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MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II AL
PRESIDENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE FRANCIA
A monseñor Jean-Pierre RICARD
Arzobispo de Burdeos
Presidente de la Conferencia episcopal
de Francia
y a todos los obispos de Francia
Queridos hermanos en el episcopado:
1. Durante vuestras visitas ad limina, me habéis hecho partícipe de
vuestras preocupaciones y vuestras alegrías, poniendo de relieve las buenas
relaciones que mantenéis con los responsables de la sociedad civil, por lo cual
no puedo menos de alegrarme. En nuestros encuentros abordé con vosotros la
cuestión de las relaciones con las autoridades civiles desde la perspectiva del
centenario de la ley de separación de la Iglesia y el Estado. Asimismo, en el
discurso que dirigí a los obispos de la provincia de Besançon, el 27 de febrero
de 2004, traté directamente sobre la cuestión de la laicidad.
2. En 1905, la ley de separación de la Iglesia y el Estado, que denunciaba el
Concordato de 1801, fue un acontecimiento doloroso y traumático para la Iglesia
en Francia. Esa ley regulaba el modo de vivir en Francia el principio de
laicidad y, en ese marco, sólo mantenía la libertad de culto, relegando al mismo
tiempo el hecho religioso a la esfera privada, sin reconocer a la vida religiosa
y a la institución eclesial un lugar en el seno de la sociedad. La vida
religiosa del hombre sólo se consideraba entonces como un simple sentimiento
personal, desconociendo así la naturaleza profunda del hombre, ser a la vez
personal y social en todas sus dimensiones, incluida su dimensión espiritual.
Sin embargo, desde 1920, hay que agradecer al Gobierno francés el haber
reconocido, en cierta manera, el lugar del hecho religioso en la vida social, la
actividad religiosa personal y social, y la constitución jerárquica de la
Iglesia, que es constitutiva de su unidad.
El centenario de esta ley puede ser hoy ocasión para reflexionar sobre la
historia religiosa en Francia durante el siglo pasado, considerando los
esfuerzos realizados por las diferentes partes enfrentadas para mantener el
diálogo, esfuerzos coronados con el restablecimiento de las relaciones
diplomáticas y con el acuerdo estipulado en 1924, suscrito por el Gobierno de la
República, descrito después en la encíclica de mi predecesor el Papa Pío XI, con
fecha 18 de enero de ese año, Maximam gravissimamque. A partir de 1921,
después de años difíciles, por iniciativa del Gobierno francés, ya se habían
entablado nuevas relaciones entre la República francesa y la Sede apostólica,
que abrían el camino a un marco de negociación y cooperación. En este marco,
pudo ponerse en marcha un proceso de pacificación, en el respeto del orden
jurídico, tanto civil como canónico. Este nuevo espíritu de comprensión mutua
permitió entonces encontrar solución a cierto número de dificultades y hacer que
todas las fuerzas del país contribuyeran al bien común, cada una en su propio
ámbito.
En cierta manera, se puede decir que ya se había alcanzado una suerte de
entendimiento día a día, que abría el camino a un acuerdo consensual de hecho
sobre las cuestiones institucionales de importancia fundamental para la vida de
la Iglesia. Esta paz, lograda progresivamente, ha llegado a ser una realidad
profundamente arraigada en el pueblo francés. Permite a la Iglesia que está en
Francia cumplir su misión con confianza y serenidad, y participar cada vez más
activamente en la vida de la sociedad, respetando las competencias de cada uno.
3. Bien comprendido, el principio de laicidad, muy arraigado en vuestro país,
pertenece también a la doctrina social de la Iglesia. Recuerda la necesidad de
una justa separación de poderes (cf. Compendio de la doctrina social de la
Iglesia, nn. 571-572), que se hace eco de la invitación de Cristo a sus
discípulos: "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios" (Lc
20, 25). Por su parte, la no confesionalidad del Estado, que es una no
intromisión del poder civil en la vida de la Iglesia y de las diferentes
religiones, así como en la esfera de lo espiritual, permite que todos los
componentes de la sociedad trabajen juntos al servicio de todos y de la
comunidad nacional.
Asimismo, como recordó el concilio ecuménico Vaticano II, la Iglesia no está
llamada a gestionar el ámbito temporal, puesto que, "en razón de su función y de
su competencia, no se confunde de ningún modo con la comunidad política y no
está vinculada a ningún sistema político" (Gaudium et spes, 76; cf.
n. 42). Pero, al mismo tiempo, es preciso que todos trabajen por el interés
general y por el bien común. Así se expresa también el Concilio: "La comunidad
política y la Iglesia, (...) aunque por diverso título, están al servicio de la
vocación personal y social del hombre. Este servicio lo realizarán con tanta
mayor eficacia, para bien de todos, cuanto más sana y mejor sea la cooperación
entre ellas" (ib., 76).
4. La aplicación de los principios de la doctrina social de la Iglesia ha
permitido, entre otras cosas, nuevos desarrollos en las relaciones entre la
Iglesia y el Estado en Francia, hasta llegar, durante los últimos años, a la
creación de una instancia de diálogo al más alto nivel, abriendo el camino, por
una parte, a la regulación de las cuestiones pendientes o de las dificultades
que pueden presentarse en diferentes campos, y, por otra, a la realización de un
cierto número de colaboraciones en la vida social, con vistas al bien común.
Así, pueden desarrollarse relaciones confiadas que permiten tratar las
cuestiones institucionales, por lo que concierne a las personas, a las
actividades y a los bienes, con espíritu de cooperación y de respeto mutuo. Me
complacen también todas las formas de colaboración que se realizan de manera
serena y confiada en los municipios, en las comunidades locales y en el seno de
las regiones, gracias a la atención de las personas elegidas, del clero, de los
fieles y de los hombres y mujeres de buena voluntad. Conozco la estima en la que
tenéis a los responsables de la nación y los vínculos que mantenéis con ellos,
estando siempre dispuestos a aportar vuestra contribución a la reflexión, en los
ámbitos donde se juega el futuro del hombre y de la sociedad, y con vistas a un
mayor respeto de las personas y de su dignidad. Con vosotros, aliento a los
fieles laicos en su deseo de servir a sus hermanos y hermanas con una
participación cada vez más activa en la vida pública, pues, como dice el
concilio Vaticano II, "la comunidad cristiana se siente verdadera e íntimamente
solidaria del género humano y de su historia" (Gaudium et spes, 1). Los
católicos de Francia, en razón de su condición de ciudadanos, como sus
compatriotas, tienen el deber de participar, según sus competencias y en el
respeto de sus convicciones, en los diferentes sectores de la vida pública.
5. El cristianismo ha desempeñado, y desempeña aún, un papel importante en la
sociedad francesa, en los campos político, filosófico, artístico o literario. En
el siglo XX, la Iglesia en Francia ha contado también con grandes pastores y
grandes teólogos. Se puede decir que fue un período particularmente fecundo,
incluso para la vida social. Henri de Lubac, Yves Congar, Marie-Dominique Chenu,
Jacques y Raïsa Maritain, Emmanuel Mounier, Robert Schuman, Edmond Michelet,
Madeleine Delbrêl, Gabriel Rosset, Georges Bernanos, Paul Claudel, François
Mauriac, Jean Lacroix, Jean Guitton, Jérôme Lejeune, tantos nombres que han
marcado el pensamiento y la praxis franceses, y que siguen siendo grandes
figuras reconocidas no sólo por la comunidad eclesial sino también por la
comunidad nacional.
Estas personas, al igual que otros muchos católicos, han ejercido una influencia
decisiva en la vida social de vuestro país y algunos también en la construcción
de Europa; todos fundaban su planteamiento intelectual y su actividad en los
principios evangélicos. Puesto que amaban a Cristo, amaban también a los hombres
y se entregaban a su servicio. Hoy corresponde a los católicos de vuestro país
avanzar por el camino de sus predecesores. No se puede olvidar el papel tan
importante que han desempeñado los valores cristianos en la construcción de
Europa y en la vida de los pueblos del continente. El cristianismo ha modelado
en gran parte el rostro de Europa, y a los hombres de hoy les corresponde
edificar la sociedad europea sobre los valores que presidieron su nacimiento y
que forman parte de su riqueza.
Francia no puede por menos de alegrarse de tener en su seno a hombres y mujeres
que sacan del Evangelio, de su vida espiritual y de su vida cristiana, elementos
y principios antropológicos que promueven una elevada idea del hombre,
principios que les ayudan a cumplir su misión de ciudadanos, en todos los
niveles de la vida social, para servir a sus hermanos los hombres, para
participar en el bien común, para difundir la concordia, la paz, la justicia, la
solidaridad y el buen entendimiento entre todos, en definitiva, para aportar con
alegría su piedra a la construcción del cuerpo social.
A este propósito, conviene que hoy os preocupéis por intensificar cada vez más
la formación de los fieles en la doctrina social de la Iglesia y en una
reflexión filosófica seria, sobre todo la de los jóvenes que se preparan para
desempeñar cargos importantes en puestos de decisión en el seno de la sociedad;
deberán esforzarse por difundir los valores evangélicos y los fundamentos
antropológicos seguros en los diferentes ámbitos de la vida social. Así, en
vuestro país, la Iglesia se presentará a la cita con la historia. Los cristianos
son conscientes de que tienen una misión que cumplir al servicio de sus
hermanos, como dice uno de los textos más antiguos de la literatura cristiana:
"Es tan noble el puesto que Dios les ha asignado, que no les es lícito desertar
de él" (Carta a Diogneto, VI, 10). Esta misión implica también para los
fieles un compromiso personal, ya que supone dar testimonio de palabra y obra,
viviendo los valores morales y espirituales, y proponiéndolos a sus
conciudadanos, en el respeto de la libertad de cada uno.
6. La crisis de valores y la falta de esperanza que se constata en Francia, y
más ampliamente en Occidente, forman parte de la crisis de identidad que
atraviesan las sociedades modernas actuales; estas muy a menudo sólo proponen
una vida fundada en el bienestar material, que no puede indicar el sentido de la
existencia, ni dar los valores fundamentales para tomar decisiones libres y
responsables, fuente de alegría y felicidad. La Iglesia se interroga sobre esta
situación y desea que los valores religiosos, morales y espirituales, que forman
parte del patrimonio de Francia, que han modelado su identidad y han forjado a
generaciones de personas desde los primeros siglos del cristianismo, no caigan
en el olvido. Por tanto, invito a los fieles de vuestro país, en la línea de la
Carta a los católicos de Francia que les dirigisteis hace algunos años, a
encontrar en su vida espiritual y eclesial la fuerza para participar en la
res publica, y para dar nuevo impulso a la vida social y una esperanza
renovada a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. "Podemos pensar, con razón,
que la suerte futura de la humanidad está en manos de aquellos que sean capaces
de transmitir a las generaciones venideras razones para vivir y para esperar" (Gaudium et spes, 31).
Desde esta perspectiva, las relaciones y la colaboración confiada entre la
Iglesia y el Estado no pueden por menos de tener efectos positivos para
construir juntos lo que el Papa Pío XII ya definía como "legítima y sana
laicidad" (Discurso a la colonia de Las Marcas en Roma, 23 de marzo de
1958), que, como recordé en la exhortación apostólica postsinodal
Ecclesia in Europa, no ha de ser un "tipo de laicismo ideológico o separación hostil
entre las instituciones civiles y las confesiones religiosas" (n. 117). Así, las
fuerzas sociales, en lugar de ser antagonistas, estarán cada vez más al servicio
de toda la población que vive en Francia. Confío en que este tipo de actividad
permita afrontar las situaciones nuevas de la sociedad francesa actual, en
particular en el marco pluriétnico, multicultural y multiconfesional de estos
últimos años.
Reconocer la dimensión religiosa de las personas y de los componentes de la
sociedad francesa, significa querer asociarla a las demás dimensiones de la vida
nacional, para que aporte su dinamismo a la edificación social y para que las
religiones no tiendan a refugiarse en un sectarismo que podría representar un
peligro para el Estado mismo. La sociedad debe poder admitir que las personas,
respetando a los demás y las leyes de la República, puedan manifestar su
pertenencia religiosa. En caso contrario, se corre siempre el riesgo de un
aislamiento de identidad y sectario, y del aumento de la intolerancia, que no
pueden menos de entorpecer la convivencia y la concordia en el seno de la
nación.
En razón de vuestra misión, estáis llamados a intervenir regularmente en el
debate público sobre las grandes cuestiones de la sociedad. De igual modo, en
nombre de su fe, los cristianos, personalmente o en asociaciones, deben poder
tomar públicamente la palabra para expresar sus opiniones y manifestar sus
convicciones, aportando así su contribución a los debates democráticos,
interpelando al Estado y a sus conciudadanos sobre sus responsabilidades de
hombres y mujeres, especialmente en el campo de los derechos fundamentales de la
persona humana y del respeto de su dignidad, del progreso de la humanidad -que
no puede buscarse a cualquier precio-, de la justicia y de la equidad, así como
de la conservación del planeta, sectores que comprometen el futuro del hombre y
de la humanidad, y la responsabilidad de cada generación. A esta condición, la
laicidad, lejos de ser lugar de enfrentamiento, es verdaderamente el espacio
para un diálogo constructivo, con el espíritu de los valores de libertad,
igualdad y fraternidad, en los que el pueblo de Francia, con mucha razón, está
fuertemente arraigado.
7. Sé que estáis muy atentos a la presencia de la Iglesia en los lugares donde
se plantean las grandes y fundamentales cuestiones sobre el sentido de la
existencia humana. Pienso -por nombrar sólo algunas particularmente
significativas- en el sector hospitalario, donde la asistencia espiritual a los
enfermos y al personal constituye una ayuda muy importante, así como en el
ámbito de la educación, donde es preciso abrir a los jóvenes a la dimensión
moral y espiritual de la vida, para permitirles desarrollar su personalidad
íntegra.
En efecto, la educación no puede limitarse a una formación científica y técnica,
sino que debe tener en cuenta todos los aspectos de la persona del joven. Con
esta perspectiva trabaja la Enseñanza católica, de la que en vuestras diócesis
sois vosotros los responsables. Conozco su preocupación por colaborar en la
labor educativa, que compete a las autoridades civiles, pero también su deseo de
mantener en el cuerpo docente y en la enseñanza su especificidad propia. Al
Estado, por su parte, respetando las reglas establecidas, le corresponde
garantizar también a las familias que lo deseen la posibilidad de hacer que se
imparta a sus hijos la catequesis que necesitan, elaborando especialmente
horarios convenientes para ello. Por otra parte, sin dimensión moral, los
jóvenes no pueden por menos de sentir la tentación de la violencia y de
comportamientos indignos de ellos, como se constata regularmente.
A este propósito, quisiera rendir homenaje a los numerosos santos y santas
educadores, que han marcado la historia de vuestras Iglesias particulares y de
la sociedad en Francia. Me complace recordar a vuestros dos últimos
compatriotas, a quienes he canonizado, Marcelino Champagnat, que contribuyó
ampliamente a la educación de la juventud en las zonas rurales de Francia, y
Leonia Aviat, que se dedicó a ayudar a los pobres y creó escuelas para las
muchachas en centros urbanos.
Sé que os esforzáis por formar a los sacerdotes, a los religiosos y las
religiosas, y a los laicos, para que sean testigos y compañeros de sus hermanos,
atentos a sus interrogantes y capaces de sostenerlos en su vida humana y
espiritual. A este propósito, os felicito por el trabajo valiente de profesores
y educadores en medio de los jóvenes de vuestro país, conociendo la delicadeza y
la importancia de su misión.
8. He querido que el año 2005 sea para toda la comunidad eclesial Año de la
Eucaristía. En la carta apostólica que escribí sobre este tema, recordé que "La
"cultura de la Eucaristía" promueve una cultura del diálogo, que en ella
encuentra fuerza y alimento. Se equivoca quien cree que la referencia pública a
la fe menoscaba la justa autonomía del Estado y de las instituciones civiles, o
que puede incluso fomentar actitudes de intolerancia" (Mane nobiscum Domine,
26). Por eso, os invito a vosotros, queridos hermanos en el episcopado, así como
a todos los sacerdotes y fieles católicos de Francia, a sacar de la Eucaristía
la fuerza para dar un testimonio renovado de los auténticos valores morales y
religiosos, para proseguir un diálogo confiado y una colaboración serena con
todos en el seno de la sociedad civil, y para ponerse al servicio de todos.
Al final de esta carta, quiero expresaros a vosotros y a todos vuestros
compatriotas mi agradecimiento por lo que ya se ha hecho en el campo social y mi
confianza en el futuro de un buen entendimiento entre todos los componentes de
la sociedad francesa, entendimiento del que ya sois testigos. Que sepan todos
vuestros compatriotas que los miembros de la comunidad católica de Francia
desean vivir su fe en medio de sus hermanos y hermanas, y poner a disposición de
todos sus competencias y sus talentos. Que nadie tenga miedo de la actividad
religiosa de las personas y de los grupos sociales. Realizada en el respeto de
la sana laicidad, no puede menos de ser fuente de dinamismo y promoción del
hombre.
Aliento a los católicos franceses a estar presentes en todos los sectores de la
sociedad civil, tanto en los barrios de las grandes ciudades como en la sociedad
rural; tanto en el mundo de la economía, de la cultura y de las artes como en el
de la política; tanto en las obras caritativas como en el sistema educativo,
sanitario y social, manteniendo un diálogo sereno y respetuoso con todos. Deseo
que todos los franceses trabajen unidos para el crecimiento de la sociedad, a
fin de que todos se beneficien.
Ruego por el pueblo de Francia. Pienso, de modo especial, en las personas y las
familias afectadas por dificultades económicas y sociales. Ojalá que se instaure
una solidaridad cada vez mayor, para que nadie se vea marginado. Que en este
período se preste mayor atención a las personas que no tienen ni vivienda ni
comida.
Conservo el recuerdo de las diferentes visitas que he tenido la alegría de
realizar a la amada tierra de Francia y, sobre todo, mi inolvidable
peregrinación a Lourdes, lugar particularmente amado por los fieles de vuestro
país y, más ampliamente, por todas las personas que quieren encomendarse a
María. He podido apreciar la profundidad humana y espiritual de la actitud de
hombres, mujeres y niños franceses que acuden a la gruta de Massabielle,
testimoniando así el trabajo pastoral que realizáis en vuestras diócesis, con
los sacerdotes, los religiosos, las religiosas y los laicos comprometidos en la
misión de la Iglesia.
Encomendándoos a la intercesión de Nuestra Señora de Lourdes, a la que honramos
muy particularmente en este día y a la que se venera en numerosos santuarios de
vuestra tierra, y de todos los santos de vuestro país, os imparto a vosotros,
así como a todos los fieles de vuestras diócesis, una afectuosa bendición
apostólica.
Vaticano, 11 de febrero de 2005
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