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1. «¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te
criaron!» (Lc 11, 27).
Queridos jóvenes, junto con todos vosotros, que desde
diversos países y continentes os habéis reunido aquí, elevo mi saludo
a Jesucristo. Reconozco en él al Hijo de Dios, el Verbo eterno del
Padre. Saludo al Hijo de María con las mismas palabras con las que lo
saludó aquella mujer de entre la gente, mientras él predicaba. Saludo a
Jesucristo bendiciendo a su Madre-Virgen, bendiciendo su
maternidad divina. Mediante esta maternidad virginal, el Hijo de Dios se
hizo uno de nosotros. Se convirtió en nuestro Maestro y Hermano para
poder ser nuestro Redentor, por medio de la cruz, en el Gólgota; para
manifestar en la resurrección el poder del Espíritu Santo, que «da vida»
(cf. Jn 6, 63). Gracias a este poder de Dios que da la vida,
hemos sido llamados «hijos de Dios, pues ¡lo somos!»(Jn 3,
1).
2. «¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te
criaron!».
Junto con vosotros pronuncio este saludo a los pies
de Jasna Góra, en el umbral del santuario que ha quedado inscrito
profundamente en la historia de una nación y que, al mismo tiempo, se
abre de par en par a todas las naciones y a todos los pueblos de Europa
y del mundo. Vosotros, jóvenes, ya sabéis todo esto: muchos de vosotros
no se encuentran aquí por primera vez. Especialmente durante los últimos
años habéis elegido este camino como itinerario de vuestras
peregrinaciones a pie, y muchas veces, junto con vuestros coetáneos
polacos, habéis venido en peregrinación a Jasna Góra.
Hoy os saludo a todos vosotros con mi más viva
cordialidad; y, como aquella mujer del Evangelio, quisiera saludar a
vuestras madres, padres, familias, comunidades juveniles y patrias.
Junto con vosotros saludo a vuestros pastores, así como
a vuestros guías y animadores.
3. En 1983 comenzó en la Iglesia la tradición de la
Jornada mundial de la juventud. Partiendo ese año desde la plaza
de San Pedro en Roma, estamos realizando juntos una peregrinación a
través del mundo. Nuestro itinerario de peregrinos nos llevó primero
hacia América del Sur, a Buenos Aires, capital de Argentina. Dos
años más tarde volvimos a la orilla este del Atlántico, aceptando la
invitación del acogedor santuario de Santiago de Compostela, en
España. El desarrollo de los acontecimientos que han tenido lugar en el
viejo continente europeo, hace que hoy, una vez más después de dos años,
nos encontremos en Czestochowa, en tierra polaca.
Todo lo que, durante varios decenios, quedó dividido por
la fuerza en este continente, ahora ha de acercarse de una y otra parte
a fin de que Europa busque la unidad para su futuro y para el bien de
toda la familia humana y retorne a sus propias raíces cristianas.
Esas raíces se encuentran tanto en Occidente como en Oriente. Desde
Occidente (en Compostela) nos trasladamos más hacia el este, si bien nos
encontramos en el centro de Europa. En efecto, se trata de mirar ahora
hacia el futuro, y esto pertenece a vosotros, a los jóvenes. Es
necesario que toméis los grandes caminos de la historia, no sólo aquí,
en Europa, sino también en todos los continentes, y que en todas partes
os convirtáis en testigos de las bienaventuranzas de Cristo: «Bienaventurados
los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de
Dios» (Mt 5, 9).
4. Cristo, respondiendo al saludo de aquella mujer en
medio de la gente, dijo: «Dichosos más bien los que oyen la Palabra
de Dios y la guardan» (Lc 11, 28). Precisamente ésta es la
finalidad de nuestra peregrinación. Hemos venido aquí para escuchar la
palabra de Dios, junto con toda esta gran multitud de jóvenes, y
cumplirla.
«Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios
son hijos de Dios» (Rm 8, 14).
Señora de Jasna Góra, acepta nuestra multitud en
peregrinación a este cenáculo particular, que quiere ser como el
Cenáculo de Jerusalén, en el que perseverabas en la oración junto
con los Apóstoles, antes de que el Espíritu Santo comenzara a
conducirlos hacia los confines de la tierra.
Acoge nuestra multitud de múltiples lenguas. Así
como en aquel entonces, el día de Pentecostés, aceptaste a los
peregrinos de diferentes naciones y lenguas, acógenos del mismo modo
también a nosotros; dígnate estar con nosotros. Dígnate guiamos por el
sendero de la fe siguiendo a Cristo: el mismo camino en el que el
Espíritu Santo te introdujo a ti en primer lugar.
Alcánzanos de Dios que «ardan nuestros corazones»,
como sucedió con los discípulos de Emaús, mientras Cristo nos habla y
nos «explica las Escrituras» (cf. Lc 24, 32) a fin de que «las
maravillas de Dios» (cf. Hch 2, 11) se conviertan una vez más en
nosotros y por medio de nosotros en parte y herencia de la generación
que entra en el tercer milenio de la historia.
* * *
Saludo a los jóvenes de varias nacionalidades
Un saludo cordial y afectuoso a los jóvenes amigos de
España y de los diversos Países de América Latina.
Estáis presentes aquí, en Czestochowa, como portadores de la llama de
esperanza y vida que surgió en el Monte del Gozo (Santiago de
Compostela) hace ahora dos años. Que nunca se apague en vuestros
corazones jóvenes el entusiasmo y la alegría de seguir a Jesucristo,
nuestro único camino, nuestra sublime verdad, la razón de nuestra vida.
Compartid con todos los demás jóvenes en todos los Países, en la Europa
sin fronteras, los ideales de fraternidad y amor que harán de nuestro
mundo un lugar más humano, justo y acogedor.
Gracias, muchas gracias por vuestra presencia y oraciones. |