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JUAN PABLO II
ANGELUS
Domingo
8 de julio de 2001
1. Mi pensamiento se dirige hoy a los participantes en el encuentro
nacional de diversas asociaciones católicas, que se está celebrando en Génova,
con vistas a la próxima reunión de los jefes de Estado y de Gobierno. Han
querido responder, también de este modo, a la consigna que el año pasado di
a los jóvenes en Tor Vergata: "Vosotros nos os conformaréis
-dije- con un mundo en el que otros seres humanos mueren de hambre, son
analfabetos o están sin trabajo. Vosotros defenderéis la vida en cada
momento de su desarrollo terreno, y os esforzaréis con todas vuestras energías
por hacer que esta tierra sea cada vez más habitable para todos" (Homilía
en la vigilia de oración de la XV Jornada mundial de la juventud, 19 de
agosto de 2000, n. 6: L'Osservatore Romano, edición
en lengua española, 25 de agosto de 2000, p. 12).
Me uno a los obispos de la Liguria, que, en la carta enviada recientemente a
los fieles de sus Iglesias, expresan la urgencia de "despertar en todos,
comenzando por los responsables de los asuntos públicos, un impulso de nueva
"moralidad" ante los graves y a veces dramáticos problemas de orden
económico-financiero, sanitario, social, cultural, ambiental y político".
En realidad, la fe no puede dejar al cristiano indiferente ante esas
cuestiones de relevancia mundial. Al contrario, lo impulsa a interpelar, con
propuestas concretas, a los responsables de la política y de la economía,
pidiéndoles que el actual proceso de globalización esté firmemente dirigido
por las razones del bien común de los ciudadanos del mundo entero, sobre la
base de las exigencias irrenunciables de la justicia y la solidaridad.
2. Por esto, los pueblos más ricos y tecnológicamente más avanzados,
conscientes de que Dios Creador y Padre quiere que la humanidad constituya una
sola familia, deben saber escuchar el grito de tantos pueblos pobres del
mundo: simplemente piden lo que es su sacrosanto derecho.
A los responsables de los Gobiernos de todo el mundo y, en particular, a los
que se van a reunir en Génova deseo asegurarles que la Iglesia se esfuerza,
juntamente con las personas de buena voluntad, por garantizar que en este
proceso triunfe toda la humanidad. En efecto, el destino universal de los
bienes de la tierra es uno de los ejes de la doctrina social de la Iglesia.
Pido a los cristianos, ante todo, una oración especial por los jefes de
Estado y de Gobierno, y los exhorto a trabajar juntos para construir un mundo
más unido en un clima de justicia y solidaridad. Los cristianos deben
prepararse para esta tarea con una sólida educación moral y espiritual, con
un conocimiento profundo de la doctrina social de la Iglesia y con un gran
amor a Jesucristo, Redentor de todos los hombres y de todo el hombre.
3. Espero que, también en esta circunstancia, Italia sepa brindar su típica
y exquisita hospitalidad a todos los que acudan a Génova para esa reunión,
en un clima de concordia y serenidad. Pidamos a la Virgen santísima que
infunda en el corazón de cada uno sentimientos de paz y solidaridad, de modo
que en el encuentro previsto se tomen decisiones que contribuyan al
verdadero bien de la humanidad entera.
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