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CELEBRACIÓN ECUMÉNICA PARA LA
ENTREGA DE LAS RELIQUIAS DE SAN GREGORIO NACIANCENO Y SAN JUAN CRISÓSTOMO
CARTA DEL PAPA JUAN PABLO II AL PATRIARCA ECUMÉNICO DE
CONSTANTINOPLA BARTOLOMÉ I
Al amado hermano
BARTOLOMÉ I
Patriarca de Constantinopla
1. Está aún viva en mi corazón la alegría de nuestro encuentro en el atrio de
esta basílica vaticana, el 29 de junio de este año, con ocasión de la fiesta de
los apóstoles San Pedro y San Pablo. Y ahora el Señor, en su benevolencia, nos
vuelve a dar la posibilidad de realizar aquí, ante la tumba del apóstol san
Pedro, otro encuentro fraterno en el amor, en la oración y en la voluntad de
caminar juntos hacia la unidad plena y visible que Cristo quiere para sus
discípulos.
Esta ocasión nos la ofrece la veneración común de las reliquias de san Gregorio
el Teólogo y san Juan Crisóstomo, dos Padres de la Iglesia de Oriente, dos
santos patriarcas de Constantinopla, dos doctores de la Iglesia que, junto con
san Basilio el Grande, han sido honrados siempre con una fiesta en la Iglesia
católica. Y nosotros, cada vez que "encontramos a nuestros Padres, siempre nos
sentimos confirmados en la fe y animados en la esperanza" (cf. Patres
Ecclesiae, 1: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 27
de enero de 1980, p. 13).
2. Ahora algunas de sus reliquias, restos de los cuerpos que vivieron el
seguimiento de Cristo, sufrieron la persecución por su nombre y fueron templo
del Espíritu Santo, vuelven a Constantinopla.
En el traslado de tan santas reliquias vemos una ocasión bendita para purificar
nuestras memorias heridas, afianzar nuestro camino de reconciliación y confirmar
que la fe de estos santos doctores nuestros es la fe de las Iglesias de Oriente
y Occidente. Asimismo, vemos que es un momento propicio para "mostrar con
palabras y gestos de hoy las inmensas riquezas que nuestras Iglesias conservan
en los cofres de sus tradiciones" (Orientale lumen, 4).
Este es el "momento favorable" para unir a su intercesión nuestra oración, a fin
de que el Señor apresure el tiempo en el que, en la celebración de la santa
Eucaristía, podremos vivir juntos la comunión plena y contribuir así, de modo
más eficaz, a hacer que el mundo crea que Jesucristo es el Señor.
3. Amado hermano, jamás me cansaré de buscar firme y decididamente esta comunión
entre los discípulos de Cristo, porque mi deseo, en respuesta a la voluntad del
Señor, es ser siervo de la comunión "en la verdad y en el amor para que la barca
-hermoso símbolo que el Consejo ecuménico de las Iglesias eligió como emblema-
no sea sacudida por las tempestades y pueda llegar un día a puerto" (Ut unum
sint, 97).
El Señor, que viene a sus santos (cf. Zc 14, 5), confirme nuestros
propósitos y nos conserve en el compromiso del cumplimiento diario del
mandamiento nuevo.
En la paciencia de Cristo y en la caridad de Dios, con afecto fraterno.
Vaticano, 27 de noviembre de 2004
IOANNES PAULUS II
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PALABRAS DE AGRADECIMIENTO DE BARTOLOMÉ I, PATRIARCA
ECUMÉNICO DE CONSTANTINOPLA
Santidad:
Recordando la vida, la fe, el ethos y las luchas de san Juan Crisóstomo, nuestro
padre entre los santos, tenemos la sensación de escuchar que nos repite, también
durante este sagrado e histórico momento, las últimas palabras de su vida
terrena: "Gloria a Dios por todo esto". Y creemos que también san Gregorio el
Teólogo habría hecho suya esta doxología de acción de gracias porque las
sagradas reliquias de ambos vuelven al lugar al que pertenecen. Así concluye su
lejanía secular, involuntaria, impuesta entonces por circunstancias infelices
para la Iglesia.
Esta bendita traslación se realiza gracias a la decisión de buena voluntad,
grata a ellos y a nosotros, decisión digna de todo honor y acción de gracias, de
Vuestra amada Santidad, de devolvernos sus sagradas reliquias. A este respecto,
Santidad, sigue usted el ejemplo de san Basilio el Grande, que restituyó las
veneradas reliquias de san Dionisio, obispo de Milán, que murió en el Señor
durante el exilio, a causa de los arrianos, y fue sepultado en la región
encomendada al mismo san Basilio, como este santo nos lo refiere en su carta
(n. 197) dirigida a san Ambrosio, sucesor de san Dionisio.
La Iglesia, engalanada en todo el mundo con la venerada sangre de los mártires,
que es como de púrpura y lino, respeta como se debe las reliquias de sus hijos
que han padecido en el Señor sufrimientos, crucifixiones y muertes amargas
infligidas por las fieras, por el fuego, por la espada y de otras innumerables
maneras.
Por eso, la traslación y regreso de las reliquias de nuestros bienaventurados
predecesores a la santísima archidiócesis de Constantinopla, que hicieron
gloriosa con su santidad, su sabiduría, sus trabajos y, en general, con su labor
apostólica, es motivo de alegría y de gozo no sólo para nuestro sagrado Trono
ecuménico y para el pléroma de toda nuestra santísima Iglesia ortodoxa,
que los venera profundamente, sino también para todos nuestros hermanos
católicos que viven en nuestra Sede.
Hoy se celebra un acto sagrado, que repara una anomalía e injusticia
eclesiástica. Este gesto fraterno de la Iglesia de la antigua Roma confirma que
no existen en la Iglesia de Cristo problemas insolubles cuando el amor, la
justicia y la paz se encuentran en la sagrada diaconía de la reconciliación y la
unidad.
Ciertamente, también los dos santos cuyas reliquias vuelven a su sede interceden
por el restablecimiento de la concordia y de la unidad, dado que, como es bien
sabido, durante su vida lucharon con ahínco por la unidad de la Iglesia en la fe
y en la verdad. Sigue siendo siempre actual y fuerte la frase de san Juan
Crisóstomo, según la cual rasgar la unidad de la Iglesia es un daño peor que
caer en la herejía; y que el pecado del cisma en la Iglesia no se puede lavar ni
siquiera con la sangre del martirio.
Por otra parte, son conocidas las inigualables palabras de paz de san Gregorio
el Teólogo y su incomparable homilía de despedida, con la que justificó su
dimisión de patriarca de Constantinopla como decisión tomada con miras al
restablecimiento de la paz y de la unidad en la Iglesia.
Santidad, estamos convencido de que también usted desea fuertemente la mejora de
las relaciones intereclesiales. Por este motivo realiza tantas fatigosas
peregrinaciones por todo el orbe. Cada acto que cicatriza antiguas heridas y
previene nuevas contribuye a la creación de los presupuestos necesarios para
proseguir el diálogo de la verdad en el amor entre nuestras Iglesias, de forma
que, obedeciendo a la voluntad divina de nuestro santo Dios en la adorada
Trinidad, podamos encontrarnos de nuevo cuanto antes en la fe común de la
Iglesia de un tiempo, única base para el restablecimiento de la comunión plena
entre nuestras Iglesias.
Por último, percibimos que con este gesto da usted un luminoso ejemplo digno de
imitar, un mensaje fraterno y una exhortación a todos los que arbitrariamente
poseen y retienen tesoros de la fe, de la piedad y de la civilización de
otros, para que se los devuelvan a los que con derecho los buscan y los
reclaman.
Por todo ello le damos las gracias desde lo más profundo de nuestro corazón,
santísimo y amado hermano en Cristo. Y le agradecemos su decisión, noble,
sagrada y llena de simbolismo, de devolvernos estas sagradas reliquias. Le
deseamos salud y longevidad, por intercesión de san Gregorio y san Juan.
Así sea.
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