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1. Me alegra saludaros a todos cordialmente
y expresaros mi alegría por vuestra presencia, que manifiesta de modo
singular la comunión que une la Sede apostólica con las Iglesias
esparcidas en los diversos continentes. En particular, agradezco al
señor cardenal Pío Laghi, prefecto de la Sagrada Congregación para la
Educación Católica, las palabras que me ha dirigido con tanta
cordialidad.
Este encuentro me ofrece la oportunidad de manifestaros
a todos vosotros, miembros y oficiales de esta Congregación, mi estima y
gratitud por vuestro trabajo, frecuentemente difícil y oculto, con el
que expresáis la solicitud universal de la Santa Sede por la promoción
de la educación católica.
2. La educación constituye, ciertamente, uno de los
compromisos prioritarios de la Iglesia en este final de milenio,
marcado por heridas dolorosas, pero también abierto a extraordinarias
posibilidades. Es un tiempo de gracia, en el que el impulso de la
evangelización tiene grandes oportunidades para penetrar en ambientes
descristianizados o todavía no cristianos. El compromiso formativo a
todos los niveles y, en particular, a nivel de seminarios, universidades
y escuelas católicas es el presupuesto fundamental de esa obra. En
efecto, la presencia de sacerdotes, religiosos y religiosas, laicos y
laicas bien formados es un instrumento esencial para el anuncio, la
acogida y el arraigo del Evangelio.
El llamamiento a esta prioridad educativa es una
constante, que se ha recordado muchas veces durante estos últimos años
en importantes asambleas episcopales. Por ejemplo, en el Sínodo de 1990,
los padres, haciéndose eco de las indicaciones del decreto Optatam
totius y de la primera Asamblea general del Sínodo de los obispos de
1967, pusieron de manifiesto la urgencia de una «preparación especial de
los formadores (de los seminarios), que sea verdaderamente técnica,
pedagógica, espiritual, humana y teológica» (Proposición 29).
Además, muy oportunamente, la Congregación para la educación católica,
respondiendo a esta exigencia, publicó las Directrices sobre la
preparación de los formadores en los seminarios para «promover una
pedagogía más dinámica, activa, abierta a la realidad de la vida y
atenta a los procesos evolutivos de la persona, cada vez más
diferenciados y complejos» (n. 10).
Después, en Santo Domingo, el año 1992, se reafirmó el
papel central de la educación en el proceso de la nueva evangelización.
Asimismo, la reciente Asamblea del Sínodo de los obispos sobre la vida
consagrada invitó a los institutos religiosos a no abandonar este
compromiso en las escuelas, convencidos de que la obra formativa es
parte esencial de la promoción humana y evangélica. Por último, las
celebraciones con ocasión del trigésimo aniversario de la declaración
Gravissimum educationis y del decreto Optatam totius,
constituyen un nuevo llamamiento, que no queremos desaprovechar, al
carácter decisivo del compromiso educativo.
Pero para que este compromiso sea fructuoso, es
necesario que los educadores conozcan bien su identidad y su misión y
sigan la enseñanza de Jesús.
3. «Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn
8, 32). Esta expresión de Jesús, que nos refiere el evangelio de san
Juan, representa un punto de referencia decisivo para trazar algunas
perspectivas del misterio de la educación. En el versículo que
acabamos de recordar, Jesús relaciona los dos elementos
—verdad y libertad— que el
hombre, a menudo, no ha logrado coordinar bien. En efecto, puede
observarse que, mientras que en el pasado prevaleció a veces una forma
de verdad alejada de la libertad, hoy se asiste con frecuencia a un
ejercicio de la libertad alejado de la verdad.
En cambio, una persona es libre
—afirma Jesús— sólo cuando reconoce
la verdad sobre sí misma. Naturalmente, esto requiere un camino
lento, paciente y amoroso a través del cual es posible descubrir
progresivamente el propio ser verdadero y el propio rostro auténtico.
Precisamente, a lo largo de este camino se inserta la figura del
educador que, ayudando con rasgos paternos y maternos a reconocer la
verdad sobre sí mismos, colabora en la conquista de la libertad, «Signo
eminente de la imagen divina» (Gaudium et spes, 17). En esta
perspectiva, es tarea del educador, por una parte, testimoniar que la
verdad sobre sí no se reduce a una proyección de las propias ideas y de
las propias imágenes y, por otra, encaminar al discípulo hacia el
estupendo y siempre sorprendente descubrimiento de la verdad que lo
precede y sobre la que no tiene dominio.
Pero la verdad sobre nosotros está muy relacionada con el amor hacia
nosotros. Sólo quien nos ama posee y conserva el misterio de nuestra
verdadera imagen, incluso cuando se nos ha escapado de nuestras propias
manos.
Sólo educa quien ama, porque sólo quien ama sabe decir la
verdad que es el amor. Dios es el verdadero educador porque «Dios es
amor».
Aquí está el núcleo, el centro fundamental de toda actividad
educativa: colaborar en el descubrimiento de la verdadera imagen que el
amor de Dios ha impreso indeleblemente en toda persona y que se conserva
en el misterio de su amor. Educar significa reconocer en toda persona y
pronunciar sobre toda persona la verdad que es Jesús, para que toda
persona pueda llegar a ser libre. Libre de las esclavitudes que se le
imponen, libre de las esclavitudes, aún más claras y tremendas, que ella
misma se impone.
De este modo, resulta que el misterio de la educación está
íntimamente relacionado con el misterio de la vocación, es decir, con el
misterio del nombre con el que el Padre nos ha llamado y predestinado en
Cristo aun antes de la creación del mundo.
4. Me agrada ver a la luz de esta enseñanza de Jesús todo el
trabajo de vuestro dicasterio y el programa de estos días de asamblea
plenaria.
El tema principal que habéis puesto en el orden del día ha sido el
estudio de un primer borrador de Ratio fundamentalis
institutionis diaconalis que, después de casi treinta años de la
restauración del diaconado permanente, se presenta como valioso
instrumento para armonizar, en el respeto de las legítimas diversidades,
los programas educativos trazados por las Conferencias episcopales y por
las diócesis.
5. Además de la formación inicial de los diáconos permanentes, la
plenaria ha estudiado las actividades principales y las orientaciones
generales de las cuatro oficinas de la Congregación. Los informes
permiten descubrir la riqueza y la complejidad de los problemas que
estáis llamados a afrontar.
La oficina Seminarios ha aceptado la invitación sugerida por
los padres del Sínodo celebrado en 1990, y que volví a proponer en la
Pastores dabo vobis (cf. n. 62), de recoger todas las informaciones
sobre las experiencias realizadas sobre el período propedéutico.
Me parece que ya está maduro el tiempo para comunicar a las Conferencias
episcopales los datos recogidos hasta ahora. Además, he visto con
satisfacción el gran esfuerzo realizado al proseguir las visitas
apostólicas a los seminarios de derecho común y la aguda sensibilidad al
brindar una orientación con vistas a solucionar algunos problemas
importantes, como la creación de institutos para la formación de los
formadores, el uso prudente de los test psicológicos para el
discernimiento vocacional, la verificación de la propuesta formativa de
los seminarios «Redemptoris Mater», la relación entre la
necesaria unidad y la posible diversidad de las instituciones para la
formación sacerdotal.
6. La oficina Universidades, después de haber publicado, en
colaboración con el Consejo pontificio para los laicos y el Consejo
pontificio para la cultura el documento Presencia de la Iglesia en la
universidad y en la cultura universitaria, está proyectando ahora
una Nota ilustrativa sobre la enseñanza teológica en las
universidades católicas. Verdaderamente me parece importante que se
promueva la enseñanza de la teología en todas las universidades
católicas. Esto contribuirá a la búsqueda de una síntesis del saber,
alimentará el diálogo entre fe y razón, y entre los cultivadores de las
diferentes disciplinas, estimulará una reflexión capaz de captar las
implicaciones teológicas, antropológicas y éticas de los propios métodos
cognoscitivos y de las propias conquistas del saber (cf. Ex corde
Ecclesiae, 19).
Además, deseo que se proceda a completar los estatutos de las
universidades y de las facultades eclesiásticas y que las Conferencias
episcopales redacten los Ordenamientos que apliquen la
constitución apostólica Ex corde Ecclesiae. Por último, merece
alentarse vivamente el esfuerzo de la Congregación por promover la
pastoral universitaria que, sin lugar a dudas, constituye un inmenso
campo de trabajo en el ámbito de la misión eclesial.
La oficina Escuelas, en estos años de profunda transformación
cultural, está guiando eficazmente la obra educativa de las escuelas
católicas, así como la formación religiosa de los jóvenes en las
escuelas públicas. Además, está sosteniendo a los educadores católicos,
llamados a afrontar los nuevos desafíos causados por la debilitación de
la fuerza educativa de la familia y de la sociedad. Estoy seguro de que
todos, impulsados por el carisma de los grandes santos educadores,
sabrán responder con sensibilidad y clarividencia a las expectativas de
las nuevas generaciones.
7. La Obra pontificia para las vocaciones está comprometida en
la preparación del II Congreso continental sobre las vocaciones de
especial consagración para Europa, que se celebrará en Roma en 1997.
Esta iniciativa ya ha puesto en marcha, en los diversos países del
continente, un intenso trabajo de verificación y de sensibilización de
la pastoral vocacional. Tengo la viva esperanza de que este compromiso
renovado promueva abundantes vocaciones nuevas para una Europa nueva.
Recomiendo que, en el centro de toda actividad, se dé gran espacio a la
oración, que sigue siendo el medio principal para obtener y acompañar
las vocaciones.
En fin, la Comisión interdicasterial permanente para una
distribución más equitativa de los sacerdotes en el mundo, que tiene
su sede en vuestra Congregación, está recogiendo los datos de todas las
diócesis y comunidades religiosas para poner en practica el intercambio
de dones entre Iglesias hermanas. Espero que toda Iglesia dé de lo que
tiene, incluso de su propia pobreza.
8. Al concluir este encuentro, deseo manifestaros nuevamente a todos
mi agradecimiento. Vuestra obra es una valiosa colaboración en el
ministerio de presidencia en la caridad, que es propio del Sucesor de
Pedro.
Sabed que confío mucho en vuestra ayuda y que os acompaño
constantemente con la oración. Y ahora me alegra impartiros a vosotros
y, por medio de vosotros, a todos los seminarios e institutos de
estudio, mi bendición |