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MENSAJE
DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL PRESIDENTE DEL CONSEJO PONTIFICIO PARA LOS LAICOS
Al venerado hermano cardenal
JAMES FRANCIS STAFFORD
Presidente del Consejo pontificio
para los laicos
1. Han pasado ya cuatro años desde aquel memorable 24 de enero de 1997,
cuando me encontré con los iniciadores del Camino neocatecumenal, así como con
los numerosos responsables de las comunidades del Camino esparcidas por el
mundo. En aquella circunstancia, uniéndome a su oración de alabanza y acción
de gracias al Señor por los valiosos frutos producidos por el Camino durante
sus treinta años de vida, subrayé la importancia de algunas exigencias
ineludibles, de las que depende la existencia misma del Camino. Entre estas
figuraba la redacción de una normativa precisa en forma de estatutos con vistas
a su reconocimiento jurídico formal (cf. Discurso a un grupo de miembros
del Camino neocatecumenal, 24 de enero de 1997, n. 4: L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 7 de febrero de 1997, p. 8). Así, se
abría una fase nueva y decisiva para el futuro de esta realidad eclesial.
2. Ya en la exhortación apostólica Christifideles laici (30 de
diciembre de 1988) recordé que "ningún carisma dispensa de la relación y
sumisión a los pastores de la Iglesia" (n. 24) y remití a cuanto está
escrito al respecto en la constitución dogmática Lumen gentium:
"El juicio acerca de su autenticidad (de los carismas) y la regulación de
su ejercicio pertenece a los que dirigen la Iglesia. A ellos compete sobre todo
no apagar el Espíritu, sino examinarlo todo y quedarse con lo bueno (cf. 1
Ts 5, 12. 19-21)" (n. 12). En efecto, sólo con esta condición
los carismas, en su diversidad y complementariedad, pueden contribuir al bien
común (cf. Christifideles laici, 24).
Por eso, el proceso de reconocimiento y acogida de los carismas no es fácil.
Requiere un discernimiento profundo de la voluntad de Dios y debe ir acompañado
por la oración constante, para que los corazones se abran dócilmente a la voz
del Espíritu en la comunión eclesial. La culminación de este proceso es el
acto oficial de reconocimiento y aprobación de los estatutos como regla de vida
clara y segura, un momento que las realidades eclesiales implicadas viven
siempre con gran alegría y con profunda gratitud a Dios y a la Iglesia. En
efecto, al ser un nuevo punto de partida, es signo visible de una identidad
eclesial madura (cf. ib., 30).
3. Sé con cuánto celo y solicitud pastoral el Consejo pontificio para los
laicos se ha esforzado y sigue esforzándose por acompañar al Camino
neocatecumenal en esta etapa decisiva de su vida, es decir, en la elaboración
de sus estatutos. Señor cardenal, he confiado esta tarea tan delicada a ese
Consejo pontificio para los laicos, por la autoridad que le compete, de acuerdo
con las normas canónicas vigentes, así como por la singular experiencia que
tiene en esta materia. Precisamente en esto se funda la esperanza de que ese
proceso, que ya se acerca a su fase conclusiva, tenga éxito.
Al expresar al Consejo pontificio para los laicos mi gran aprecio y mi gratitud
por la seriedad y el rigor en la realización de la tarea que se le ha confiado,
confirmo su competencia en la aprobación de esos estatutos, una vez que hayan
sido redactados debidamente, y le encargo seguir acompañando al Camino también
en el futuro. Estoy seguro de que, en el cumplimiento de este mandato, el
Consejo pontificio para los laicos podrá contar con la colaboración y el espíritu
de docilidad filial del Camino neocatecumenal.
Encomendando al Señor, por intercesión de María, Madre de la Iglesia, la
actividad del dicasterio que preside, le imparto de corazón a usted, venerado
hermano, así como a sus colaboradores y colaboradoras, mi afectuosa bendición.
Vaticano, 5 de abril de 2001
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