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ÁNGELUS Domingo 8 de septiembre de 2002
Cuando los creyentes oran, conmueven el corazón de Dios, para el que nada es imposible. Por eso, como escribí en la Novo millennio ineunte, es preciso que se distingan "en el arte de la oración" (n. 32), de modo que todas las comunidades cristianas lleguen a ser "auténticas escuelas de oración" (n. 33). 2. Por desgracia, asistimos con frecuencia a situaciones y hechos dramáticos que siembran en la opinión pública desconcierto y angustia. El hombre moderno se muestra seguro de sí y, sin embargo, especialmente en ocasiones cruciales, debe reconocer su impotencia: experimenta la incapacidad de intervenir y, en consecuencia, vive en la incertidumbre y en el miedo. En la oración, impregnada de fe, reside el secreto para afrontar, no sólo en las emergencias, sino también día a día, los esfuerzos y los problemas personales y sociales. Quien ora no se desanima ni siquiera ante las dificultades más serias, porque siente a Dios a su lado y encuentra refugio, serenidad y paz entre sus brazos paternos. Además, quien se abre con confianza a Dios, se abre con mayor generosidad al prójimo y es capaz de construir la historia según el proyecto divino. Amadísimos hermanos y hermanas, "que enseñar a orar se convierta de alguna manera en un punto determinante de toda programación pastoral" (ib., n. 34). Es muy importante orar cada día, personalmente y en familia. Que orar, y orar juntos, sea el aliento diario de las familias, de las parroquias y de toda comunidad.
Después del Ángelus (En
italiano)
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