Los últimos concilios ecuménicos ―Trento, Vaticano I y Vaticano II―. se esforzaron de modo particular en esclarecer el misterio de la fe y emprendieron reformas necesarias para el bien de la Iglesia, buscando la continuidad con la Tradición apostólica, ya recogida por san Hipólito.

Por consiguiente, compete en primer lugar a los obispos, en comunión con el Sucesor de Pedro, la misión de guiar con firmeza y caridad al rebaño, para que en todas partes la fe católica se conserve (cf. Pablo VI, exhortación apostólica Quinque iam anni; Código de derecho canónico, c. 386) y se celebre dignamente. En efecto, como dice san Ignacio de Antioquía, «donde hay un obispo, ahí está también la Iglesia» (Carta a los fieles de Esmirna, VIII, 2). Invito, asimismo, fraternalmente a los obispos a renovar su comprensión y su atención pastoral a los fieles que siguen el antiguo rito y, en el umbral del tercer milenio, a ayudar a todos los católicos a vivir la celebración de los santos misterios con una devoción que sea verdadero alimento para su vida espiritual, y fuente de paz.

Encomendándoos a la intercesión de la Virgen María, modelo perfecto de seguimiento de Cristo y Madre de la Iglesia, queridos hermanos y hermanas, os imparto la bendición apostólica, que extiendo a todos vuestros seres queridos.

Saludo cordialmente a todos los peregrinos de lengua alemana que han venido a Roma a visitar las tumbas de los príncipes de los Apóstoles con ocasión del décimo aniversario del motu proprio «Ecclesia Dei». Os imparto de corazón a vosotros y a todos vuestros seres queridos mi bendición apostólica.

Doy una cordial bienvenida a los peregrinos de lengua inglesa que han venido para venerar las tumbas de los Apóstoles con ocasión del décimo aniversario del motu proprio «Ecclesia Dei». Invoco sobre vosotros y sobre vuestras familias las abundantes bendiciones de Dios todopoderoso.

6. Amadísimos hermanos y hermanas, al volver a vuestras tierras, llevad a vuestras familias y a vuestras parroquias el saludo del Papa, juntamente con la bendición apostólica, que imparto de coraz ón a cada uno de vosotros y a vuestros seres queridos.

IOANNES PAULUS PP. II

 

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